La universidad.

Ese espacio donde hay una perfecta simbiosis entre el hype y la decepción. Donde hay un mar de rupturas personales, de hábitos, de autopercepciones, de relación con el mundo y la sociedad.

En el mar de experiencias que acontece al alumno las hay agradables y muy desagradables. Entre las primeras pueden estar el conocer a nuevos amigos o participar en actividades culturales y de ocio; y entre las segundas pueden estar las medias no alcanzadas, la frustración con profesores inútiles, el replanteamiento continuo del futuro, etc.

Pero hay una experiencia muy desagradable que uno puede sufrir desde el primer día que entra hasta el último en el que sale titulado: Ser liberal en la universidad.

 

Por todos es sabido que en la universidad pública hay un control férreo por parte de la izquierda. Asociaciones estudiantiles declaradas abiertamente como comunistas, asociaciones feministas, ahijados de Unidos Podemos varios, y redskins con simplemente ganas de molestar son la fauna que marca la pauta ideológica en la institución educativa – a priori – más importante. Lo peor de este dominio probablemente sea el respaldo que estos grupos obtienen por parte del profesorado, compuesto por individuos atrincherados en su plaza, desde la que vierten un contenido doctrinario y odioso. Pero no quiero centrar este artículo en generalizaciones que ya todos intuimos. Les contaré mi experiencia personal en la universidad, concretamente en la carrera de Filosofía, probablemente la que más escombros intelectuales acoge.

(Exposición de pintura soviética en la Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Valladolid)

 

El primer año es el del asentamiento protocomunista de los imberbes niñatos, que entran a la carrera con un imperioso aire elitista. Quiero decir, no saben prácticamente nada de la vida ni de marxismo teórico, pero vienen con un esquema integrado en el cual viene bien claro lo que está bien y lo que está mal, los malos son los fachas, los buenos deben de ser los otros, los rojos.

Les pongo en situación: Recuerdo estar en clase de Antropología, hablando de las sociedades humanas, cuando sale el debate sobre el individuo y la sociedad. El profesor, en un momento dado, menciona la palabra liberalismo, a lo que las risas de los alumnos se hacen presentes. ¿Recuerdan cuando en primaria se mencionaba la palabra pene y todo el mundo se reía? Pues exactamente igual. El profesor buscaba el diálogo con los alumnos, preguntando por qué reían. Nadie respondió, porque no sabían realmente qué decir. Probablemente, es en ese momento cuando algunos progres se dan cuenta de que los mantras de Masademócrata y Protestona no sirven para conversar con un mínimo de seriedad.

 

Ese mismo año, en la asignatura de Ética, las ridiculeces que uno escuchaba no podía pasarlas por alto, ya que las decía el mismo profesor.  Estábamos viendo la contraposición moral entre Hobbes y Rousseau/Kant, a lo que el profesor dijo que con Hobbes era el individuo quien tomaba la espada de la responsabilidad, y por ello él era quien inició el liberalismo clásico. Tras dicha explicación, comenzó a decir que era una aberración semejante pensamiento, ya que era mucho mejor que fuese el Estado quien se encargara de los individuos, argumentando básicamente que las personas son idiotas y no saben hacer uso de su libertad, necesitando de un poder que haga de tutor perpetuo de estas. Metiéndose más a fondo con el liberalismo, afirmaba que la meritocracia que los liberales vendían era un timo, y que ganarse la vida siempre era «ganársela a otro», y que por ello la actitud emprendedora era tóxica. Todos los alumnos asentían como robots.

 

En el segundo año las cosas se calmaban un poco, ya que las asignaturas eran un poco más aburridas y la gente faltaba más a clase. No faltaban nunca en cambio, a las concentraciones en protesta por la educación, las cuales, oficiales o no oficiales, se celebraban al menos una vez al mes. De ese año que pasé en Madrid – mediante intercambio – recuerdo con claridad un día que bajé a la biblioteca a por un par de libros. Al entrar por la puerta vi una gran mesa con títulos sobre comunismo. Estaba celebrándose el aniversario de la Revolución de Octubre.

