La lepra feminista de Wendy McElroy

Balderouge

Ex feminista radical.

Wendy McElroy, nacida en el año 1951 es una anarquista de libre mercado que tuvo una peculiar aventura a la hora de enfrentarse a la época de gloria del feminismo radical de segunda ola (A inicios de los 90’s, el feminismo radical era una postura popular en los Estados Unidos).

El primer texto publicado por McElroy fue Libertad, Feminismo y el Estado (1983) una recopilación de teoría política anarquista e individualista que rescataba argumentos de teóricas como Voltairine de Cleyre, Angelina Grimké y Emma Goldman.

Su mayor notoriedad la adquirió con su mayor éxito comercial y teórico: XXX: El derecho de una mujer a la pornografía.

Para explicar este texto es debido recordar su contexto histórico: En plenas guerras sexuales feministas, las feministas radicales se enfrentaban constantemente a las feministas “pro-sex” con tal de definir el acercamiento del movimiento a la cuestión de la pornografía y prostitución; o, mejor dicho, se intentaba, pues las discusiones eran infantiles y generalmente altaneras. Básicamente existían 3 posturas: La radical (“La pornografía es una comodidad de la cultura masculina dónde las mujeres son cosificadas y explotadas”), la liberal (“No apruebo esta labor, pero no me opondré al deseo de una mujer a ejercerla”) y la pro-sex (“La pornografía representa un medio de libertad de expresión para las mujeres y abolirla sería contraproducente”); estás posturas difícilmente interactuaban; las feministas radicales solían tratar a las pro-sex como estúpidas marionetas cuyo cerebro fue lavado por el patriarcado; en el libro Liberales sexuales y el ataque al feminismo Sheila Jeffrey se refiere a las pro-sex como culpables de erotizar la dominación y la sumisión, Wendy Stock acusó a las defensoras de la libertad de expresión de identificarse con sus opresores de la misma manera en que los judíos se identificaban con sus carceleros. Andrea Dworkin mantenía que nadie que defendiese la pornografía en cualquiera de sus formas simplemente no podía considerarse feminista.

Las pro-sex más intelectuales como Nadine Strossen intentaban formular un diálogo con Catharine MacKinnon, la cual, afirmaba que nunca compartiría un escenario con nadie que defendiese la pornografía; no era extraño que las pro-sex fuesen regularmente ex-trabajadoras sexuales, lamentablemente sus argumentos solían ser emotivos y personales, mientras que las radicales se habían vuelto particularmente buenas en ganar las discusiones difíciles.

El eje principal de la defensa a la pornografía recaía en la primera enmienda (Libertad de expresión), por lo que las feministas radicales se vieron en la necesidad de atacar la definición de pornografía para lograr que se considerase una violación de los derechos de las mujeres; en el libro Only Words de Catharine MacKinnon se intenta argumentar que la pornografía es más que sólo imágenes y palabras sexuales, sino también una serie de agresiones sexuales.

Las feministas liberales solían ser intimidadas para que se callasen (Tenían mayor interés en mantener sus credenciales como feministas “verdaderas” antes de defender sus ideales); fue entonces que apareció Wendy McElroy con el legendario XXX el cual no sólo recaía en el ya habitual uso de la libertad de expresión para defender la pornografía, sino que también se encargó de entrevistar a miles de trabajadoras sexuales y además de plantear las instancias en que la pornografía es favorecedora para la mujer.

Para el feminismo individualista de McElroy la noción es sencilla: Se rechaza la postura de “lo personal es político”, para este feminismo “lo personal es lo personal” y el cuerpo es un terreno propio, o en otras palabras, el cuerpo es propiedad privada (Con esto en cuenta, resultará esperable que las mujeres individuales no poseen autoridad sobre sus cuerpos, en el feminismo pos-marxista de MacKinnon –Por ejemplo- o de Shulamith Firestone, la propiedad privada es abolida, por lo que el cuerpo de la mujer no es propiedad de sí misma, sino de la comunidad).

McElroy no explica que el feminismo debe tolerar a la pornografía, sino más bien abrazarla y aliarse con la misma por los beneficios que entregan a las mujeres, tantos políticos como personales.

“1.- Provee información sexual en por lo menos tres niveles; da un panorama global de las posibilidades sexuales, permite a las mujeres explorar “seguramente” otras alternativas de sexualidad, y, provee un medio diferente de adquisición informático además de las discusiones orales y los libros.

2.- La pornografía despoja de la confusión que a menudo envuelve al sexo del mundo real.

3.- La pornografía destruye estereotipos sociales y culturales, permitiendo que cada mujer interprete el sexo con su propio criterio.

4.- La pornografía es un nivelador de la vergüenza

5.- La pornografía puede servir como terapia sexual”

– XXX: El derecho de una mujer a la pornografía, página 129

“1.- Históricamente, la pornografía y el feminismo han sido viajeros comunes y aliados naturales.

2.- La pornografía es libertad de expresión aplicada al reino del sexo.

