Fue en la década de los 70’s en que se dio inicio a una de las facetas más virulentas y extravagantes del feminismo de segunda ola. Algunos consideraron que sería el inicio de la revolución que liberaría al sexo femenino, mientras que otros lo vieron como el feminismo americano a punto de explotar. Puede que haya sido por la crisis sexual, iniciada por el pánico del virus de VIH, pero resulta evidente que el eje de la sexualidad, y por ende de la pornografía, se volverían instrumentales en el desarrollo teórico del feminismo, sin embargo, tras casi 50 años, habría que preguntarse qué ocurrió y cómo es que se llegó a este punto. A decir verdad, las guerras sexuales feministas acabaron hace mucho, el que diversas naciones se enfrenten a una conversación polvorienta y apolillada no hace más que demostrar que la conciencia de Estados Unidos está varias décadas adelantada a la conciencia del resto del mundo, sin embargo, ¿qué podemos aprender de eso y como ha continuado este moribundo conflicto hasta día de hoy? Revisemos quienes son los protagonistas del cuento del país de la pornografía.

 

El estatuto Dworkin-MacKinnon

Puede que el dúo conformado por la pareja de feministas radicales, Andrea Dworkin y Catharine MacKinnon, fuese el más importante para el surgimiento de este fenómeno, irónicamente. Aún en su tiempo, muchas feministas académicas temían que su participación generase efectos negativos en el feminismo antes que mejorarlo; desde sus presentaciones físicas hasta sus visiones dogmáticas y profundamente anti-sexo, ambas parecían ser enemigas de toda persona que fuese pro-sexo, o bien que defendiese los principios de la libertad de expresión (Vance 1984).

 

El primer texto de Andrea, Woman-Hating (1974), fue considerado por muchos como su primer texto “en serio”, y es naturalmente el que iniciaría su carrera como crítica social o, mejor dicho, crítica literaria. Inspirada por los textos Política Sexual, de Kate Millett, Dialéctica del Sexo, de Shulamith Firestone y Poderosa Hermandad, de Robin Morgan; Dworkin inició una tradición de escritura que, en sus propias palabras, no tenía pretendido trascender: “Es una acción, un acto político donde la revolución es la meta. No tiene otro propósito. No es sabiduría cerebral o pelotudeces académicas, o ideas talladas en granito o destinadas a la inmortalidad. Es parte de un proceso, y su contexto es el cambio” (1974, 17).

Dworkin heredó la táctica de crítica literaria de Kate Millett. Ésta última, en su libro Política Sexual (1970), usa una estrategia anómala para examinar los escritos de D.H. Lawrence, Henry Miller y Norman Mailer. Para empezar Millett se atenía a la creencia de que los autores masculinos debían ser señalados por la misoginia inscrita en sus novelas de ficción; junto a esto, Millett solía “fusionar” a los autores con sus personajes, es por eso que al revisar Sexus de Henry Miller, se refiere al protagonista como un “alias” del autor. Andrea heredó de Millett la noción de que la literatura tiene una influencia directa en el actuar del mundo real, y es por eso que los textos misóginos debían ser señalados, ya que la literatura tiene un componente propagandista (En otras palabras, tanto para Millett como para Dworkin “La vida imita al arte, más de lo que el arte imita a la vida”).

 

El primer paso de Dworkin inicialmente no fue la pornografía sino más bien los cuentos de hadas: “en los personajes de los cuentos de hadas –la bruja malvada, la hermosa princesa, el príncipe heroico- encontramos lo que la cultura nos hará saber sobre nosotros. El punto es que nosotros no hemos formado ese mundo antiguo –él nos ha formado” (1974, 32). Esto es lo que explica su postura sobre la pornografía y la censura (Dworkin y MacKinnon no se referían a su activismo como “censura” ya que en la censura sólo se restringen “las palabras”; la pornografía y los libros pueden ser prohibidos dado que son más que palabras, son “acciones”), si queremos cambiar el mundo para mejor, entonces debemos restringir aquellos textos que nos someten a un orden jerárquico, totalitario y restringido. Son los cuentos de hadas nuestra primera fuente de información sobre la cultura, según Dworkin, los cuentos de hadas son “El inicio, donde aprendemos lo que debemos ser, así como la moral de la historia” (1974, 33). Y es que para Dworkin, la función de los cuentos de hadas es esencialmente pedagógica. Otras autoras, como Maria Tatar, despreciaron su interpretación de los cuentos de hadas así como su noción de que los mismos deberían estar fuera del alcance de los niños (1999).

Sin embargo, ¿qué es precisamente lo despreciable de la metodología de Dworkin? Andrea usó una técnica literaria que recuerda mucho a la de Kate Millett, eso es tomar un párrafo de la obra original y destacar cierto segmento para que el lector pueda encontrar la misoginia oculta. Dworkin hacía virtualmente lo mismo, con la diferencia de que agregaba datos entre paréntesis que debían complementar largos resúmenes de los cuentos de hadas, por ejemplo, este es el trato que recibió el cuento de Blanca Nieves: “Los enanos que amaban a Blanca Nieves no pudieron soportar enterrarla, así que guardaron su cuerpo en un ataúd de cristal y dejaron el ataúd en la cima de una montaña. El heroico príncipe, que solo seguía su camino, inmediatamente se enamoró de Blanca Nieves bajo el cristal y se lo compró (¿lo compró?) a los enanos que la amaban (¿la amaban?). Mientras los sirvientes llevaban el ataúd junto al caballo del príncipe, el pedazo de manzana envenenada que se había tragado se escapó de la garganta de Blanca Nieves” (1974, 37). Así consistía la técnica de Dworkin que luego se repetiría en su libro Pornography: Men Possessing Women (1981, 15-30), Andrea tomaría fragmentos descontextualizados de las obras, las repetiría hasta que el lector se diera cuenta del poder de influencia de los escritos.