Y es que ya sabemos que en las facultades de letras el ambiente revolucionario se siente hasta en los jardines colindantes. No olvidaré ese día que convocaron una huelga en la que, para evitar esquiroles, bloquearon las puertas de la facultad con silicona. Había gente que quería entrar bastante indignada, pero su volumen de voz se elevaba lo justo para que sus palabras no les ocasionaran problemas.

 

Pero, probablemente, lo que más me impactó de ese año fue una asignatura optativa que escogí, llamada Teoría de la Racionalidad Práctica. En ella hablábamos de Ortega, Zambrano, Gustavo Bueno, de las críticas al kantismo predominante en la facultad, etc. En la clase éramos unas seis personas. A los pocos días me enteré de que nadie quería coger esa asignatura porque la gente decía que el profesor era facha.

Ese profesor era Agapito Maestre. No sé si lo conocen, pero su talla intelectual es lo suficientemente grande como para tener una extensa bibliografía, y haber aparecido en diversos medios, desde los cuales se ha granjeado percances serios dentro del mundo académico por criticar lo políticamente correcto. No obstante para mí fue el mejor profesor que he tenido hasta ahora. Es decir, tuve la penosa sensación de que un catedrático experto en filosofía española como él era rechazado en esa universidad, al tiempo que había profesores, como Fernández Liria y Luis Alegre, siendo aclamados. El primero únicamente se dedicaba a explicar sus libros sobre marxismo, y el segundo hace de sus clases un panfleto podemita, dado que es militante de dicho partido. Al terminar ese año me di cuenta del sectarismo implacable que gobernaba la universidad. Cabe decir que ni en el primer ni en el segundo año yo abrí la boca sobre mi postura ideológica/filosófica, los riesgos de exclusión eran demasiado altos. Yo no había ido a la universidad a que me marcasen el estigma.

 

Fue el año pasado, al empezar mi tercer año, cuando un compañero, que constantemente vitoreaba al comunismo por el grupo de clase, me preguntó, al ver que nunca les seguía el juego: «¿eres liberal, no?». Le respondí afirmativamente sin miedo, y comenzamos a debatir sin demasiada efusividad. Fue en los días posteriores a eso cuando la fricción con el resto de la clase se hacía más explícita. Se evitaba el contacto conmigo, y cuando consultaba acerca de alguna tarea de clase no se me respondía. Recuerdo también una conversación con una chica, que pertenecía a otra carrera, también impartida en la misma facultad. Le dije que me parecía incongruente haber hecho un boicot a la charla que había organizado el partido VOX en la Facultad de Historia. Ella dijo que era totalmente coherente porque según ella en la universidad no debían tener cabida ideologías tóxicas y fascistas. Se marchó recolocándose su mochila del Ché Guevara. Ahí me di cuenta que, desde el primer año hasta el cuarto, el debate dentro de la facultad era nulo, sólo había un dogma de fe incuestionable.

 

No hablo sólo de marxismo-leninismo, hablo de posmodernismo. De este año puedo contarles sobre los numerosos estudiantes que defendieron la exposición de ARCO, y sus ya célebres fregonas, en plena clase de Estética. Y por supuesto no podían faltar las locas del coño, que incluso tienen una asignatura optativa para ellas solas,  llamada «Teoría y crítica feminista». A propósito de éstas, cabe contarles acerca de los episodios ocurridos durante una semana en la que se celebraban unas jornadas feministas, en las que se prohibía el acceso a hombres alegando su clásico argumento del espacio seguro y de la visibilidad. Un profesor tuvo la osadía de criticar este comportamiento, ya que él tenía interés en asistir a las jornadas y fomentar el debate. Su crítica no fue bien acogida por una chica que estaba en la clase. Ésta alzó la voz, emitiendo una serie de berridos, al tiempo que hacía aspavientos que permitían ver su vello axilar teñido, montándole un pollo tremebundo al profesor, tirando de tópicos de Twitter, mientras éste la vapuleaba fuertemente con coherencia y racionalidad.