3.- Ver pornografía puede tener un efecto catártico en los hombres que tengan impulsos violentos hacia las mujeres.

4.- Legitimar la pornografía permitiría proteger a las trabajadoras sexuales, estigmatizadas por la sociedad.”

– XXX: El derecho de una mujer a la pornografía, página 129

  En cada punto, McElroy enfoca su postura en relación a la información y el fenómeno de interpretación en mujeres (E incluso en hombres). La pornografía da información, naturalmente, no enseña a usar apropiadamente anticonceptivos o a evitar contraer enfermedades de transmisión sexual, sin embargo, informa sobre las disidencias y normatividades sexuales, así como la diversidad corporal que genera atracción sexual. Puede que exista una mujer con el particular fetiche de lamer los pezones de su compañero, usar juguetes sexuales, o poner en práctica posiciones extravagantes, con la pornografía, estas mujeres encuentran identificación en sus curiosidades, transmitiendo el mensaje de “no eres la única con estos intereses”, del mismo modo, permite que las mujeres adquieran una vista panorámica de prácticas que pueden resultarles desagradables o extravagantes, ¿No te consideras capaz de realizar una acrobacia mortal a la hora del sexo? La mujer tiene a la disposición pornografía romántica/vainilla donde puede encontrar una versión suavizada de una sexualidad con mayor representación fuera del mundo del porno. ¿Existirá una mujer acomplejada con su figura física que teme nunca poder encontrar una pareja? La pornografía le muestra a mujeres obesas, velludas, altas, musculosas que mantienen relaciones sexuales, si estas mujeres que no calzan en los cánones de belleza son capaces de evocar atractivo sexual ¿Por qué otras mujeres normales no habrían de hacerlo? Todo esto es ofrecido a la mujer sin que ella corra ningún riesgo, la pornografía está en su televisión o en su computadora, ella puede detenerse o continuar tanto como lo desee.

Wendy también nos recuerda: La pornografía es fantasía, y la fantasía no es un plano atenuado de la realidad; como los sueños o las metáforas e interpretarla literalmente es intelectualmente perezoso. Quizás una mujer fantasee sobre seducir a su jefe o a su vecino, pero cuando la posibilidad se presente ante ella, no realice absolutamente nada para realizar esa fantasía (Porque materializarla no es de su interés).

Uno de las particulares defensas a la pornografía es como protege a la mujer de lo que Wendy llama “feministas puritanas”, las cuales tienen un particular gusto por acusar de daño psicológico a toda mujer que diga disfrutar de la pornografía; esto proviene de la interpretación de que el sexo en la pornografía es degradante, pero ¿Bajo qué estándares se determina lo que es degradante y lo que no lo es? ¿Qué cosa hace degradante el que una mujer tenga semen en el rostro tras haberle dado sexo oral a un hombre? ¿La cámara? ¿El que otras personas lo vean? ¿El semen? ¿El pene? ¿El hombre? Para McElroy, la “degradación” así como la belleza, pertenece al ojo del espectador. Es decir, cuando una mujer ve en el porno a una actriz dando una felación, ésta se pregunta ¿Se habrá enamorado con su opresión? ¿Querrá casarse con el hombre? ¿La habrán violado para caer a hacer algo tan miserable? O quizás se pregunta ¿Cómo será esa experiencia? ¿Cómo se sentirá dar una felación? ¿Cómo se sentirá recibir una? Wendy busca que cada mujer adquiera una interpretación propia del sexo y no que se le inscriba una que ya está escrita y masificada (Aun si esta proviene de la sociedad o del feminismo).

Para el feminismo radical el que a una mujer se le eyacule en el rostro es simplemente la quintaesencia de la humillación femenina, caso cerrado y no hay nada más que decir; la subordina al placer y a la figura del hombre y su falo, pero ¿En verdad lo hace?

“¿Qué hace la eyaculación exterior degradante y a la interior sagrada? ¿Los muchachos aprenden a eyacular en las mujeres de la pornografía o de la eyaculación prematura? En ese caso, los hombres conocen la eyaculación cuando se masturban y ensucian sus propios cuerpos, ninguno hombre en tal situación dice “Oh no, me he degradado”

  • Ibídem, 135

En el mundo de la sexualidad femenina, históricamente a las mujeres se les ha avergonzado por sus deseos sexuales, su libido debía estar completamente determinada por la función reproductiva, las mujeres que desafiaban esta norma eran clasificadas como putas, zorras y rameras, las feministas anti-porno sugieren que los intereses sexuales no aprobados de las mujeres son problemáticos y deben deconstruirse en un proceso aparatoso que antes de proveer un beneficio a la mujer, la someten a estándares de aprobación del feminismo, o sea, la mujer no encuentra validación ni reafirmación de su identidad en el feminismo, sino más bien, otro sistema de valores a los cuales debe someterse y humillarse si es que peca fuera de la sexualidad correcta o “no-problemática”.

