Muchos podemos estar de acuerdo con que nuestro subcontinente es el resultado de un fracaso tras otro en los ámbitos político, económico y, en una buena parte también, social y cultural, salvo en casos excepcionales como el de Gabriel García Márquez, por ejemplo.

Muchos podrán preguntarse qué hay de directores como González Iñárritu o Cuarón, que recibieron el Oscar como mejor director o mejor película. No obstante, y sin ánimo de desprestigiar obras tan importantes como Amores perros o Y tu mamá también hechas en nuestra tierra, con mano experta y una profesionalidad, en muchos casos, inigualables, estas películas fueron apenas el trampolín hacia los Estados Unidos; país en donde se les permitió superar todas las expectativas, explotar al máximo sus capacidades y así demostrar el talento que tenían.

Lo anterior es algo muy común, y sin embargo no entendemos -y a veces ni nos enteramos- de que no solo directores de cine, sino artistas de la talla de Juanes, Shakira, Calle 13, o incluso más antiguos como Soda Stereo o los Enanitos Verdes, deben gran parte de su desarrollo y éxito al capital norteamericano o europeo. A esta misma ruta hacia el éxito se han sumado -y aún lo hacen- una gran cantidad de empresarios, científicos, académicos de todas las áreas y demás exponentes de lo mejor que Latinoamérica tiene, y que terminan yéndose “al Norte” por la falta de oportunidades que sufren, incluso de peor manera.

 

¿Qué quiero tratar de decir con todo lo anterior? No se trata de una declaración independentista de toda forma capital o “superchería” yanqui, no es tampoco una declaración alegando una superioridad norteamericana que se jacta de su grandeza mientras nos roba el talento de nuestra tierra, menos es el típico y ridículo argumento de “Latinoamérica está mal porque los Estados Unidos están bien”. Nada de eso; eso puede decirlo el típico político mediocre por el que se vota cada 4, 5 ó 6 años. Hablo más bien de una retórica, que esconde de fondo una idea de odio hacia una parte de la Norteamérica próspera, y que ha calado en casi todos nosotros por los peores populistas y demagogos sin sentido de la realidad (y en pleno siglo XXI diría que sin sentido del ridículo también), una retórica que, paradójicamente, viene siendo, por desgracia, no más que el reflejo de un rasgo cultural que está casi impreso en nuestros genes y que, por causas más propias más que extranjeras, nos hemos comido como si fuese un manjar independentista y de superioridad desde incluso los tiempos de la Independencia.

 

La independencia de España (o de todo lo español)

A grandes rasgos, Latinoamérica sufrió unas guerras independentistas que, en esencia, fueron guerras civiles, ya que pocos eran los españoles nacidos y venidos desde España los que realmente lucharon por la Corona; el baño de sangre se dio entre los propios suramericanos. Aun así, se generó un profundo sentimiento antiespañol que se esparció por todo el subcontinente. Si bien las colonias respondían al rey de España, muchas de ellas (por no decir todas) se autosustentaban y tenían un nivel de independencia bastante elevado a principios del siglo XIX, al punto tal de que muchos mantuanos y terratenientes -jefes de las grandes extensiones de tierra- mantenían las formas por tradición, por mantener sus privilegios o para no molestar a la Corona y que, por decreto, fueran despojados de sus títulos y bienes.  Esta aristocracia, dentro de un todo, representaba a España, sí, pero no era España, lo que marca una de las tantas diferencias que se pueden encontrar con las colonias de América del Norte, ya que el control inglés sobre éstas era más elevado, al punto tal de que buena parte de sus tropas ―que luego pelearon en las guerras para aplacar a los colonos― eran británicos nacidos y criados en el Reino Unido. Si bien existían americanos en el bando inglés (los lealistas), la mayoría de la élite militar era inglesa. Esto hizo que la lucha por la independencia fuese menos homogénea que en el sur (en términos bélicos) haciendo más claro los bandos, y en un todo al enemigo.

