“Si los hechos no se ajustan a tu teoría, cambia los hechos” – Peggy Sastre

 

A partir de la segunda mitad del siglo XX, se produjo un cambio en la óptica hacia la violencia doméstica. Anteriormente entendido como un conflicto privado entre personalidades discordantes, las cuales debían ser guiadas por el camino de la preservación de las relaciones, a pesar de ser legalmente considerado como un crimen, lo cierto es que las represalias no eran precisamente las más ejemplares. A día de hoy, la violencia doméstica es atendida como un problema social que afecta a la salud pública de las mujeres, con el estado como principal operador contra la violencia contra la mujer, militando por el procesamiento de los maltratadores como criminales y asegurando el quiebre de las relaciones con interacciones violentas (Suk, 2009).

Si bien la epistemología respecto al tratamiento del problema está bien definida con el uso incuestionable de conceptos como “Violencia de género” o “Violencia machista”, lo cierto es que estos logros tuvieron aparatosos procesos teóricos, empíricos y judiciales.

 

El enfoque psicológico

Judicialmente hablando, la perspectiva feminista respecto a la violencia doméstica deriva de las tempranas teorizaciones de feministas radicales sobre la violación (Houston, 2014). En su trayectoria, las feministas radicales tuvieron diversos resultados en sus variados frentes: Fracasaron en su premisas por leyes por la abolición de la prostitución y pornografía y sus resultados contra el movimiento trans tampoco son prometedores, sin embargo, en sus proyectos por la violencia doméstica y violación tuvieron éxitos vertiginosos. Hasta antes de las feministas, la psicología dominaba el eje con el cual se trataba la violencia doméstica, eso es, la violencia se ve originada como un producto de relaciones disfuncionales entre personas con personalidades discordantes, esto se consideraba satisfactorio para explicar porque la violencia se producía, pero también para explicar porque las mujeres permanecían en relaciones violentas (Reynolds & Siegle, 1959). La raíz del problema era fundamentalmente la personalidad de los implicados, dejando a los factores sociales en un nivel secundario, causando que el tratamiento se enfocase en terapias personalizadas en vez de cambios sociales, subsecuentemente, los “expertos” en salud mental se habrían de especializar en administrar parejas violentas, dirigiendo el tratamiento a la preservación y reparación de las parejas y matrimonios.

Las teóricas feministas rechazaron completamente estos enfoques, acusándolos de:

  • Privatizar la violencia doméstica y así impidiendo la intervención estatal en la materia además de conferirles impunidad a los maltratadores.
  • Culpar a las víctimas, argumentando que enfocarse en la psicología de las mujeres víctimas restaba culpa a los maltratadores y a la dominación masculina en general.

Un elemento central en la crítica feminista era el concepto de “masoquismo femenino” introducido por Sigmund Freud y luego desarrollado por su discípula Helene Deutsch en los años 30’s. Deutsch sostenía que el masoquismo era un elemento central en la sexualidad y –por extensión- en la psicología femenina (Deutsch, 1930). La temprana literatura de feministas radicales en los 70’s juzgaba al concepto de “masoquismo femenino” como un intento de culpar a las mujeres y de justificar la violencia sexual cometida por hombres contra estas, implicando así, la perpetuación del patriarcado. Las críticas feministas generalmente referenciaban 2 artículos: The Wife Assaulter (Shultz, 1960) y The Wifebeater’s Wife (Snell, 1964). El primer artículo no referencia al masoquismo femenino, pero si implicaba a las mujeres en la producción de hombres violentos, sus conclusiones sobre el papel de las mujeres en la violencia derivaban tras revisar casos de hombres que intentaron asesinar a sus esposas, todos habían sido descritos como hombres “pasivos, sumisos y con necesidad de dependencia”, también todos habían sido víctimas de madres maltratadoras y dominantes, los mismos se habían casado con mujeres similares a sus madres, eso es, “dominantes, altaneras y ruidosas” que explotaban y adquirían recursos de la pasividad y dependencia de sus maridos, la violencia se originaría una vez que las necesidades de dependencia de los hombres no serían cumplidas (1960, págs. 107-8).