El mayor ataque que las feministas radicales efectuaban contra la pornografía era que producía conducta violenta en los consumidores, o, mejor dicho, enseña a los hombres a viola y a las mujeres a ser violadas.

En el libro Pornography: Men possesing women de Andrea Dworkin, la misma habla bastante poco de la pornografía para enfocarse en el contexto de psicología masculina que permite a la pornografía emerger, con eso en cuenta: “La sexualidad masculina es violencia, la violencia es masculina y el pene contempla toda esa violencia”; a día de hoy, la asociación entre pornografía y conducta violenta no ha sido demostrada (Por el contrario, la evidencia sugiere que la pornografía tiene el efecto contrario, Wendy se sustenta en el ejemplo de Japón, con una cultura del porno mucho más extendida y liberal, donde las producciones cuentan con mayor distribución y se permiten la representación de violaciones brutales e incesto, sin embargo, el índice de violación es mucho más bajo que en los Estados Unidos o en otras naciones donde la pornografía es ampliamente restringida). Dworkin habla muy poco de las mujeres, al momento de referirse a las trabajadoras sexuales las evalúa como traumatizadas víctimas de violación cuya perspectiva del mundo ha sido corrompida por el patriarcado, a pesar de nunca jamás haber hablado con una trabajadora sexual, para Andrea, el que una mujer apareciese ante ella y mencionase que le gustaba realizar el trabajo sexual era como ver a un ventrílocuo con un muñeco, obviamente, el patriarcado es el ventrílocuo y la mujer es el muñeco (Andrea literalmente cosificaba y descartaba a las mujeres cuando sus posturas y opiniones fuesen inconcebibles para ella).

No sólo eso, otra ironía la sufría su colega Catharine MacKinnon, al ver como algunos hombres denunciados por mala conducta sexual abogaban por penas más ligeras argumentado que se encontraban bajo la influencia de la pornografía, sin saberlo, las feministas anti-porno consiguieron otorgar un argumento a favor de los infractores basándose en la infantilización del actuar masculino (Así como un niño no puede evitar ser influenciado por el las enseñanzas de sus padres, un hombre no puede evitar verse influenciado cuando el pobre ha caído en la trampa de la pornografía). Wendy ofrece una perspectiva que permite responsabilizar a los hombres que abusan de las mujeres

“La real causa de la violación no es la pornografía, el patriarcado, o los hombres como clase. Son los hombres individuales que violan a mujeres individuales. La pornografía es un chivo expiatorio”

  • Ibídem 143

Wendy en su serie de entrevistas a trabajadoras sexuales busca exhaustivamente algún indicio de maltrato o extorsión, y acaba encontrándose con mujeres a gusto con su labor, aunque si advierte que las mujeres que lo realizan por placer tienden a tener mejores experiencias que aquellas que lo realizan en función de una complicación económica (Así como ambientes de tensión en producciones de bajo presupuesto). En sus conversaciones con Nina Hartley encontró la filosofía sexual: “El sexo no es algo que los hombres te hacen, o algo que los hombres consiguen de ti, el sexo es algo en lo que te sumerges con gusto y lo disfrutas tanto como él”. McElroy concluye que la percepción sexual de una mujer debe venir de su propia experiencia, ella debe volverse su propio juez y su propio censor, quién debe determinar qué es lo que ella juzga como aceptable o inaceptable, y la máxima de “el cuerpo de una mujer, el derecho de una mujer” también contrae la responsabilidad de ese derecho. Al momento de combatir la “cosificación sexual” a la mujer, ella propone una nueva perspectiva, para empezar, no se puede “cosificar sexualmente” debido a que los objetos son cosas inanimadas y por lo tanto, no tienen sexualidad (“¿Es la sexualidad de la mujer la ausencia ella?” – Catharine MacKinnon) sin embargo, el contexto pornográfico implica una reducción de la identidad femenina a la sexualidad de la misma, eso es, lo único que importa de una persona (Sea mujer u hombre) en la pornografía es su sexualidad, sin embargo, el contexto no implica ni requiere la identidad intelectual o espiritual de la mujer u hombre, si concluimos que los seres humanos son seres sexuales, intelectuales y espirituales ¿Por qué es malo destacar la sexualidad de la mujer? Cuando el contexto no requiere de la sexualidad o espiritualidad de la mujer y todo se reduce el intelecto de la misma ¿Estamos eliminando la existencia de las mismas? Si no lo estamos haciendo ¿Por qué se elimina sólo cuando se enfoca en la sexualidad? ¿Acaso la sexualidad de la mujer es denigrante para la misma?

El escrito de McElroy no fue bien recibido por el feminismo radical, ella a día de hoy recuenta como innumerables veces fue tratada como un feminista leprosa y defectuosa, una minusválida mental a la hora de teorizar sobre la pornografía, dada la tendencia colectivista de la corriente y que McElroy es una devota individualista, lo cierto es que las discordancias eran inevitables.

