El delito sexual fue ignorado por siglos. Incluso actualmente se encuentran rincones del mundo donde la delincuencia sexual es abiertamente admitida.

Dentro del mundo occidental, los aparatos legales y movimientos sociales hacen constante hincapié respecto a la severidad, importancia e incidencia del crimen sexual. No obstante, la mayoría casi absoluta de diálogos respecto al crimen sexual tienen algo en común puntualmente: La violación.

La violación existe únicamente como algo que exclusivamente los hombres les hacen a las mujeres y niños (y en el remoto caso de tratar la victimización de los hombres, se hará bajo la perspectiva de que sus perpetradores serán otros hombres).

No obstante, el crimen sexual cometido por mujeres contra hombres, niños y otras mujeres, es un área infraestudiada, que puede significar uno de los problemas menos tratados en la criminalística: ¿Cuántos hombres han sido violados por mujeres? ¿Cuántos niños han sido violados por mujeres? ¿Cuántas mujeres han sido violadas por otras mujeres? Hay muchos factores que afectan la infrarrepresentación de las mujeres en las cifras de crimen sexual, desde la brecha de género respecto a las sentencias penales (Starr 2012), hasta los estereotipos de género que afecten a la percepción sobre estos delitos, aun si esta percepción acaba obteniendo resultados inesperados.

 

Es debido establecer nuestra línea conceptual: ¿Qué es una violación?

Esta pregunta es peligrosa, dada que la manera en que se responda influye directamente en nuestro entendimiento del fenómeno y la extensión del problema. Por ejemplo, Catharine MacKinnon nos ofrece una definición tautológica de violación: “Políticamente, lo llamo violación cuando una mujer tiene sexo y se siente violada” (MacKinnon 1987). Cuando el FBI dio inicio a la cuantificación del crimen violento en los Estados Unidos, en 1930, se definió la violación como: “El acceso carnal de la mujer forzosamente o en contra de su voluntad” (U. D. Justice 2013). 

Aquí se pueden extraer problemas: La violación es un crimen que únicamente las mujeres pueden sufrir; una mujer forzando su cavidad vaginal sobre el pene erecto de un hombre contra su voluntad no será calificado como violación. El concepto técnico para la violación de un hombre a manos de la mujer recibe la poco sofisticada denominación de “Forzar a penetrar”.

Para el año 2012 el FBI revisaría nuevamente su antigua definición de violación para convertirse en: “La penetración, sin importar cuan profunda, de la vagina o ano con cualquier parte del cuerpo o con un objeto, o penetración oral por un órgano sexual, sin el consentimiento de la víctima” (U. D. Justice 2012). Esta nueva definición permite considerar víctimas varones, sin embargo, sigue descuidando a las víctimas que hayan sido “obligadas a penetrar”. Este juego de definiciones es lo que nos permite jugar con las cifras de violaciones anuales, dando la noción de que la violación cometida por mujeres es extraña, sino es que inexistente (MP 1995), sin embargo, ¿qué tan grande es el problema realmente?

 

Lo cierto es que el informe del NISVS, dedicado al seguimiento de la prevalencia durante 12 meses de victimización sexual, entregó resultados desconcertantes, dando una cifra de 1.270.000 mujeres siendo “penetradas sin consentimiento” (o sea, violadas), y 1.267.000 de hombres que habían sido “obligados a penetrar” (o sea, violados) (Control. 2011).

 

Sin embargo, tras la publicación del informe, se presentó la noticia sobre la violación de 1,3 millones de mujeres, eso se debe a que -metodológicamente hablando- el informe presenta un sesgo importante: La categoría de violación adquiere un rango prioritario, al mismo tiempo, que la categoría de “obligar a penetrar” es relegada a la sección de “otros delitos sexuales” (incluso la tabla anterior presenta a ambos fenómenos como crímenes diferentes (Stemple 2014). Dentro de estos incidentes, en el 7% de los casos se implicó el uso de armas, por otro lado, el margen de heridas graves tras violación fue mayor en víctimas mujeres que en hombres (12,6% de mujeres contra un 8,2% de hombres) (Weiss 2010). Evidentemente, ofrecer la premisa de que “Casi la mitad de las violaciones son cometidas por mujeres en los Estados Unidos” resulta desconcertante, y lo cierto es que tal premisa puede estar lejos de una perspectiva más próxima a la realidad (Stemple 2014) (Stemple 2016).