El segundo artículo si hacía referencia al masoquismo femenino, se basaron en un estudio informal sobre mujeres que habían denunciado a sus esposos maltratadores. Los autores identificaron que los hombres acusados eran “sumisos, pasivos, indecisos y sexualmente inadecuados”, mientras que las esposas maltratadas eran “abusivas, agresivas, frígidas y masoquistas”. El artículo postulaba que la violencia doméstica era una herramienta que permitía revertir el estado normal de las dinámicas de pareja, eso es, la violencia le permite al marido dominar a la esposa, y la esposa masoquista puede ser dominada por un hombre, esta dinámica debería proveer de “equilibrio” a la relación, las mujeres acudirían a ayuda legal una vez que un factor externo –digamos, un niño- se entrometiese para detener las dinámicas de violencia. (pág. 111)

En ambos casos las feministas acusaron a los autores de justificar la violencia al derivar el origen de la misma hacia el rol de las mujeres, cualquier consideración que evaluase el rol de las mujeres debía necesariamente desviar la atención del culpable: El hombre violento.

Otro problema, la privatización de la violencia, las feministas se oponían al enfoque psicológico dada su fijación por factores de la personalidad, produciendo así una asistencia de salud mental a los implicados en vez de intervención estatal, de ese modo, la violencia no es evaluada en la esfera pública y, por lo tanto, es perpetuada. El enfoque feminista necesariamente hace énfasis en factores sociales: “La afirmación desde una perspectiva de análisis feminista, es doble: La sociedad es patriarcal, y que el uso de la violencia para mantener el patriarcado masculino es aceptado. Este argumenta indica al patriarcado como causa directa del maltrato a la mujer en vez de una inducción que interactúa con otras causas” (Dutton, 2006, pág. 97)

 

El problema familiar

A inicios de los 70’s el problema de la violencia doméstica comenzó a ganar una notoriedad difícil de ignorar, las estadísticas sobre crímenes en el hogar eran alarmantes y los sociólogos estaban ansiosos por dar una explicación y así fue como nació un nuevo campo de estudio: “Violencia familiar”, siendo sus principales exponentes Murray Strauss, Richard Gelles y Suzanne Steinmetz. Los teóricos de la violencia familiar comenzaron a evaluar factores sociales en la incidencia de la violencia doméstica, sin embargo, las feministas fueron críticas con sus perspectivas dado que consideraban múltiples factores, entre los cuales no se encontraba el patriarcado y la desigualdad de género no era central (Dobash & Dobash, 1979)

Según la violencia familiar, la violencia es producto de estrés estructural y experiencia de socialización, siendo el contexto situacional un factor variable (Gelles, 1974). El sexismo fue considerado, por ejemplo: Cuando un esposo no contaba con los medios para desenvolverse como “proveedor” de la familia, era más probable que se produjese violencia, pero el sexismo era sólo un factor, además de que no era capaz de explicar la violencia contra los hombres o contra los niños. Según Gelles, la violencia surge en “familias con bajos niveles de ingresos, bajos logros educacionales o donde el esposo tiene un bajo estatus ocupacional” (pág. 192). A mayores desventajas sociales, mayor es el estrés de la familia, por lo que mayor es la probabilidad de que la violencia florezca. A pesar de su consideración en los factores sociales, Gelles daba un gran énfasis en el rol de la víctima, afirmando que esta contempla un rol importante y “activo”. Las mujeres con parejas violentas generalmente saben que lo son y saben que estímulos o palabras pueden desatar la conducta violenta, es más, no es extraño que las esposas maltratadas atacasen verbalmente a sus parejas con nombres peyorativos, insultos sobre mal desempeño sexual y mencionar conflictos pasados con la intención de causar la ira del marido (pág. 157). De ese modo, si bien disminuir el estrés de la familia era importante, también lo era atender la conducta individual, incluso la de la víctima.

 

Evidencia

En 1976, los 3 investigadores de la violencia familiar realizaron la primera National Family Violence Survey, los resultados indicaron que las tasas de violencia de mujeres a hombres eran, de hecho, bastante similares a las de hombres a mujeres, sin embargo, el tipo más común de violencia era la violencia recíproca (Straus, 1980), estos resultados no son sólo consistentes con otros estudios, sino que algunos han encontrado que las mujeres son más violentas que los hombres (Ver (Johnson, 2008) (Ackard & Neumark-Sztainer, 2002) (Aizenman & Kelley, 1988) (Allen-Collinson, 2009) (Amendt, 2008) (Anderson, 2002) (Archer, 2000) (Archer, 2002) (Archer, 2006) (Archer, 2013) (Arriaga & Foshee, 2004) (Baker & Stith, 2008) (Breitman, Shackelford, & Block, 2004) (Brown, 2004) (Caetano, Schafter, Field, & Nelson, 2002) (Capaldi, Kim, & Shortt, 2004) (Capaldi D. M., 2007 ) (Carlson, 1987) (Carney, Buttell, & Dutton, 2007) (Cercone, Beach, & Arias, 2005) (Chan, Straus, Brownridge, Tiwari, & Leung, 2008) (Chang, Shen, & Takeuchi, 2009) (Cook, 1997) (Doroszewicz & Forbes, 2008) (Dutton D. G., 2007) (Dutton, Corvo, & Hamel, 2009), revisar (Fiebert, 2014) para una bibliografía de más de 300 estudios).