A finales de los 90’s, Wendy afirma que el feminismo radical había ganado casi todas sus batallas, pero no por mérito, sino por qué era la postura más popular, más escandalosa y la entretenida; en la década, el dúo Dworkin/MacKinnon había conseguido aliarse con la derecha conservadora para que el gobierno canadiense suprimiese toda venta de producción pornográfica, esto no sólo contemplaba a las películas, sino también a la literatura erótica; el principio de censura era tan firme que el mero título de los libros era suficiente para prohibir su distribución (Los libros de Andrea también fueron irónicamente prohibidos), incluso alguien como Kate Millett criticó esta medida ya que consideraba la eliminación de literatura erótica homosexual como un acto contra la libertad de expresión, pero para el dúo ésto era un sacrificio digno por el bien de las mujeres.

¿Qué ocurrió entonces? El feminismo anti-porno recibió un golpe irrecuperable para la causa, la pelea se habría perdido para siempre: Llegó el internet, las producciones pornográficas comenzaron a esparcirse viralmente, el porno simplemente floreció.

Wendy aprovechó la oportunidad para realizar una potente crítica para la metodología de lo que ella reconocía como el feminismo de género en contraposición de su feminismo individualista; el primer mencionado no sólo genera daños colaterales indeseados o peligrosos, sino que en sí mismo es una amenaza para los derechos de las mujeres. Todo esto recopilado en su libro Corrección sexual: El ataque de las feministas de género a las mujeres.

“Feminismo de género: Una postura que ve a los hombres y las mujeres como clases opuestas y antagónicas. Los hombres oprimen a las mujeres. Lo hacen mediante la unión de los gemelos malvados del patriarcado y el libre mercado; su meta no es la igualdad, sino la justicia social (de género) para las mujeres.

Feminismo liberal: Una teoría en transición. En los 60’s estaba comprometido con la igualdad social y legal entre los sexos. Desde entonces ha derivado hacia la idea de equidad social, lo cual a menudo implica otorgar privilegios especiales a las mujeres, como aquellos contenidos en leyes de acción afirmativa.

Feminismo individualista: Una ideología basada en el principio de “el cuerpo de una mujer, el derecho de una mujer”. No hace diferencias entre libertad civil y económica, entre el derecho de una mujer a escoger posar para la pornografía o para ser una madre subrogada. Ambas son materias de consentimiento y contrato. El gobierno –la institucionalización de la fuerza- es la mayor amenaza para la libertad de las mujeres.

“Para mí, cualquier dependencia, cualquier cosa que destruya el sentido del ser del individuo, está en la línea de la esclavitud” – Voltairine de Cleyre”

  • Corrección sexual, Las ideologías del feminismo

Para proseguir en necesario explicar las teorías políticas según McElroy, primero, al definir a los hombres y mujeres como “clase” surge la pregunta ¿Qué es la clase? Desde la óptica marxista existe el proletariado (Aquella clase que presta su fuerza laboral y potencial de producción) y la burguesía capitalista (Aquella que es poseedora de los medios de producción), el problema es el siguiente, estas categorías no son esencialistas en el sexo, eso es, un hombre puede ser un proletario y una mujer puede ser burguesa; por otro lado, dentro la teoría del liberalismo clásico existe la clase política y la clase económica, la clase política es la que acumula la riqueza a través de los impuestos, mediante la fuerza; mientras que la clase económica es la que produce. El problema es el mismo, nada impide que una mujer sea parte de la clase política o de la clase económica, ¿Cómo definimos la categoría de clase para que la mujer este condenada a pertenecer a la clase oprimida? Incluimos la palabra favorita de todo el mundo: El patriarcado, no obstante, esto supone una serie de contradicciones en función de su origen en la teoría marxista; bajo la teoría feminista la clase de hombre y mujer se vuelve absolutas, dualistas y sin elasticidad alguna, adjuntando a esto la teoría interseccional se aplica la máxima de que clases identitarias interseccionan para formular un conglomerado de opresiones o privilegios en el individuo, finalmente, la lucha de clases se vuelve, desde trivial, hasta completamente olvidada, el feminismo acaba desmantelando la lucha de clases marxistas para cambiarla por la lucha de sexos en su totalitarismo interseccional, bajo esta premisa se puede decir que –por ejemplo- mujeres negras multimillonarias como Beyoncé u Oprah Winfrey caen en la clase de angustiadas y oprimidas mientras sus opresores son hombres granjeros blancos que apenas pagan la renta mensual en alguna zona de Nebraska (Catharine MacKinnon temía que el feminismo marxista fuese devorado por éste último, sin embargo, ocurrió lo contrario: El feminismo se tragó al marxismo).

McElroy en los 80’s no sólo decía que la condición de la mujer no era propia de una clase oprimida, por el contrario, ya se categorizaba como una clase privilegiada, no obstante, los recuentos históricos de la opresión de la mujer por parte del estado permiten motivar una lucha feministas/anarquista por la abolición del mismo.