El enlace entre la pornografía y los cuentos de hadas se encontraría en la mitad del libro, donde Dworkin revisa 3 textos: The Story of O, de Pauline Réage, The Image de Jean, de Berg y Suck y el diario sexual fundado por la feminista Germaine Greer. Los cuentos de hadas son la antesala de la pornografía, es la realización de las verdades culturales de hombre/mujer, amo/esclavo que nos han heredado los cuentos de hadas, la pornografía, así como los cuentos de hadas deben decirnos como debemos ser. Para Andrea, todos los textos revisados nos llevan a la respuesta de lo que toda mujer es: Víctima. Es por eso que sus títulos literalmente se llaman “Woman as Victim: Story of O,” “Woman as Victim: The Image,” y “Woman as Victim: Suck.”. Para Dworkin, ninguno de estos escritos eran obras de arte, sino que eran piezas de propaganda, manuales didácticos para el maltrato y castigo de las mujeres. El mejor caso fue con The Story of O, una novela sadomasoquista escrita por una mujer francesa; en la misma nos cuentan la historia de una mujer llamada O. Su amante la lleva a una sociedad secreta sadomasoquista donde ella es torturada, golpeada y encadenada. O sirve y tiene sexo con muchos hombres diferentes, y en las noches duerme en una celda. Su amante acaba volviéndose su maestro y luego se la regala a su hermano, Sir Stephen, quién ordena que sea marcada con su monograma y que su labia sea perforada con un anillo atado a una estructura de metal. En el capítulo final, O es llevada (sin nada más que con una máscara de búho) a una fiesta por Sir Stephen, siendo llevada junto a una correa atada a su arete en el labio. En la misma, Sir Stephen iba a dejar ir a O, pero ella prefiere morir antes que se dejada, a lo que Stephen da su consentimiento. Podría anticiparse que la novela, en la mirada de Dworkin, era una prueba de que las mujeres habían interiorizado un sentimiento de erotización del sufrimiento y el maltrato, y estarían más o menos en lo cierto. Dworkin prefiere dedicarse a divagar entre las similitudes entre la letra O y el número 0: “Es una clara figura mitológica, ella es una mujer, y nombrarla O, cero, vacío, lo dice todo. Su estado ideal es uno de pasividad, nada, sumisión tan absoluta que ella trasciende su forma humana (volviéndose un búho). Sólo el hoyo entre sus piernas queda para definirla, y el símbolo de ese hoyo seguramente debe ser O” (1974, 57).

Según Dworkin, O debe representar a todas las mujeres y como su sufrimiento ha sido erotizado. Al mismo tiempo, Sir Stephen es una representación de los hombres y como ellos desean que sea dirigida la sociedad (para Dworkin, las fantasías sádicas del Marques de Sade son, de hecho, el perfil sexual promedio de los hombres). Cuando se trató de proponer una forma de “re-construir” el mundo, ella adquiere muchas ideas de Shulamith Firestone, o sea, las ideas sobre la comunidad andrógina donde las relaciones sexuales son pansexuales, el sexo no es penetrativo, el tabú del incesto ha sido abolido y las relaciones entre adultos y niños, y humano y animales son eróticas. En el epílogo de Woman-Hating escribió: “Mientras que este libro pueda recibir mucha resistencia –furia, miedo, disgusto- ¿Ley? ¿Policía? ¿Corte? – En este momento debo escribir: He atacado los fundamentos de la cultura, eso está bien. He atacado la dominación masculina,  eso está bien. He atacado toda noción de relaciones heterosexuales, eso está bien. En efecto, he militado por el uso de drogas, eso está bien. En efecto, he militado por follar animales, eso está bien, aquí y ahora, Ciudad de Nueva York, primavera de 1974, junto a un grupo de personas, publicista y editor incluido, eso está bien, las letras minúsculas no lo están, hacen que una se pregunte” (1974, 201).

 

Es fundamental entender todo el matiz político que Dworkin atribuye a la literatura y al sexo. En su libro Intercourse emerge la afamada cita “violación es una sinónimo para el coito” (1987, 154). En el mismo texto, Dworkin plantea la noción de que el coito es esencialmente degradante y somete a la mujer a la inferioridad del hombre: “El coito con los hombres como lo conocemos es imposible. Requiere un aborto de la creatividad y la fuerza, un rechazo a la responsabilidad y la libertad: una amarga muerte personal. Significa siempre permanecer como la víctima aniquilando cualquier auto-respeto. Significa interpretar el papel femenino, incorporando el masoquismo, el odio-propio y la pasividad que son centrales en este papel” (1974, 184) Esto se debe a que el sexo heterosexual implica penetración, los límites de la individualidad de la mujer son definidas por su cuerpo, dado que el hombre debe introducirse en la cavidad vaginal para realizar el coito. Dworkin sostiene que el coito es una “ocupación”, la solución a esta problemática es la inhibición de la erección, o mejor dicho, coito con penes flácidos, en palabras de Andrea “Creo que los hombres tendrán que perder sus preciosas erecciones”.

Ahora bien, en el momento de actuar en el mundo legal, Dworkin y MacKinnon se vieron en premisas por ordenanzas para prohibir la producción y distribución de pornografía en la natal Minneapolis de Catharine. Sin embargo, su mayor éxito lo adquirieron en la década de los 90’s, cuando el gobierno canadiense aceptó sus definiciones sobre material dañino. Las premisas eran las siguientes: El porno no es fantasía, es un reflejo de una realidad violenta así como una prescripción de la misma, de modo que la pornografía es en sí misma un acto de odio contra el sexo femenino. La ordenanza de MacKinnon/Dworkin no sólo incluía películas sino también libros, no obstante, el criterio estipulado por la ordenanza se satisfacía incluso con el título del libro para llevar acabo su prohibición; irónicamente, los libros de Dworkin fueron prohibidos bajo estos estándares; tal fue el caso que incluso libros que no tenían relación alguna con el contenido sexual fueron prohibidos, como fue el caso del texto Hot, Hotter and the Hottest, el cual fue prohibido por su título, aun cuando el mismo era un libro de cocina basado en comida picante.