 

Latinoamérica, al no poseer claridad al nivel establecido entre el “español opresor” y el “autóctono pisoteado” (no solo negros e indios, sino blancos pobres), tuvo que optar por otro tipo de jugadas políticas como la que constituyó el Decreto de Guerra a Muerte de Bolívar, que si bien era estrictamente para: “…dar muerte al español y canario que no participara en la guerra”, constituía una medida solapada (en parte) para dar muerte a cualquiera que no participara en ella ya que, como se dijo antes, el número de españoles era muy poco, y no había bandos claros sino que había que crearlos (y en buena parte se hizo). Todo esto obviamente se hizo aderezado con el sentimiento antiespañol antes mencionado, tratando de suplantar lo español por lo que había antes de su llegada a América, lo “verdaderamente americano”: el indígena; y también para reivindicar al esclavo venido de África contra su voluntad. Esta idea cobró fuerza y fue fomentada con “pasión” por mantuanos y terratenientes que no tenían ni una pizca de indígenas o de negros en sus ramas familiares desde la conquista, y que tenían esclavos negros e indígenas sometidos a sus leyes, y que mantendrían sometidos al intercambio -común en esa época- mediante fichas, o a la esclavitud muchos años después de la independencia.

Aquí es de donde parte esa superchería histórica de hombres que, con buenas o malas intenciones, buscaron mover a un pueblo para lograr su independencia, sin importar los medios y, muchas veces, sin importar siquiera que todo se basara también en muchas mentiras o ideales que ni siquiera ellos aplicaban. Desde el buen salvaje (mito español que figuraba al autóctono americano como un hombre sin corrupción, tentaciones o ambiciones dañinas), hasta la ya gastada corrupción española, reverso del aspecto “buensalvajista”, que trajo esclavitud y muerte (cuando en la América precolombina también se esclavizaba y se mataba por montones). Si los norteamericanos mantenían un discurso político más estable y en concordancia con lo que se podría llamar, en palabras de Jefferson, “Privilegios para nadie, derechos para todos”, en el Sur se escenificaron incontables luchas de poder que en su mayoría generaron bandos muy a conveniencia, que, una vez acabada la lucha, mantuvieron sus intereses por gobernar su pedazo de tierra con sus propias leyes (y yugos) que se impondrían una vez más.

 

La sempiterna mención del caso de la desintegración de la gran Colombia es un ejemplo más o menos fehaciente de lo mencionado en el párrafo anterior. En el caso de los países resultantes de esa desintegración solo basta con mirar el número de veces que una sola persona repitió en la presidencia. En el caso puntual de Venezuela, las mismas cinco o seis personas gobernaron casi todo el siglo XIX, tantas veces que recordarlo se hace muy difícil además es bueno precisar precisar que estos eran en realidad presidentes o caudillos que sentaron las bases para el clientelismo de “amigotes” que tanto nos perjudica hoy en día.

 

El caudillismo del Sur y la sobriedad del Norte

En el Norte, una recién fundada federación de estados tenía clara su brújula, sus ideales y, en un todo, el horizonte de grandeza al que querían llegar. El mismo Francisco de Miranda (que participó en las tres principales revoluciones de los siglos XVIII y XIX) escribe en su diario las maravillas que veía por todos los Estados Unidos cuando solo tenían menos de una década de su liberación, atribuyendo estas “bendiciones” no a un abuso de poder sobre los demás países y colonias (ni señas de ese “colonialismo”, “imperialismo” o del poderío geopolítico que en la actualidad se le atribuye) o a una ventaja cuasidivina (en la que se empecinan muchos latinoamericanos a la hora de resaltar nuestras propias bondades), sino a un gobierno libre, sobrio, con bases democráticas y, por sobre todo, a una ciudadanía, dueña de una herencia británica que, antes de negarla, a todas luces la abrazaron y mejoraron.

Lo anterior es contrario a lo que pasaba en Latinoamérica; una región que no se terminaba de definir, habida en las leyes y en emular el ideario estadounidense pero, tristemente, solo para escribirlo, nunca para aplicarlo en aras del bien común.

Desde los caudillos caribeños como Páez o Boves (incluso Bolívar) en Venezuela, pasando por Martí en Cuba, hasta el sanguinario De Rosas en Argentina fuimos históricamente un subcontinente dividido, plagado de corrupción, caos y una cuasimonarquía política que más temprano que tarde palidecería y se debilitaría ante el poder que el Norte iría acumulando.