Volviendo a la corrección, ¿Cómo podrían las feministas radicales insistir interminablemente de que las mujeres son seres despiadadamente oprimidos? Wendy se enfrenta a una serie de investigaciones dirigidas bajo la óptica del feminismo y encuentra metodologías no sólo dudosas, sino que son completamente bochornosas.

“Una llave con la cual las feministas de género rechazan la evidencia empírica recae en la llamada metodología feminista. Este es un acercamiento revolucionario a la investigación. Como la lógica y el método científico han sido evaluados como métodos tradicionales de hombres blancos, las feministas de género las rechazan por ser opresivas. Por lo que desarrollan su propia línea investigativa libre de opresión”

  • Corrección sexual, página 10

Epistemólogas feministas tales como Catharine MacKinnon, Elisabeth Fee y Sandra Harding, (A quién he citado erróneamente como Sarah Harding en notas anteriores, me disculpo por ello) ofrecían posturas críticas de la ciencia debido a que esta poseía una mirada masculina y blanca, Elisabeth Fee escribió:

“el conocimiento fue originado como un acto de agresión – la naturaleza pasiva debía ser interrogada, desvestida, penetrada y forzada por el hombre para revelar sus secretos”

Para MacKinnon, los hombres se apropian de la naturaleza y la violan como si fuera una mujer, por eso es que asocian el acto de conocer con el de fornicar. Harding llamó a los principios de la mecánica de Newton como “El manual de la violación de Newton”. También apostaban por una ventaja epistémica/moral en la clase de las mujeres, al ser estás una clase oprimida, tienen mayor facilidad para reconocer las injusticias y sentir con mayor sensibilidad las malezas ajenas y del mundo (Por si se lo preguntan, la interseccionalidad no ha llegado todavía para aclarar si los negros, los homosexuales y los no-binarios cuentan con esta ventaja).

En fin, regresando con Wendy, ella recalca la enorme tendencia del feminismo de género para validar sus estudios mediante un método revolucionario: La entrevista personal, de esta manera, cada mujer tiene una voz para hablar de su opresión, y como ella siente que su opresión es real ¿Cómo podría no serlo? (Créditos al afecto fálico por esta referencia)

En algún punto, las feministas de género con algo de honestidad se encontrarían con un dilema moral. ¿Qué hay de las mujeres que no interpretan o viven el mundo en los mismos términos que ellas? ¿Qué hay de las mujeres que ven la misma sociedad y la interpretan de manera diferente?… [] Las feministas de género despreciaran cualquier evidencia inconveniente que no corresponda con su narrativa, o sea, eventualmente imitaran a los llamados patriarcas blancos y masculinos y despreciaran a tales mujeres”

  • Corrección sexual, página 11

El ejemplo más claro de una metodología pobre venía en la forma de un problema relativamente nuevo para el feminismo: Las memorias suprimidas. Se decía que existen memorias reprimidas que se encuentran ocultas debido a su carácter doloroso y traumático, por lo que emergen años después, a esto se le denominaba Síndrome de memoria recuperada y su contenido solía variar entre el incesto, la violación y el acoso infantil. Teniendo esta carta particularmente conveniente, las feministas de género insistían en usar estas memorias reprimidas como “hechos”, el problema es que, aún con todas la indulgencia científica que se le pueda permitir, estas memorias no eran verificables, o sea, no servían para proveer de ninguna conclusión. Sin embargo, las feministas de género relegaban una gran importancia en la investigación bañada de emociones. Probablemente se use la frase “muchos estudios han probado” para presentar una máxima o conclusión, pero lo cierto es que dado el carácter sesgado y acientífico de la investigación feminista y su enorme falta de referencias (O cuando mucho, su gusto por referenciarse a sí misma), los estudios feministas eran, en el mejor de los casos, algo que se debía poner en duda razonable. El mejor ejemplo en la época provenía del texto Patrones en la violación de Menachem Amir, el cual convenientemente definía la violación exactamente de la misma forma en que la definía el feminismo de género. Sin embargo, fuera de los círculos feministas, el estudio de 1971 recibió críticas, por ejemplo, el mismo se basaba en registros policiales, los cuales tenían numerosas brechas de información. Además de que no deja en claro que los registros policiales deben ser usados con gran precaución: los mismo se recopilan para un motivo bastante diferente que darles algo con que jugar a los sociólogos. La información usada dejaba de lado cualquier registro de seguridad o de testigos formales, y Amir descartó datos de declaraciones de violación que fueron descartados por la policía debido a su falta de evidencia. Cuando Susan Brownmiller lo crítico en su llamativo libro Contra nuestra voluntad: Hombre, mujer y violación se le juzgó por no ir demasiado lejos comentando que era obtuso, sin embargo, Brownmiller usa su estudio como una cita que verifica muchos de los “hechos” de su libro

“La investigación feminista es tan nueva que debería estar explotando hacia todos lados; pero en vez de eso, está calcificándose como un dogma. Las feministas de género afirman que tienen la respuesta absoluta y verdadera. Al viciosamente desmerecer a todo aquél que cuestione su información y sus métodos, le están haciendo a las mujeres un servicio ineficaz”