Otro sesgo metodológico que presentan la mayoría de los informes respecto a la victimización sexual, es de donde surgen las muestras y grupos de control: Todos excluyen prisiones e instalaciones penitenciarias (lo que afecta puntualmente a las víctimas de violación que pertenecen a minorías étnicas, clases sociales bajas e inmigrantes, los cuales están sobrerrepresentados en la población penitenciaria).

Podría teorizarse sobre las violaciones cometidas en prisiones de hombres y mujeres, ya sea que las violaciones cometidas en prisiones para hombres son cometidas entre prisioneros, mientras que las cometidas en prisiones de mujeres son de los guardias varones contra las prisioneras; sin embargo, estas nociones son incorrectas. En los Estados Unidos se producen un número aproximado de 97.000 agresiones sexuales en prisiones de hombres y, si se evalúa en función de cifras netas, en estas últimas se encontraran más violaciones. No obstante, esto no se ajusta a la proporción de encarcelados, donde los hombres se encuentran sobrerrepresentados (93% de los prisioneros) (Beck AJ 2013).

Si se ajusta el ratio en función de delitos sexuales y la cantidad de prisioneros se encuentran los siguientes resultados: En prisiones de mujeres se encontró que el crimen de mayor incidencia fue el de violación entre prisioneras, con un ratio de 212 por cada 1.000 reclusas, el cual es aproximadamente 5 veces más alto que el ratio en prisiones de hombres, con 43 por cada 1.000 reclusos (Wolff 2006). En lo que respecta a los reportes de victimización, los datos también resultas inesperados: Los hombres tienen mayores posibilidades de reportarse como víctimas de crimen sexual cuando sus perpetradoras son mujeres, antes que las mujeres cuando son víctimas de una persona de su mismo sexo, con un ratio de diferencia del 40% contra un 4% (Cortoni y Babchishin 2016).

Simultáneamente se encuentran disparidades entre la orientación sexual de los prisioneros en función de su representación población: 9,3% de los hombres en prisión, 6,2% de hombres en la cárcel, 42,1% de mujeres en prisión, 35,7% de mujeres en la cárcel corresponden a personas homosexuales o bisexuales (Stemple 2011-2012). Resulta interesante encontrar que la victimización sexual de mujeres a manos de otras mujeres alcance índices tan preocupantes. Dentro de la literatura feminista, la violación existe como un acto consciente de terrorismo de clase, donde la violación de la mujer individual es un acto de terrorismo a nivel colectivo, donde todos los hombres consienten y se benefician de estado de terror que adquieren las mujeres por el miedo a ser violadas (Brownmiller 1975), y claro está que, comparativamente hablando, es incuestionable que los hombres difícilmente reporten miedo a que las mujeres los violen eventualmente –y, ciertamente, iniciar esa histeria resulta contra productivo e innecesario-, asimismo, cuando las mujeres reportan sus temores a la violación, difícilmente afirmarán que la fuente de tal miedo sean otras mujeres. Esto puede explicarse por nuestro entendimiento legal y social del delito: Por varios siglos hemos entendido la violación como algo que únicamente los hombres le harán únicamente a las mujeres, aun cuando la literatura acerca de la victimización sexual perpetrada por mujeres se remonte hasta el siglo XIX (Tardieu 1857).

Una de las instancias más descuidadas por las investigaciones respecto a la incidencia de violación son las instituciones para delincuentes juveniles. Dentro de los jóvenes que reportaron victimización sexual, el 95% que reportó victimización sexual a manos de un miembro del personal de las instalaciones, aseguró que este victimario fue una mujer (la mayoría de las víctimas fueron hombres). Esta cifra es desproporcionada, dado que las mujeres en ese entonces significaban el 42% de todo el personal de las instalaciones. La cantidad de violaciones en dichas instalaciones fue astronómica, con 900.000 entre 2008 y 2009 (Harrison y Beck 2008) (Rosin 2014).