 

Hay una ironía enorme al destacar este hecho, ya que las novelas de Dworkin no sólo eran violentas, sino que de plano eran profundamente pornográficas: Ice and Fire (1986) y Mercy (1990) fueron considerados por muchos como semi-autobiografías de Andrea, aun cuando esta misma solía responder molesta con que este no era el caso. El problema es que ese era justamente el caso: no se trata de que sus novelas sean similares a su vida, sino que de plano son idénticas a sus vivencias. En Ice and Fire nos relata la historia de una jovencita sin nombre que, al igual que Andrea, era de Camden, Nueva Jersey; al igual que Andrea, crece en un vecindario judío; al igual que Andrea, va a la universidad y se casa con un hombre abusivo; al igual que Andrea, acaba en Nueva York y debido a la pobreza debe prostituirse y es brutalmente abusada por muchos hombres mientras que, al igual que Andrea, intenta escribir un libro. Tras mucho tiempo buscando a alguien que la publique, la protagonista finalmente cumple su sueño de publicar un libro, sin embargo, tiene problemas debido a bajas ventas. En Mercy es todavía más obvia: la protagonista del libro recibe –literalmente- el nombre de Andrea, también es de Camden, quién ,junto a una narración en primera persona, nos inicia explicando cómo –al igual que su autora- fue abusada sexualmente en un cine a los nueves años. Andrea –así como la autora- es asaltada y mutilada por sádicos doctores en prisión, luego violada y golpeada por su marido abusivo mientras conlleva una vida bohemia en Nueva York. Su rabia finalmente explota cuando decide dejar bombas en sex-shops y agredir físicamente a hombres indigentes mientras desea una guerrilla internacional contra los hombres; también eventualmente se encuentra con un varón (no me importa lo que digan, es su marido: John Stoltenberg) que siente tanto amor por las mujeres que no desea tener sexo con ellas.

El problema de estos libros es que siguen la teoría de Dworkin sobre cómo debería ser la literatura: “Los libros como acciones”. La prosa de Dworkin esta empapada de propaganda feminista,  y no sólo eso, resulta irónico como es virtualmente incapaz de presentar personajes femeninos que no hagan nada que no sea ser violadas, golpeadas o mutiladas. La mayor rareza se encuentra en sus descripciones del sexo; algunas mencionaron que Ice and Fire es una manera de re-escribir Juliette, del Marques de Sade (Bright 2005), y es que las descripciones del sexo que realiza Andrea no son sólo extremadamente explícitas, sino que además son profundamente asquerosas; todos estaban de acuerdo que para alguien que odiaba tanto la pornografía, sin lugar a dudas fue una gran pornógrafa.

 

Con su colega, Catharine MacKinnon, ocurre lo opuesto; esta última escribía en un estilo académico y era profundamente intelectual, en el sentido en que sus bases estaban mejor respaldadas en genuinos estudios de ciencias políticas, en vez del uso desconcertante de la retórica que volvieron a Andrea Dworkin en una ídolo de culto, o bien, en una parodia de sí misma.

El primer paso para MacKinnon es la equivalencia entre trabajo y sexualidad, eso es -hablaremos en términos marxistas-: “La sexualidad es para el feminismo lo que el trabajo es para el marxismo” (1991) Catherine, para poder establecer sus equivalencias, requería de una identidad (hombre o mujer) que superase al concepto de “relación” entre estas identidades, en otras palabras, MacKinnon requería de esta relación entre sexualidad y género para poder establecer su relación entre trabajo y labor en términos marxistas. La sexualidad es el asunto del género debido a que el trabajo es el asunto de clase –ambas existen en sistemas de dominación y privilegio sistemático-. ¿Cuál es el equivalente a la labor para MacKinnon? El deseo (constitutivo, pero naturalizado por el régimen en cuestión: para el marxismo es el capitalismo, para el feminismo es el patriarcado –Este intercambio de conceptos entre capitalismo y patriarcado es de hecho otra práctica de las equivalencias de Catharine-). Si la sexualidad significa la organización del deseo humano, y la labor significa la organización del poder de producción, el primero produce al género, mientras que el último produce a la clase: combinados producen aquello que conocemos como “historia”. Así como la burguesía expropia de su labor al proletariado, los hombres expropian a las mujeres de su sexualidad (Brown 1995).

Queda una pregunta importante: ¿qué es la sexualidad? Naturalmente, la erotización de la dominación y la sumisión (esto explicaría el desdén por la feminidad del feminismo, puesto que esta es una construcción masculina que erotiza el maltrato a la mujer, razón por la cual el feminismo se opone a las prácticas sexuales donde la mujer desee tener un rol sumiso).Es entonces cuando comenzamos a hablar de pornografía, puesto que esta es la institución que procura la subordinación sexual de la mujer (equivalencia: sexual equivale a social): “Pornografía, en la mirada feminista, es una forma de sexo forzado, una práctica de política sexual, una institución de inequidad de género. En esta perspectiva, la pornografía no es una fantasía inofensiva o una corrupta y confundida interpretación de una relación sexual natural y saludable. Junto con la violación y prostitución que conlleva, la pornografía institucionaliza la sexualidad de la supremacía masculina, la cual fusiona la erotización de la sumisión y dominación con la construcción social de hombre y mujer. Género es sexual. La pornografía constituye el significado de esa sexualidad. Los hombres tratan a las mujeres como ellos las ven como ser. La pornografía constituye ese ser. El poder de los hombres sobre las mujeres significa que la manera en que los hombres ven a las mujeres define quienes pueden ser las mujeres. La pornografía es así” (MacKinnon 1987, 148).