Los estudios que reportan bidireccionalidad son abundantes, es más, llevan existiendo desde 1970 y dando resultados consistentes desde hace casi medio siglo (Straus, 2007):

 

Este encuentro de evidencia llevo a la ya mencionada Suzanne Steinmetz a publicar un artículo titulado “The Battered Husband Syndrome” (1978), el cual recibió numerosas críticas de teóricas feministas, afirmando que los casos de maltrato contra los hombres son verdaderamente, casos en que las mujeres han incurrido en defensa propia (Leghorn, 1978). Prontamente, los investigadores de violencia familiar comenzaron a recibir amenazas, Richard Gelles afirmó que se habían convertido en “no-personas” para las feministas, los investigadores recibieron amenazas de muerte, las conferencias recibieron extravagantes amenazas de bombas plantadas en los edificios, la que recibió el peor trato fue Suzanne Steinmetz quién además de lo antes mencionado, militantes realizaron esfuerzos para cortar los fondos de sus investigaciones e incluso que fuese despedida de la universidad donde trabajaba (Gelles, 1999). En 1985 repitieron sus experimentos y los resultados volvieron a ser consistentes, eso es, las tazas de violencia perpetrada por mujeres seguían siendo similar a la perpetrada por hombres, en esta ocasión, se encontró que las violencia iniciada por mujeres no era diferente a la iniciada por hombres, dificultando el argumento de la “defensa personal” (Straus & Gelles, 1990). Tras esto, en la antología Feminist Perspectives on Wife Abuse (Rusell, 1988) se argumenta que las investigaciones sobre violencia doméstica que no tienen sensibilidades con las teorías de género son una “herramienta patriarcal”, además de juzgar a los resultados de Straus y Gelles como “contradictorios con toda teoría feminista sobre la violencia” y afirmando que toda investigación debería estar informada por un perspectiva feminista.

 

De la violación hasta los golpes

Para entender como la visión del feminismo sobre la violencia doméstica deriva de su entendimiento sobre la violación es necesario entender los diferentes temas que trataba la agenda feminista antes de iniciar el periodo de teorización sobre la violencia doméstica, antes de esta –cronológicamente hablando- estaba la violación. En 1976 Diana Rusell comentó: “Es bastante destacable cuanta atención se le ha dado al problema de la violación en los Estados Unidos y cuán poca se le ha dado al problema del maltrato a la mujer” (Rusell & Martin, 1976, pág. ix). En los 70’s, las facciones del feminismo se habían divido en 2 categorías: Las reformistas/liberales, generalmente concentradas en la National Organization of Women (NOW) y las radicales concentradas en el movimiento de liberación femenina (Women’s Liberation). Mientras que la NOW era un grupo organizado con estructura jerárquica que daba la bienvenida a los hombres que deseasen colaborar, la Women’s Liberation eran pequeños grupos de protestantes dispersas a quienes colaborar con los hombres les resultaba “impensable”. Mientras que la NOW se concentró en los problemas de empleabilidad e igualdad de oportunidades para las mujeres, el problema de la violencia doméstica y la violación fueron reclamados por las radicales (Brownmiller, 1999), es más, según Susan Brownmiller, las teorías radicales sobre la violación y el maltrato doméstico fueron el mayor éxito del feminismo radical para con el mundo (pág. 94) (Yo estoy de acuerdo).

Kate Millett en el clásico “Político Sexual” (1970) ya argumentaba que el sexo, como la raza, conlleva implicaciones políticas (pág. 24). En sociedades patriarcales, la dominancia sexual es la “ideología más penetrante” y el concepto “más fundamental de poder” (pág. 25). De acuerdo a Millett, el patriarcado (Así como el racismo y colonialismo) requiere del uso de fuerza para su mantención. La violación es un ejemplo de este uso de fuerza, el maltrato doméstico es otro (pág. 44). Andrea Dworkin estaba de acuerdo con ella, sosteniendo que la violación, así como el maltrato, son crímenes del sistema de sexo-clase contra las mujeres, cuya función es mantener a las mujeres en un sistema inamovible de jerarquía sexual (1978, pág. 223).

