No vine a traer la paz, sino la espada.”
Evangelio de Mateo 10:34
Y a cualquiera que escandalizara a alguno de estos pequeños, 
mejor sería que se le colgara al cuello una piedra de molino de asno  
y se le ahogara en lo profundo del mar.” 
Evangelio de Mateo 18:6
Como bien sabemos, el 14 de agosto del 2018, a tan solo una semana del inicio del Encuentro Mundial de la familia, en Dublín, cuyo lema es “El Evangelio de la Familia: Alegría para el Mundo”, la Corte Suprema de Pensilvania, a través del Fiscal General Josh Shapiro, dio a conocer un informe en el que se acusa de pederastia a más de 300 sacerdotes católicos, pertenecientes a 6 de las 12 Diócesis de aquel estado norteamericano, con un número aproximado de 1000 víctimas. Los crímenes fueron cometidos a los largo de los últimos 70 años(1).
Dicho informe, que es el resultado de 18 meses de trabajo por parte de agentes del FBI y de 23 miembros de un Gran Jurado, ha sido puesto a disposición del público en general, en este sitio web.
A pesar de que aún no he terminado su lectura(2), es indispensable detenerse en el contenido de la página 3, ya que resume las prácticas de encubrimiento que se encontraron en la mayoría de los casos investigados, sin las cuales los horrores descriptos en las 881 páginas restantes no hubieran sido posibles.

Antes de hablar de esos contenidos, es muy importante visitar cuatro momentos dentro de la Historia Contemporánea de la Iglesia Católica:

1. En 1962, en tiempos de Juan XXIII, la Congregación para la Doctrina de la Fe emite el Documento Crimen sollicitationis (3), dedicado a tratar los abusos sexuales que los sacerdotes durante la confesión, o con ocasión o pretexto de la misma, cometen en contra de la persona que se confiesa.
En él se prohíbe que se dé aviso de esos crímenes a las autoridades civiles, y se exige que los perpetradores sean traslados a otra Diócesis. Además, al sacerdote señalado, a cualquier testigo y a la propia víctima, se les impone la obligación de guardarlo en secreto, bajo pena de excomunión.
 
2. En 1974, cuando se crea una Instrucción, ordenada por Pablo VI y redactada por el controvertido Jean Villot -quien entonces fuera su secretario-, en la que se determina que en asuntos de mayor importancia se requiere un particular secreto, que ha de ser guardado con obligación grave, y cuyo nombre es Secreto Pontificio (4); secreto al que están obligados cardenales, obispos, prelados superiores, oficiales mayores y menores, consultores, expertos y el personal de rango inferior, los legados de la Santa Sede y sus subalternos. Por cierto, la Pederastia Eclesiástica es uno de los asuntos de mayor importancia incluidos en esta Instrucción.

3. En el 2001, cuando Juan Pablo II y el Cardenal Joseph Ratzinger(5) -quien luego se convirtiera en el Papa Benedicto XVI- modificaron la Carta Apostólica,  motu propriode la Sacramentorum Sanctatis Tutela, incorporando la obligación de todo el clérigo y de sus auxiliares de no hacer llegar a tribunales ni a instituciones civiles nada relacionado con la Pederastia Eclesiástica. Es decir, las causas y casos de Pederastia Clerical deben quedar sujetos al blindaje del Secreto Pontificio.

4. A lo anterior se suma la Normae de Gavioribus delictis del 2010, en la que le hicieron nuevas enmiendas a algunas de las partes de la Carta Apostólica del inciso anterior, supuestamente en aras de mejorar su operatividad concreta.

Quedando claro que lo que acabo de enumerar es parte importante de la raigambre que ha permitido y nutrido a la Pederastia Eclesiástica en el mundo, ahora sí, pasemos al “instructivo” que se encuentra en la página 3 del informe de Pensilvania:

Primero, en los documentos de la Diócesis, asegúrese de usar eufemismos en lugar de palabras reales, para describir los ataques sexuales. Nunca diga “violación”, mejor diga “contacto inapropiado” o “problemas de límites”.
 
