Lysenkoísmo es un concepto derivado del científico agrícola Trofim Lysenko, quien gobernó el acercamiento a la biología y la agricultura tanto en discursos universitarios como en su aplicación en políticas agrícolas, durante el gobierno de Joseph Stalin, que se caracterizó inicialmente por desarrollar teorías científicas que fuesen convenientes para el marxismo.

 

Antes de proseguir, establezcamos líneas teóricas: El filósofo científico Thomas Kuhn (2012) nos introduce a la noción de que las revoluciones científicas no son selectas, sino más bien holísticas. Es decir, el progreso científico es realizado no cuando componentes puntuales de teorías ya existentes son corregidos, sino más bien cuando las teorías científicas en su totalidad son re-contextualizadas. El modelo de revolución de Kuhn sigue el siguiente modelo: Existe una ciencia “normal” (el paradigma compartido por la gran mayoría de los científicos), luego se encuentra una “anomalía” (un fenómeno que no puede ser explicado por el paradigma de la ciencia normal), la anomalía produce una “crisis” (que es cuando la anomalía es demasiado problemática), luego existe un cambio de perspectiva (la anomalía es observada desde nuevos paradigmas), finalmente se producen nuevos paradigmas científicos durante una revolución invisible, con la cual el paradigma nuevo a reemplazado al anterior, convirtiéndose en la nueva ciencia “normal”. Por ejemplo: La teoría aristotélica del universo no podía explicar la zona “terminador” en la luna, la cual pudo ser explicada con el planteamiento de la teoría heliocéntrica de Galileo Galilei (además de la demostración de montañas en la luna); de ese modo, la teoría geocéntrica (el antiguo paradigma) fue reemplazado por la heliocéntrica (el nuevo paradigma), quedando esta última como la nueva ciencia “normal”, y así se repite. El paradigma antropocéntrico fue sustituido por el paradigma de la evolución darwiniana, e incluso las mecánicas newtonianas no fueron capaces de explicar la relatividad general hasta la llegada de las físicas de Einstein. Kuhn plantea que los científicos aprenden a resolver problemas mediante sistemas y modelos científicos dentro del paradigma actual, por lo que se adquiere la impresión de que el progreso es linear y garantizado; también sostiene que las observaciones son realizadas en el contexto de la ciencia “normal” de turno, o sea, siempre serán interpretadas con el conjunto de suposiciones científicas que acompañan a cada contexto. Es entonces cuando retomamos con Lysenko.

 

Trofim sostenía que los paradigmas científicos que dominaban la biología fueron establecidos en el contexto de la sociedad capitalista. Según él, la leyes de le genética mendeliana, la selección natural e incluso la teoría de la evolución de Darwin, eran teorías científicas que correspondían a un categoría de “pseudo-ciencia” burguesa y capitalista, diseñada para justificar la opresión de los proletarios; en sus propias palabras “Darwin mismo, en su día, fue incapaz de ser libre de los errores teóricos de los cuales era culpable. Fueron los clásicos del marxismo que revelaron esos errores y los señalaron”, “La historia de la heredabilidad en la ciencia de Mendel demuestra con claridad la asociación entre la ciencia capitalista y todas las corrupciones ideológicas de la sociedad burguesa” (Lysenko 1949).

Trofim descartaba la teoría de la evolución, la genética mendeliana e incluso la existencia de los genes (estos últimos contradecían la filosofía marxista ya que sugerían la existencia de una unidad de características “ideales”) dado que correspondía a ciencia capitalista que justificaba la competencia, y que de hecho todos los organismos vivientes eran naturalmente colaborativos, y si no era tal el caso, es que estaban socialmente alienados por la sociedad capitalista para competir (Soifer 1994) (Joravsky 1970). Del mismo modo, reivindicaba la genética Lamarquista, donde los caracteres socialmente adquiridos son heredados, además de la adquisición de los mismos mediante la necesidad situacional (mejor explicada por su icónica jirafa)

 

Todo aquél científico que contradijera a Lysenko era enviado a los gulags, o bien asesinado en el acto bajo la justificación de que era agente del fascismo internacional.