 

El origen de la fuerza del ladrón y la debilidad de su víctima

La operación Cóndor/ invadiendo mi nido, / perdono, pero nunca olvido… dicen los versos que marcan el final de la canción “Latinoamérica” del grupo Calle 13. Esa frase marca un hecho innegable, y es que no se puede obviar la participación que ha tenido Estados Unidos en América Latina de manera “invasiva” en varias ocasiones, si queremos hacer un análisis de lo que ha significado la retórica antiimperialista, y de forma más específica antiestadounidense, que tiene nuestra idiosincrasia.

Ante lo anterior tenemos que preguntarnos si esa famosa retórica de “nobleza”, de un pueblo “víctima” del tirano del Norte, no se puede traducir más bien en debilidad y, en muchos casos históricos, en cooperación y coordinación entre los Estados Unidos con todos los países que conforman nuestra región. Viéndolo desde este ángulo, el mito de “la bota gringa pisoteando al indígena” hace aguas y se vuelve humo, ya que -como buena retórica populista- esta siempre invita a no pensar de dónde viene todo ese odio por los Estados Unidos que venden en un paquete bien cómodo con la frase “orgullo nacional” o “reivindicación para nuestros pueblos”.

 

Un ejemplo claro de esa colaboración ―más que invasión norteamericana― lo podemos encontrar en la construcción y puesta en marcha del canal de Panamá que, no obstante los rechazos que puedan surgir, su obra es la creadora del homónimo país. A principios del siglo XX, un creciente Estados Unidos quería hacerse de un paso más cómodo y cercano que uniera los océanos Pacífico y Atlántico. Su plan (el más sensato de todos) fue hacer el susodicho paso en el istmo de Panamá. Por aquella época, el país centroamericano era una provincia de Colombia, que declaró su independencia tan solo dos semanas después de haber sido cerradas las infructuosas negociaciones entre Colombia y Estados Unidos para la construcción del citado canal. Es obvio que los “yanquis” colaboraron directamente con la provincia colombiana para su inesperada independencia, más cuando está escrito que Colombia quiso aplacar esas acciones independentistas y Estados Unidos le cerró el paso con su armada para que el país neogranadino desistiera de toda pretensión de mantener su provincia. Negar eso es caer en el mismo estercolero ideológico de muchos personeros políticos de nuestro continente, pero tampoco se puede negar la acción que tuvieron los panameños de aquella época para cerrar el trato con Estados Unidos, bien sea por iniciativa de ellos, bien sea por propuesta de estos últimos, bien sea por el interés de ambos.

 

Otro caso, al que se aferran hasta nuestros días muchos paisanos antinorteamericanos, es en el sempiterno episodio del golpe de Estado a Salvador Allende en 1973, encabezado por Augusto Pinochet. A todas luces fue un proceso gestado en colaboración con los Estados Unidos, no cabe duda de ello, pero si bien se acepta de buenas a primeras aquello, también hay que entender (y que esto no sea justificativo para defender las acciones de Pinochet) los intereses del dictador para derrocar a un gobierno que, no obstante alcanzó el poder por medio del voto, era abiertamente comunista. Sin embargo, no fue por esta última razón por sí sola que ocurrió la salida abrupta de Allende del poder, sino porque que en casi tres años su gestión llevó a Chile a la completa ruina, en una de las crisis económicas más terribles que haya atravesado el país austral.

Los intereses de Norteamérica para eliminar toda pretensión comunista en el continente (incluso si esta no estuviese vinculada con Moscú, como era el caso de Allende) están más que explicados y sabidos. Pinochet  fue el ejecutor del plan, sí, pero creer y aplaudir que él era un “lacayo del imperio” o incluso un “agente de la CIA”  y así, en su defecto, obviar los intereses que tenía junto a los de muchos otros chilenos y figuras de la política sudamericana por acabar con un gobierno que estaba destruyendo a Chile es de una ignorancia, incluso peligrosa (muchos colaboradores del dictador ya preveían una ruptura social y económica en Chile de seguir Allende en el poder que , de hecho, llegaría 40 años después a Venezuela).