 

Otra feminista que estuvo de acuerdo: Susan Brownmiller, quién en su libro “Contra nuestra voluntad” afirmó: “La violación es nada más y nada menos que un proceso de intimidación en el que todos los hombres mantienen a todas las mujeres en un completo estado de terror” (1975, pág. 15). Para el feminismo radical, la violación es el patriarcado plenamente expresado (Además, incluso la violación de hombre a hombre puede ser explicado como un “microcosmos de la experiencia femenina en la violación heterosexual” (1975, pág. 265))

Brownmiller explicó lo que ella llamó “ideología masculina” como un conjunto de ideas que buscan perpetuar mitos patriarcales, entre ellos el “mito de la violación”, o sea, la idea de que las mujeres no pueden ser violadas dado que todas desean la agresión masculina (1975, pág. 312), este mito tiene 2 formas: La negación de la violación como un suceso real (O sea, la violación no existe) y luego, la idea de que todas las mujeres desean ser violadas (Aquí entra la idea de culpar a la víctima por su violación) (1975, pág. 313). No fue hasta que la organización llamada Feminist Alliance Against Rape (FAAR) adoptó esta lógica y explicó que “la violación y el maltrato matrimonial están directamente relacionados” (Yankowski, 1976). Estas serían sus similitudes:

  • Tanto la violación como el maltrato significan violencia masculina contra la mujer
  • Tanto la violación como el maltrato generalmente no conllevan justicia para las mujeres
  • Tanto la violación como el maltrato tienen atribuidos mitos que permiten su legitimización, eso es, que las mujeres son “masoquistas”.

Todas estas circunstancias implicaban un estado de terror en las mujeres que las llevaba a modificar su conducta y así, perpetuar modelos patriarcales de comportamiento que sostenían la cultura masculina.

 

Brownmiller estableció que el psicoanálisis era el origen de la “ideología masculina”, culpando a Helene Deutsch y su teoría del masoquismo femenino, fue entonces que el feminismo descartó la psicología dado que esta solía contener patriarcales declaraciones que culpaban a las mujeres. (1975, pág. 315). También se estableció que las mujeres tenían un rol en la “ideología masculina”, encontrando la popularidad de la misma entre las mujeres como un éxito del patriarcado. Catharine MacKinnon luego denominaría a esto como un ejemplo de “falsa conciencia”, argumentando que lo que conocemos como “verdad” son simplemente experiencias codificadas por la perspectiva masculina (1983) (1982), en otras palabras, las experiencias de las mujeres son definidas por una perspectiva masculina, el problema con esto es que tiene una función política, eso es, las perspectivas dadas por mujeres que no sean compatibles con las expectativas del feminismo simplemente pueden ser descartadas despreciadas por provenir de mujeres “cegadas” (O si gustan: “Alienadas”). Dado que las feministas radicales monopolizaron de un modo paternalista la perspectiva femenina, pueden pretender que saben lo que es mejor para la mujer y en casos de violencia masculina, si saben lo que es mejor para la mujer como individuo, también saben lo que es mejor para la mujer como colectivo. En cierto modo, la “falsa conciencia” es simplemente la versión feminista de “culpar a la víctima”, pero veamos cómo fue que los conceptos de:

  • La violencia doméstica es una fuerza patriarcal para mantener la dominación masculina
  • La intervención estatal es fundamental para la eliminación de la misma…

se volvieron “verdades” para el feminismo.

 

Teorías tempranas

Las más destacables líneas de pensamiento feminista sobre la violencia doméstica provinieron de Battered Wives de Del Martin (1976) y Violence Against Wives: A Case Against the Patriachy de Dobash y Dobash (1979). Ambos concordaban en que otorgaban un papel importante a la dominación masculina; sin embargo, se diferenciaban en su función, Del Martin sostenía que la violencia surgía como una reacción a la desigualdad de género, mientras que la pareja Dobash lo veía como un medio de mantención para el control masculino.