 

Se pueden crear una cantidad de preguntas sobre MacKinnon, empezando con que su teoría no es específica para el sexo y el género; como ya mencionamos, la teoría de Catharine es solamente un apropiación de la teoría marxista del trabajo y la clase al campo del sexo, sexualidad y género. En la teoría marxista, la clase tiene una capacidad para generar un excedente – y así generar un valor excedente que apoye el objetivo revolucionario que depende de la posibilidad de colectivizar el trabajo, y colectivamente repartir los beneficios que trae ese excedente- el problema es que este elemento (de mayor importancia para la teoría marxista) no existe dentro del poder constitutivo del género y el deseo organizado; por lo que deberíamos preguntarnos cuán correcta es la aplicación de la teoría marxista, o por lo menos, que tan acertadas son las equivalencias de Catharine. Sin embargo, resulta irónico como la misma MacKinnon contaba su ansiedad sobre el temor de que el feminismo marxista acabase siendo fagocitado por un marxismo imperfecto; esto es de esperarse ya que MacKinnon usa de manera cuestionable el marxismo: ella no tomó sus categorías, su perspectiva histórica o su acercamiento a la vida social, solamente se apropió de su “ciencia de dominación” (Brown 1995, 83). Su perspectiva resultaba como mucho, sin acercamiento histórico y sin dialéctica, llevando hasta el extremo las categorías antagónicas de hombre y mujer.

MacKinnon puede ser criticada por su perspectiva totalitaria acerca del género; para ella, el género es simplemente una categoría de poder de producción (sin plasticidad alguna), como ella equivaldría con la dominación capitalista: “Así como unos trabajan y pocos ganan… algunos cogen y otras son cogidas” (MacKinnon 1991).

 

Lo más trágico dentro de la teoría de MacKinnon es que acaba imitando lo mismo que ella tanto combatía: La pornografía. La teoría de género de MacKinnon es pornográfica en sí mismo porque las categorías de “hombre” y “mujer” son dualistas y absolutas, siempre retratando un sujeto y un objeto. ¿Quién es el sujeto? El hombre ¿El objeto? La mujer. MacKinnon literalmente evalúa a la identidad de la mujer como una creación del hombre, mientras al mismo tiempo hace pedidos paradójicos, como pedirle al estado una mayor atención a las voces de las mujeres.

Las posiciones de hombre y mujer están completamente formadas de acuerdo a la sexualidad. El género para MacKinnon (correlativo a posiciones sociales), no se ve influido por otros vectores de identidad, y si se llegan a presentar estas diferencias, serán sexualizadas. La sexualidad tal vez contenga raza, la subordinación racial puede ser sexualizada, pero todas estas diferencias se desvanecen cuando las mujeres se ven sometidas bajo el yugo universal que es la sexualidad. Finalmente, las posiciones de “hombre” y “mujer” también se ven determinadas por subjetividades de “hombre” y “mujer”; estas subjetividades son totalizadas y sexualizadas, según MacKinnon: “[Una] mujer es un ser que se identifica y es identificada como una cuya sexualidad existe para alguien más, quién es socialmente hombre. A lo que se refiere la sexualidad femenina es la capacidad para generar placer en ese alguien. Considerar la sexualidad de la mujer de esta manera obliga la confrontación de si existe el sentido de posesión de las mujeres. ¿Es la sexualidad de las mujeres su ausencia?” (1991, 118).

 

Si el género es la sexualidad como aparece en pornografía heterosexual, entonces no sólo es la sexualidad de la mujer sino que toda la conciencia femenina consiste en una construcción basada en los requerimientos de los hombres. Es esta eliminación de cualquier subjetividad femenina lo que hace del feminismo de MacKinnon una teoría circular, un uróboros si gustan: cualquier intento de liberar a la mujer es simplemente imposible ya que la mujer no tiene conciencia, ni sexualidad, ni subjetividad, todas estas cosas son otorgadas por alguien/algo, el objetivo del feminismo no es liberar a la mujer, es construir mujeres con conciencias “correctas” para el feminismo, todo bajo la premisa de que el feminismo inevitablemente sabe lo que es mejor para la mujer.

 

Finalmente, la heterosexualidad en el feminismo de MacKinnon es el presente, pasado y eterno futuro del género. Si el género es sexualidad, la sexualidad siempre tiene género y las mujeres son sólo sexo para los hombres, teniendo esto en cuenta, podemos decir que –por ejemplo- la sexualidad lesbiana no existe, es simplemente una imitación de la sexualidad heterosexual que existe para complacer a los hombres, la sexualidad lesbiana sólo existe para complacer a los hombres.

Catharine eliminó cualquier posible interpretación del sexo, la sexualidad y la pornografía para establecer la suya en términos propios; básicamente, eliminó la subjetividad femenina, redujo las identidades de los cuerpos a únicamente su sexualidad, estableció a la mujer como un objeto creado por los hombres… ¿Suena familiar? Obviamente, es exactamente lo mismo que ella critica de la pornografía, por ejemplo: “En la pornografía, la mujer desea crueldad y disposición. A los hombres se les permite poner palabras (Y otras cosas) en la boca de las mujeres, creando escenas en las cuales la mujer está desesperada por ser atada, golpeada, torturada, humillada o asesinada. O meramente tomada y usada. Esto es erótico al punto de vista masculino. La sumisión misma es el contenido del deseo sexual femenino y su deseabilidad. Las mujeres están ahí para ser violadas y poseídas, los hombres para violar y poseer. Ya sea en la pantalla, o por una cámara o un lápiz, a costa del observador” (1987, 148)

