Como lo hemos venido constatando, los más recientes meses han sido tiempos de fuertes sacudidas dentro de la Iglesia Católica… Sin embargo, este es apenas el comienzo de una carrera de largo aliento en la que vamos a ver desfilar innumerables denuncias, presentación de pruebas, siembra de nuevas confusiones, así como acciones heroicas que tarde o temprano -esperemos- erosionarán de manera muy efectiva las estructuras y modus operandi en los que la Pederastia Eclesiástica, sus perpetradores y redes de encubrimiento se han sostenido a lo largo de las décadas.

Si bien mis artículos de las semanas anteriores se han centrado en el análisis del doble discurso que impera en la narrativa del Gran Confundidor -el Papa Francisco-, de los Pontífices que le antecedieron y de muchos miembros de la Curia Romana -que por un lado se dicen preocupados por las víctimas, ofreciendo paliativos, pero que por el otro no atacan las causas raíces del problema sino que las fomentan-,  en esta ocasión quiero hacer una pausa dentro del flujo informativo, e invitar a la reflexión personal sobre la forma en que estos hechos terribles están incidiendo en nosotros, así como en la manera en que los abordamos y los vamos integrando a nuestra vida diaria.

Abrazar los sentimientos que surgen en nosotros ante el tema de la pederastia y del abuso espiritual, demanda paciencia, compasión y perseverancia. El impacto que tienen para cada uno de nosotros y el manejo que hacemos de los mismos, involucra un sinnúmero de factores y dimensiones del ser, que convierten al trayecto en una experiencia única de autoconciencia. Muchos de esos sentimientos forman parte de las distintas etapas del Proceso de Duelo que, de manera natural, se despliega cuando el mundo imaginado e idealizado se estampa con la crudeza de la realidad.

El contacto con el pulso de la vida interior no es algo que surja de manera automática, es una labor que se aprende de a poquito, y para lo cual la ralentización del paso y la entrega consciente a la quietud y al silencio son indispensables.

No hablo del silencio de quien calla por complicidad, cobardía o por indiferencia. Tampoco del que proviene de la fatiga, o del que surge ante la muerte. Hablo del buscado, del contemplativo, del fecundo… en el que la escucha del diálogo interior y el posterior discernimiento, germinan y se integran en nuestra cotidianidad a través de acciones dispuestas a ser sostenidas en el tiempo, y no como resultado de una irracionalidad reactiva cuyos efectos son de muy corto plazo.

Tanto en la interacción en redes sociales como en la práctica profesional, he podido atestiguar un sinnúmero de actitudes frente al tema que nos ocupa, entre las que sobresalen:

1) La amargura y el pesimismo derrotista de quien dice que no vale la pena luchar porque las cosas no pueden mejorarse.

2) La negación de los hechos, ya sea de manera rotunda o velada.

3) La prohibición del pensamiento crítico, como fruto del temor reverencial o de la creencia de que no se tiene derecho a ejercerlo.

4) El morbo sediento ante las prácticas y expresiones de degradación moral.

5) Y la frialdad de quien mira con ajenidad a través del cristal de una pecera.

Otra que merece mención aparte es el posicionamiento -comodino y adolescente- de culpar a los demás, sin reparar en el hecho sistémico de que todos, en mayor o menor medida, somos corresponsables de la dolientísima realidad de la que estamos hablando.

Esta práctica, que no es otra cosa sino una expresión velada de la autovictimización, es una de las formas más importantes de ceder el poder personal, ya que, desde la pasividad ficticia, se renuncia a la oportunidad de gestionar acciones concretas y contundentes de contraofensiva. Así las cosas, por omisos, terminamos por convertirnos en cómplices de aquellos a quienes criticamos o denunciamos.

Entonces, ¿cómo ir más allá del miedo, la desesperanza y la megalomanía, que son hijas de la pasividad y la soberbia, y a cambio de ello -con alegre sencillez- ponernos al servicio de la defensa de los niños, del acompañamiento de las víctimas y de la lucha en contra de los pederastas y de quienes los encubren?

Quizás si nos entregamos al silencio fértil, éste nos regale las respuestas.

Esta entrada tiene 3 comentarios

    1. Xavier Pastor

      Muchísimas gracias José. Le compartiremos toda la información que compartes a la autora.
      Puedes encontrarla en twitter como @euzkera, por si te interesa.

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