Del Martin se enfocó en la institución del matrimonio, argumentando que este es el origen de los roles de género de donde se origina la violencia, siendo los roles “masculinos” y “femeninos” derivados de los roles de “marido” y “esposa”, la violencia se origina una vez que los cónyuges se sintieran incapaces de cumplir con sus roles de género, eventualmente “estallando”, Del Martin -para ser honestos- no culpaba a los hombres, establecía que tanto hombres como mujeres eran víctimas de sexismo y el mayor daño y cantidad de víctimas femenina era producto de las diferencias entre fuerzas físicas. Al definir a los roles de género como “Estresantes”, Del Martin parecería acercarse a Gelles, pero lo cierto es que nunca estuvo preparada para considerar algún otro factor que no fuese el sexismo. Siempre rechazo explícitamente data que demostrase que la violencia era más abundante en clases menos privilegiadas.

Del Martin sostuvo que el matrimonio no sólo permitía el abuso, sino que lo justificaba y lo promovía, militó en contra de las terapias de rehabilitación de matrimonios ya que empujaban las relaciones de vuelta a lo privado, a donde nadie se atreve a intervenir y, por lo tanto, promoviendo el maltrato a las mujeres. Explicaba a las mujeres que se negaban a dejar a sus esposos abusivos como mujeres “cegadas por el miedo” (Recordando a MacKinnon y la falsa conciencia).

 

La pareja Dobash tuvo inicios similares, concordaban con Millet y Del Martin al establecer la importancia de los roles de género que motivaban a las niñas a ser esposas sumisas y a los niños a ser esposos tiránicos, no obstante, también culparon en parte a las condiciones del campo laboral, ya que imposibilitaban el surgimiento económico de las mujeres y por ende, procurando su dependencia de los hombres.

Les atribuyeron a los esposos la propiedad de “control coercitivo”, Del Martin sostenía que la violencia era una reacción a la desigualdad, los Dobash afirmaban que era una forma de mantenerla, los hombres que maltrataban a sus esposas de hecho están actuando acorde a valores occidentales: Dominación masculina, sumisión femenina y agresividad. La violencia doméstica también tendría un rol social, eso es, además de garantizar la dominación del marido sobre la esposa, también lo haría por la dominación de los hombres por sobre las mujeres como colectivo. Los Dobash rechazaban la teoría de violencia familiar, afirmando que carecía de análisis histórico, además de juzgar la evidencia que apunta a que el abuso era bidireccional como algo “que no es verdad” (págs. 19-20). La solución según los Dobash era comenzar a desafiar la dominación masculina.

 

La teoría feminista como ley

En los años 70’s el panorama legal para tratar la violencia doméstica era complicado, era considerado un crimen y existían penas carcelarias por cometerlo, sin embargo, estatus policiales muy específicos además de la negativa de la policía a intervenir en disputas domésticas significaron que pocos cargos fuesen presentados, por ejemplo: Algunos cargos requerían que los oficiales de policía presenciasen los ataques para poder interferir y arrestar al maltratador y legalmente hablando, los policías tenían autorizado un derecho a la discreción.

Si bien los cargos presentados eran pocos, las condenas eran menos, las feministas culparon a las creencias patriarcales de los jueces, sin embargo, se debía –generalmente- a que las mujeres solían negarse a testificar. Eventualmente algunas feministas comenzaron a preguntarse si era conveniente luchar una forma de opresión (dominación masculina) con otra (control estatal). En poco tiempo algunas feministas notaron que había mujeres que no querían al estado involucrándose en su vida privada, por lo tanto, optaron por soluciones no-criminales: Refugios para mujeres maltratadas, ampliar el acceso de las mujeres a órdenes de protección civil (En la década, las mismas sólo estaban disponibles para mujeres en divorciadas).

 

En 1976, 2 casos legales fueron presentados, uno en California (Scott v. Hard) y otro en Nueva York (Bruno v. Cody). Las quejas reconocían la inefectividad de la policía a la hora de proteger a las víctimas, también especificaban que el maltrato era un crimen como cualquier otro, incluyendo que las víctimas tenían derecho a ser protegidas de los perpetradores.

Laurie Woods y Pauline Gee fueron las abogadas de los casos y ambas escribieron artículos con demandas similares. Tanto Woods como Gee adoptaron la perspectiva feminista (Además de dar inicio a una popular ola de abogadas feministas, entre ellas: Catharine MacKinnon y Florynce Kennedy, mejor conocida como la abogada que defendió a Valerie Solanas) ambas demostraron creer en la noción de que la intervención estatal debía usarse para atacar el problema del maltrato doméstico, además de la dominación masculina en general. Woods se alineó con la teoría de Dobash y afirmó que el maltrato se producía debido a que la sociedad motiva a los hombres a dañar a sus esposas, ella veía la violencia doméstica como una fuerza patriarcal y estaba segura que la dominación masculina era la única causa que podía explicar el fenómeno, rechazo las teorías socioeconómicas (Violencia familiar) y la psicología.