 

Muchos años atrás, la intervención estadounidense se hizo patente en nuestro continente, y aún hoy se sigue analizando bajo ópticas fáciles y arbitrarias como la del “colonialismo”. Puntualmente nos referimos a los casos de la intervención estadounidense en la República Dominicana e indirectamente en Venezuela. Hay que entender que a cualquier país con pretensiones de grandeza como los Estados Unidos ―pretensiones legítimas, como también las tenemos incluso los latinoamericanos― no les era muy favorable ver que países como la Republica Dominicana (en pleno mar Caribe) y la Venezuela caudillista de finales del siglo XIX y principios del XX (anclada en una posición geopolítica muy importante para la región) eran embargados vía marítima por las potencias europeas debido al incumplimiento de sus pagos por deudas adquiridas (la morosidad es una debilidad más que clara en cualquier país). Ante el peligro de ver generarse nuevas pretensiones colonialistas por parte del Viejo Mundo que, dicho sea de paso, seguía teniendo una clara ventaja militar ante una Latinoamérica con gobiernos débiles, guerra internas a diestra y siniestra, zonas en un caos absoluto por la inexistencia de un orden, e infestada de caudillos que querían tomar el poder a toda costa pero que, en términos geopolíticos, no eran más que unos simples ladronzuelos para las potencias anglosajonas, españolas e incluso francesas, los Estados Unidos intervienen, más que otra cosa, para salvaguardar sus intereses ante las latentes pretensiones neocolonialistas tan cercanas a sus costas.

Un caso actual y similar al señalado con anterioridad podría ser el de la Corea del Norte diplomática y de “buenas intenciones” de los últimos meses; obligada a ceder ante las formas políticas mundiales (y especialmente las de los Estados Unidos) por una China que la ve cada día más como una piedra en el zapato que como un aliado ideológico a medida que abrazan cada vez con más fuerza el capitalismo.

 

Ese narcisismo-leninismo

A principios del siglo XX, el leninismo llegaría -y caería como anillo al dedo- a América Latina, para darle una explicación a la prosperidad “gringa” en comparación a la miseria del Sur. Su argumento fue el mismo que se escuchó por muchos años en Latinoamérica, pero que le dio un significado materialista, protagónico y, por el contexto histórico que se vivía, “real y verdadero”.

En su libro de 1917 “El imperialismo, fase superior del capitalismo”, Lenin manifiesta toda su retórica antiimperialista que, grosso modo, predicaba contra el desarrollo de los Estados Unidos y Europa occidental que -según él mismo- se debía al colonialismo y la explotación a niveles criminales de los países sometidos a sus poderes tanto políticos (en caso de ser una nación independiente) como bélicos.

 

Las ideas de Lenin llegadas a América Latina generaron delirios de grandeza en muchos, pues lograron hacerles creer que en realidad éramos importantes para el éxito del primer mundo; una idea que bajo todo ángulo no era cierta. Éramos una serie de países independientes que no habíamos salido de producir materias primas desde la colonia, por todo lo ya mencionado en este ensayo, pero estos delirios no fueron tan malos para algunos países de la región.

Por aquella época, la gran mayoría de partidos comunistas en Latinoamérica no eran de corte leninista o si quiera un aliado político de Moscú (salvo el Partido Comunista de México ―que colaboró con el asesinato de Trotsky― y alguna que otra ala comunista en otros países). En su mayoría, pertenecían a la Alianza Popular Revolucionaria Americana, (APRA) fundada por Víctor Raúl Haya de la Torre, con una visión más conservadora del marxismo y que, irónicamente, llevaría al desarrollo de muchas ideas un poco más liberales que muchos de sus contrincantes políticos del otro lado del espectro ideológico, con el argumento (propio de de la Torre, heredado de Marx) de que el comunismo no se alcanzaría hasta no llegar a un nivel de prosperidad absoluta para todos en la región (algo así como un capitalismo a la china en nuestros tiempos).

 

