La palabra “TERF” es un neologismo que significa “Trans Exclusionary Radical Feminist” (Feminista Radical Trans Exclusionaria) y se usa para –al menos a nivel prescriptivo- referirse a una categoría de feministas que excluyen a las personas transexuales del activismo feminista. Si bien originalmente el concepto demuestra una categoría ideológica precisa, lo cierto es que no es necesario pertenecer al feminismo radical para valerse de este descriptivo.

Dentro de sus círculos, “TERF” es considerado como un despectivo que pretende silenciar a las mujeres cuando reclaman la identidad de mujer como una realidad biológica, proclamando término de “Gender Critical” para definir su postura. Lo cierto es que la palabra tiene su origen en el mismo feminismo radical, al ser usado por feministas radicales que querían diferenciarse de aquellas que despreciaban a las personas transexuales. (Williams, 2016) Veamos como se inició teóricamente esta línea de pensamiento.

 

El surgimiento del imperio

Habitualmente se cita a la feminista Janice Raymond y su libro The Transexual Empire: The making of the she-male (1979) como punto de inicio, sin embargo, lo cierto es que esta corriente ya venía germinando con la mentora y supervisora de Raymond, Mary Daly, quién en su libro Gyn/Ecology (1978) ya comenzaba a mostrar las primeras líneas del pensamiento. En el mismo escribió: “Los cirujanos y las terapias hormonales del reino transexual… se dice que pueden producir personas femeninas. No pueden producir mujeres”, (1978, pág. 68). “El transexualismo, se ha demostrado que es un problema masculino, es un intento de cambiar hombres a mujeres cuando de hecho ningún hombre puede asumir los cromosomas de una mujer, ni su historia/experiencia”, (1978, pág. 238). Podríamos decir que lo que Raymond hizo fue formalizar el discurso radical sobre la transexualidad, sin embargo, es debido establecer cómo es que el feminismo radical define “género”.

El mismo es una categoría prescriptiva, y esencialmente jerárquica, diseñada para que los hombres se ubiquen en la cima de la jerarquía social y las mujeres debajo de los mismos, a lo que hay que sumarle la determinación de las características “masculinas” y “femeninas”. Ambas serían constructos sociales, diseñados como una interiorización de la “dominación” y la “sumisión”, y a la larga, una “trampa” patriarcal en la que lo hombres controlan la capacidad reproductiva de las mujeres. Es justamente por esto por lo que la postura “Gender Critical” evalúa la femineidad como algo de lo que la mujer debe salvarse. Desde los modo de comportarse hasta la vestimenta y cánones de belleza implican manerismos de sumisión o conductas autodestructivas: los tacones limitan el movimiento de las mujeres marcando que tan lejos pueden llegar o que tan rápido pueden correr,  las faldas exponen su cuerpo a ser abusado por los hombres, el maquillaje deteriora la salud del rostro y modela a la mujer en base a un constructo para complacer a los hombres. (Jeffreys, 2014) (Jeffreys, 2005).

 

¿Cuál es el marco que inicialmente definió la condición transexual según el feminismo radical? Raymond sostiene que la identidad transexual es de hecho una invención del patriarcado, el cual usa a las personas transexuales para perpetuar estereotipos de género, colonizar espacios de mujeres y el movimiento feminista; también adjudica la identidad trans como una idea únicamente basada en “estereotipos patriarcales”, y es que, según Janice, desde el tratamiento de re-asignación hormonal hasta la cirugía genital son “actos políticos” sustentados por un sistema sexo-género, acompañado por un segmento de la industria farmacéutica que ansía llenar sus bolsillos con tratamientos hormonales, y cirugías estéticas en las que los hombres feminizarán sus cuerpos para volverse un estropajo hormonado, caricaturesco y exagerado de una mujer biológica. Es por esto que se acusa a las mujeres trans de “parodiar la opresión de las mujeres”, llegando al punto de acusar de violación metafórica a las mujeres transexuales: “La violación… Es una violación masculinista de la integridad corporal. Todos los transexuales violan el cuerpo de las mujeres al reducirlo a un artefacto, apropiándose de este cuerpo para sí mismos… Violación, aunque usualmente realizada por fuerza, puede ser lograda por engaño” (1979, pág. 104).