Laurie creía que el progreso era inmediato a la hora de desafiar estructuras sociales, afirmó: “Cada vez que un maltratador es arrestado, las creencias sexistas son desafiadas”. Se alineó con varias posturas radicales, por ejemplo: Explicaba que la poca interferencia de la policía se debía a que veían a las mujeres como “propiedad privada” del esposo (Derivando en críticas a la familia), ella dijo: “El hombre es, después de todo, el problema”. Finalmente, para Woods las soluciones no-criminales eran inútiles con una excepción: Los refugios, sosteniendo que tanto serían necesarios que “habría que haber uno en cada cuadra”, sin embargo, nunca los vio como una solución dado que no desafiaban la dominación masculina.

Pauline Gee estuvo bastante de acuerdo con Woods, aunque introdujo algunas novedades: ella definió al estado como un árbitro neutro de poder, para Gee, los hombres tienen poder y las mujeres no, al castigar a los hombres que maltratan a las mujeres el estado deja de ser “masculino” y se vuelve un aliado de las mujeres, de ese modo la intervención estatal se convierte en una herramienta viable para la liberación de las mujeres. Otras abogadas escribieron artículos de la misma índole, entre ellas: Barbara Hart y Lauren France, sin embargo, los argumentos no variaron virtualmente en nada (Houston, 2014, pág. 260).

 

Los casos de Woods y Gee no fueron simples anécdotas, fueron genuinos puntos de partida para la modificación de la ley en función de la teoría feminista, para 1978 y 1979, las demandas de las abogadas fueron aceptadas como legislación y de ese modo, la violencia doméstica comenzó a ser tratada como un crimen como cualquier otro. Finalmente, los estatutos legales consintieron a que el esposo pudiese ser arrestado en caso de que hubiera motivos razonables para creer que había cometido abuso, o bien, si el mismo estaba violando una orden de protección. Según Woods, la voluntad de la esposa no tendría ninguna relevancia, debido a que la misma podría negarse a testificar debido al miedo que su marido le hubiese inculcado.

 

En los 80’s se inició una ola de reacciones similares a las demandas de Woods y Gee: El Police Executive Research Forum, una organización de apoyo e investigación para el desarrollo de leyes produjo informes que eran coherentes con las demandas feministas. Las reformas legislativas también iniciaron, para 1981, 21 estados habían cambiado sus estatutos para que permitiesen el arresto de los acusados en caso de delito (Los policías ya no necesitaban presenciar el acto para actuar), otros 14 estados permitían arrestos en caso de que hubiese motivos para creer que se había violado una orden de alejamiento. Para 1988, sólo 2 estados no habían adoptado estas reformas.

Irónicamente, los estudios empíricos que señalasen que estas medidas fuesen efectivas llegaron después de toma de medidas, en 1984 data del Minneapolis Domestic Violence Experiment afirmaba que debía existir una “presunción de arresto”, eso es, el acusado debía ser arrestado a menos que hubiera motivos para creer que el mismo no había cometido tales actos, o bien, que el arresto no fuese una medida efectiva en el caso particular (Sherman & Berk, 1984). Citando este estudio, el abogado general del Task Force on Family Violence recomendó que el arresto por defecto era la medida a seguir en caso de denuncias, sin embargo, la declaración establecía que la evidencia empírica no fue el único factor en esta medida, sino que estaban deliberadamente favoreciendo la teoría feminista por sobre la violencia familiar, afirmando que esta última debía ser ignorada ya que: “Asume que ambas partes involucradas comparten culpa”.

 

Los juicios se volvieron otro problema, a decir verdad, la policía veía poco motivo para proceder con los arrestos sabiendo que la ratio de enjuiciamiento sería abrumadoramente bajo, es por esto que, naturalmente, la solución fue incrementar los juicios, entonces surgió otro problema: Era habitual que las mujeres maltratadas deliberadamente solicitaran que los juicios no se realizarán, o bien, retiraban todos los cargos. Las feministas lo vieron como una prueba de que las mujeres estaban siendo presionadas por los abogados, o bien, amenazadas por los maltratadores para hacerlo, fue entonces que a finales de los 70’s se dio inicio a un experimento: Los “No-Drop Prosecution” (Houston, 2014)

En 1981 el Center for Women and Policy Studies publicó un informe donde se militaba por fuertes “No-Drop Prosecution” (O sea, juicios donde los cargos no pueden ser retirados), irónicamente, otras organizaciones feministas criticaron a la organización debido a que la misma se había aliado con las demandas feministas una vez que los problemas de las mujeres se habían vuelto: “Creíbles”, “de moda” y “lucrativos”. La FAAR (Feminist Alliance Aganist Rape) acusó al centro de haber usado la etiqueta de feminista para conseguir financiamiento para investigaciones sobre violación.

