Esta es mi declaración, una vez que las aguas están un poco más calmadas. Al menos, en lo que se refiere al ánimo de los que siguen vivos, por suerte, pues los ríos de sangre siguen fluyendo en la mente depredadora de los embajadores culturales del Magreb. Es evidente que mi enérgico título no va dedicado a ellos, pues sus actos no encuentran una correspondencia con mi lenguaje, mucho menos con el lenguaje aflojado y filtrado que maneja Occidente ante las tragedias.

 

Un año ha pasado desde que la barbarie pasó por Barcelona, dejando un reguero de cuerpos sobre la calzada, y un extenso quebradero de cabeza para aquella parte de la sociedad que omitió todas las advertencias. Porque, de algún modo, lo que ocurrió aquel fatídico día 17 no fue tan sorpresivo para muchos. A fin de cuentas, tras el atentado de Westminster el 22 de marzo, el de San Petesburgo el 3 de abril, el de Estocolmo el 8 de abril, el de Manchester el 22 de mayo, el de Londres el 3 de junio y el de Hamburgo el 28 de julio -entre otros que sólo quedaron en intentos-, sólo una persona ingenua pudo haber pensado que España no era susceptible de tener que hacer un encargo masivo de velas y pianistas. Barcelona no era sino una parada más en la gira europea del monstruo islámico.

 

Ahora, analizando pausadamente los hechos de aquel día, tengo que declarar firmemente lo siguiente acerca de aquellas imágenes explícitas que se grabaron y que nos sobrecogieron, en las cuales se veían los cadáveres en primer plano y con todo lujo de detalle. Son unos hijos de puta, en primer lugar, y atendiendo de manera inmediata al ataque en Barcelona, aquellos que estuvieron presentes en la escena y tuvieron la sangre fría y el pulso para sacar la cámara y grabar tal esperpento, sin lanzarse desbocadamente a la ayuda. En absoluto exijo a todos aquellos que estuvieron presentes que ayudaran, ya que el estado de shock es comprensible. Pero, coger la cámara denota sin lugar a dudas una morbosidad deshumanizada.

Son unos hijos de puta, en segundo lugar, todos aquellos que una vez expuestas las grabaciones se negaron a que se difundieran públicamente (cabe decir que he criticado al pecador sin restarle utilidad al pecado). Los censores de la hipersensibilidad demostraron una vez más su inmundicia moral por varias razones, empezando por la manifiesta hipocresía. Arguyeron que la censura de imágenes se debía al respeto a los familiares de las víctimas. Me pregunto si no es más dignificante corresponder a la tragedia con expresión horrorizada, que banalizar la situación y relativizar la gravedad del asunto. Ciertamente, no es lo más agradable -desde la perspectiva de un familiar- encontrarse con imágenes en las que la identidad del asaltado, por la muerte vuelve a ser asaltada por los millones de internautas. No negaré que muchos medios busquen el morbo, pero la deontología periodística dice que se debe informar, no hacer un tratamiento de suavizado a las imágenes de una realidad, o en otras palabras, concienciar (ideology).

 

Estoy seguro de que el familiar de un fallecido buscará desesperadamente -como humano- en las fronteras de la cordura, la compasión del resto, la rabia compartida. Estoy seguro de que lo buscará mucho más que a ese ser inmundo, de cierta ideología innombrable, que le dirá: “bueno, no seas hipócrita, porque esto no es nada comparado con lo que viven en África o en Siria”. Buscará el abrazo anónimo de quien emite una condena inmediata y enfurecida, antes que al que dice que la culpa de estos sucesos es nuestra por vender armas (cuchillos de Albacete y furgones Mitsubishi) o por hacerles bullying de pequeños (llamarles moritos). Dar un trato digno a la víctima es reconocer lo inaudito de su tragedia, de su sufrimiento. Es cargar con el peso del dolor de un semejante, y eso se hace sacando los dardos, no con minutos de silencio y velas, que no son sino un decoro vacío de realidad.

Por lo tanto, es evidente que la empatía hacia la víctima se obtiene viendo los vídeos, porque estos son un espejo en el que mirarse. Sólo viendo la crudeza de la violencia se interioriza el dolor injusto, porque tú, un viandante cualquiera que hace su vida pacíficamente, tiene las mismas posibilidades de acabar tirado en el asfalto, despojado de libertad, y lo que es peor, despojado de la consideración de los ciudadanos por la comodidad de su venda. Porque al final, con esto de la censura, de inundar las redes con fotos de gatos, de los hashtags, lo que hacemos es dejar patente ante el mundo nuestra postura: la de una sociedad adolescente que no quiere enfrentarse con lo real. De manera que, quien se sale por otros derroteros en estos casos, lo hace por dos razones: o bien porque no ha visto los vídeos ni quiere verlos, o porque remite al calificativo con el que he titulado este artículo.