 

Su siguiente paso, la aplicación de la teoría agrícola lysenkoista, la gran prueba empírica del Lysenkoísmo agrícola, ocurría entre 1932 y 1933, cuando tras los trágicos resultados de las políticas de colectivización de alimentos de Stalin, Trofim sometería los cultivos a las pruebas de su naturaleza colaborativa: Los cultivos serían plantados ridículamente cerca uno del otro, de ese modo  se podría producir más en menos espacio. Según la teoría de Lysenko, las cosechas deberían distribuirse equitativamente los suministros de aguas y nutrientes para poder crecer adecuadamente.

¿Cuál fue el problema? Pues que las plantas no son comunistas.

Las cosechas perecieron. Lysenko fue en parte responsable de las hambrunas de la unión soviética, que causó la muerte por inanición de millones de granjeros soviéticos, además de que sus políticas agrícolas también tuvieron aparición en la China de Mao Zedong (Birstein 2004). Entre sus “hallazgos” se encontraba el afirmar que las plantas de territorio sureño podían ser cosechadas en territorios del norte, y el poder transformar el centeno en trigo y el trigo en cebada.

 

El concepto de Lysenkoísmo es generalmente usado para referirse a la ciencia que está al servicio de la política. El deseo de desarrollar un discurso político que esté bien respaldado en la ciencia resulta deseable, sin embargo, esto podría implicar que el discurso deba modificarse en pos de la nueva evidencia científica, o en el peor de los casos, todo el discurso podría quedar invalidado, por eso ¿qué mejor que un modelo científico que convenientemente entrega resultados que validen el discurso político? Es entonces cuando hablamos del resurgimiento del Lysenkoísmo, y es que este fenómeno tiene un principio esencialmente camaleónico.

 

Las guerras científicas se iniciaron con la epistemóloga feminista Sandra Harding. Lo que las epistemólogas feministas plantearon en su momento era que los científicos se proveían de valores científicos condicionados por una sociedad misógina y patriarcal, y estos valores afectaban directamente a las conclusiones y procesos en el laboratorio; consecuentemente, esos valores misóginos codifican los resultados, y al ser publicados en plataformas científicas, los valores se institucionalizan como “hechos” (E. Keller 1990). Harding se apropia de los modelos ya explicado de Thomas Kuhn para sostener su hipótesis, además del filósofo Willard Quine (2008), de quién adquiere la teoría de observación: un fenómeno puede contar con dos hipótesis para explicarlo, aun cuando las mismas tienen trasfondos completamente incompatibles.

Harding estableció su acercamiento a la ciencia con 3 postulados básicos, el más importante siendo el “punto de vista feminista” (Feminist standpoint), el cual recuerda mucho al clásico Lysenko. En sus propias palabras: “El punto de vista feminista se origina en el pensamiento de Hegel sobre la relación entre el amo y el esclavo, y la elaboración de este análisis en los escritos de Engels, Marx y el teórico marxista húngaro, G. Lukacs. Brevemente, esto propone que la posición dominante de los hombres en la vida social resulta en entendimientos parciales y perversos, mientras que la posición subyugada de las mujeres provee la posibilidad de entendimientos más completos y menos perversos. El feminismo y el movimiento de mujeres proveen la teoría y la motivación para la investigación y la lucha política que puede transformar la perspectiva de la mujer en un “punto de vista” – un moral y científicamente preferible terreno para nuestras explicaciones de la naturaleza y de la vida social. La crítica feminista de la ciencia natural y social, ya sea expresado por un hombre o mujer, se encuentran en las cualidades universales de las experiencias de las mujeres como son entendidas desde una perspectiva feminista” (1986, 26). 

El acercamiento de Harding se basa en la dialéctica del amo-esclavo, eso quiere decir que existe un perspectiva masculina y una femenina: mientras que los hombres y mujeres adquieren sus perspectivas de manera natural, las mujeres tienen acceso tanto a la masculina como la femenina dado que ellas han sido socializadas en un mundo de hombres: el patriarcado. Es por esto que las mujeres adquieren la capacidad de ver fenómenos que los hombres no; en otras palabras, tienen visión doble: masculina y femenina. Una vez que las mujeres se dan cuenta de esta doble visión, adquieren conciencia feminista, lo que les permite actualizarse y desarrollar su propia versión de conocimiento, distante de la ciencia masculina que hemos entendido erróneamente como “ciencia normal”, o sea, se crea una ciencia femenina que es más objetiva y menos perversa. Los hombres no pueden acceder a la perspectiva femenina dado que se manifiesta fenomenológicamente a través de experiencias vividas, de este modo, la única forma para que los hombres puedan adquirir esta visión es aceptando acríticamente las anécdotas de las mujeres como una forma de conocimiento objetivo. En otras palabras: “Hermana, yo si te creo”.