Algunos partidos asociados a la APRA eran antiimperialistas y de corte profundamente nacionalista y antiestadounidense pero, quizás con unas ideas que si bien se desmarcaban del liberalismo yanqui, cumplían un propósito similar. De aquellos partidos comunistas (que no eran más que un club de marginados en muchas ocasiones) saldrían partidos democráticos de centro izquierda para tratar de aplicar el ideario de de la Torre, entre ellos estaría el partido Acción Democrática en Venezuela, que vería los mejores años de este país (particularmente hasta la década de los 70 y con el mejor de los resultados en la región) con gobiernos como el de Raúl Leoni o el primero de Carlos Andrés Pérez. Si bien las ideas de este partido hoy son obsoletas, la nacionalización de las empresas estratégicas, cuyo éxito se debe a la irrupción petrolera de los 70 y no a una nacionalización per se, y la implementación de los sistemas de educación y la salud públicos, por ejemplo, sirvieron para un desarrollo más rápido y rampante para el país caribeño, pero solo durante las primeras décadas, ya que estas políticas mutarían en programas estatistas y proteccionistas al punto de llevar a un grave déficit fiscal y malestar social para finales de los 90, lo que significó el caldo de cultivo para el chavismo. Sin embargo, en otros casos (la mayoría) los partidos comunistas y socialdemócratas afiliados a la APRA generarían aún más miseria en sus países, como el caso de Allende en Chile o el del socialismo peruano de Juan Velasco, siendo esto -por supuesto- “obra de los Estados Unidos, de Europa o de agentes externos varios”, jamás de la intachable honestidad y siempre bien ponderada humildad y nobleza del pueblo latinoamericano. Caso curioso, porque hasta los propios izquierdistas se tachaban y se siguen tachando hoy en día como “agentes de la CIA” o “lacayos del imperio”, al tener intereses encontrados unos  con otros.

 

Esta tendencia de democracias semiexitosas, de dictadores y golpes de estado, se mantendría a la par de ese 1 de enero de 1959, cuando un burgués con ideales revolucionarios, un desconocido Fidel Castro Ruz que no terminaba de definirse, entraba en La Habana para derrocar la dictadura del ya desgastado Fulgencio Batista, cambiando una vez más la política latinoamericana.

 

El “milagro” fidelista: la mediocridad latinoamericana

Fidel Castro tomaba la batuta de la vida nacional cubana al derrocar a un Batista que ya era negado como un aliado hasta por el propio “imperio norteamericano”. Esto generó no solo una revolución política en toda instancia debido a las pocas posibilidades que el dictador comunista tenía para tomar el poder, sino también un cambio en el ideario político de Latinoamérica al ver a Castro como un rebelde contra el opresor yanqui.

Una mentira tras otra. Si bien Fidel Castro era de izquierda, él fue en un principio aprista. Durante todo el tiempo que duró su movimiento guerrillero activo y hasta que tomó el poder, e incluso tiempo después, nunca tuvo presente una pizca de comunismo en sus ideas o en sus discursos (o una idea de gobierno concreta en sí). Podría decirse que solo vendió sus ideales al mejor postor o, en opinión de muchos, al único poder real que se enfrentaba en ese entonces al dominio norteamericano: la Unión Soviética.

 

La unión soviética, que ya tenía un buen tiempo mostrando las costuras, siendo irónicamente tan imperialista como decía que eran sus enemigos al invadir Checoslovaquia, Yugoslavia y otros países del centro y oriente de Europa, vio en el acercamiento de Castro (no en la Revolución Cubana como muchos vendecuentos quieren hacer ver) una oportunidad de oro para volver a las viejas glorias, y tener muy cerca de su enemigo un estado satélite que los ayudara a preservar y acumular un mayor control. Esas viejas glorias consistían en la simple idea de que cualquier país iría al comunismo, lo implementaría y con éxito lo desarrollaría sin necesidad de que el bloque soviético participara directa o indirectamente, como de hecho pasó, ya que Fidel Castro, por azares del destino, conquistó la isla sin ayuda de ellos.

La unión entre Castro (y su hermano Raúl) y Moscú creó todo un aparataje de publicidad y propaganda que se difundió no solo por Europa sino por toda Sudamérica, lo cual fue recibido de buen grado por muchos, incluso por los mismos apristas. Este discurso de exaltación al guerrillero, al campesino oprimido por el sempiterno opresor del Norte, no solo avivó aún más la llama antiimperialista sino también anticapitalista, que ya de por sí sufría Latinoamérica, solo que desde un espectro puramente ideológico y nada práctico (como contrariamente quiso lograr de la Torre con su capitalismo temporal para alcanzar la utopía comunista). El marxismo cubano no fue más que un simple motor inesperado para la Unión Soviética y, en simbiosis con ellos, una oportunidad de oro para impulsar los planes castristas por toda América Latina, creando así, y parafraseando un poco al “Che” Guevara, un nuevo movimiento comunista y revolucionario del obrero que se convertía en ese guerrillero puro, libre de toda mácula y capaz de llevar sus ideales por sobre toda podredumbre política, para así alcanzar el máximo estado de felicidad. Esta retorica poética y romántica no se aplicó de manera certera en la realidad; buena parte de la guerrilla precastrista era vista como una horda de simples campesinos haciendo escaramuzas para hacer valer sus derechos de manera bélica pero poco efectiva y desorganizada, con muy pocos casos exitosos (como por ejemplo el de la guerrilla de Pancho Villa, en México). La guerrilla guevarista estuvo fundamentada en ideales perseguidos por intelectuales de clase media alta que se irían “al monte” a pelear bajo una bandera idealista, pero que en la práctica, y citando a Carlos Rangel, “un boy scout estaba más preparado que ellos para sobrevivir en el monte”.

