Andalucía está siendo protagonista estos días, por dar un golpe sobre la mesa en el panorama político. Una región que lleva más de 40 años dominada por los peores caciques y las corruptelas más hipócritas.

Los andaluces son un pueblo al que, desde la izquierda, nunca se le ha echado en cara su predilección por un partido que no ha hecho sino alimentar el clientelismo y la burocracia convertida en cortijo. Es ahora cuando parece que, de un día para otro, los andaluces se han vuelto tontos. Como siempre en estos casos, uno se entera de lo que sucede por el berrido que se escucha de fondo y que a uno le hace acercarse a ver qué fuego está crepitando. Y resulta que ahora la izquierda española dice que no hay vida inteligente por Andalucía. Han roto ese silencio y esa falta de crítica justo ahora, cuando por una vez ha habido otra tendencia en el voto andaluz.

 

De un día para otro, los andaluces se han vuelto fachas, han transmutado en la imagen del señorito, les ha absorbido el espíritu de Los Morancos y por eso han acabado votando mal. Porque ya sabemos que los que enarbolan la bandera de la clase obrera sólo lo hacen cuando ésta les vota. Cuando el pueblo llano y trabajador escoge otra opción, son alienados o directamente gilipollas. Ya sabemos que realmente los que se llenan la boca hablando de referéndums y de consultas populares aborrecen la democracia porque no asimilan una derrota.

En muchos sectores de la izquierda está habiendo autocrítica, se están preguntando qué han hecho mal. Cómo es posible que, aún dominando la televisión, los periódicos, las universidades y la cultura audiovisual, la gente elija otra opción que no sean ellos.

Por eso es que los líderes de la izquierda están haciendo un llamado a sus feligreses: hay que salir a las calles y plantar cara al fascismo. Está claro, no podemos ir por el camino incorrecto, da igual la elección de los votantes, de igual la legitimidad de un partido, esto definitivamente no se puede consentir. Ellos, comprometidos con el antifascismo, están dispuestos a vulnerar la democracia para impedir que los fascistas gobiernen, porque tiene que quedar muy claro que ellos son fascistas ultraderechistas, y los que amenazan con tomar las calles en busca de saciar su sed de venganza guerracivilista son simplemente los buenos.

 

Más allá de la sorna con la que uno puede referirse a esta jauría de totalitarios, hay que hablar en serio, porque algún marxista fundamentalista nos puede asaltar hablándonos de la paradoja de Popper, la cual consiste en que la tolerancia no puede tolerar la intolerancia. Es sin duda un buen argumento para eliminar cualquier tendencia autoritaria en las instituciones, pero por el momento no estamos hablando de otra cosa que de un partido que sólo podemos definir en base a su discurso, y no a sus hechos. Hasta que el autoritarismo no se consuma fácticamente, no podemos hablar de intolerancia, porque de ahí a perseguir los discursos, y posteriormente los pensamientos, estamos a medio paso.

 

Yo no sé si VOX es un partido realmente ultraderechista, porque todas las asignaciones despectivas que haga la izquierda son hoy por hoy completamente inválidas o reducidas al absurdo. Todos somos fascistas si no somos de izquierdas. Evidentemente parece que se trata de un partido conservador con alguna medida liberal, pero sea como sea no han hecho nada a día de hoy que vulnere los derechos humanos o que atente contra la democracia. Así que tiempo habrá de comprobar sus acciones.

 

Aún así, hay un asunto del que la izquierda no se va a percatar ni quiere percatarse. Y es que, como sucedió en su día con las victorias de Donald Trump o Bolsonaro, o con el auge de políticos como Salvini, nos quedamos en la superficie, en el eslogan. En decir, simplemente que la gente no piensa y es imbécil, y no atendemos a los problemas reales ni vemos por qué ciertas opciones políticas pueden llegar a ofrecer soluciones reales.

La izquierda dice que la ultraderecha ha seducido a la gente, y no es cierto. Un partido como Vox no ha tenido que hacer prácticamente nada para obtener votos, simplemente exponen un programa que atiende a ciertas necesidades provocadas por la izquierda, y que son ignoradas por ésta. Que Trump o Abascal sean figuras tenidas en cuenta por la gente son consecuencias que tienen su razón de ser.

 

Pongámonos en el caso de aquellas personas que llevan toda una vida viviendo en un barrio más o menos tranquilo, con sus virtudes y defectos, y con el paso del tiempo ven cómo su entorno de pronto cobra un inquietante aspecto de bazar pakistaní. Una gente que empieza a respirar un aire más hostil, a tener que ampliar el estado de alerta porque ahora tienen que convivir con una mayor cantidad de ladrones, increpadores y depredadores sexuales, traídos por aquellos que hablan de solidaridad pero no se responsabilizan de nadie sino que los llaman, y cuando vienen los encasquetan al vecindario de esos jubilados que sólo quieren seguir llevando su vida tranquila.

Podemos ponernos también en la piel de aquellas familias que sufren esas situaciones recurrentes de no disfrutar ciertos servicios sociales, mientras ven cómo el de fuera sí los disfruta por tener en teoría una situación más desfavorable. Esas personas que pagan sus cuotas en las actividades del centro cívico mientras que las protegidas por el clan de los integradores sociales participan gratuitamente. La madre que paga el comedor escolar de su hijo, viendo a otros niños no españoles a cuerpo de rey sin aflojar la lana. Pacientes que se enzarzan con la burocracia médica para conseguir una receta, mientras el marroquí de turno pide un taco con recetas ya que se va para su país un tiempo.

 

Las cosas no cambian de la noche a la mañana, el hartazgo se fragua a fuego lento, y en el caso de Andalucía, a fuego sumamente lento. Pero es normal no advertir estas realidades cuando la situación política pretende reducirse a la consigna de red social, al eslogan, y al tremendismo simulado. La gente de la calle no es tan idiota y sabe que la política no se hace -ni debe hacerse- tras la pantalla de un ordenador compartiendo posts. Precisamente es por eso por lo que otra de las reacciones del pueblo andaluz, que le ha llevado a votar a Vox, es la exigencia hacia una clase política que en los últimos dos años no ha dejado de centrarse en asuntos vacuos y carentes de sustancia como la ideología de género, el independentismo, el feminismo de tercera ola y demás posmoderneces. Y aunque muchos marxistas redomados crean que hay que licenciarse en Ciencia Política para opinar sin alienaciones, lo cierto es que el currante de barrio sabe de sobra que no estamos para tonterías y que los políticos tienen que empezar a hacer algo útil.

 

No sé qué traerá Vox al país pero como sea tengo claro que aún no son un peligro para nadie. De momento, sé quiénes son los peligrosos, los malcriados acostumbrados a que aplaudan sus discursos fáciles, los que no admiten la diversidad de ideas, en definitiva, los que no soportan el juego de la democracia, donde a veces toca joderse.

Caleb McKeon

Estudiante de filosofía, pragmatista americano, Ortega supporter. Escritor de columnas, relatos, ensayos, y por ahora un libro de poesía, Cantar del Ermitaño.

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