“Lo que parece amor y romance en la mirada liberal, parece odio y tortura en la mirada feminista. El placer y el erotismo se vuelven violación. El deseo aparece como lujuria por la dominación y sumisión. La vulnerabilidad de la mujer proyecta su accesibilidad sexual – que actuar como se nos permite; pedir que se actúe sobre una [una pequeña persistencia, un coqueteo, antes de regresar…] es victimización. Actuar conforme a roles prescritos, la fantasía expone la ideología… Y la admiración por la belleza física natural se vuelve objetivación” (1987, 149)

 

Wendy Brown, en su libro States of Injury (1995), establece que el modelo estatal de MacKinnon es anti-democrático; esto se basa en la noción de que la identidad de “mujer” comienza a ser vista en función de su “herida”. ¿Hasta qué punto se puede definir la experiencia de la mujer en términos que no sean relacionados a los de ser una víctima? MacKinnon no es particularmente buena a la hora de presentar a la mujer como algo, además de un cuerpo follado, y es que modelar el estado en función de cuán “herida” está la mujer no hace nada por empoderarla, sino más bien, se encarga de que su “herida” sea un estado esencial de su identidad. La teoría de MacKinnon es, en términos de Brown, la repetición de y adaptación del discurso marxista radical, un discurso esencialmente masculino.

 

El discurso actual

Andrea Dworkin acuñó una frase muy curiosa: “I’m a radical Feminist – not the fun kind” (Soy una feminista radical –no de las divertidas). Y digo que es curiosa porque efectivamente representaba completamente lo opuesto a la realidad. Muchas han evaluado a Dworkin, no como una de las más entretenidas, sino como una de las divertidas feministas que pudieron haber emergido tras un tumulto de aburridas feministas burguesas (Bright 2005); sin embargo, decir que la tradición de la retórica de Dworkin ha desaparecido es incorrecto, aunque en definitiva es mucho menos popular. Veamos los textos radicales que continúan la tradición de Dworkin, para ello veremos los escritos: Pornland: How Porn Has Hijacked Our Sexuality (2010), Everyday Pornography, de Karen Boyle (2010) y Getting Off: Pornography and The End of Masculinity, de Robert Jensen (2007)

 

Gail Dines es una socióloga y  feminista radical que nos presenta las siguientes premisas en su obra:

1.- El porno se ha infiltrado en la cultura general hasta tal punto de que vivimos en una “cultura del porno”, manifestándose en la forma de videos musicales hipersexualizados, revistas como Maxim o Cosmopolitan, y programas como Sex in the City.

2.- Hay 2 tipos de sexo: El “sexo porno” y el “sexo real”. El primero es plástico, formulaico, genérico y deshumanizado, mientras que el segundo implica cuidado, cariño, aprecio, respeto, amor y conexión mutua.

3.- El porno es inherentemente degradante y violento, donde los hombres son los depredadores y las mujeres las víctimas. Las mujeres en el porno nunca experimentan placer, razón por la cual nunca reciben sexo oral y se usan simplemente como un vehículo para el placer masculino.

4.- El porno mainstream es cada vez más extremo, implicando que las mujeres reciban más agresiones físicas con normalidad.

5.- Los hombres que ven porno se vuelven “insensibles”, o sea, cada vez más necesitan porno más agresivo para excitarse, hasta tal punto que necesitarán videos de bondage o de pornografía infantil para sentirse sexualmente excitados.

6.- El porno “educa” al consumidor, educa a los hombres a ser insensibles al sufrimiento de las mujeres, a ver el sexo desconectado de la intimidad, volviendo a los depredadores que “secuestran” la sexualidad de las mujeres.

 

Por su parte, Robert Jensen realiza una materialización de 20 años de estudios sobre feminismo, y la relación entre pornografía y masculinidad; para Jensen, el paradigma de la masculinidad genera “ventanas” que permiten que en la pornografía se cometan actos degradantes contra las mujeres; estas “ventanas” nos permiten 2 cosas: Ver como la sociedad ve a las mujeres y ver como los hombres son realmente (en palabras de John Stoltenberg: “El porno dice mentiras sobre las mujeres pero verdades sobre los hombres”). Para Jensen, la pornografía se vuelve cada vez más cruel y la pornografía se vuelve cada vez más “normal” (2007, 16). Los actos en la pornografía son visiones sobre como los hombres adquieren placer al deshumanizar a las mujeres. Según Robert, todo esto se encuentra en la masculinidad como raíz: para él, la masculinidad “tóxica” es una redundancia, toda masculinidad es inherente tóxica, patriarcal y nociva, por lo que propone la absoluta abolición de la masculinidad (siendo la masculinidad la noción de que los hombres deben ser competitivos, agresivos, buscar control, dominación y conquista). Sin embargo, no busquen métodos prácticos sobre cómo hacerlo, Jensen se enfoca en porque abolir la masculinidad pero nunca explica cómo hacer tal proeza.

 

Finalmente, Everyday Pornography es una compilación de ensayos que deben ser tomados individualmente, y es que son necesariamente contradictorios entre sí: Karen Boyle, en las primeras páginas, reitera nuevamente que el porno extremo y violento es cada vez más popular. Susanna Paasonen ofrece una visión menos tradicional y sostiene que el porno es más diverso que nunca, e invita a los lectores a esperar por rigurosos análisis de la pornografía antes de tomar una posición a favor o en contra. Luego, Gail Dines aparece para decirnos que el porno educa a los hombres a no tener compasión por las mujeres, lo cual, esencialmente deshumaniza a los hombres. Rebecca Whisnant afirma que las agresiones contra las mujeres son completamente normales en el porno, además de fomentar actitudes hostiles contra las mismas. Karen Boyle finaliza el libro solicitando al lector que no se apresure a hacer generalizaciones sobre la pornografía.

