Mayo de 2016. Una mujer viajaba de Italia a España, trayendo consigo a sus dos hijos y una gran historia para vender.

O, al menos eso es lo que debió pensar la abogada iletrada Francisca Granados, directora del Centro de la Mujer de Maracena, el lugar al que acudió Juana -con mayor o menos inocencia- nada más llegar al país. Teniendo una materia prima con la que invocar a esa hidra mediática, compuesta por las cabezas más populistas del panorama, Juana Rivas recibió la primera sugerencia -la jugada estándar de la abogacía misándrica- arruinarle la vida a ese hombre: Francesco Arcuri.

 

No vamos a excusar a un hombre que ya recibió una condena por malos tratos en 2009, por la cual pasó tres meses de cárcel, y que precisamente ha sido un elemento condicionante en la creación de esta narrativa tan embaucadora que ha acompañado a Juana y sus secuaces. No obstante, obviando el daño que han debido de sufrir los hijos por esta situación, y que también han jugado un rol decisivo, la víctima directa de la ignorancia y la impulsividad ha sido ella, Juana.

 

5 años de prisión será el castigo por secuestrar a sus hijos. Sí, secuestrar. Ese es el dato que el inconsciente colectivo no ha querido poner en primera plana. Y precisamente de ahí surge la victoria relativa de las feministas, pues el bramido recalca con firmeza que las leyes son injustas, que se trata de otro abuso del patriarcado, y por supuesto que la representada es inocente en base a la presunción de inculpabilidad automática que concede el feminismo.

Y aquí puedo hallar el quid del asunto, en como un objetivo ideológico ha sido cumplido por parte del feminismo, mientras el arrepentimiento de su conejillo de indias se hace patente. Porque ahí recala la verdadera inocencia de Juana, en dejar que su odio le abra la puerta a quienes están dispuestas a hacer un estruendo social y a fomentar una rabia común, en encomendarse a las alquimistas de la sangre menstrual, en vez de buscar un asesoramiento que pusiera un poco de consenso en su situación jurídica, repleta probablemente de torbellinos emocionales.

 

Ni culpo ni exculpo a Juana por sus actos, ya que ella no es la protagonista de este artículo. Las protagonistas son las otras, las que están festejando en estos momentos, a costa de utilizar un caso dramático para su beneficio. La protagonista aquí es la desconsideración de quienes no dejan al margen el detrito ideológico, en pos de la problemática humana concreta, formando un cóctel que solamente puede ser explosivo unidireccionalmente.

El feminismo ha mostrado una vez más que la consideración hacia un drama real, o mejor dicho lo que ellas llaman “sororidad”, queda en un segundo plano cuando de ello puede obtenerse rédito político. Porque no es sino la influencia política la que se busca con este tipo de operaciones mediáticas, donde se usa el nombre y el guion, y se deja atrás a la persona. Porque el movimiento feminista, al igual que el resto de movimientos ideológicos que podríamos agrupar bajo el factor Soros, es experto en hacer marketing de tipo ONG, es decir, en apelar a la empatía y a la piedad.

 

Aparte de esas capacidades mediáticas que tienen -y que les son proporcionadas- hay que reconocer la destreza con la que construyen relatos fácilmente vendibles, y que generan una dialéctica clara entre la sociedad. Quiero decir, el caso de Juana Rivas quizá no habría tenido el mismo impacto de no haber coincidido temporalmente con el caso de La Manada por poner un ejemplo, el cual se ha aprovechado para reforzar ese axioma de la justicia patriarcal. Y por supuesto, habiendo una atmósfera de tal calibre amenazando la cordura de la percepción social respecto a la violencia doméstica, nos encontramos con que las feministas no sólo se atreven con el derecho sino que también ejercen de forenses, construyendo relatos de propios de CSI en base a situaciones hostiles, pero que no sobresalen de la cotidianidad. Ya saben a lo que me refiero, y es que la prueba inculpatoria que se le incrimina en este caso a Francesco es un agarrón en la muñeca, producido por la histeria de su ex-cónyuge tratando de romper todos los objetos de éste. Al menos esa ha sido la defensa del acusado, y sinceramente, de haber sido así la situación, quizá hasta una agresión un poco más fuerte hubiera estado igualmente justificada, pero ahí ya no hablaríamos de darle la custodia a Juana, ahí ya pasaríamos a plantearnos la quema en la hoguera.

 

Simplificando, una escena que probablemente muchos habremos presenciado cuando una pareja -o ni siquiera eso- discute, puede ser un caso de violencia machista, aunque esto no es nada que no sepamos ya. Únicamente quiero que tengan presente que, dadas así las cosas, no dejen que un grupo de chaladas con potente altavoz se adueñe de su tragedia. Porque, hasta cierto punto, puedo entender lo reconfortante que puede ser encontrar a un grupo de féminas donde reposar el deseo de venganza, al igual que una despechada busca de unas amigas que crucifiquen a un ex que por decreto tiene que ser el villano de la trama. Seguramente todos alguna vez hayamos percibido esta analogía entre el feminismo y la frustración personal. Pero el caso es que a la larga probablemente lo acaben pagando, porque su drama particular no será más que un recurso que servirá para sustentar una teoría que pretende reventar el mercado de ideas, y que cuando ésta esté suficientemente expandida, la performance de victimismo que se le exige, en busca de compasión, ya no será necesaria, porque una vez plantadas las bases no hace falta recurrir a más ejemplos. Este es el motivo del arrepentimiento de Juana y por lo que dice que no fue bien asesorada.

 

Por ello, y aunque sé que caerá en saco roto, me gustaría advertir y exhortar a la cordura y a la honestidad dentro de lo posible, a quienes salgan de infiernos domésticos, ya que cuando los problemas entran por la puerta del juzgado, los magistrados únicamente se ciñen a la formalidad de la ley, y no al berrido del populismo. A colación de ello, diré que me siento congratulado de que los jueces en este caso concreto (ya que no siempre) no se hayan dejado influenciar por la presión de las lobas, y hayan hecho su trabajo de forma imparcial, pues les guste a ellas o no, es lo que le exigirán a uno de esos señoros cuando tengan que acudir al estrado por otro problema que vaya por otro cauce no subvencionado.

 

Caleb McKeon

Estudiante de filosofía, pragmatista americano, Ortega supporter. Escritor de columnas, relatos, ensayos, y por ahora un libro de poesía, Cantar del Ermitaño.

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