 

Aún con tensiones políticas, el Center for Women and Policy Studies se basó en la perspectiva feminista para validar su apoyo por los “No-Drop Prosecution”, eso es, la violencia doméstica es una fuerza patriarcal, la autora del reporte: Lisa Lerman, afirmó que la psicología o el estrés social no tenían nada que ver con el maltrato, sino que el mismo era una institución basada en ideología sexista.

Estas políticas fueron adoptadas en los 80’s y 90’s, en 1996, 2 tercios de las oficinas de enjuiciamiento afirmaron que las estaban aplicando (Aunque algunas eran más blandas que otras). Ese mismo año, la profesora de leyes Cheryl Hanna publicó un artículo militando por el endurecimiento de las políticas, afirmando que esto tendría un mensaje educacional y social, es por esto que Cheryl adoptó la medida de sugerir que las mujeres debían ser obligadas a testificar, afirmando que esto promovería el castigo de maltratadores, protegiendo a las mujeres como clase de la violencia, ella afirmó: “Los beneficios sociales de los No-Drop Prosecution superan a cualquier costo a corto plazo de la autonomía y seguridad colectiva de las mujeres”, se podía sacrificar la libertad –e incluso protección- de las mujeres como individuos dado que esto permitiría promover a la mujer como colectivo, tuvo tanto éxito que se llegó a encarcelar a una mujer por no testificar contra su marido, la susodicha, de nombre Madie Wall, recibió estas palabras de Hanna: “La estancia de la señora Wall en la prisión puede haber sido la primera vez que ella reconozca la seriedad del abuso contra ella”. Esta es una afirmación de falsa conciencia, en este sentido Hanna se ubica junto a MacKinnon al denominar a las mujeres que no testifican como “cegadas” por la dominación masculina y veía el encarcelamiento de una mujer como un medio para promover el estado social de la mujer como colectivo.

 

La violencia contra la mujer comenzó a producir buenas ganancias en 1994 con el éxito de la Violence Against Women Act (VAWA), la cual motivaba la intervención del sistema criminal como un medio para tratar con la violencia contra la mujer, esto implicó un suministro de $800 millones de dólares para entrenar a oficiales y jueces, además de esto, otros $120 millones fueron dedicados a estados que promovieran políticas de arresto. El mismo año, el estudio que había validado todo esto comenzó a ser cuestionado. Según los resultados del Minneapolis Domestic Violence Experiment, el arresto y los “No-Drop Prosecution” tenía éxito en reducir la incidencia de la violencia contra la mujer, 6 estudios auspiciados por el National Institute of Justice encontraron que el efecto de reducción de incidencia desaparecía después de un tiempo, y no sólo, el efecto sólo aparecía con una categoría de infractores: Hombres blancos, casados y empleados, en cualquier caso que cumpliera estas características, la incidencia incrementaba.

En 1992 la National Coalition Against Domestic Violence (NCADV) publicó un informe titulado: A Current Analysis of the Battered Women’s Movement (1992). El mismo demuestra claras concordancias con la teoría feminista: Las teorías psicológicas y de violencia familiar fueron completamente descartadas, afirmando que no hay diferencia en la incidencia de violencia doméstica a través de clases, o bien, en razas diferentes, según el artículo, el único factor importante es el sexo biológico, del mismo modo, se descartó cualquier teoría o factor que incluyera al individuo, afirmando que la personalidad o el trasfondo de la persona carecían de importancia en el riesgo a ser víctima, el problema según la organización estaba en estructura de poder y control. Es más, el mismo artículo demuestra que se basaba en meras experiencias puntuales: “Debemos, como movimiento, recordar que no necesitamos estadísticas o estudios para saber la verdad sobre el maltrato, los maltratadores o las mujeres maltradas…” (pág. 14). La NCADV volvió a repetir el papel de la violencia doméstica como una fuerza del patriarcado, la cual debía ser solucionada en base a reformas legales, cambiar la ley era fundamental en la liberación de las mujeres.