 

Algo divertido sobre estos libros es el uso de la poesía. Andrea Dworkin y Catharine MacKinnon tenía una ventaja a su favor: Eran maestras de la propaganda y de la escritura sensacionalista, sin embargo, de esa tradición, esta pila de autores solo es capaz de imitar las melodramáticas hipérboles. Por ejemplo, Catharine MacKinnon se refería a la creación de la cámara filmadora como si fuese la bomba de hidrógeno: “En los miles de años de silencio, la cámara es inventada y son hechas fotos de ti mientras estos actos [pornográficos] son hechos. Escuchas el clic de la cámara mientras te lastiman, manteniéndose a ritmo con tu dolor” (Bright 2005). También escribió esto como si fuese una experiencia normal de toda mujer: “Creces con un padre desalentándote y cubriéndote la boca mientras otro hombre hace una horrible herida entre tus piernas. Cuando creces, tu esposo te amarra a la cama y deja caer cera caliente en tus pezones y trae a otro hombre para mirar mientras tú sonríes. Tu doctor no te dará las drogas a las que te ha vuelto adicta a menos que le chupes el pene” (MacKinnon 1993).

Andrea Dworkin comparó a la pornografía con la Alemania de los nazis: “Los judíos no se lo hicieron a ellos mismos y ellos no tuvieron orgasmos. En la pornografía contemporánea, los judíos sí se los hacen a sí mismos – Ellos, usualmente mujeres, buscan a los nazis y van voluntariamente a los campos de concentración y ruegan a un nazi que las lastimen, las corten o las quemen – Y llegan al climax, estupendamente para el sadismo y la muerte. Pero en la vida, los judíos no tuvieron orgasmos. Claro, tampoco las mujeres; no en la vida. Pero nadie, ni siquiera Goebbels dijo que a los judíos les gusto” (Dworkin 1981). ¿Saben lo divertido? Que Gail Dines hace exactamente la misma comparación en su libro (2010, 65); por supuesto, quién se lleva el premio es Robert Jensen, el cual tuvo un capítulo en el libro Everyday Pornography, de Karen Boyle, el cual recibe el alarmante título de “Pornografía es como se ve el fin del mundo”… Hmmm, cuando la gran mayoría de las personas se imaginan el apocalipsis, usualmente pensarán en cataclismos, explosiones nucleares, meteoritos o incluso quizás extraterrestres invadiéndonos… Pero, ¿pornografía? ¿Es el porno verdaderamente comparable con el Armagedón? En fin, sino es por las exageraciones, las feministas “Not the fun kind” hicieron honor a su lema, acabaron volviéndose aburridas.

 

El problema de la evidencia

Comencemos con las primeras mencionadas: La evidencia que debía respaldar a Dworkin/MacKinnon debía reforzar –a grandes rasgos- la tesis de Robin Morgan: “Pornografía es la teoría, violación es la práctica” (1974), para Dworkin la frase era “Pornografía es la teoría, pornografía es la práctica”; en fin, su caso debía formarse en evidencias que demostrasen que la pornografía tuviese un efecto directo, o por lo menos influyese en el comportamiento de los consumidores, ambas presentaron un testimonio legal en que un niño sostenía una copia de una revista pornográfica mientras sus amigos violaban en grupo a su hermana, “obligándola a hacer poses y cambiándola a medida de que cambian la página” (Dworkin y MacKinnon 1998). Sin embargo, a grandes escalas hubo problemas más grandes, principalmente el siguiente:

 

Esta imagen –bastante popular- compara la disponibilidad de pornografía con el número de violaciones, si bien esto no demuestra que la pornografía disminuya las violaciones, ciertamente no favorece la tesis de que la pornografía produce mala conducta sexual (Ferguson 2009) (Diamond 2009a).

Un ejemplo de data localizada es en República Checa, en el año 1989 la pornografía dejó de estar prohibida, sin embargo, los crímenes sexuales no aumentaron (hubo un periodo en que se alzaron los abusos infantiles, aunque esta cifra disminuyo a los pocos años, del mismo modo, la baja tasa de abuso infantil había recibido una baja inexplicable) (Diamond, Jozifkova y Weiss 2010).

 

En Japón se encontraron resultados similares (Diamond y Uchiyama 1999), así como en los Estados Unidos (este fenómeno incluso se encuentra a nivel estatal, los estados con menores restricciones en la distribución y acceso a la pornografía tienen menos tasas de violación) (D’Amato 2006). Incluso hubo un momento en que la misma Catharine MacKinnon admitió que el cuerpo de evidencia que demostraría la causalidad de la pornografía en crímenes sexuales no existía (Urofsky 1995), sin embargo, mantenía su posición afirmando: “No hay evidencia de que la pornografía no causa daño” (MacKinnon 1993, 37).

 

¿Qué hay de los otros sujetos? Para empezar, todos tienen en común que no son particularmente buenos a la hora de dar evidencia convincente: Rebecca Whisnant obtuvo sus conclusiones de comentarios en foros donde cibernautas discutían sobre pornografía; la misma Whisnant afirma que los comentarios pueden no ser representativos pero que la data es “rica” (2010, 117). Tras citar algunos de los comentarios que usó, concluye: “La pornografía contemporánea es un baldío de pérdida y dañada humanidad” (2010, 132). Robert Jensen es mucho menos convincente; afirma que en la pornografía los hombres simplemente son incapaces de empatizar con las mujeres actrices: “Los hombres no serían capaces de excitarse si empatizaran rutinariamente con las actrices” (2010, 112). El capítulo de Jensen explica muy bien su estilo, todo se basa mucho más en sus sentimientos que en data: “Cada año mi sentido de desesperación se profundiza en la dirección en que la pornografía y la cultura pornográfica se están dirigiendo” (2010, 106). Esto no debería sorprendernos, ya que Robert abiertamente ha aceptado preferir la evidencia anecdótica antes que la data empírica (“En vez de estar paralizados por las limitaciones de las ciencias sociales” (Jensen 1997, 5)). Incluso en su libro Getting Off, todo está empapado con lenguaje personal, “En mi experiencia” “Según la experiencia de otros hombres” (2007, 169).

