El ciclo reproductivo se ha mostrado mayormente como un estorbo antes que como algo con lo que hay que convivir, dentro de ciertos discursos feministas: Las implicaciones del papel de la mujer en la reproducción se arraigan hasta la más básica forma de pensamiento feminista, ubicándolo como la raíz de toda desigualdad social (Firestone 1970); fue primero, con Simone de Beauvoir, cuando se comenzaron a evaluar las condiciones biológicas de la mujer y fueron consideradas como grandes limitaciones, refiriéndose a la capacidad de fecundarse como una “maldición” (Beauvoir 1949). Eventualmente, adquiríamos la noción de que esta capacidad reproductiva debería ser abolida en función de la cibernética y los avances médicos (Firestone 1970), aunque también eventualmente la modificación del ciclo reproductivo adquiría otras motivaciones.

 

Fue con Valerie Solanas donde se nos presenta inicialmente la noción de “permitirnos” el exterminio del sexo masculino una vez que adquiramos acceso a esperma sintético (también nos sugiere la posibilidad del encuentro con la inmortalidad biológica, y la contención de algunos pocos varones para la premeditada producción de esperma) (Solanas 1968). Otros pensamientos nos permitían ver la capacidad reproductiva de la mujer como un privilegio para el control de la población, y la institución del aborto para mantener la población de varones a un 10% (Miller-Gearhart 1981). No obstante, resulta interesante ver como aquello que hemos entendido simplemente como un circunstancial encuentro sexual, en donde se produce la unión de un óvulo con un espermatozoide, verdaderamente puede ser entendido desde la perspectiva de un macro-modelo evolutivo.

 

A continuación, debemos establecer algunos conceptos: Si bien algunos pueden considerar que la reproducción es simplemente un arreglo de intereses y preferencias personales, en conjunto con un poco del azar del destino, lo cierto es que resulta más que obvio que hay algunos individuos más privilegiados -física y socialmente- a la hora de presentarse como un compañero/a de apareamiento, eso es, criaturas que cuentan con mayores “capitales reproductivos”. Peggy Sastre presenta esta noción como un modelo de economía reproductiva que busca “reducir los gastos, amplificar las ganancias y bajar la  energía requerida” (Sastre 2015), aquello que debemos entender como “el mercado reproductivo” (que es bastante diferente al “mercado sexual”).

Las normas del mercado reproductivo son variadas, pero pueden entenderse bajo las leyes de la oferta y demanda; es precisamente por esto que el óvulo es más “caro” que el espermatozoide, dado que las hembras sólo producen una célula sexual de manera cíclica (y los hombres producen millones de manera constante), resulta mucho más complicada su participación (al mismo tiempo, es más fácil su inhibición, razón por la cual los anticonceptivos consumibles son de uso únicamente femenino).  No obstante, los capitales reproductivos que cada sexo utilice para su decisión en inversión, son diferentes en hombres y mujeres:

Los hombres consideran la juventud, siendo la edad más valuada la de la década entre los 20 y 30 años (Sohn 2016), mientras que las mujeres consideran el estatus social (existe una diferencia a la hora de decidir entre relaciones a corto término y a largo término: en el primer caso priorizarán el atractivo físico, en el segundo, el estatus social) (Lamy 2012). Es justamente esto lo que nos permite predecir que la situación de una mujer joven, manteniendo una relación con un varón con varias décadas de ventaja, es más habitual que el caso contrario. Simultáneamente, las mujeres valoran la inteligencia debido a su asociación con el éxito económico y por ende, al estatus social; es por esto que el atractivo físico de una mujer puede usarse para predecir la inteligencia de su esposo; no obstante, no se encuentra esta asociación entre el atractivo de un hombre y la inteligencia de su esposa (Dunkel 2018). En resumen: las hembras –generalmente- descartan a los hombres poco inteligentes y de bajo estatus social, mientras que los hombres –generalmente- descartan a las mujeres feas y de mayor edad. Como diría Esther Vilar: “Una mujer puede tener la inteligencia de un chimpancé y aun así tener éxito en el medio humano” (Vilar 1971).

 

Las funciones del mercado reproductivo permiten justamente la perpetuación de la especie y la supervivencia de los genes. Es justamente por eso que la descendencia actual del cromosoma Y consta de una limitada variabilidad genética, pues los varones con mayores capitales reproductivos solían tener múltiples compañeras de apareamiento (Sayres 2014). Ahora bien, los requerimientos del mercado reproductivo difícilmente son atendidos o considerados en el actuar social, es más, el simple acto de usar anticonceptivos implica una rebeldía contra los genes (Dawkings 1976); es justamente eso lo que permite proseguir con el rol del feminismo en la interferencia con el mercado reproductivo, ya sea declarando que todo coito heterosexual corresponde a una violación, una subordinación de la mujer por el pene erecto, o llamando a la mujer heterosexual como una maniática sexual por desear tener sexo con hombres (Dworkin 1987) (MacKinnon 1987) (Solanas 1968). Hay múltiple evidencia de discursos feministas que han buscado que la mujer se exilie del mercado reproductivo y/o sexual; es justamente por esto que la mujer feminista -generalmente- acaba volviéndose un arca de carne, que contiene un conjunto de genes condenados a la desaparición en la cadena evolutiva. No obstante, existen peculiaridades que merecen ser atendidas respecto a estas individuas: Las mujeres que se dedican al activismo feminista son más masculinas que las mujeres que no lo son, en términos de dominancia social y de ratio de dígito 2D:4D, y según los investigadores, estás diferencias pueden tener un origen biológico (Aasa 2014)