  • Ibídem, página 12

Con la llegada de la idea de la cultura de la violación de Susan Brownmiller, Susan Griffin y Mary Ann Manhart. Ella rebatió el concepto en su segmento, “Una nueva mitología de la violación”. La premisa de la cultura de la violación de Brownmiller propone los siguientes postulados:

  • La violación es parte del patriarcado.
  • Los hombres han producido una psicología en masa en las mujeres con temor a la violación.
  • La violación es parte de la vida “normal”

Wendy rechazaba las 3 premisas. Para empezar, la interpretación de la violación tiene una función política en el análisis de clase, eso es, la violación existe en los reinos de “lo personal es político”, cuando un hombre viola a una mujer lo hace para realizar una declaración política, esa es, perpetuar la opresión de la mujer en la cultura.

“La esclavitud, la propiedad privada y la subyugación de la mujer eran hechos de la vida y la más tempranas escrituras legales han llevado a que nos reflejemos en este vida estratificada”

  • Contra nuestra voluntad, página 8

Para el feminismo individualista, la propiedad privada no es compañera de la esclavitud. Esta última es la derogación del más básico derecho humano: La propiedad sobre uno mismo, esa es, la afirmación natural e inalienable de que cada persona tiene derecho a su propio cuerpo. En otras palabras, la esclavitud es la máxima expropiación de la propiedad privada. Y el reconocimiento de la propiedad privada es la mejor herramienta para proteger a una mujer de la violación.

Para otra feminista individualista como Camille Paglia, la cultura no es la causa de la violación, al contrario, es la cultura la que aporta una visión negativa de la misma y la que protege a la mujer del crimen ¿Si las personas son tabulas razas a las que se les puede enseñar absolutamente cualquier cosa, porque el patriarcado no les enseño a las mujeres que ser violadas es, en el caso más eficiente para el mismo, algo bueno y dignificante?

El segundo mito de Brownmiller es que los hombres han generado un pavor a la violación en masa en las mujeres:

“El descubrimiento del hombre de que sus genitales podían funcionar como un arma para generar terror debe ser uno de los más importantes descubrimientos de la prehistoria, junto con el uso del fuego y el hacha de piedra. Desde tiempos históricos hasta el presente, yo creo que la violación ha tenido una función crítica… No es nada menos que el proceso consciente de intimidación en que todos los hombres mantienen a todas las mujeres en un estado de terror”

  • Ibídem, página 14

El conocimiento del comportamiento de los seres prehistóricos surge espontáneamente, Susan no provee una fuente para esta afirmación, pero el mensaje es claro. Todos los hombres son inherentemente violadores, o cuando menos, todos conscientemente se benefician de la violación. Para sustentar esta afirmación, Susan deriva entre anécdotas e historias de ficción. La selección de Brownmiller demuestra un sesgo obvio, eventualmente apunta:

“La gente a menudo pregunta que es lo que los mitos griegos revelan sobre la violación. De hecho, revelan muy poco…”

  • Ibídem, página 313

Sin embargo, estos mitos se mantienen como arquetipos de la psicología humana. Si Susan deseaba demostrar que existía un continuum de opresión masculina – que se extiende desde el primer reconocimiento del hombre de sus genitales entonces ella debe acreditar a los mitos griegos honestamente. Lo que Brownmiller hacía era citar los estudios, estadísticas y relatos de ficción que convenientemente sustentasen su tesis (Descartando los que pudiesen ofrecer información contradictoria). Incluso en sus estadísticas más extravagantes, las feministas de género usaban cifras que dejaban a un mayoría importante de hombres que nunca cometerían violación y una mayoría de mujeres que nunca serían abusadas (Tal caso es la cifra de 1 en 4 mujeres será víctima de violación, cifra que actualmente se mantiene como desmentida –Ver más adelante-). La teoría de Susan es axiomática, en caso de que un hombre cometa el delito de decir que nunca ha abusado de una mujer o que nunca siquiera ha pensado en hacerlo, se enfrentaría a lo siguiente:

“Una vez que aceptemos que la violación no es un crimen irracional, impulsivo, de lujuria incontrolable, pero un deliberado, hostil y violento acto de degradación y posesión de un ser-emperador, diseñado para inspirar miedo e intimidar, debemos mirar hacia esos elementos en la cultura que promueven y propagandizan estas actitudes, las que ofrecen a los hombres… La ideología y motivación psicológica para cometer estos actos de agresión sin conciencia, por la mayor parte, de que han cometido un crimen castigable, más aún una falla moral”

  • Ibídem, página 391

No hay oportunidad para proveer una posible evidencia contradictoria. No hay posibilidad para que un hombre escape – mediante palabra o acción – del destino de ser acusado de violación, es simplemente una verdad absoluta e irrefutable.