Segundo, no haga investigaciones genuinas con personal debidamente capacitado. En su lugar, asigne compañeros clérigos para hacer preguntas inadecuadas y luego haga determinaciones de credibilidad, sobre los colegas con los que viven y trabajan.

Tercero, para una apariencia de integridad, envíe a los sacerdotes para una “evaluación” a los centros de tratamiento psiquiátrico de la Iglesia. Permita que estos expertos “diagnostiquen” si el sacerdote es un pederasta, basado en gran medida en los “autoinformes” del sacerdote, y sin importar si el sacerdote realmente ha tenido contacto sexual con un niño.

Cuarto, cuando un sacerdote tenga que ser removido, no diga a la comunidad el por qué lo hizo. Diga a sus feligreses que está de “baja por enfermedad” o que sufre de “agotamiento nervioso”. O bien, no diga absolutamente nada.

Quinto, incluso si un sacerdote está violando niños, siga proporcionándole gastos de vivienda y manutención, aún cuando pueda estar usando ese dinero para facilitar más agresiones sexuales a menores.

Sexto, si la comunidad conociera la conducta del cura pederasta, no lo retire del sacerdocio para garantizar que no se victimice a más niños. En cambio, transfiéralo a un nuevo lugar donde nadie sepa que es un abusador sexual de menores.

Finalmente y sobre todo, no informe de nada a la Policía. El abuso sexual infantil, incluso sin alcanzar la penetración real, es y ha sido un crimen en todos los tiempos. Pero no lo trate de esa manera; manéjelo como un asunto personal, porque la ropa sucia se lava en casa.

Ante estos hechos que demuestran que, desde el interior de la Iglesia Católica, todo está armado para garantizar que la Pederastia Eclesiástica no sea castigada, y además para que se siga replicando ad infinitum, me pregunto:
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¿Hasta cuándo continuaremos apoltronados en la creencia de que los casos visibles(6) son solo casos aislados, y que las cifras publicadas representan la totalidad de esta desgracia mundial?

¿Hasta cuándo se va a seguir permitiendo que, al igual que el Islam con sus Cortes de la Sharia, los Tribunales Canónicos continúen poniéndose por encima de los Civiles, y en muchos casos el Derecho Canónico(7) por encima de la Constitución, creando un Estado adentro del Estado, y anteponiendo el concepto de pecado sobre el de delito?

¿Qué hacer con el descaro de declaraciones sacerdotales que dicen que las víctimas son las culpables (8) porque son quienes provocan a sus perpetradores (9); que la pederastia es un encuentro espiritual con Dios (10); o bien la felicitación del Cardenal Castrillón Hoyos a Monseñor Pierre Pican, Obispo de Bayeux-Lysieux, por no haber denunciado a un sacerdote pederasta con las autoridades civiles?
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¿Qué hacer frente a un sistema político-religioso cuyas autoridades, entre garigoles de incienso, encíclicas y homilías sobre la Misericordia, durante no sabemos cuántos siglos, se han dedicado al acto criminal de encubrir a los curas pederastas, y cuando se los ha sorprendido, sin propósito de enmieda alguno(11), han preferido refugiarse en el rancio e hipócrita cliché de las disculpas(12), la vergüenza, el ayuno y la oración, sin mover un solo dedo para atacar las causas raíces de este crimen histórico de lesa humanidad?

La Misa celebrada por los sacerdotes pederastas, y por los sacerdotes que los protegen, de ninguna manera es el Sacrificio Incruento de la Cruz -como lo señala la Doctrina de la Iglesia Católica-.

El sufrimiento de nuestros bebés, niñas y niños -que han sido y están siendo abusados por ellos-, es la sangre que rebosa los bordes de los cálices, y sus cuerpecitos profanados, los que languidecen sobre las resplandecientes patenas que se elevan sobre el altar.

Su Eucaristía es Pedofagia. Y nuestros silencios-cómplices, la vid y los granos de trigo indispensables para la manufactura de las hostias y del vino, con los que celebran sus insaciables y perversas liturgias.

Ite Misa est.
Deo gratias.

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