En materia de delincuentes juveniles, las cifras son peculiares: Antes de los 15 años, el 98% de los delincuentes sexuales son varones, esta cifra se empareja con el paso de los años. Cuando se llega a los 16/17 años de edad, la estadística se convierte en 90% de delincuentes varones. No es hasta los 18/19 años que las proporción de mujeres jóvenes que cometen delitos sexuales se dispara, alcanzando una estadística de 52% de varones y 48% de mujeres. Al mismo tiempo, los delincuentes sexuales muestran conductas diferentes en función de su sexo. Los varones jóvenes que cometen delitos sexuales, tienen tendencia a agredir a víctimas más jóvenes que ellos, mientras que las mujeres realizan lo contrario: Sus víctimas suelen ser de mayor edad (Ybarra y Mitchell 2013).

En lo que respecta a crimen sexual en parejas homosexuales, de acuerdo al National Violence Against Women Survey 1995/1996  se registran tasas de violación en parejas lesbianas (11,4%) fueron también muy superiores a las tasas de violación en parejas heterosexuales (4,4%). (Deca 2014) Estas son cifras más recientes:

 

Dentro de los estudios realizados en la última década sobre la violencia sexual entre lesbianas, muestran un rango desde un bajo 5% hasta un preocupante 57% de las implicadas, declarando que habían experimentado intentos de delitos sexuales, o delitos sexuales completados, a manos de otra mujer. Con la mayoría de los estudios encontrando radios por encima del 30% (L. Girshick 2002), al contrario de lo que podría asumirse, las dinámicas de las relaciones lésbicas no imitan patrones de relaciones heterosexuales. Estereotípicamente hablando, se suelen retratar a la relaciones lésbicas como una pareja conformada por una mujer femenina en figura física, manerismos y comportamientos, mientras que su compañera es una mujer masculina en los mismos aspectos; pero las lesbianas que agreden física o sexualmente a sus parejas no imitan las características de la segunda categoría (Renzetti 1998).

 

Realmente la literatura sobre la violación entre mujeres es incluso más escasa que en las violaciones heterosexuales (Stemple 2016). No fue hasta la década de los 80’s que el problema comenzó a tratarse. La evidencia apunta que las mujeres tienen mayores posibilidades de cometer violaciones contra su mismo sexo que los varones (Gannon 2013) (Johansson-Love 2009). En la década de los 90’s, dos estudios revelaron que las lesbianas que reportaban abuso sexual por una compañera correspondían a la mitad de las evaluadas (Lie 1991) (Waldner-Haugraud 1997).

 

Entrando en el terreno del abuso infantil, en el año 1996, el National Center on Child Abuse and Neglect investigó más de 2 millones de reportes de malos tratos a menores, respecto a más de 3 millones de infantes. Los resultados indicaron que por cada millón de niños, el 12% sufría de abuso sexual. El abuso sexual cometido por mujeres –principalmente madres- que se creía tan insignificante, acabó siendo el 25% de los casos de víctimas sexualmente abusadas. Esta estadística prontamente se consideró como subestimada, debido a la amplia tendencia de las víctimas a no reportar los delitos cuando la perpetradora es una mujer (S.Boroughs 2004). En términos generales, el delito sexual cometido por mujeres suele distribuirse equitativamente entre el sexo de la víctimas (entre el 51% y 60% de las víctimas varones), mientras que los varones muestran tendencia por víctimas del sexo opuesto (90% de sus víctimas son mujeres) (Williams 2014). Un fenómeno preocupante dentro del abuso infantil, es que la víctima puede ser tan reticente a reportar una perpetradora mujer que incorrectamente afirmará que su abusador fue un hombre (lo que sostiene la hipótesis de que las delincuentes sexuales están alarmantemente subestimadas) (Longdon 1993).

 

Para proceder en la discusión es debido plantear las siguientes preguntas: ¿Por qué una mujer cometería delitos sexuales? ¿Qué acercamientos terapéuticos podemos ofrecer para poder enfrentar la problemática, ofreciendo una perspectiva tanto para víctimas como para victimarias? ¿Cuáles son los efectos del abuso sexual a manos de una mujer? ¿Por qué, a pesar de que las cifras de delito sexual cometido por mujeres son alarmantes –siendo tratado a veces como una epidemia (Blum 2016)- el tema es dejado de lado como un fenómeno aislado, sino es que inexistente?