 

El “fidelismo” fue ese fenómeno político que se abalanzó sobre nuestra región, mitificando aún más su lucha armada con la muerte de Ernesto Guevara, en Bolivia. Ambos personajes, Castro y Guevara, se procuraron un puesto de dudoso respeto en el panteón de los héroes sudamericanos. Las consecuencias de todo esto fueron de un alcance y talante parecido al aprismo, solo que de manera tardía y únicamente propagandística. Los focos guerrilleros que se crearon desde entonces en todo el continente, siguieron causando lo que siempre tuvimos durante siglos: guerras internas sin fin, lugares sin ningún tipo de control gubernamental, crímenes de toda índole (como el narcotráfico, negocio dueño de la mitad de la región suramericana y que es manejado por las FARC y, de manera más tardía por el gobierno de facto venezolano) y uno que otro “líder” que se adaptaba a los nuevos tiempos cambiándose el título de “caudillo” a “guerrillero, comunista y revolucionario” con un ideario emancipador y casi utópico, venido de una Cuba que solo cambiaba en la práctica un tirano por otro.

 

Se tendrían que agotar las dictaduras de derecha (como las de Pinochet o Videla) o las de izquierda (como las de Perón en distintas épocas) para que una nueva generación de resentidos inescrupulosos tomaran el poder, todo esto repotenciado por otros populistas que si bien no tenían ese corte antiestadounidense, terminaron por incentivar la década socialista en América Latina.

 

La década socialista: ¿el final de una era?

El foro de São Paulo (reunión donde se encuentran todos los partidos políticos de corte socialista de América Latina y el mundo) fue incentivado por un Fidel Castro que, viéndose entre la espada y la pared ante la caída de la URSS a principios de los 90, se vio obligado a buscar y crear aliados que ayudaran a mantener su lupanar bananero (y de paso empeorado por una hambruna sin precedentes en la isla a mediados de la década). Este primer aliado llegaría de manera inesperada (como lo fue él para los soviéticos) desde Venezuela, con un Chávez  anteriormente golpista, que inspirado por su retórica y sus hazañas, se abalanzó a la política de ese país contra unos debilitados y corruptos partidos que venían haciendo aguas.

La victoria de Chávez no solo debilitó aún más la poca solidez institucional que Venezuela tenía, sino que propició una campaña propagandística por toda Latinoamérica durante sus mandatos (muy a la soviética) del milagro socialista venezolano en forma de regalos, financiación para partidos (o guerrillas) y demás. Este fenómeno sucedió en casi todo el continente (salvo en Colombia por su fiebre uribista) debido a los malos gobiernos (populistas en su mayoría), que llevaron a crisis o regresiones económicas a lo largo y ancho de la región; recordemos el ejemplo claro del gobierno de Menem y el default en Argentina. Personeros como el ecuatoriano Rafael Correa (buscado por la ley de su país en la actualidad), Luis Ignacio Lula da Silva (preso por corrupción), Evo Morales (a punto de crear su propia Cuba andina), Daniel Ortega en Nicaragua, el difunto Néstor Kichrner y su esposa Cristina Fernández (esta última bajo la mira de los tribunales argentinos por corrupción) se hicieron con las presidencia de sus respectivos países, creando así la década socialista. Países como el Uruguay de Mujica y el Chile de Bachelet (con programas económicos cuasiliberales y pro libre mercado) salieron airosos de escándalos por corrupción o asesinato, pero también apoyaron el despropósito izquierdista de la primera década del 2000, creando o apuntalando organizaciones de papel higiénico como la UNASUR (para hacerle competencia a la OEA) y la infame organización de los países del ALBA, que comenzaron siendo promesas para la creación de una unión económica latinoamericana, pero que solo acabó en humo y retórica populista, todo en contra -claro está- del siempre bien ponderado “tapa problemas con la alfombra” imperio norteamericano.