 

¿Es el perfil feminista una desventaja reproductiva? Hasta donde la evidencia ha mostrado, tal parece ser el caso: Dinamarca se encuentran en una crisis de natalidad histórica, lo que llevó a la realización de una vergonzosa campaña titulada “Do it for Denmark”, dónde se motivaba a los hombres a mantener relaciones sexuales durante los días festivos, junto a la oferta de 3 años de suministros para bebés; tras esto, el abogado John Davis presentó la premisa como:

«Dinamarca suplica a sus hombres que tengan sexo con sus feministas»

 

Si las feministas cuentan con una escasez de capitales reproductivos, puede prestarse para unas conversaciones humorísticas, sin embargo, dada la creciente crisis de natalidad, y que la gran mayoría de países desarrollados se enfrentan a un envejecimiento poblacional alarmante, la solución vino en la forma de una noticia que inspiró esta nota inicialmente: La llegada del óvulo artificial.

 

En el año 2016, se llevó a cabo un experimento que exitosamente produjo crías de ratas a partir de la reprogramación mitótica de esperma inyectada en células haploides partenogenéticas (Suzuki 2016). El experimento resultó en 3 generaciones de ratas saludables y las prontas investigaciones en células de piel.

 

Siempre se ha considerado que la primera célula en sintetizarse sería el espermatozoide. En algunos círculos feministas, esto era usado como una herramienta de diálogo para anticipar la pronta degradación del sexo masculino a un sexo obsoleto y evolutivamente desechable, sin embargo, ocurrió exactamente lo contrario: El desarrollo del óvulo artificial podría permitirnos el encuentro con los primeros humanos sin madre, además de permitir a los hombres el acceso a la descendencia genética y al rol paterno, sin la necesidad del coito con la mujer (o cualquier tipo de interacción en lo absoluto). (Knapton 2016)

 

No es relevante formar argumentos sobre el exilio de las mujeres del ciclo reproductivo, o incluso establecer narrativas sobre como la ciencia ha dejado a las mujeres “obsoletas”. Sino más bien, como esto puede completamente modificar los panoramas en discursos políticos feministas:

Cuando se estableció a la mujer como la “clase reproductiva”, también se buscaba la abolición de las diferencias biológicas mediante la ciencia (Firestone 1970). Al mismo tiempo, la utilización del complejo de Edipo para establecer la relación entre el deseo sexual reprimido y el tabú del incesto, fueron usados para describir como los hombres son incapaces de sentir atracción sexual hacia la mujer sin degradarla o despreciarla (Firestone 1970). Con el óvulo artificial, en ambos casos nos podemos permitir la “abolición de la madre”, o si hablamos de escalas mayores, la completa abolición del mercado reproductivo y por ende, la abolición de la mujer como la “clase reproductiva”.

 

Enfrentarnos a una completa revolución genética que permita a las mujeres la emancipación de su rol reproductivo puede, en el mejor de los casos, liberar a varias “clases” de las demandas de perpetuación genética, en el peor, general un desastre ambiental y un completo atentado contra el patrimonio genético de la humanidad. Si las mujeres están a punto de ser liberadas de las demandas del mercado reproductivo, o si bien, han de quedar evolutivamente obsoletas, la ciencia se encargará de decidir, hasta entonces, podemos esperar que el panorama reproductivo tal como se conoce cambie para siempre.

Bibliografía

Aasa, Ulrika. «Feminist activist women are masculinized in terms of digit-ratio and social dominance: a possible explanation for the feminist paradox.» 2014.

Beauvoir, Simone de. «Le Deuxième Sexe.» 1949.

Dawkings, Richard. «The Selfish Gene .» 1976.

Dunkel, Curtis S. Cross-Trait Assortment for Intelligence and Physical Attractiveness. Evolutionary Behavioral Sciences, 2018.

Dworkin, Andrea. «Intercourse.» 1987.

Firestone, Shulamith. The Dialectic of Sex. William Morrow and Company, 1970.

Knapton, Sarah. «Motherless babies possible as scientists create live offspring without need for female egg.» 2016.

Lamy, L. Men’s social status and attractiveness: Women’s receptivity to men’s date requests. Swiss Journal of Psychology, 2012.

MacKinnon, Catharine. «Feminism Unmodified: Discourses on Law and Life.» 1987.

Miller-Gearhart, Sally. «The future -if there is one- is female.» 1981.

Sastre, Peggy. La domination masculine n’existe pas. París: Anne Carriere, 2015.

Sayres, Melissa A. Wilson. «Natural Selection Reduced Diversity on Human Y Chromosomes.» 2014.

Sohn, Kitae. «Men’s revealed preferences regarding women’s ages: evidence from prostitution.» 2016.

Solanas, Valerie. «SCUM Manifesto.» 1968.

Suzuki, Toru. «Mice produced by mitotic reprogramming of sperm injected into haploid parthenogenotes.» 2016.

Vilar, Esther. «Der Dressierte Mann.» 1971.

 

 

 

Balderouge

Ex feminista radical.

Esta entrada tiene un comentario

  1. Drogoteca

    Interesante contenido y bien apoyado en argumentos y datos, así da gusto.
    🙂

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