 

De hecho, este tercer año ha sido un punto de inflexión muy fuerte en mi vida académica, puesto que uno puede hacer un esfuerzo en seguir adelante, e ignorar la discriminación ideológica y los miles de clichés que impregnan los pasillos. Pero las cosas pueden llegar a ponerse muy serias, al punto de hacer que uno se plantee el abandonar los estudios al ver que no puede aprobar, ya que un profesor se ha metido en su camino. Algo así me ha sucedido al final del segundo cuatrimestre de este año, en otra asignatura de temática antropológica. Para introducirles acerca de este profesor, tan sólo les diré que en una clase afirmó que el Islam trataba a la mujer mucho mejor que el cristianismo. En otra dijo que los hombres somos machistas sólo por ser hombres, porque estamos criados en el patriarcado. En el resto de las clases, hacía constantes parodias sobre liberales, conservadores, y defensores de la civilización occidental.

 

En definitiva, después de dos meses de clase con él, yo tenía bastante claro que podría haber problemas. Y, por supuesto, los hubo, ya que fui el único alumno de la clase al que suspendió sin dar explicación sobre qué estaba mal. ¿El motivo? Probablemente sea el haberme escuchado un día, en la cafetería, criticando al Islam con una amigo (sí, ése día era post-atentado y me daba igual todo). Grabaciones y segundas correcciones mediante hicieron que pudiera sacar la asignatura, aunque otro día puedo contarles esta historia más en profundidad.  Por suerte, a este hombre ya no le veré en lo que me queda de carrera, pues no estoy por la labor de escoger su asignatura optativa, en la que el temario consiste en textos de “Imperialismo: Fase superior del capitalismo”, de Vladimir Lenin.

 

Pero, al margen de las incontables anécdotas que aquí podría contarles, lo peor es la sensación de censura y silencio. No ha habido nunca un sólo debate sobre liberalismo, ni ha habido explicaciones extensas de éste, más allá de John Locke en Filosofía Política. Hay un ambiente enrarecido cuando sale Ortega en la conversación. El filósofo español más grande es censurado en el Grado en Filosofía, en España. Eso es lo peor, que uno tenga que estar cohibido si no comparte los ideales predominantes, que tenga que estar apartado si se atreve a ser crítico, mientras tiene que soportar la forma en que se banalizan las consecuencias de ese sistema asesino que defienden; pues NO son pocas las veces en las que se habla de mandar al gulag a los liberales, por muy jocoso que sea el tono.

 

Yo, por mi parte, me voy acercando al final de la carrera, y, cuando salga con el título, trataré de compensar todos estos años de silencio. Con los alumnos de último año he tenido poco trato ya que, por lo que he podido ver, no hay ni diez personas en la clase. Parece que cuando las cosas se complican, y las responsabilidades no son compatibles con los porritos en el jardín, los censores van abandonando la facultad (el interior, por fuera siguen dando el mismo coñazo). Por el contrario, aquí hay alguien que se toma en serio el estudio, y que se ha tomado la universidad y la filosofía, no como un camino para mendigar y exigir a la sociedad, sino que ha aprendido los dos valores más dignos, el esfuerzo y sobre todo, la libertad.

 

Ruiz J. Párbole

@alienaciones

Caleb McKeon

Estudiante de filosofía, pragmatista americano, Ortega supporter. Escritor de columnas, relatos, ensayos, y por ahora un libro de poesía, Cantar del Ermitaño.

Esta entrada tiene un comentario

  1. Mis felicitaciones por tan ilustrativo escrito. Sus anécdotas me recuerdan mi época de adoctrinado. Afortunadamente, el pensamiento racional me hizo percatar que algo no cuadraba. La autocrítica es fundamental también, para ello.
    Como usted dice, la autocensura resulta ser lo más doloroso. Uno puede pasar desapercibido, pero en efecto algo te lástima cuando debes callar ante las evidentes tonterías que afirman los supuestos letrados. Esa terrible sensación del doblepensar que debe uno caer para no ser estigmatizado, es la parte que te hace ser consiente de que no puede uno traicionarse eternamente. Entonces, uno decide hasta que momento va actuar y decir basta.
    No ser progrezombie, es una acto revolucionario en nuestros días.

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