También incluye segmentos dedicados a Sandy Stone, una mujer trans que trabajaba en una compañía nominalmente “sólo para mujeres” llamada Olivia Records, a quién dedicó las siguientes palabras: “Stone no es sólo crucial para la iniciativa de Olivia, sino que también juega un rol dominante ahí. La visibilidad que logró tras la secuela de la controversia de Olivia… Sólo sirve para realzar su rol previamente dominante y para separar a las mujeres, como hacen los hombres frecuentemente cuando hacen que su presencia sea necesaria y vital para las mujeres. Como una mujer escribió: Me siento violada cuando Olivia pasa a Sandy… como una mujer real. A pesar de todo su privilegio masculino ¿También va a entrar en la cultura lésbica feminista?”. Esto le valió una respuesta de la mencionada en un ensayo que comparte título con esta nota: The Empire Strickes Back (Stone, 1987).

 

En otras posturas se ubicó a su lado Germaine Greer, quién sostuvo lo siguiente en su libro The Whole Woman: “Los gobiernos que constan de muy pocas mujeres, y han impulsado que hombres que creen ser mujeres y se han castrado sean reconocidos como tal, es porque ven a la mujer como un no-sexo en vez de otro sexo. Ninguna de las llamadas “operaciones de cambio de sexo” ha incluido trasplantes de úteros y ovarios; si los trasplantes de úteros y ovarios fuesen requeridos para los que quieren ser mujeres, entonces desaparecerían de la noche a la mañana. La insistencia de que los hombres hechos mujeres sean aceptados como mujeres es la expresión institucional de la equivocada concepción de que las mujeres son hombres defectuosos” (1999, pág. 64) También acusó a los hombres trans de ser mujeres con falta de empatía con sus compañeras de sexo, y de querer apoderarse de los privilegios patriarcales, y a las mujeres trans de ser hombres deseosos de invadir espacios de mujeres para abusar de ellas.

 

Otras figuras notorias han sido Julie Bindel, Julie Burchill y, la más importante actualmente, Sheila Jeffreys.

Jeffreys es un personaje particular dentro de su estilo. Siendo una lesbiana política, su trabajo más reciente en la materia es Gender Hurts (2014). Ella misma advierte que su libro es una reacción a la reciente “avalancha” de celebración de los transgéneros en las universidades, y que esto contrasta con la abundante crítica contemporánea generada en internet, (2014, págs. 11-12). Comienza haciendo un paralelo entre la identidad transgénero y “la homosexualidad”, argumentando que ambos son constructos diseñados para normalizar “conductas inaceptables de género que puedan amenazar el sistema de dominación masculina y sumisión femenina”, (2014, pág. 17); es por esto que luego afirma que reconocer a las personas trans se opone al proyecto feminista, dado que el feminismo es “un movimiento político basado en las experiencias de aquellas personas que son mujeres, nacidas hembras y socializadas en su casta-sexo”, (2014, pág. 36), lo que en primera instancia puede parecer no-tan-polémico.

Lo cierto es que Jeffrey no tarda en mostrar su tribalismo y elimina la línea entre el feminismo lésbico y el feminismo estándar: “Para que el feminismo lésbico –o el verdadero feminismo- exista, es necesario que las mujeres piensen en sí mismas como mujeres y como lesbianas”, (2014, pág. 46). Esta premisa no es nueva, ya que Sheila ha declarado en trabajos anteriores que la heterosexualidad es una institución patriarcal y las mujeres son biológicamente lesbianas, (Jeffreys, 1993). Pronto busca afirmar que la cirugía de re-asignación de sexo causa daño en los pacientes, pero aun así se ve limitada por su escaso rigor, ya que literalmente sólo usa 2 entrevistas a personas como evidencias, pero afirmando que “pueden ser emblemáticos de una nueva conciencia”, (2014, pág. 74) (aun cuando otras evidencias sugieren que los tratamientos de transición pueden ser efectivos en mejorar la calidad de vida en los pacientes adultos, (Murad, y otros, 2010)).