 

A manera de cierre

A lo largo de este ensayo puede verse que la semilla de nuestros pesares no se da por la izquierda o la derecha, por una idea o por otra. Hoy en día vivimos una época donde se puede demostrar con hechos, datos y números que el socialismo solo causa miseria, pero si bien estos son argumentos más que entendibles y objetivos, no alcanzan a responder la pregunta del porqué seguimos cayendo en el socialismo, en “vendecuentos” o en populistas.

El problema no son los sistemas políticos que se quieran implementar mas allá de cualquiera que obviamente no sirva. El problema es la superchería histórica con la que estamos acostumbrados a vivir y, de una manera lamentable, nos sentimos orgullosos. Desde la recordada “mano de Dios” de Maradona, hasta el “quítate tú pa ponerme yo” típico de Venezuela, somos una Latinoamérica unida pero para perjudicarnos los unos a los otros, con el motivo cubierto por el eufemismo barato de la “viveza criolla”, la cual se traduce en corrupción de todos los niveles, comenzando por el individual, siguiendo por el intrapersonal y derivando en el nacional. Los “nobles” sacrificios típicos de inmolar a unos por el bien de otros que, en términos reales, quiere decir pasar por encima de los derechos y hasta de las propiedades de unos para beneficiar a otros por votos y demás, es una constante desde hace tiempo y hasta hoy en nuestro continente.

 

Viendo todos estos casos, y dejando muchos otros en el tintero, hay que reflexionar y vislumbrar un poco la idea -satanizada hasta el hartazgo por los políticos de turno- de que Latinoamérica es un subcontinente que ha sido víctima directa no de factores externos sino de la propia Latinoamérica, y en gran parte por nuestra debilidad, corrupción, inacción, intereses e irresponsabilidades. No somos la “raza cósmica” que Vasconcelos concibió que éramos en su ensayo homónimo, somos una región con una visión edulcorada de nosotros mismos, con un potencial que se ve opacado por nuestra ignorancia histórica y por nuestro complejo de inferioridad ante los demás, que nos lleva a caer en las garras de políticos inescrupulosos y (durante todo el siglo XX) por dictaduras y caudillos, por populistas, paramilitares y guerrillas, que han perpetrado las peores matanzas en nuestra región, sean estas de izquierda o de derecha, una y otra vez.

 

No debemos llenarnos más la boca sobre ideales superiores, teorías sin pies ni cabeza, ni morder el anzuelo de mesías con curas mágicas a nuestros problemas. Debemos comprender que la minoría más pequeña radica en el individuo, y que debemos comenzar por ver los problemas que tenemos adentro (desde lo personal hasta las relaciones de toda índole) en vez de hacernos de la vista gorda. El Cuarteto de Nos dice con buena música: “echar con vehemencia la culpa a los demás de lo que es mi incumbencia y responsabilidad”. Frase clave para empezar a entender mejor nuestra problemática que, véase desde el foco que se vea, y buscando las mil y una soluciones, no parece acabar nunca.

¿Seguiremos buscando soluciones fáciles, atajos perjudiciales para todos, y saqueándonos los unos a los otros en este siglo que se viene? Solo el tiempo lo dirá, solo el cambio está en nosotros, no en los demás.

 

 

Firmado: Chapy.

Chapy

Programador neófito y escritor aficionado que trata de ir por el camino del Logos. Trabajando siempre por nutrir mi mente y buscar un mundo autosuperado, libre de mitos y de mis cadenas.

Esta entrada tiene 4 comentarios

  1. Es raro no veo rastro de la united fruit company, antes del fantasma comunista llegara a LATAM,
    y ajeno a los problemas propios de esos paises que no terminaron de encontrar su indentidad.