Al observar los antecedentes de las mujeres perpetradoras, lo cierto es que se adquiere un panorama diverso: En los Países Bajos se encontró que de un 77% de infractoras que habían abusado de niños, un 31% reportaba antecedente de abuso sexual y un 59% reportaba desórdenes mentales (Wijkman 2010).

A la hora de categorizar a las infractoras sexuales, se les suele incluir en 4 categorías (estás solo evalúan el abuso a menores, no hacia hombres y mujeres adultos) (Rudin 1995):

  • Predisposición generacional: El más común, siendo una mujer con antecedentes de incesto con una o más personas.
  • Coaccionada: Mujer que es acompañante y cómplice del abuso cometido por un compañero varón.
  • Explotadora/Experimental: Una adolescente que abusa de menores de edad en un contexto de cuidadora o niñera.
  • Profesora/Amante: Un educadora que utiliza su posición como maestra para abusar de sus alumnos

 

Otras perspectivas más recientes sobre el fenómeno de la violación, nos permiten aproximarnos a la misma como una estrategia reproductiva, lo que significa que el perpetrador/a utiliza la violación como un medio para la perpetuación de su linaje genético (Sastre 2009). Esto podría permitirnos evaluar la violación heterosexual de mujeres a hombres (especialmente considerando que el periodo de fertilidad de los hombres es mayor en comparación con las mujeres). Sin embargo, es insuficiente para evaluar las violaciones en parejas lesbianas, y tampoco nos permite explicar las violaciones a menores de edad, el crimen del incesto tampoco es inteligente desde una perspectiva darwiniana.

Estas categorías han adquirido variaciones: Otras reseñas han encontrado que el 49,1% de las infractoras muestran antecedentes de victimización sexual, y más importante, violencia familiar 55,4%. 51,2% reportaron desórdenes mentales, depresión o retraso mental. Un 63,9% mostró tendencia a abusar de infantes, o miembros de su propia familia, antes de agredir fuera de la esfera familiar. Otros datos eran relevantes en función de la peligrosidad de las abusadoras: El abuso de drogas y alcohol para someter a las víctimas no era insignificante (29,1%) (la educación en contextos de uso de drogas puede prevenir la violación de varones (Jessell 2015)), esta vez se encontró una tendencia por las víctimas varones (60%). Un 13,3% no presentaba ninguna preferencia sexual en particular. Al contrario de la creencia popular, el 66,7% cometía su primer crimen sola y no con la presencia de un varón. La coerción y la violencia estuvieron presentes en el 45,8% de los casos. Extrañamente, las reincidencia de crimen sexual es baja, no obstante, si tienen un alta incidencia de crímenes no sexuales (40,8%) (Colson 2013)

 

Entre las consecuencias que puedan sufrir las víctimas, la literatura es limitada cuando se trata de perpetradoras mujeres; esto va acompañado por la noción de que la violación cometida por una mujer “hace menos daño” o es menos traumática que la violación cometida por un hombres. No obstante, estudios canadienses han encontrado que entre el 59% y 80% de los violadores, infractores sexuales y hombres sexualmente agresivos, se encuentran antecedentes de abuso sexual perpetrado por mujeres (Matthews 1996). Otros síntomas del abuso sexual cometido por mujeres son el síndrome de estrés postraumático, trastorno por déficit de atención con hiperactividad, enuresis secundaria y encopresis, pesadillas, conductas violentas, tendencias suicidas y mala conducta sexual (A. Elliott 1993) (Tewksbury 2007). Otras investigaciones reportan depresión y disfunción en víctimas varones; además de encontrar  que el “mito” de que las mujeres no cometen violaciones es el más perdurable (Struckman-Johnson 1992). Esto también afecta al reporte de las víctimas, en víctimas de abuso, tanto de hombres como de mujeres, se suele suprimir la participación de la mujer (Sgroi 1993).

 

Reconocer a las infractoras sexuales femeninas presenta una serie de complicaciones que, no sólo impiden el apropiado reconocimiento y tratamiento de las víctimas, sino también tratamientos terapéuticos que nos permiten atender a las infractoras. También mencionar el sesgo investigativo, al entender la violación como algo que solamente los hombres realizan dejamos de lado la posibilidad de investigar los orígenes del crimen sexual cometido por mujeres: Un estudio realizado presentado en el International Journal of Epidemiology, diseñado para identificar las causas sobre el crimen sexual, encontró los siguientes resultados: Los factores genéticos (40%) y los factores ambientales no compartidos (58%) tienen mayores posibilidades de explicar la mala conducta sexual que los factores ambientales compartidos (2%). El estudio evaluaba a violadores, acosadores de niños y abusadores sexuales. El problema está en que todos los involucrados eran hombres, impidiendo encontrar compatibilidad entre los orígenes de la mala conducta sexual femenina y masculina (Långström 2015).

