En febrero de 1998, la ex feminista radical y académica en literatura brasileña: Daphne Patai (escritora del libro Profesando feminismo: Historias precavidas del extraño mundo de los estudios de la mujer) fue partícipe en una conferencia que se destinaría a atender el problema del abuso sexual en las universidades y escenarios laborales, sin embargo, a la hora de atender la problemática del abuso sexual entre personas del mismo sexo, los locutores evadían el tema debido a que temían ser acusados de incitación a la homofóbia, es de ahí donde se origina nuestra revisión.

En el libro Heterofobia: Acoso sexual y el futuro del feminismo, Patai realiza la primera gran visión crítica de la cruzada feminista contra el acoso sexual, la cual, antes de observar un genuino intento de combatir el problema, encuentra una agenda política y económica que opera con el objetivo de remodelar completamente la arquitectura de las relaciones humanas (Cuyo efecto colateral es el completo desmantelamiento de la heterosexualidad).

La actual aplicación legal, cuasi legal, extra legal y administrativa de leyes de acoso sexual, especialmente como es manifestado en la doctrina del ambiente hostil y es practicada en las universidades, representa un no-bienvenido y peligroso cambio en la ley y la forma”

  • Heterofobia, página 15

Patai reconoce que el acoso sexual es un crimen real y la legislación era necesaria para penar adecuadamente a los infractores, sin embargo, ella identifica una deficiencia en lo que las feministas setenteras denominaron como “extorsión o abuso en comportamientos sexuales en el campo laboral”, el problema está que no sólo busca combatir la mala conducta sexual, sino más criminalizar cualquier expresión de la sexualidad masculina que, en sus bajos estándares, simplemente ponga incómoda a una mujer. En la visión de Daphne, la “interacción y juego sexual es una parte de la experiencia sexual humana”, y si bien cuando no es solicitada llega a ser vejatoria, lo único que puede inhibirla es un clima de represión e intolerancia, eso es, toda sexualidad masculina es mala y la sexualidad femenina no existe, o bien, solo existe cuando es de conveniencia para la agenda política.

La industria del acoso sexual ha operado en 2 frentes. El primero, ampliamente ganado, consiste en reescribir la ley. La otra, más ambiciosa, ha buscado reestructurar los patrones de comportamiento y tradiciones – específicamente las relaciones entre hombres y mujeres”

  • Heterofobia, página 27

El problema es el siguiente: Patai afirma que tal clima de represión e intolerancia ya existe; ¿Quién la creo? Es sostenido debido a administradores universitarios, terapistas post-trauma y feministas radicales con influencia en la formulación de las leyes, específicamente cita a Catharine MacKinnon, Andrea Dworkin y Mary Daly como “notorias heterófobas” que azotan con su “patológica aversión por los hombres y su antipatía con la heterosexualidad”

La institución del coito heterosexual es anti-feminista”

  • Ti-Grace Atkinson

Patai revisa una gran cantidad de casos de abuso reportado en las universidades en los que las dichosas vejaciones fueron falsas, o bien, triviales. Aunque Daphne se centra en varones falsa o injustamente acusados (Como un maestro cuyo crimen fue permitir que unas alumnas sostuvieran una discusión sobre temas sexuales) ya sea por acciones triviales o inusualmente fantásticas (Como un alumno acusado de múltiples violaciones, aun cuando la supuesta víctima solicitaba su tutoría constantemente a pesar de ser –teóricamente- violada), también se encuentra con mujeres académicas cuyas carreras fueron destruidas por el mismo clima de hostilidad hacia las interacciones heterosexuales. Patai llegó aún más lejos como para investigar las experiencias de los hombres tras ser falsamente acusados, y a pesar de que algunos pudieron probar exitosamente su inocencia, se encontraban en la situación de desempleados, multas fiscales y con amistades destruidas debido a que las acusaciones habían destruido completamente sus reputaciones (Puntualmente hace énfasis en un caso de un maestro trivialmente acusado: Una alumna le había hecho un comentario acerca de su pecho inflado –Debido a que tenía sobrepeso-, el mismo, como broma, le dijo que ella no tenía tal problema, lo siguiente que ocurrió fue una caza de brujas de tal magnitud que el maestro en cuestión acabó suicidándose, tras la muerte del maestro, la universidad donde trabajaba declaró que su mayor preocupación era que su suicidio desalentase a las alumnas acosadas de presentar denuncias).

La causa sería la siguiente: Esto no es un incidente lamentable o una conspiración contra ciertos maestros desafortunados, sino más bien atiende al funcionamiento de lo que Patai denomina “La industria del acoso sexual”. En su revisión al texto “Acoso sexual en campus: Una guía para administradores, facultados y estudiantes” de Bernice Sandler y Robert Shoop (1997) encuentra el problema de raíz: las mujeres siempre existen como criaturas débiles e indefensas en todas sus interacciones con hombres; con esto en cuenta, podemos eliminar las barreras entre una acción criminal y una trivial, y posteriormente, toda acusación será equivalente a culpa. La falta de evidencia se convierte en una inconveniencia fastidiosa que puede ser eliminada al reducir un caso de acusación falsa a un montón de papeles archivados en una carpeta, la que será abandonada en una gaveta para que se pudra y nadie pueda investigar correctamente los hechos (Será sacada en caso de que surjan quejas contra la misma persona en el futuro).