    1. Chapy

      Vuelvo a lo mismo, dejarias entrar a un ladron a tu país, abusar de la ciudadania, de los recursos, de la sociedad en general solo por que esos “ladrones” te pagan bien? Si no es así, te felicito, necesitamos mas gente como tu, pero, fuera de lo que tu puedas considerar como bueno y malo dentro de tu etica, hay que ver quienes estuvieron en el poder y quienes dejaron que la fruit company hiciera estragos en el caribe (hasta eclipsar con el problema de las bananeras en Colombia). Quienes pusieron las armas en favor de unos aqui en latinoamerica, quienes encontraron en esa compañia un negocio que los lucraria por muchos años (siendo ellos paisanos de nuestra region), habria que ver, entonces, si es menos ladron el paisano que nos roba o el extranjero que pone todo en bandeja de plata para que estos supuestos “lideres” nos “roben” tambien.

      Me enfoco en el comunismo y en la politica de izquierda de la ultima mitad del siglo XX porque fue la que cambio las reglas del juego en latam y ese tablero geopolitico sigue rampante por nuestra region hoy en dia. Lo podemos debatir, como no, cuando quieras. Un saludo.

  2. Curioso ensayo, y supongo que por la síntesis que hace de tiempo y eventos tiene imprecisiones y una total ausencia de matices. Pero veo verdaderas flaquezas que le restan lucidez.

    Hice una búsqueda rápida, donde no encontré ningún resultado, para términos como oligarquía, conservador, neoliberal, república bananera y cosas relacionadas. Supongo que se debe a que el autor quiere establecer su punto y al abarcar tanto no se pueden especificar, pero…

    Vemos una aproximación generalizada por muchos aspectos pero para lo específico solo hay tiempo en ciertos términos como socialismo y comunismo donde se señala y hay nombres.

    Supongo que el problema viene cuando se concluye: Que el problema esta por encima de un espectro político y el problema somos nosotros, no ellos y durante el ensayo solo se señala “X” tipos de problemas relaciones con el mismo espectro político y otros solo se nombran de lejos.

    Y por cierto EEUU abrazó su herencia británica como una verdadera colonia independiente, no tenía mucho sentido abrazar la de los pueblos originarios esos que llevaba décadas aniquilando y apartando de sus tierras. En el sur del continente se puede decir que tuvieron algo más de suerte, supongo.

    1. Chapy

      Cierto. Es bastante generalizado lo que digo. Pero como digo resumidamente en el título “la fortaleza del ladrón y la debilidad de su víctima”:

      No es acaso menester decir que, fuera de todo planteamiento histórico complejo que pueda existir (y que obviamente existe), somos una región plagada de 3 idiosincrasias que chocan unas con otras? (La del segundo europeo, la del salvaje y la del mantuano). No es justo también decir que nuestros problemas parten precisamente de algo que no podemos esclarecer porque no lo queremos? Y que, de paso, es más obvio encontrar debilidades y falencias en nosotros que pueden aprovechar los demás para sacar una tajada? (Siendo esa acción incluso legítimada por políticos y figuras de poder latinoamericanas por las que votamos y nos representan). Y por último, no es inocente pensar que en la historia latinoamericana (salvo por contadas expeciones, claro) la “invasión” norteamericana se ha dado por la propia colaboración de nuestros líderes, ergo, de nosotros mismos? (Más del 80% de los venezolanos quieren una intervención extranjera, tanto así que la oposición está muriendo políticamente porque no están atendiendo o si quiera discutiendo eso que pide a gritos la gente aquí).

      Yo sinceramente estoy cansado de escuchar a Galeano o Manuel Caballero en conferencias a cada rato (respeto mucho al segundo pero sus posturas políticas no me convencen), de escritores que nos siguen hablando de una manera complaciente y hasta condescendiente.

      Estados Unidos es un país en decadencia que, más temprano que tarde, lo latinoamericanos lamentaremos eso, pero tienen algo que nosotros nunca hemos tenido y es la base de su éxito y, también, de su supuesto “aprovechamiento criminal” de nosotros y es la cultura de la previsibilidad, de no hacer cambios tan bruscos cada 5 años en los planes de gobierno, de tener bases sólidas (desde sus ideas, quienes son y que quieren, hasta sus instituciones). Vale decir esto también, dentro de todo lo que dije y lo mucho que no estoy diciendo, somos personas que en realidad hemos hecho las cosas bien? Somos una región que ha tratado bien al indio como muchos se empeñan en decir?

      Yo, sinceramente, no lo creo, y estoy dispuesto a debatir esto cuando sea, gracias por tu comentario, feliz día!

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