 

Tanto hombres como mujeres tienen una serie de obstáculos culturales a la hora de enfrentarse a las perpetradoras: La noción de los hombres como portadores de un apetito sexual insaciable (Smith 2012), que implica que cualquier sexo será bienvenido. Bajo esta premisa se adquiere la peligrosa conclusión de que no se puede violar a un hombre, ya que éste siempre querrá tener sexo. La noción de las virtudes de las mujeres, que impide retratarlas justamente como criminales debido a su imagen de “inocentes, puras y gentiles”. Esto también afecta a las parejas lesbianas, ya que se imposibilita el reconocimiento propio y legal del abuso, debido a estereotipos heterosexistas (las lesbianas reportan que estos estereotipos deslegitimizan sus experiencias de abuso, relegándolas a la categoría de inválidas) (L. B. Girshick 2002a) (L. B. Girshick 2002b).

Existen también otros obstáculos que imposibilitan la correcta cuantificación de delincuentes sexuales, principalmente: La definición de violación. En el caso del FBI, CDC, entre otras agencias, las cifras de criminales sexuales mujeres pueden ser disparada a niveles virtualmente idénticos a los de los hombres, si la definición legal de violación incluye el “forzar a penetrar”; esto es complicado especialmente considerando que una porción importante de naciones define la violación como “penetración” o acceso carnal; tal es el caso de los siguientes países: Chile, Argentina, Ecuador, España, Perú, Reino Unido, Estados Unidos (se reconoce el delito de “forzar a penetrar”, sin embargo, la definición del FBI lo agrupa fuera de la categoría de violación), Australia, Francia, Suiza, Irlanda, Nueva Zelanda, Filipinas, Rusia, Sudáfrica, Trinidad y Tobago, Escocia, China, Japón, Corea, México, entre otros. Dentro de estas naciones, el delito de “forzar a penetrar” se vuelve únicamente reconocible en contexto de que la víctima varón carezca de la edad de consentimiento legal, esto se vuelve aún más complicado dado que la edad de consentimiento legal es variable por nación; en Chile –por ejemplo- la edad de consentimiento legal es de 14 años, en Argentina son los 13 años. Teniendo estas consideraciones, se han producido una serie de vacíos legales que permiten a la población de mujeres infractoras sexuales considerarse como individuos que no han cometido ningún crimen, en otras palabras, en estas instancias, las mujeres están legalmente autorizadas a obligar a los hombres a tener relaciones sexuales en contra de su voluntad y que su actuar no sea categorizado como violación.

 

Un problema de mayor relevancia sería el activismo feminista; desde la década de los 70’s se habrían evaluado y teorizado perspectivas sobre la violación y la sexualidad que explicarían estos fenómenos como actos de terrorismo encargados de mantener el orden patriarcal (Brownmiller 1975) (MacKinnon 1987). Dentro de la teoría feminista hay muy poco espacio para el crimen sexual cometido por mujeres, mucho menos cuando la víctima es varón, sin embargo, han existido instancias donde la línea teórica ha atentado contra los interés de hombres y mujeres implicados en estos delitos: Cuando la activista e investigadora Mary Koss se le asignó la tarea (Encargada por la Ms. Magazine) de realizar un estudio acerca de la prevalencia de delitos sexuales, los resultados de su cuestionario fueron que 1 en cada 4 mujeres sería víctima de violación o de algún tipo de agresión sexual. Posteriormente, esta cifra sería re-investigada y considerada como 1 en cada 22 por el Toledo Report (Mejía 2007), sin embargo, en las investigaciones de Koss, además encontrarse un claro sesgo hacía la maximización de la cifra de víctimas mujeres, la misma claramente declaraba el descarte de las víctimas varones a manos de mujeres como una categoría que no es compatible con la violación; ella expresaría: “A pesar de las consideraciones de los hombres víctimas dentro del lente del estatus legal, es importante restringir el término violación a instancias donde los hombres fueron penetrados por infractores. Es inapropiado considerar como víctima de violación a una hombre que participado en relaciones sexuales no deseadas con una mujer” (p. 206); “Entre los hombres, el término sexo  y relaciones sexuales puede activar escenarios donde ellos hayan penetrado mujeres. La clarificación es necesaria para asegurar que los hombres que responden se den cuenta de que las situaciones de interés son aquellas en las que fueron forzosamente penetrados en contra su voluntad por otra persona, y no situaciones donde se han sentido presionados o extorsionados para tener relaciones sexuales con una mujer” (p. 208); “Si los niños y hombres han de ser incluidos, se debe tener cuidado de que sus datos sean contrapartes precisas de la prevalencia de violación entre mujeres. Esto significa que los hombres deben reportar instancias donde han experimentado penetración de sus cuerpos (o intentos)” (p. 218) (Koss 1993).