Daphne se encuentra con la irónica situación de la profesora de estudios de género Jane Gallop; esta última recibió un capítulo debido a que fue acusada de acoso sexual por alumnas graduadas, eso es, “las mismas feministas habían caído en la trampa que ellas pusieron”. ¿Cuál fue la defensa de Gallop? Para Jane, el acoso sexual debe requerir de un poder sistemático (Masculino por defecto), por lo tanto, acusar a una mujer de acoso sexual resulta como una distorsión de la causa original, en palabras de Patai:

Ella desea que las leyes de acoso sexual existan únicamente dentro de una línea de trabajo que la provean a ella y a otras feministas de una licencia de comportamiento, mientras el comportamiento de los hombres es restringido. Y esto es presentado como un derecho y una demanda”

¿Cómo es que una educadora feminista tenga el descaro de –en teoría- abusar de sus alumnas y se salga con la suya bajo el pretexto de que, al ser mujer, no cuenta con el poder institucional para poder abusar de otras personas? Después de todo, el acoso se sustenta en la narrativa del “privilegio masculino patriarcal”, teniendo en cuenta que las mujeres no cuentan con este privilegio, resulta predecible que las feministas afirmen que ellas no pueden ser acusadas del crimen.

Daphne encuentra la razón detrás de esto, la guerra contra el acoso sexual nunca fue una guerra contra el acoso sexual sino más bien una guerra contra los hombres:

La crítica feminista de instituciones patriarcales derivó a un real, visceral y grotesco antagonismo hacia los hombres y consecuentemente en una intolerancia hacia las mujeres que insisten en interactuar con ellos”

En el segmento titulado “Tipificando mitos”, Daphne analiza que la narrativa del “privilegio sistemático” existe como un mito creado por y para la industria del abuso sexual, a pesar de que este mito es dicotómico y elimina cualquier cambio social respecto a la condición de las mujeres en las universidades y en el trabajo, sino que además le permite a la industria tratar al acoso como un patrón de comportamientos patriarcales en constante incidencia en vez de una secuencia de acciones propias de una interacción social específica, esto no es accidental, ya que si el acoso sexual se encuentra en todos lados, la industria puede permitirse expandir su alcance, implicando que las políticas públicas invadan cada vez más las intimidades de las mujeres y hombres.

Si el acoso sexual fuese renombrado como “privilegio femenino” o “aplastar a los hombres” no tendría el mismo apoyo. Si fuese meramente visto como un error temporal a ser corregido, y no como una amenaza acosando la vida de mujeres aterradas, nuestro completo panorama social sería diferente, la hostilidad entre hombres y mujeres se reduciría y la industria del abuso sexual encontraría una pequeña demanda por sus servicios, o bien desaparecería”

  • Heterofobia, página 57

El sesgo anti-hombre y anti-heterosexual del feminismo –según Patai- no es una consecuencia de extremistas lamentables o de malas relaciones públicas, sino más bien, la naturaleza del feminismo hacia la heterosexualidad femenina lleva décadas siendo en un tono de arrepentimiento, esto lo adquiera al citar la enorme cantidad de cartas hacia Betty Friedan (recopiladas en su libro La segunda etapa) de mujeres sintiéndose culpables por mantener relaciones sexuales con hombres (Lo cual, según ellas, era traición a su género y al feminismo), mientras que al mismo tiempo le dedica una sección a hombres feministas que han caído en un estado patético de odio hacia sí mismos y una asexualidad inorgánica, o sea, los hombres feministas sienten que son incapaces de mantener relaciones sentimentales –aunque sean homosexuales- sin que estén bañadas por valores patriarcales, así que, guiados por la culpa, se exilian de las relaciones amorosas (Daphne otorga una perspectiva tragicómica de la situación de estos hombres pero, personalmente, sólo resulta divertida).

Daphne en su optimismo afirma que la heterofobia más despiadada pertenece a una minoría del feminismo, también alienta a la crítica del mismo debido al daño que ha generado en hombres y mujeres no-feministas. Ella propone un ejercicio mental: imaginemos que vivimos en un mundo donde existen leyes que protejan a los hombres del abuso emocional del mismo modo que existen leyes que protegen a las mujeres del abuso sexual, ¿Cuántas feministas estarían encarceladas?

Patai también se toma la molestia de desenmascarar el enorme sesgo anti-mujer de las políticas feministas contra el acoso sexual; su punto de partida es el estado indefenso y débil de la mujer como individuo, la excusa para su aplicación es sencilla: Las mujeres son seres débiles, patéticos y miserables ¿Cómo podrían tan insignificantes criaturas enfrentarse a seres poderosos e indomables como los hombres a nivel social e intelectual? Después de todo, si la mujer no fuese esta criatura frágil y delicada ¿Cómo no podría mantener relaciones sentimentales y amistados con hombres sin que el estado las proteja constantemente?

Daphne finalmente sostiene que las políticas de acoso sexual feministas son ineficaces para enfrentar eficientemente el problema del acoso sexual, es más, generan ambientes de mayor tensión entre géneros, por ejemplo: Tras las repercusiones del movimiento #MeToo, Melanie Phillips en su debate contra Germaine Greer sobre el tema, afirmó que una cantidad importante de empleadores varones se sienten aterrados de contratar mujeres debido a que temen ser acusados falsamente de abuso sexual, sin mencionar, que las políticas de acoso sexual feministas han tenido una eficiencia impresionante a la hora de infantilizar a la mujer.

Patai aparenta ponerse en las filas de Wendy McElroy y Erin Pizzey que evalúan al feminismo no sólo como un movimiento social, una ideología o una rama académica, sino también como un negocio en sí mismo.

@DominoYayo

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Balderouge

Ex feminista radical.

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