 

El objetivo final del punto de vista feminista es su propagación, es decir, que un número considerable de mujeres adquieran conciencia feminista, y finalmente estas mujeres se introduzcan en las carreras de STEM, donde se podrá generar la producción masiva de ciencia femenina (Karger y Fahs 2016) A esto Harding lo denomina “objetividad fuerte”, en contraste con la “objetividad débil” que la ciencia masculina arrogantemente cree tener (1991). Esa es la crítica fundamental del feminismo a la ciencia, y es que la ciencia no es objetiva, es esencialmente masculina, en palabras de Catharine MacKinnon: “Si el feminismo es una crítica del punto de vista objetivo/masculino, entonces también rechazamos las normas científicas estándar como el criterio para medir la precisión de nuestra teoría” (1987, 54).

Para Harding no es un secreto que el objetivo de la ciencia es generar conocimientos capaces de validar de su postura política, después de todo: “La ciencia es política por otro medios (…)”  (1986, 10). Aunque Harding fuese mucho más transparente que Lysenko, lo cierto es que ella misma fue capaz de anticiparse a las reacciones de sus teorías: “Aquellos casados con el empirismo serán reacios a comprometerse a la creencia de que la identidad social del observador puede ser una variante importante en la potencial objetividad de los resultados. Estratégicamente, esto es una explicación menos convincente para la idoneidad de las afirmaciones feministas para todos excepto para los ya convencidos; es particularmente improbable que parezca plausible para los científicos naturales o los entusiastas de la ciencia natural” (1986, 26).

 

No obstante, el punto de vista feminista no deja ser sólo una de 3 principios para epistemología feminista, siendo el siguiente el empirismo feminista. En primera instancia, el empirismo feminista puede parecer simplemente un empirismo particularmente cuidadoso de dejarse influenciar por sesgos misóginos, sin embargo no es tal el caso: “Es más fácil ganar aceptación de afirmaciones feministas a través de este tipo de argumentos, puesto que identifica sólo ciencia mala como el problema, no la ciencia-como-es-usualmente”  (1986, 25), Harding prosigue, “Es una estrategia considerablemente ventajosa, sin embargo, a menudo lleva a sus defensoras a pasar por alto el hecho de que la solución de empirismo feminista de hecho subvierte el empirismo. La identidad social del investigador se supone que debe ser irrelevante para la calidad de los resultados investigativos. Se supone que el método científicos deber ser capaz de eliminar sesgos debido a que los investigadores individuales son blancos o negros, chinos o franceses, hombres o mujeres. Pero el empirismo feminista sostiene que las mujeres (o bien, las feministas, sean hombres o mujeres) como un grupo tiene más posibilidades de producir resultados más objetivos y no sesgados que los hombres (o las no-feministas) como un grupo” (1986, 25) .

Así como se presenta, se establece que el empirismo feminista no es más que el punto de vista feminista llevado a la práctica; es un modelo político diseñado para infiltrarse en las ciencia aprovechándose de las buenas intenciones de quienes desean eliminar los sesgos sexistas de la ciencia. Toda la perspectiva de Harding apunta a que ella sólo entiende la ciencia como una meta-narrativa generada por el régimen político, que sus practicantes deseen mantener.

 