 

Otras instancias de activismo en contra de los intereses de las víctimas fueron reportadas por la investigadora Michele Elliott. Ella misma publicó un conjunto de investigaciones sobre el abuso sexual a menores a manos de mujeres, pero, a pesar de haber promovido una perspectiva feminista en las mismas, afirma que sus conferencias fueron boicoteadas, sus estudios fueron obstaculizadas y recibió amenazas físicas por sus investigaciones, Elliot declaró: “Mujeres pedófilas. Hay mucha controversia respecto a este tema, de hecho, cuando yo traje el problema de que las mujeres pudiesen abusar de los niños, fui vilificada, fui expulsada de la hermandad, ya no era una buena feminista debido a que el abuso sexual debe verse bajo la mirada de un poder masculino y si yo tenía un número importante de mujeres que estaban abusando de mujeres y sabía de estas mujeres… Entonces, eso estropeaba el asunto del poder masculino, y seguramente, si las mujeres están abusando de los niños, entonces tenían que estarlo bajo las manos de un hombre, un hombre tenía que decirles que lo hicieran. Entonces… Hay mujeres abusadoras y creo que han sabido disfrazar su abuso con mayor inteligencia que los hombres y… La sociedad no quiere creer que hay mujeres abusadoras, es mucho más fácil decir que es un hombre […] Sobre el 75% de las incidentes las mujeres actúan completamente solas, la mayoría de las veces ni siquiera había un hombre en las premisas… Así que, la excusa… Es interesante sobre nosotras como mujeres porque estamos bastante dispuestas a aceptar de que somos el sexo superior y que hacemos todo bien, pero estamos bastante indispuestas a aceptar que hacemos algo tan horrible como esto […] Tuvimos una conferencia en 1994, 400 personas vinieron a esta conferencia, era una gran conferencia, pero entre 30 y 20 personas se esparcieron entre la audiencia e intentaron irrumpirla… Estaban gritando que, ya sabes, este “Porque estas trayendo la atención a las mujeres, no se trataba de las mujeres, estaba alejando la atención de los hombres”, la ironía es que a todas les dimos lugares gratis, eso fue un error… Pero, una de las mujeres que iba a hablar sobre su propio abuso y ahora estaba ayudando a otras no pudo enfrentarse a la audiencia, así que tienes este alboroto, tienes a estas personas en  la audiencia contra estas mujeres que se estaban levantando y gritando “Siéntate que queremos escuchar sobre esto” y luego las tienes gritando… Fue absolutamente extraño y muy triste, porque fue como: “No me digas esta información porque aún si es verdad, no quiero escucharla” y si esas mujeres que vinieron a nuestra conferencia tenían algo que ver ello, nadie más hubiese hablado de ello, sólo habría desaparecido. […] Las personas que irrumpieron fueron sobrevivientes de abuso de hombres… Feministas muy fuertes, yo siempre me he considerado feminista, pero cielos, ellas me superaron, eran feministas al extremo, por ejemplo: Deshagamos de los hombres y tengamos bancos de esperma, era de ese tipo de cosas. Con muchas de ellas ni siquiera eras capaz de decir cuál era su género aunque yo sabía que eran mujeres porque ya sabes, habían disfrazado su propio género y… Estaban muy molestas, muy muy molestas” (M. Elliott 1993)

 