Sin embargo, no es de los momentos más vergonzosos del libro; eventualmente nos recomienda leer blogs de activistas en internet: en el capítulo dedicado a hombres trans, Jeffreys se enfoca en como su transición implica el debilitamiento de comunidades lésbicas, y que sus transiciones hacen que sus parejas se “heterosexualicen”, (2014, pág. 117). A decir verdad, el título “El Género Duele” no es en referencia a los pacientes, sino más bien a las mujeres que rodean a los hombres que se someten al tratamiento de transición. Para ello, Sheila recurre a la investigación de Virginia Erhardt (2007) que consistía en una serie de entrevistas a mujeres que apoyaban a sus maridos o familiares cercanos a seguir con el tratamiento; incluso la misma Sheila advierte que es casual que la investigación le haya sido útil (2014, pág. 12;83). Finalmente, Sheila afirma que una vez el género sea abolido, los hombres ya no desearan volver la opresión de la mujer en un fetiche y las mujeres ya no desearan ser hombres (2014, págs. 187-188). Literalmente propone la obligación de diseñar un futuro “pantalones y zapatos planos” para las mujeres, para así abolir el género y la ideología transgénero (es más, el concepto de “cisgénero” es en sí mismo parte de la ideología trans que busca invisibilizar a las mujeres), entendiéndose por abolición de género a la idea de la eliminación de que existen personalidades, intereses o actividades a las que las mujeres puedan sentirse atraídas por el hecho de serlo (siendo el descubrimiento de las mismas como un simple efecto de la socialización femenina). Entre otros argumentos, sostiene que el diagnóstico de disforia de género en niños es un tipo de “eugenesia de género” (capítulo 6), y que la aceptación de las mujeres transgéneros en espacios de mujeres implica la pérdida de los derechos que generaciones de feministas pasadas ganaron para el sexo femenino.

 

Lo que para muchos es una condición clínica, para este conjunto de pensadoras es una categoría política, sin embargo, también es debido mencionar su uso de la poca ciencia que debería “validar” el discurso Gender Critical: la taxonomía de Ray Blanchard.

 

Disforia y categorías

Habitualmente se denomina a la disforia de género como un fenómeno de una sola categoría, sin embargo, lo cierto es que según el investigador en desórdenes de identidad de género Ray Blanchard, tal no es el caso: La disforia de género puede categorizarse según la etapa de arranque, su origen y si es exclusiva de hombres o mujeres, (Blanchard & Bailey, Gender dysphoria is not one thing, 2017). Comencemos:

Disforia de género de arranque en la infancia (Childhood on-set gender dysphoria): Puede que sea el más popular de todos, y se presenta en infantes de ambos sexos. Quizás el mejor ejemplo de esta categoría sea Jazz Jennings de la serie I am Jazz. Los infantes con esta disforia de género suelen presentar una conducta atípica para su sexo a temprana edad, jugando con juguetes asociados al sexo opuesto o teniendo compañeros de juego del sexo opuesto, entre otras características. Lo cierto es que es relativamente apresurado confundir a –digamos- un niño con disforia de género con un niño que simplemente es afeminado. Para identificarse, debe encontrarse la disforia, es decir, el infante debe mencionar sentir inconformidad con su sexo biológico, la idea de que pertenece al otro sexo, o bien el deseo de ser del sexo opuesto. En caso de desistencia (que el infante “supere la disforia”), es altamente probable que el individuo crezca para ser un saludable adulto homosexual (Zucker, y otros, 2012)  (por ello, esta disforia de género se compara como una presentación extrema de homosexualidad).

Disforia de género autoginofílica (Autogynephilia Gender Dysphoria): Aquí es donde la taxonomía se vuelve polémica. La autoginofília es una orientación sexual exclusiva de hombres, que se caracteriza por la excitación sexual ante la idea de tener anatomía femenina, y habitualmente emerge en la adolescencia; lo cierto es que la autoginofília no implica disforia necesariamente, es más, se desconoce el origen de este fenómeno y tampoco se sabe que es lo que hace que derive en disforia de género. Un rasgo de conducta normal en adolescentes autoginofílicos es el travestismo acompañado de masturbación. La autoginofília es una orientación sexual y no hay nada que indique de pueda ser cambiada (tampoco es recomendable intentarlo). En fin, los varones con autoginofília suelen ser heterosexuales, y su principal motivación es adquirir las características anatómicas del sexo femenino; los hombres con este tipo de disforia de género suelen mostrarse más entusiastas a las cirugías genitales y/o de feminización corporal.