Finalmente, el 3 principio para la epistemología feminista es el enfoque posmoderno, para lo cual Harding cita a la teórica Jane Flax: “Quizás la “realidad” puede tener “una” estructura  sólo de la falsamente universalizada perspectiva del maestro. Eso es, sólo hasta el alcance en que una persona o grupo puede dominar el todo, puede la “realidad” parecer ser gobernada por un conjunto de reglas o ser constituida por un privilegiado conjunto de relaciones sociales” (1986, 26-27). Esta negación de una realidad común, que es lo que la ciencia puede describir con precisión, es lo que le permite a Harding encontrar el único defecto en su teoría del punto de vista feminista: Dado de que la categoría de mujer puede verse afectada por diversas variables de identidad, por ejemplo: raza, orientación sexual, edad, religión, nacionalidad, discapacidades, etc. El punto de vista feminista por sí mismo no es capaz de cubrir todas sus perspectivas, descuidando la dialéctica del amo/esclavo que debe existir para heterosexuales/homosexuales, blancos/negros, cis/trans y demás; la perspectiva de “mujer” se desestabiliza dada la contingencia del resto de sus cualidades identitarias. Es aquí donde entra el enfoque posmoderno, al poder subdividir la categoría de mujer en múltiples combinaciones, desarrollamos un feminismo donde cada categoría está socialmente construida dentro de la dialéctica hegeliana; cada grupo de “esclavos” (o mejor dicho: “oprimidos”) están dotados de un “visión doble”, al mismo tiempo, cada categoría de “maestros” (o mejor dicho: “opresores) padecen de una visión miope arrogantemente llamada objetividad, y si estos “maestros” desean adquirir la visión de los “esclavos”, deberán depositar su confianza en las experiencias vividas de cada individuo oprimido.

 

De este modo, los principios epistemológicos de Sandra Harding pueden resumirse así:

1.- Punto de vista feminista: Los científicos existen en una sociedad sexista. Aquellos descubrimientos que realicen serán influenciados por los sesgos misóginos con los que fueron educados. Estos sesgos producen contenidos científicos que institucionalizan los sesgos misóginos, haciéndolos pasar como “hechos”.

2.- Empirismo feminista: El punto de vista feminista llevado a la práctica, tomando en cuenta el axioma de que las científicas mujeres son mejores que los hombres dado que sus descubrimientos estarán influenciados por sus experiencias vividas como mujeres, las cuales son epistemológicamente privilegiadas basándonos en la dialéctica hegeliana.

3.- Enfoque posmoderno: La mirada femenina debe multiplicarse al considerar las numerosas variantes de identidad que pueden acompañar a la categoría de mujer.

 

De ese modo, Sandra Harding ha creado un modelo epistemológico que cuenta con una “mayor validez” que el modelo científico convencional, dado su carácter políticamente progresista. En el mundo práctico, en las universidades, los modelos de enseñanza comenzaban a basarse en el constructivismo social: los departamentos de literatura comenzaron a imitar a Kate Millett (1970) y a revisar a autores literarios con tal de encontrar fragmentos políticamente problemáticos; en los departamentos de historia comenzaron a plantear que ciertos hechos históricos (como el Holodomor en Ucrania) nunca existieron y se idearon para justificar el status quo; finalmente, los artistas plantearon estándares cuantitativos en vez de cualitativos para revisar la calidad artística de las obras de arte, dando como resultado fenómenos como la prueba Bechdel (Gross y Levitt 1997).

 

Retomando el plano ideológico, incluso en las epistemólogas feministas existen desacuerdos. Sandra plantea que las mujeres tienen una “objetividad más fuerte”, sin embargo, otras empiristas sostienen que las mujeres tienen una versión completamente propia de la objetividad, la cual al ser aplicada a la práctica científica producirá resultados que sean políticamente más deseables. Ambas pueden parecer indistinguibles ya que se basan en la premisa de que la “objetividad científica” es de hecho una farsa patriarcal, dada la influencia social en la creación del conocimiento científico y así, concluyen que necesitamos diseñar una ciencia feminista que logré emanciparla de sus sesgos misóginos. Es entonces cuando entra un nuevo personaje: Evelyn Fox Keller, una filósofa que, a diferencia de la gran mayoría de las feministas académicas, tuvo un genuino entrenamiento científico. No fue hasta el año 1980 que dejó de tratar la física y se vio interesada por el más estereotipado psicoanálisis; entonces publicó un artículo titulado Lewis Carroll: A study of mathematical inhibition (1980), en donde intentó demostrar que el personaje en cuestión se vio interesado en las matemáticas para sublimar sus deseos sexual reprimidos.

Es este tipo de psicoanálisis lo que le permite a Keller atacar la misma ciencia que solía practicar, ya que así puede afirmar que el patriarcado socializa a los hombres y mujeres no sólo para tener diferentes intereses políticos, sino que también psicologías fundamentalmente diferentes; es esta diferencia en psicologías lo que produce la lucha entre ciencia masculina y ciencia femenina, las cuales se diferencian entre sí tanto por los resultados que producen como por los métodos que usan.