Otro incidente respecto a la interrupción del reconocimiento del abuso sexual cometido por mujeres, ocurrió en el año 2013 en la India: El gobierno indio buscaba el avance de una ordenanza que permitiría reconocer legalmente el acto de “forzar a penetrar” como un crimen, sin embargo, un conjunto de activistas feministas, guiadas por la abogada Madhu Mehra, militó en contra de la ordenanza; el reclamo consistía en que las activistas por los derechos de las mujeres temían que los hombres utilizasen la nueva definición de violación para acusar falsamente a las mujeres (la perspectiva que utilizaban era una de contragolpe, eso es, una vez que las mujeres denunciasen haber sido violadas por un hombres, los acusados se defenderían al alzar una denuncia de violación contra las mujeres que las acusaron); puntualmente, el dirigente Madhu explicó: “Estamos choqueadas de saber que la ordenanza introduce una definición neutral con el género para el perpetrador de asalto sexual, sugiriendo que tanto hombres como mujeres puedan ser acusados de la ofensa. La violación, como la conocemos, es un crimen ampliamente definido como violencia masculina contra la mujer, con absolutamente ninguna evidencia de mujeres como perpetradoras. Esto es en desacato de las recomendaciones de justicia de Verma y totalmente inaceptable”. El activismo fue exitoso y la definición de violación de la India permaneció como algo que sólo los hombres pueden cometer (sin embargo, la sección 377 del código penal indio establece líneas legales que permiten reconocer a las mujeres como abusadoras sexuales, más no como violadoras); otras instancias respecto a organizaciones feministas han aportado perspectivas similares (Hetherton 1999).

 

Existe una preocupante cifra de mujeres que cometen violación contra hombres, infantes y otras mujeres, y los motivos para la completa impunidad de las infractoras derivan del constructo social/cultural en torno a la mujer, que impiden comprenderla como una posible agresora. Como argumento final, esta retroalimentación entre el conjunto de estereotipos sociales y el activismo feminista no es accidental; desde una perspectiva pearsoniana, el llamado “mito de la inocencia femenina” se sustenta en la noción cultural del varón como absoluto responsable de la construcción de la realidad cultural y todos su defectos, mientras que al mismo tiempo el feminismo plantea una versión idealizada de la mujer que la define únicamente en su vulnerabilidad a ser agredida; en este sentido, el feminismo no sólo es un estorbo al momento de desafiar el orden cultural, sino que se convierte en su principal y más devoto protector (Pearson 1998) (Kapur 2002).

Podríamos preguntarnos si el explosivo surgimiento de las perpetradoras sexuales corresponde a una epidemia reciente, hasta el punto de equiparar a la violación cometida por hombres (Stemple 2016), o bien, es una realidad que sea ha mantenido oculta hasta ahora.

Por un lado, la data sobre la delincuencia sexual de mujeres existe desde hace siglos, reportando casos de mujeres que han abusado, torturados y descuartizados a hombres, mujeres y niños (Wulffen 1934) (Lombroso 1895), sin embargo, también es correspondiente mencionar que las cifras de crímenes cometidos por mujeres ha ascendido constantemente en las últimas décadas (Pearson 1998), por ejemplo, en Australia, un análisis comparativo desde 2005 hasta 2015, encontró que el crimen femenino se ha disparado, el cambio más drástico fue el delito de poner en peligro a personas con un astronómico 885% de aumento, mientras que el crimen sexual aumentó en un 87% en la última década.

 

Por el momento, hasta que los vacíos legales sean corregidos  y el sistema cultural sea modificado, nos encontramos es un ciclo de impunidad, justificación y negación del crimen sexual femenino, aun cuando se han realizado esfuerzos por revertir la situación: para agosto de 1991, en la 5ta Conferencia Internacional sobre el Incesto y problemas relacionados, en Suiza comenzaron a tratarse las agresiones sexuales contra niños varones. En la misma, se sostenía que no todos los perpetradores sexuales eran hombres, sin embargo, esto no significó absolutamente nada para lo que respecta al trato sobre definiciones legales y estructuras culturales. Por el momento, todas las violadoras se irán al cielo.

@Balderouge

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Material complementario: http://www.femalesexoffenders.org/bibliography-by-year

 

Balderouge

Ex feminista radical.

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