Disforia de género autohomoerótica (Autohomoerotic Gender Dysphoria): Exclusiva de las mujeres y habitualmente confundida como la contrapartida de la autoginofília, lo cual es un error pues lo contrario a la autoginofília es la autoandrofília, la cual, si bien existe, no se asocia con ninguna disforia de género (por el momento). El autohomoerotismo es una orientación sexual que se caracteriza por la excitación sexual ante la idea de ser un hombre y mantener relaciones homosexuales con otros hombres (Blanchard, 1990), vulgarmente hablando puede ser resumida con la frase: “Me gustaría ser hombre para poder ser gay”. Las mujeres de esta categoría suelen ser estrictamente heterosexuales. La principal diferencia entre el autohomoerotismo y la autoginofília es el objetivo; el objetivo primario de la autoginofília es ser mujer y el secundario es iniciar relaciones lésbicas, mientras que para el autohomoerotismo el objetivo primario es mantener relaciones homosexuales con hombres y el secundario es tener un cuerpo masculino.

Disforia de género de arranque rápido (Rapid-onset Gender Dysphoria): Puede que sea la más polémica de todas. Esta disforia de género existe en hombres y mujeres pero es más habitual en mujeres, y se caracteriza por el surgimiento de la inconformidad con el sexo biológico una vez que se ha sido expuesto a contenido trans-friendly o a un círculo de amistades que promueve la identidad trans (Littman, 2016). A diferencia de todas las categorías anteriores, no implica ninguna conducta atípica de género en la infancia, en otras palabras, es una disforia de género socialmente contagiosa; los jóvenes más vulnerables a padecer esta disforia son aquellos con otros desórdenes como autismo o personalidad borderline.

De este modo, las disforias de género pueden ser resumidas con la siguiente tabla:

 

El discurso Gender Critical evalúa la relación entre la orientación sexual y la identidad de género como una prueba de que la identidad trans es una identidad política: dado que tanto la disforia de género autoginofílica y de arranque en la infancia se asocian con la orientación sexual, evalúan a las mujeres trans simplemente como hombres con un fetiche; al mismo tiempo, no temen afirmar que la identidad de género verdaderamente no existe. Sin embargo, no es que la identidad de género no exista y los transexuales sean simplemente fetichistas, en palabras de la neuróloga Debra Soh: “En definitiva, el género no es un constructo social, de igual modo el sexo biológico, la identidad de género y la orientación sexual no están separados, todos están interconectados” (2018).

 

El hombre de Venus y la mujer de Marte

Existe un robusto cuerpo de evidencia sobre las diferencias neurológicas entre personas transgénero y personas cisgénero. Por ejemplo: Los hombres trans tienen un área subcortical relativamente más delgada (esta zona es más delgada en hombres que en mujeres), las mujeres trans suelen tener áreas corticales más delgadas en el hemisferio derecho, lo cual es una característica femenina del cerebro (esto ocurre así tanto antes como después del tratamiento hormonal) (Guillamon, Juque, & Gómez-Gil, 2016). También se encuentra que los hombres con disforia de género muestran una respuesta en el hipotálamo propia de las mujeres tras la exposición a un esteroide llamado androstadienona, y en apoyo a la taxonomía de Ray Blanchard, otra categoría que muestra esta respuesta son los varones homosexuales (Burke, 2014).  Del mismo modo, los volúmenes de materia blanca y gris en personas transgénero evocan al sexo con el que se identifican (Spizzirri, 2018).

La taxonomía de Ray Blanchard puede resultar complicada; el famoso efecto del hermano mayor, en donde un varón tiene mayor tendencia a ser homosexual en base a la cantidad de hermanos mayores maternos que tenga, también parece implicarse en la disforia de género (Blanchard, 2018), sin embargo existe un problema, el afamado lema de “tengo un cerebro del sexo opuesto” parece sólo aplicar con las disforia de género de arranque en la infancia. También se encuentran diferencias neurológicas en mujeres trans con disforia de género autoginofílica, sin embargo, estas diferencias no apuntan a similitudes con la estructura neuronal habitual en el sexo femenino (Cantor, New MRI Studies Support the Blanchard Typology of Male-to-Female Transsexualism, 2011).