 

Fox Keller entonces afirma que los hombres son socializados de tal modo que atrofian sus capacidades para empatizar, y la “objetividad” es simplemente el nombre que los hombres le han dado a esa patología (E. F. Keller 1982), así como la masculinidad se ve definida como aquella que nunca puede permitirse ser femenino, y la autonomía nunca puede palidecer ante la dependencia. Se genera esta asociación de lo masculino con la objetividad y lo femenino con la subjetividad; la ciencia desprecia la empatía y la subjetividad porque son cualidades femeninas. Es así como la ciencia se construye en base a la falta de empatía que los hombres adquieren en base a patrones de masculinidad: “Ni el niño edípico ni la ciencia moderna han conseguido deshacerse de sus deseos edípicos o bisexuales. Es así, con este reconocimiento que la búsqueda por una ciencia diferente, una ciencia sin sesgo masculinista comienza” (1982, 595-596). Sin embargo, lo que Keller busca no es una ciencia que sea capaz de cumplir con sus iniciales estándares de objetividad, lo que Keller afirma es que la objetividad en sí misma es un mito.

Para poder afirmar constantemente que la ciencia es una manifestación del sesgo masculinista de la cultura, Keller aplicaría habitualmente el psicoanálisis a aquellos personajes relacionados con la investigación científica. Los favoritos de las epistemólogas feministas: Isaac Newton, cuyas leyes de la mecánica Harding re-nombró como “El manual de la violación de Newton” (1986, 113), y Francis Bacon, cuya utilización de una metáfora que nunca tuvo mayor relevancia en su trabajo, y que proviene de un texto publicado después de su muerte, fue resguardado y usado como demostración de que la ciencia era inequívocamente misógina. La cita es: “No; Vengo en verdad llevándola a ti Naturaleza con todos sus hijos para atarla a tu servicio y hacerla tu esclava” (Soble 1995). Según ecofeministas, esta conceptualización de la ciencia evoca diversos valores masculinos, y nuevamente demuestra la inherente asociación entre la mujer y la naturaleza: El método científico cosifica a la naturaleza, la desnuda y finalmente –como si fuera una mujer- la viola. (Mechant 1980) (Bowling y Martin 1985). Todo esto derivado de una sola cita del trabajo de Bacon, sin mencionar que descuidaron completamente que en la misma obra eventualmente Bacon se refiere al científico como un sirviente de la naturaleza (Soble 1995).

 

Obviamente nada de esto importaba para las epistemólogas feministas, puesto que lo único que les importaba era poder extraer la mayor cantidad de metáforas de violación de la ciencia. Apegándose todavía más al psicoanálisis, las epistemólogas formarían una nueva asociación con la violación al establecer una similitud con el aspecto fálico de armas de destrucción masiva como pistolas, misiles y demás. (E. F. Keller 1993, 50).

Incluso en sus más descabellados intentos de despreciar elementos científicos, las epistemólogas feministas acabaron siendo más extravagantes, por ejemplo: La filósofa francesa Luce Irigaray propuso que la mecánica de fluidos tendría dificultades de ser entendida bajo conceptos matemáticos. Esto se debe a que los fluidos son femeninos, mientras que las matemáticas son rígidas y masculinas (1985).

 

Wendy McElroy presenta una serie de evidencias del empirismo feminista: Margarita Levin explicó: “[La ciencia feminista] Ve la dominación masculina trabajando en, por ejemplo, la teoría de la molécula maestra en el funcionamiento del ADN, en la noción de “fuerzas” actuando sobre objetos, en la descripción de la evolución como la “lucha” por sobrevivir, en la visión de que la escases de recursos lleva a la competencia de animales” (McElroy 1996, 10), Levin continúa: “…toda teoría que plantea lo que consideren destructivo, unidireccional, violento o jerárquico… La idea de dominación está directamente asociada a la objetividad científica”.