Finalmente, Susan sostiene que la violación es parte de la vida normal, para esto, ella revisa las conductas en quiebres sociales, crisis políticas y en periodos de guerra, eso es, como los hombres violan en periodos desesperados, esto es parte de la vida normal debido a que exponen “su ser verdadero”, pero aparentemente Brownmiller insinúa que el estado del colapso social puede representar un comportamiento normal, al decir que los hombres violan en las guerras y que esto demuestra como “los hombres en la calle reaccionan” está formando una conclusión de la normalidad cultural a partir del colapso de la misma (Por ejemplo: En el régimen socialista de Ucrania –Holodomor-, los pobladores evitaban morir de inanición al secuestrar y comer niños, sin embargo, nadie sugiere que el canibalismo sea una parte normal de la cultura de la población en cuestión). En las guerras, la violación históricamente fue usada como arma de terrorismo contra las naciones y tribus rivales, sin embargo, si la violación compone parte del actuar normal de la sociedad ¿Cuál es el objetivo de usarlo como arma?

Wendy finaliza con revisiones a los números trabajadoras sexuales que han buscado por años legitimar su trabajo y han sido explícitamente críticas del feminismo de género, no como algo que no las representa, sino como algo que de plano es un enemigo (Tal es el caso de las trabajadoras sexuales en COYOTE, las que llevan años organizadas en un sindicato improvisado y han hablado explícitamente a favor de la labor sexual).

Con la llegada del nuevo milenio, Wendy se enfrentó a una postura que no esperaba, virtualmente se encontró con un feminismo profundamente anti-varón que opera sustancialmente contra sus derechos y libertados, para la misma McElroy la idea de defender los derechos de los hombres le resultó inesperada, pero dado su historial contra el feminismo de género, sostenía que no estaba enfrentándose a nada nuevo.

Su visibilización más reciente fue en base a su libro Histeria de violación: Reparando el daño producido a hombres y mujeres en el mismo vuelve a atacar la idea de la cultura de la violación:

Para Wendy todo es claro, la cultura de la violación es una narrativa implantada de manera ficticia en la mentalidad del público que le permite a los políticos hacer que el pánico cunda y orientar su propaganda política para obtener votos y subvenciones a organizaciones feministas, ya ha ocurrido con las enfermedades y con el terrorismo ¿Por qué no habrían de hacerlo con la violación?, repasando la violación desde una postura individualista Wendy evalúa el crimen como algo que una persona le hace a otra persona, no como una declaración de lucha de clases. El punto más llamativo de McElroy proviene de una carta a la casa blanca proveniente de RAINN (Rape, Abuse, Incest National Network) la cual especificaba que la violación era producto de las acciones que una persona decida realizar en contra de otra y no por los contextos culturales en occidentes, y no sólo eso, sino que declaraba explícitamente que el concepto de la cultura de la violación era una idea dañina que entorpecía el actuar para controlar la violación como crimen. Wendy fue llevaba a debatir contra la autora Jessica Valenti, del debate sólo existe la argumentación de McElroy debido a que Valenti solicitó que la suya fuese retirada.

McElroy también evalúa como la violación ejerce como una herramienta política y económica para el feminismo, en otras palabras, con una importante cifra de víctimas de violación las organizaciones feministas pueden solicitar recursos económicos para generar programas de concientización para combatir la problemática (Y quedarse con su paga), pero aquí surge un problema ¿Qué tal si el número de víctimas no es el suficiente como para adquirir la atención necesaria? Sencillo, si no hay víctimas que encontrar, pues entonces habrá que inventarlas, o por lo menos, dar la ilusión de que existen.

El mejor ejemplo proviene de la investigación de la fallecida Helen Reece titulada “Culpar a la víctima es una invención feminista” en dónde Reece afirmaba que la noción de las mujeres son culpadas por los crímenes de los que son víctimas no es sólo una fantasía insustancial, sino que funciona como un mito con fines políticos. Básicamente lo que Helen encontró fue que “culpar a la víctima” era entendido como cualquier insinuación de que las decisiones de una mujer abusada hayan influenciado en algo su desenlace, esto no es “ella tiene la culpa” sino “de haber hecho las cosas de manera diferente, no habría ocurrido”, por ejemplo: No es lo mismo una violación ocurrida en una universidad en pleno que una ocurrida en la madrugada en un barrio de mala muerte; las zonas peligrosas implican mayores riesgos de violación, asalta y homicidio tanto para hombres como mujeres, por lo que resulta esperable que sean evitadas a la hora de transitar (En ninguna circunstancia una mujer se merece o busca ser violada, pero un actuar precavido puede evitar desenlaces fatídicos); otros mitos provienen al comparar la incidencia de culpabilidad del acusado con otros crímenes, no había evidencia de que las personas eran más propensas a no reconocer la violación como un delito ante otros crímenes; los investigadores de violación diseñan sus preguntan a las víctimas para “atraparlas” y luego formular una curva de campana; tampoco había evidencia de que las personas les “creyesen” más las víctimas de otros crímenes antes que a las víctimas de violación, entre otros.