Pero, al final son lo que son porque tienen que atender su fin ideológico. Extraño como pocos, pues realmente es inexplicable la relación fetichista que tiene la izquierda institucional y tuitera (redundancia hoy por hoy) con el Islam. En los días siguientes, esto pasó al siguiente nivel, con el diario Público acomodando el guardapolvo de los terroristas, aludiendo a su inocencia con titulares como estos:

 

El resto de medios tampoco se cortaron blanqueando la tragedia. Que si el barrio les tenía mucho cariño, que si la culpa es nuestra por no haberles integrado bien. Aunque, quien a mí personalmente me rompió todos los esquemas fue el diario La Marea, introduciendo un nuevo concepto: el periodismo experimental, que consiste en tener tal cacao mental, que llegas a relacionar el atentado de Las Ramblas con un tal “neomachismo supremacista blanco”.

 

Sin embargo, lo que sucede en la prensa no es nada comparado con el detrito políticamente correcto que se coció en las redes, donde ya conocemos los variados mantras que se nos ofrece. Y aquí sí debo decir que me sorprendí bastante, ya que pensé que cuando la tragedia nos cayera a nosotros, algo de sentido común lograría aplacar el disparate continuo en el que vive el progre medio. Pero no fue así, sino que el intento por cargarle a Occidente la responsabilidad que le corresponde al terrorista, se hizo muy fiera. Por supuesto, venían como ráfagas los tweets aludiendo a las ventas de armas del rey con Arabia Saudí, a la inocencia corrompida de los terroristas por culpa de un imán “loco”, la supuesta situación precaria que viven que los obliga a realizar estas matanzas, y muchas más. Las redes han sido desde entonces una marcha de cabizbajos aparentes con altanería moral, que se han ido flagelando asumiendo la culpa de lo sucedido y exculpando a quien ha cometido la atrocidad, el Islam. No olvidemos el curioso caso de un taxista marroquí que por un día desequilibró a Uber y Cabify.

 

De modo que, un año después, y con el calor del odio rompiendo el termostato, es así como quiero rendir tributo a las víctimas, culpando a quien lo merece y exigiendo medidas para que no vuelva a suceder. Aunque parece que ni yo, ni los que ansiamos un contraataque ante este avance imparable, nos vamos a ver satisfechos. Si ni siquiera un atentado, con al menos 13 muertos y más de 100 heridos, sirve para buscar una solución al terrorismo, el gobierno de Pedro Sánchez no va a encontrar muchos más motivos para oponerse a esta violencia descarada contra Europa. Ha sido reunirse con George Soros y no tener consideración por el inminente peligro de que se vuelva a repetir algo similar (más de 18.000 personas han entrado por el Mediterráneo, en 2018, según OIM).

 

Pero, aun así, con todo lo negro que se atisba el porvenir, yo, como persona europea y civilizada, no puedo dejar de hacerme una pregunta: ¿Por qué este esfuerzo sobrehumano en pintar a los musulmanes como seres de luz, víctimas del odio occidental? ¿Qué tipo de interés oculto puede haber tras esta exacerbada empatía, que surge prácticamente de la nada? Y digo de la nada porque en las bases ideológicas de la izquierda -que se sepa- no hay constancia de este feeling que se está pertrechando actualmente a los musulmanes. Marx dijo que “la religión es el opio del pueblo”, pero para una frase un poco racional que tiene, sus feligreses la ignoran. Es un misterio que me abruma, pero realmente el ridículo más esperpéntico de cara a la sociedad lo tienen garantizado pues, cuando ponen su empeño en dejar al musulmán en un altar, la realidad choca contra su intención manipuladora, metiéndose en situaciones de lo más turbulentas.

Tal fue el caso de Espejo Público, apenas unos días después del 17-A, donde un amable musulmán “moderado” afirmaba que su hartazgo por los españoles y los cristianos puede llevarle un día de estos a coger un camión y multiculturalizar la ciudad. De igual forma, aquellos que han pretendido librar del marrón al hermano de Moussa Oukabir, Driss, puesto que su infantil versión de los hechos alegaba un desconocimiento de las intenciones del primero, quien supuestamente alquiló la furgoneta robándole la documentación. A los pocos días se descubrió que la joyita tenía una citación en el juzgado por violencia machista. Aunque claro, esto último será culpa del patriarcado y no del Islam.

 

De modo que, mientras sigo esperando que un izquierdista posmoderno me explique de donde viene esa disposición sumisa hacia la comunidad musulmana, un año después, y con varios atentados más sumándose a la lista, ésta se mantiene en su esfera aislacionista de silencio ensordecedor. O peor aún, los pocos que hacen acto de presencia, como fue el caso en Barcelona, lo hacen con muescas de odio en la recámara. Como, por ejemplo, estos individuos con una pancarta, diciendo que el ISIS son los servicios de inteligencia israelí.

Bonita declaración de principios respecto al pueblo judío

 

A todo esto, en Occidente seguimos dándoles alas, seguimos minimizando las consecuencias, seguimos dando motivos para que, en el próximo atentado, digan que la culpa es nuestra por no señalizar en árabe. Vamos en caída libre por la tentación suicida europea, por el sadomasoquismo inconsciente que tiene esta civilización  acomplejada y acobardada, y que me impide contemplar un descanso digno para sus víctimas mortales.

 

Caleb McKeon

Estudiante de filosofía, pragmatista americano, Ortega supporter. Escritor de columnas, relatos, ensayos, y por ahora un libro de poesía, Cantar del Ermitaño.

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