 

Aquí es donde debemos establecer diferencias conductuales en base al sexo biológico, está bien documentado que –por ejemplo- la preferencia por juguetes “masculinos”, patrones de juegos agresivos y otras características habituales en varones, están sustentadas por exposición a andrógenos prenatales, conductas que se ven respaldadas por niñas con hiperplasia adrenal congénita, es decir, presentan mayores niveles de testosterona (Pasterski, y otros, 2005). Del mismo modo, las características neuronales pueden usarse para predecir el sexo biológico del individuo, a veces con un 69%-77% de precisión (Giudicea, y otros) y otras con un 93% de precisión (Chekroud, Ward, Rosenberg, & Holmes, 2016). Sin embargo, estas diferencias también se muestran presentes en individuos homosexuales, pues los varones homosexuales suelen presentar conducta femenina (Alanko, 2010), mientras que las mujeres homosexuales reportan mayores niveles de exposición a andrógenos prenatales (Breedlove, 2017). Cuando decimos que los hombres homosexuales son femeninos y las lesbianas son masculinas, realmente estamos haciendo una afirmación correcta técnicamente, pero en general no se entiende muy bien que tan lejos llega ya que tanto gays como lesbianas se auto-reportan –respectivamente- como femeninos y masculinas, y a esto le concierne desde la puntuación en neuroticismo y psicotismo, personalidad, así como las preferencias laborales (Lippa, 2008).

Los siguientes gráficos comparan la abundancia de hombres y mujeres según cuan “masculinizado” o “feminizado” sea una característica y luego se presenta sus diferencias en base a orientación sexual:

Gráfico 1: Feminidad-Masculinidad de preferencias ocupaciones en función del sexo y región.

Gráfico 2: Feminidad-Masculinidad auto-atribuida en función del sexo y región.

Gráfico 3: Neuroticismo en función del sexo y región

Gráfico 4: Feminidad-Masculinidad de preferencias ocupaciones de hombres en función de la orientación sexual y región.

Gráfico 5: Feminidad-Masculinidad auto-atribuida en hombres en función de orientación y región.

Gráfico 6: Neuroticismo en hombres según orientación sexual.

Gráfico 7: Feminidad-Masculinidad de preferencias ocupaciones de mujeres en función de la orientación sexual y región.

Gráfico 8: Feminidad-Masculinidad auto-atribuida en mujeres en función de orientación y región.

Gráfico 9: Neuroticismo en mujeres según orientación sexual y región.

 

Como podemos ver, los hombres y mujeres homosexuales tienen mucho en común con los miembros heterosexuales del sexo opuesto, y estos descubrimientos también tienen otros respaldos empíricos (Ver: (Giudice, 2009) (Zietsch, 2011) y (Soh, 2017). Esto tiene sentido ya que, en palabras del investigador James Cantor: “Ya sabemos que hay diferencias establecidas entre hombres heterosexuales y homosexuales, todos parámetros que también hacen diferentes los cerebros de las mujeres de los cerebros de los hombres” (2017). En la perspectiva Gender Critical las diferencias entre hombres y mujeres son totalmente debidas a la socialización, sin embargo resulta impresionante ver que estas diferencias se ven invertidas/eliminadas cuando se incluye la orientación sexual como vector a considerar (la cual, como hemos mencionado con anterioridad, es altamente influenciada por la exposición a andrógenos prenatales); en este sentido, la teoría Gender Critical no es capaz de explicar estos fenómenos dado que, independientemente de cuán afeminado sea un niño o tan marimacho sea una niña, seguirán siendo socializadas de manera masculina o femenina. Otro fenómeno que no puede explicar son los ratios de criminalidad, los hombres homosexuales tienen un ratio de criminalidad femenino mientras que las lesbianas tienen un ratio masculino (Beaver, y otros, 2016):

 

Sin embargo, tanto para hombres como para mujeres la orientación sexual más “delincuente” son los bisexuales. Saben, estos gráficos me recuerdan a algo…

 

Finalmente, con los transexuales los resultados son en cierto modo los esperados: los hombres trans tienen un ratio de criminalidad superior a las mujeres cisgénero (a pesar de haber sido socializadas como mujeres), pero las mujeres trans no tienen ratios diferentes a los hombres cisgénero (Dhejne, y otros, 2011). En este sentido, la postura Gender Critical puede explicar esta peculiaridad pues dado que las mujeres trans son socializadas como hombres no deberían tener ratios criminales diferentes, no obstante, no es capaz de explicar los fenómenos de los hombres trans y de los homosexuales. Sin embargo, algo destacable del estudio es que no establece distinción entre transexuales con disforia de arranque en la infancia (aquellos que deberían contar con un cerebro feminizado en pos de un versión extrema de homosexualidad masculina y, por lo tanto, una diferencia en su ratio criminal) o con autoginofília (los que, si bien tienen un cerebro diferente, no se aproximan a las características del cerebro femenino).