 

La perspectiva feminista siempre dará una importancia fundamental a las anécdotas personales de las mujeres, recibiendo en tal caso el nombre de “políticas de la experiencia”, pero existe una falla fundamental en el empirismo feminista: ¿Qué ocurrirá con las mujeres que provean de experiencias o resultados que no son compatibles con la narrativa política que deba ser validada? McElroy nos recuerda: “La ideología específica de las mujeres sexualmente correctas es cuasi-marxista: consideran al patriarcado, como se expresa a través del capitalismo, como el medio principal a través del cual la sociedad blanca y masculina oprime a las mujeres” (1996, 12). El paralelismo es claro, así como Lysenko acusó a los científicos de crear una ciencia burguesa, influenciada por la sociedad capitalista para perpetuar y justificar la explotación del proletariado; las feministas acusan a los científicos de crear una ciencia masculina, influencia por el patriarcado para perpetuar y justificar la explotación de la mujer.

 

En notas anteriores tuve la oportunidad de presentar el incidente de El pene conceptual como un constructo social (Lindsay y Boyle 2017), en donde un paper falso fue publicado en plataformas académicas de estudios de género, el cual pretendía defender que los penes conceptualmente generan el cambio climático. Recientemente, los mismos académicos –acompañados por la autora Helen Pluckrose- repitieron su experimento, consiguiendo publicar 7 papers falsos, en donde se presentan premisas como “La cultura de la violación en parques para perros”, o una adaptación de Mein Kampf de Hitler pero usando vocabulario feminista.

Vale preguntarse si el feminismo debe comenzar a usar la ciencia para plantear su discurso, o bien, si finalmente decida dejar manipular la ciencia para que valide al mismo. Hasta entonces, la ciencia feminista no será más que otro camaleón de Lysenko.

Bibliografía

Birstein, Vadim. «The Perversion of Knowledge: The True Story of Soviet Science.» 2004.

Bowling, Jill, et Brian Martin. Science: a masculine disorder? 1985.

Gross, Paul, et Norman Levitt. Higher Superstition: The Academic Left and its Quarrels with Science. 1997.

Harding, Sandra. «The Science Question in Feminism.» 1986.

Harding, Sandra. «Whose Science? Whose Knowledge?» 1991.

Irigaray, Luce. «That Sex Which is Not (Chapter 6: The “Mechanics” of Fluids).» 1985.

Joravsky, D. The Lysenko affair. 1970.

Karger, Michael, et Breanne Fahs. «Women’s Studies as Virus: Institutional Feminism, Affect, and the Projection of Danger.» 2016.

Keller, Evelyn Fox. «Feminism and Science.» 1982.

Keller, Evelyn Fox. «Lewis Carroll: A Study of Mathematical Inhibition.» 1980.

Keller, Evelyn Fox. «Secrets of Life, Secrets of Death: Essays on Science and Culture.» 1993.

Keller, Evelyn. «Science as Social Knowledge: Values and Objectivity in Scientific Inquiry.» 1990.

Kuhn, Thomas. «The Structure of Scientific Revolutions (50th Anniversary Edition).» 2012.

Lindsay, Jamie, et Peter Boyle. «The Conceptual Penis as a Social Construct.» 2017.

Lysenko, Trofim. Fly lovers, human haters. 1949.

MacKinnon, Catharine. «Feminism Unmodified: Discourses on Life and Law.» 1987.

McElroy, Wendy. Sexual Correctness: The Gender Feminist Attack on Women. 1996.

Mechant, Carolyn. «The Death of Nature.» 1980.

Millett, Kate. Sexual Politics. 1970.

Quine, Willard. «Confessions of a Confirmed Extensionalist: And Other Essays.» 2008.

Soble, Alan. «In Defense of Bacon.» 1995.

Soifer, V. Lysenko and the tragedy of Soviet science. 1994.

 

 

 

Balderouge

Ex feminista radical.

Esta entrada tiene un comentario

  1. hola, si te confiesas “ex-feminista radical” espero que entiendas bien lo que eso implica, es decir, que la mayor parte del edificio feminazi sigue en tu cerebro y sólo está en crisis. Es fácil dejar de creer en Dios, pero nada fácil dejar de ser cristiano; como vemos en los ideólogos de izquierda bienpensantes, que parecen ignorar que todo lo que dicen y escriben ya lo pusieron autores cristianos negro sobre blanco y cambiando la terminología.
    Yo estoy en el mismo camino que tú, y te quería avisar de que dejar una ideología es sólo el inicio del camino hacia el pensamiento verdaderamente libre.

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