 

El testimonio de Erin Pizzey

Erin Pizzey es un activista de origen chino que recibe el prestigioso título de ser fundadora del primer refugio para mujeres maltratadas de Inglaterra, fue en 1971 en Belmont Terrace, Chiswick, Londres donde fue inaugurado el refugio donde las mujeres víctimas de violencia doméstica serían recibidas con “té, simpatía y un techo donde quedarse con sus hijos” (Pizzey, 2011). Si bien el proyecto de Pizzey estaba relativamente adelantado a su época, las experiencias con las que lidió la situaron junto a los teóricos de la violencia familiar y no junto a las teóricas femeninas, Pizzey encontró que las mujeres maltratadas contaban con un perfil preciso, era habitual que fuesen mujeres con antecedentes de violencia en la infancia y que además tuviesen personalidades agresivas, también era normal que las mismas refugiadas tuviesen peleas constantes entre sí y se describieran a sí mismas como personas violentas (Pizzey, 1971), esto es lo que llevo a Pizzey a afirmar que la violencia es el producto de un problema intergeneracional en el núcleo familiar, produciéndose lo que ella denominó como “proclividad a la violencia” (Pizzey & Shapiro, 1982) estableciendo así una diferencia entre las mujeres “genuinamente maltratadas” y las mujeres “proclives a la violencia” (Pizzey, 2000)

Pizzey afirmaba que los hombres también solían ser víctimas de violencia, en la década de los 70’s tuvo encuentros con el sociólogo antes mencionado: Murray Straus, y comentando que “por fin había encontrado a alguien que entendiera de lo que estaba hablando” (Elam, 2014), simultáneamente, ella solía ser víctima de amenazas de muerte, campañas de difamación y amenazas de bombas, ella cita principalmente a la Scotish Women’s Aid de esto, afirmando que “distorsionaron sus comentarios para decir que ella sostenía que las mujeres provocaban la violencia contra ellas” (Pizzey, 2011, pág. 282), eventualmente fue expulsada del refugio que ella misma fundó, pero mantiene su activismo sobre el maltrato doméstico.

 

Decir que Erin Pizzey era mal vista por las feministas es decir poco, desde el intento de publicar sus primeros libros sobre violencia doméstica (Pizzey, 2014) se vio atestada por múltiples boicoteos y sabotajes, tanto las feministas parecen haberlo entendido, la violencia contra la mujer vende, desde las organizaciones para combatirla hasta los libros que teorizan sobre ella, viendo como escrito de feministas como Política Sexual de Kate Millett o La hembra eunuco de Germaine Greer se volvieron en éxitos de ventas, lo cierto es que los libros de Pizzey no eran muy atractivos, del mismo modo, afirma que no era extraño encontrar editoriales que se alineasen con la perspectiva feminista, produciendo que sus libros fueran vistos como indeseables, hoy en día la casi totalidad de sus libros sólo pueden ser obtenidos de segunda mano y según nos afirma, esto no es ninguna casualidad.

 

Inicialmente, Pizzey parecía estar muy interesada en el concepto de revolución, en la década de los 60’s cayó en la cuenta de que su revolución no era precisamente la misma que la revolución de las feministas, en ese entonces deseaba una comunidad de mujeres que pudiese tranquilizar su soledad (Ya que era esposa de un periodista y madre de 2 hijos sin mucha interacción con ninguno de estos personajes) fue entonces que encontró una asociación política de feministas y a realizar encuentros en su hogar, sus creencias diferían bastante y la misma Erin conocía a otras mujeres con las mismas diferencias, entonces, en necesidad de un slogan, ella y sus amigas crearon un poster que estableciera sus diferencias filosóficas con las feministas, el poster mostraba a una mujer desnuda con 2 pistolas cargadas inclinado contra una letrero apuntando hacia 2 direcciones: La derecha decía “Este camino a la revolución” y la izquierda decía “Este camino a la destrucción”. A decir verdad, el refugio de mujeres de Chiswick solía ser un centro comunitario que se transformó en un refugio tras conocer a una mujer desesperada que carecía de un lugar donde refugiarse de su esposo abusivo.

Pizzey afirma que las feministas convirtieron a la violencia doméstica en una industria, en ese sentido, está de acuerdo al decir que el feminismo radical tuvo un éxito espectacular al reformar el enfoque legal hacia la violencia doméstica, aun cuando sus políticas no han tenido el mismo éxito.

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Balderouge

Ex feminista radical.

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