 

Discusiones y marcos teóricos

A decir verdad, tras la dichosa transfobia que representa el segmento Gender Critical, no yace un genuino desdén por los transexuales, es más, en la terminología usada ya se perciben categorías. Desde las modificaciones más recientes del DSM-5 técnicamente no es necesario tener disforia de género para ser considerado transgénero; es entonces donde usan la diferencia entre “transexual” y  “transgénero”. El primero se refiere a individuos con disforia de género que han realizado un proceso médico de transición para adquirir las características sexuales secundarias del sexo con el que se identifican para reducir así la disforia; el segundo simplemente hace referencia a alguien que se identifica con un género diferente al que se le fue “asignado” al nacer. Incluso dentro de pequeños círculos surgieron las disputas debido a esta distinción, dando lugar a un nuevo concepto informal: Truscum, la cual es una palabra para referirse a las personas que piensan que para ser un transgénero “real/legítimo” se debe tener disforia de género.

 

En fin, el rechazo del Gender Critical hacia las personas trans surge debido a que “aceptar” sus condiciones como “válidas”, desde una perspectiva neurológica, implicaría aceptar que el género tiene un origen biológico y ya no sería simplemente un constructo social diseñado para oprimir a las mujeres, dicho de otro modo, aceptar la evidencia significaría aceptar la realidad de que sus hipótesis han fallado. Además, es una postura que rechaza la evolución o bien supone que la evolución sólo ocurrió desde los pies hasta el cuello (Kuhle, 2012). Es por eso por lo que apelan a trabajos de neurólogas como Daphna Joel (2011), Lise Eliot (2009) y Cordelia Fine (2010), quienes aportan evidencias que validan científicamente sus postulados, sin embargo, incluso entre ellas hay diferentes planteamientos: Joel afirma que los cerebros son intersexuales, es decir, existe un continuum en el que los cerebros se ubican en una escala de grises y donde verdaderamente pocos pueden contar con consistencia interna (o sea que realmente pocas personas pueden decir que tienen un cerebro de “hombre” o de “mujer”); Lise Eliot afirma que las diferencias son debido a la neuroplasticidad y que las diferencias biológicas en realidad son pequeñas (pero incluso ella reconoce las diferencias entre sexos en habilidades verbales o la tendencia de los hombres al autismo); y finalmente, Cordelia Fine acuña el término de “neurosexismo” para referirse a la idea de que, neurológicamente hablando, necesariamente deben existir diferencias entre hombres y mujeres, creando así una serie de “profecías auto-cumplidas”. Sus trabajos deben someterse a la revisión de la evidencia actual (Ver (Bramble, y otros, 2016)) y es más, podría sospecharse de alguna influencia ideológica (por ejemplo, Daphna Joel ha afirmado que las investigaciones sobre diferencias entre sexos hacen que “le hierva la sangre” (Cahill, 2014)).

 

Finalmente, si se le puede atribuir algo positivo a la postura Gender Critical es su insistencia en desarrollar marcos teóricos consistentes: Independientemente del fallo de sus hipótesis, por lo menos podemos decir que son capaces de desarrollar definiciones consistentes de los conceptos de “hombre”, “mujer” y “género” sin caer en definiciones circulares y considerando realidades biológicas. Si bien hemos establecido que hasta el momento la evidencia apunta a que la disforia de género tiene un origen -generalmente- biológico, es cierto que epistemológicamente hablando usamos “hombre” y “mujer” para referirnos a organismos de la especie humana, pero que aportan diferentes gametos para el ciclo reproductivo; si buscas generar un marco teórico donde se pueda decir que “las mujeres trans son mujeres”, más te vale que tu definición de sexo, género e identidad de género tengan consistencia entre sí y seas capaz de explicar cómo éstas interactúan entre sí.

Después de todo, ¿cómo se supone que se puedan defender los derechos de hombres, mujeres y personas trans si ni siquiera se es capaz de explicar consistentemente que significa cada uno de estos términos? Estas definiciones deben establecerse, especialmente en un mundo con diversas instituciones que funcionan en base a segregación de sexos, como lo son las competencias deportivas y las prisiones (y como ya hemos mencionado, la prisión es un lugar importante que mencionar cuando hablamos de personas trans).

 

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Balderouge

Ex feminista radical.

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