Ana Bridges, en su capítulo, revisa la literatura sobre el contenido de vídeos pornográficos donde encontró que ciertos tipos de agresión eran más usuales que otros. En su muestra de 304 vídeos provenientes de los más vendidos en listas de ventas, encontró que la extrema violencia (torturas, puñetazos, patadas, mutilaciones, uso de armas) era desde extraña hasta inexistente, mientras que los actos menos agresivos eran más habituales (pellizcos, mordidas, nalgadas y jalones de cabello). También encontró que, en su muestra, sólo en el 12% de los casos los actos eran no-consensuados. Meghan Tyler examina una muestra proveniente de sólo una fuente de contenido: los Editors Choice de una revista llamada Adults Video News. Concluye que la violencia contra la mujer está inundando la industria (2010, 57). El problema es que esta conclusión no se sustenta en su propio análisis; ella analizó 98 vídeos de los cuales un cuarto contenía violencia (N=24), además de que los tipos de violencia más extremos eran raros. Ninguna de las escenas contenía homicidio, desmembramiento, patadas o mordidas. Sólo una implicó el uso de armas, 2 contenían secuestro y 5 mostraban peleas. Los vídeos de sadomasoquismo que contuviesen bofetadas, nalgadas o agresión verbal estaban entre 3 y 9 vídeos.

Everyday Pornography y Getting Off son libros que hablan de muchas anécdotas y mucha poesía pero que dan muy poca data, otro problema: Hay muchas afirmaciones sobre los actores y actrices de pornografía, pero verdaderamente hay poco dicho por ellos directamente.

 

Con Gail Dines ocurren problemas similares; aunque ella se toma las molestias de citar un puñado de estudios, lo cierto es que su libro se basa principalmente en citas de hombres y mujeres que –convenientemente- asisten a sus lecturas; sus descripciones de algunos sitios de pornografía; declaraciones de hombres y mujeres en la industria pornográfica que Dines conoció en la Adult Expo en Las Vegas; y sus revisiones de un grupo seleccionado de escenas pornográficas. Para empezar, los lectores no tienen idea de cuantas escenas pornográficas fueron revisadas, tampoco se sabe qué sistema fue usado para seleccionarlas ni bajo qué criterios fueron evaluadas. Otro problema: sus definiciones. Gail usa los conceptos de “hombre”, “mujer”, “porno” “industria” de manera completamente monolítica; bajo está idea, todos los hombres ven exactamente los mismos vídeos pornográficos, y todos los vídeos son exactamente iguales, sin embargo, no da ninguna definición sobre cuál es el estándar de “degradante”, “empatía” o “deshumanizante”, aunque Gail da ejemplos de lo que ella ve como actos inherentemente degradantes: sexo anal, sexo que implique a una mujer con 2 hombres o más, sexo por múltiples orificios, eyaculación sobre el cuerpo de la mujer, etc.  Finalmente, hay declaraciones que hacen preguntarse si verdaderamente la autora ha visto pornografía, cuando afirma: “En el porno nunca vemos besos o caricias” (2010, 64). Tampoco parece tener idea de la noción del porno gay o el porno lésbico, es más, parece ser que los conceptos del porno romántico o el softcore son completamente alienígenas para Dines.

 

Antes de continuar es necesario entender un concepto muy conocido: cosificación. La palabra cosificación es una que se utiliza de manera muy informal; originalmente Andrea Dworkin y Catharine MacKinnon la usaban para referirse a lo que la pornografía hace a las mujeres, o sea, tratarlas como cosas, objetos, elementos inanimados; ambas aceptaban la noción de Kant de que el sexo cosifica necesariamente a los participantes, no obstante, se desentendían de la noción en que ambos implicados de cosificaban mutuamente. Dworkin/MacKinnon sostenían que, al ser el hombre y la mujer asimétricos sexual y socialmente, el sexo es únicamente la cosificación de la mujer por el hombre.

Sin embargo, su uso parece ser muy desatinado, generalmente se usa de manera intercambiable con “sexualización”, lo que no es necesariamente cierto; otras veces se usa para referirse a cuando un hombre encuentra sexualmente atractiva a una mujer, otras simplemente significa “mujeres que hacen cosas que no me gustan”. No obstante, veamos cómo funciona verdaderamente la cosificación/objetivización. Esta idea fue definida por la filósofa Martha Nussbaum en el escrito Objectification (1995), donde estableció que la objetivización ocurre en las siguientes instancias:

1.- Instrumentalidad: El individuo es tratado como una herramienta para los propósitos de otro individuo.

2.- Negación de autonomía: Tratar a una persona como si careciese de autonomía o de auto-determinación.

3.- Carácter inerte: Tratar al individuo como si careciese de voluntad o actividad.

4.- Fungibilidad: Tratar al individuo como si fuese intercambiable con otros objetos.

5.- Violabilidad: El trato al individuo carece de integridad, como si fuese algo que está permitido romper o destrozar.

6.- Propiedad: El individuo puede ser vendido, poseído o comprado

7.- Negación de subjetividad: El individuo es tratado como si sus experiencias o sentimientos careciesen de importancia alguna.

Irónicamente, Martha acusó a Dworkin y a MacKinnon de cosificar a las mujeres debido a que redujeron sus identidades únicamente a sus experiencias de abuso.

 

Tener estos conceptos a mano nos permite proseguir con el siguiente problema: la contradicción en la evidencia empírica (por cierto, un estudio encontró que la cosificación y la desigualdad de género era más habitual en el porno amateur, del mismo modo, las mujeres suelen ser cosificadas mediante instrumentalización, mientras que los hombres lo son mediante la deshumanización (Klaasen 2014)). Si bien la evidencia nacional parece haber demostrado que la pornografía produce mala conducta sexual, queda la pregunta de si la pornografía produce actitudes de hostilidad hacia las mujeres y de misoginia en general.