Otra cuestión importante dentro de la línea de McElroy y su fuente de información proviene de la feminista Katie Roiphe, quién en 1994 lanzó un texto catastróficamente peligroso titulado La mañana después: Sexo, miedo, feminismo y el campus, donde criticaba el punto de vista de las feministas de género que habían provocado un estado de histeria entre las universitarias.  Tras una pequeña investigación comprobó que la intuición que le llevó a la misma era cierta: no había indicios para afirmar la existencia de una escalada de violaciones en los campus universitarios. Entre 1982 y 1993 solo habían sido denunciadas a la policía dos violaciones en Princeton y descubrió que los chicos eran víctimas en mayor frecuencia que las mujeres de ataques violentos, aquí también podemos encontrar las disparidades que Wendy denuncia a la hora del manejo estadístico y de información en el feminismo de género; por ejemplo: Roiphe recogió que, según fuentes del FBI, en 1990 hubo 102.560 violaciones o intentos de violación. El Centro Nacional de Víctimas de Violación afirmaba sin embargo, que la cifra real era de 683.000. El Departamento de justicia arrojaba un porcentaje de 8% de mujeres americanas que probablemente serían víctimas de violación o de intento de la misma a lo largo de su vida. Para Catharine MacKinnon el porcentaje subía hasta el 50%; el mejor ejemplo de datos inflados proviene de Mary Koss, una investigadora feminista que se vió en la tarea de realizar una encuesta nacional para estimar el índice de violación en los Estados Unidos (Este estudio fue encargado por la Ms. Magazine, la primera revista feminista que tuvo como fundadora a Gloria Steinem y de editora a Robin Morgan), sus resultados lanzaron una escandalosa cifra de que 1 de cada 4 mujeres será víctima de violación o agresión sexual, para dar información concreta: El 15.4% de las chicas habían sido violadas alguna vez y el 12.1% había sido víctima de un intento  de violación.  Pero lo curioso es que tan sólo el 27% de estas víctimas se veían a sí mismas como tales, el 49% alegaron que fue falta de comunicación, un 14% lo catalogó de infracción pero no de violación y un 11% no se sentían victimas en absoluto. Además, un 42% de las victimas tuvieron sexo con los supuestos atacantes en encuentros posteriores, la pregunta más peculiar fue la número 8, diciendo así:

¿Ha mantenido usted relaciones sexuales sin desearlo debido a que un hombre la invitó a consumir alcohol o drogas?

Luego se le preguntaba a la encuestada:

¿Se ha entregado usted a juegos sexuales (caricias, besos o manoseos, pero sin coito) no deseados, debido a que no tuvo más remedio que ceder ante la constante insistencia de un hombre?

Un 53,7% de las chicas contestó que sí a esta última pregunta y fueron catalogadas como víctimas de intento de asalto sexual. Además de poder estar en contra de esta definición de asalto, también puede plantearse si la responsabilidad de una chica cuando se emborracha es del chico que le administra alcohol, de la fiesta organizada o por el contrario de la persona que no mide sus actos; de la misma manera, atribuirle la responsabilidad a la parte masculina implica infantilizar a las mujeres, como si éstas no tuvieran conciencia propia Cuando se le cuestionó a Mary Koss y a otras feministas de género sobre el porcentaje de mujeres que no se sentían víctimas y fueron categorizadas como tales, las mismas respondieron que estas mujeres no contaban con conciencia de género que les permitiese reconocerse como tales. Cuando se eliminaron las preguntas clasificadas como ambiguas en el famoso Toledo Report (Además de no preguntar a las mujeres que no se consideraban víctimas) se encontró que la cifra era de 1 en 22 o 23 mujeres.

Lo que es increíble es que los estudiantes sigan creyendo actualmente que el 50% de las mujeres son violadas. Esta es la crisis real: que hay un número no insignificante de jóvenes mujeres con esa alarmante creencia

Katie Roiphe, La mañana después, página 57

 

Las críticas de McElroy a la metodología feminista se encontraban materializadas en estas experiencias, las cuales, mucho antes de aportar cifras genuinas que permitan atacar las problemáticas que amenacen a las mujeres, buscaban inducir un estado alarmista y de pánico incontrolable en la población femenina, ¿Qué objetivo tiene decirle a las mujeres que el mundo es un lugar mucho más peligroso de lo que realmente es? Sencillo: Si la mujer acepta esta perspectiva, pues entonces se sentirá aterrada de todo lo que la rodea, desde sus amigos, hasta su familia, así, cuando la mujer deba salir a la calle, será consumida por el miedo y se verá a sí misma como víctima sin que le haya ocurrido nada en lo absoluto; en términos de McElroy: Si no hay suficientes víctimas, entonces habrá que inventarlas.

Wendy, esencialmente, es una feminista disidente que evalúa al feminismo como un negocio con una agenda política muy poderosa (Uniéndose a la línea de pensamiento de Erin Pizzey y Daphne Patai).

 

 

1 comentario en “La lepra feminista de Wendy McElroy

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