A decir verdad, hay resultados para todo. ¿La pornografía produce –o en su defecto, se correlaciona- actitudes sexistas o que faciliten agresiones contra las mujeres? Algunos estudios dicen que sí (Demaré 1993) (Demaré 1988) (Boeringer 1993), pero otros encuentran lo contrario (Kohut 2015) (McKee 2007); otros encuentran correlación entre el crimen sexual, pedofilia y homicidio con la crianza en entornos religiosos y represivos con la sexualidad, en vez de con la alta exposición a la pornografía (Diamond 2009b); e incluso hay algunos que apuntan correlación entre el uso de pornografía y menos sexismo tradicional pero más sexismo benevolente (Garos 2008).

¿Por qué tantas discrepancias de resultados entre algunos estudios y otros? Esto se debe a múltiples factores que han sido descuidados a la hora de investigar en este tema:

  • Grupo de control: Los grupos de control en los estudios de pornografía suelen ser muy bajos, y con bajos me refiero a muestras que –en un muy buen día- tendrán 3 dígitos, en algunos casos más puntuales, quizás hasta 4 dígitos, pero esto es inevitable considerando que, generalmente, los grupos de control se adquieren con participantes voluntarios, al mismo tiempo, las muestras suelen limitarse únicamente a varones de edad universitaria, la data sobre los efectos de la pornografía en mujeres consumidoras es desde escasa a inexistente.
  • Metodología: El tamaño de un grupo de control no lo es todo, obviamente una muestra gigantesca puede acabar siendo completamente inútil si no se utiliza correctamente, dicho eso, algunos investigadores son capaces de adquirir resultados significativos de muestras pequeñas, ese es un problema importante, imagínense que son Alicia en el país de la pornografía y deben investigar sobre los efectos de la pornografía, naturalmente, el primer paso es conseguir sujetos de prueba y luego planear y desarrollar un experimento el cual debe ser realizado en condiciones de laboratorio… Ese es el problema, la data sobre consumo de pornografía en el mundo real vs condiciones de laboratorio es muy escasa, háganse la siguiente pregunta, de todos los consumidores de pornografía que hay en el mundo ¿Cuántos ven porno precisamente en condiciones de laboratorio? Es más consideren que los experimentos son realizados con videos que los participantes no escogen y que, probablemente, no están acostumbrados a ver y además de teniendo conocimiento de que sus resultados serán usados para investigaciones. Incluso Gail Dines reconoce que la data sobre consumidores de pornografía en el mundo real vs consumidores en el laboratorio es escasa (Dines 2010)
  • Tiempo: A veces resulta obligatorio recordar lo obvio, la data envejecida y oxidada es mucho menos valiosa, por lo menos en este tipo de investigaciones, piensen de esta manera ¿Es intercambiable el porno disponible en los 80’s comparado con el porno disponible en 2018? ¿Es la cultura respecto al porno y/o el sexo completamente inmutable como para que las reacciones sean idénticas y consistencias en casi 4 décadas?

 

Meta-análisis: Este es el momento del “Aha” para los activistas. ¿Qué mejor que un meta-análisis que recopila estudios relevantes y encuentra una correlación positiva? Un ejemplo de esto es (Malamuth 2010).

Para empezar, estas datas no son capaces de explicar los resultados de (Garos 2008) y (McKee 2007), además de que suelen tener una tendencia muy habitual: La literatura analizada solo considera a varones en edad universitaria (ni siquiera consideran a mujeres). En el caso de (Malamuth 2010) se encuentra una correlación baja entre consumo de porno y actitudes de violencia contra las mujeres para el porno no-violento (r= .12), pero amplia para el porno violento (r= .24). Sin embargo, ¿cuál fue la literatura analizada?:

 

¡Vaya sorpresa! Grupos de control de 3 dígitos (o incluso menos), estudios de diferentes décadas, y correlaciones desde muy pequeñas hasta muy grandes. Sin embargo, el problema del meta-análisis como herramienta académica trasciende el ámbito de la pornografía. Para quienes deseen indagar en los fallos de los meta-análisis como herramienta para solucionar conflictos académicos, revisar (Ioannidis 2016) (Wely 2014) (Eysenck 1984) (Advertencia: los meta-análisis están en crisis académica justamente porque muchos se enfocan más que nada en recopilar estudios inútiles).

 

Un ejemplo de un estudio un poco más representativo vendría a ser (Kohut 2015) ¿Por qué? Para empezar utiliza un N=25.047 (donde 14.101 son mujeres y el resto son hombres); también específica a los consumidores casados (N=13.511) y la edad promedio fue de 45. Incluyó a participantes políticamente de izquierda (24,56%), derecha (31,89%) y moderados (35,94%). Sin embargo, es debido establecer las conclusiones y los estándares:

El estudio encontró que los consumidores de pornografía tienen aptitudes más igualitarias que los que no consumen, pero ¿cuáles fueron sus estándares? Fueron: identificación como feminista, actitudes respecto al aborto, actitudes respecto a mujeres en poder, actitudes respecto al trabajo femenino fuera del hogar y sobre la familia tradicional. Los resultados indicaron que los consumidores tendrían mayor simpatía por las mujeres en el poder, apreciarían más la dependencia económica de las mujeres, y tendrían posturas más abiertas al aborto.

 

Para finalizar, esto no quiere decir que el debate está concluido o que no es necesario seguir investigando; pero se debe recordar el punto en que estamos: ¿Es posible abolir la pornografía? Puede ser posible abolir el que se siga produciendo, pero ¿es posible erradicar del planeta la pornografía que ya existe? De todos modos, por lo menos seremos capaces de estar de acuerdo en que la pornografía no es el fin del mundo.

 

Bibliografía

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Balderouge

Ex feminista radical.

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