Hace ya algún tiempo que me percaté de que, desde gran parte del feminismo, se reclama a las cacerías de brujas como un elemento dentro de la imposición del patriarcado sobre las mujeres del mundo. Frases como la de “somos las nietas de las brujas que no pudisteis quemar” creo que son lo suficientemente frecuentes como para que todos las hayamos visto alguna vez. ¿Qué mejor ejemplo de la crueldad del patriarcado que la quema de miles de inocentes mujeres que se negaban a pasar por su aro?

 

Bueno, pues creo que la cosa no es exactamente así. Es innegable que existieron las cacerías de brujas, y que muchas mujeres inocentes sufrieron la cruel injusticia de ser ejecutas por un delito claramente falso. Pero lo que propongo aquí no es, ni muchísimo menos, debatir sobre estos hechos históricos, sino más bien, discutir la lectura feminista de los mismos.

Para empezar vamos a ver algo del contexto real, más allá de la lectura feminista tan poco trabajada a la que estamos cada vez más acostumbrados. Las brujas y su caza son un fenómeno que tiene lugar en un momento claro de la historia: La edad moderna, y para ser más concreto, sobre todo en la alta edad moderna. Esto es importante porque hay un por qué de que este fenómeno ocurriera en ese momento y no en otro.

¿Por qué cazar brujas en los siglos XVI y XVII y no en los siglos anteriores? ¿Las mujeres con conocimientos especiales no habían existido antes? La obsesión por las brujas -y su persecución- es fuerte en un periodo convulso de la historia de Europa, algo que si bien ya había pasado con anterioridad, lo cierto es que esta vez tenía particularidades. Desde el cisma de occidente, representado en la reforma protestante, el continente europeo venía preparándose para un complejo proceso -poco conocido pero muy interesante- llamado la confesionalización.

El periodo de la confesionalización fue un momento donde los nuevos estados modernos, muchos de ellos definibles como estados dinásticos, empezaban a establecerse en el continente. El proceso se puede describir someramente como la construcción de una identidad en base al tipo de confesión a la que pertenece uno. Esto provocó una revisión de muchas de las herencias que habían sobrevivido al paso del tiempo en las poblaciones europeas, especialmente en las zonas rurales. Un paganismo residual y una cristianización pobre habían provocado que muchas sociedades tuvieran que ser reeducadas. Los misioneros, que la mayoría imaginamos dando catequesis a indios, estuvieron presentes en toda Europa como consecuencia de esta nueva preocupación. Todo esto se vincula con la importancia que tenía la confesión de los habitantes de un territorio con la legitimidad y autoridad de los gobernantes. Sobre todo es claro en el caso protestante, donde la religión sirvió para reforzar en muchos lugares a una nobleza poderosa que se negó a someterse a unos monarcas con una tendencia cada vez más fuerte a la construcción de Estados más centralizados.

 

Y así, de poco a poco, este proceso va reforzando cada vez más la creación de una intolerancia al disidente bastante fuerte. Leyes represivas fueron cuajando Europa, así como la caza de herejes y la instalación de instituciones de control religioso. Toda esta explicación es simplemente para colocar parte el contexto en su sitio.

Otra característica del contexto de la época, que ayuda a entender mejor este fenómeno, es la situación de guerra y conflicto. El estrés al que estuvo sometida Europa (y parte de sus territorios ultramarinos) fue muy grande. Los conflictos sociales y políticos fueron constantes durante estos siglos. Quizás el punto más álgido de estos ciclos bélicos fue la guerra de los 30 años, que se llevó por delante a millones de personas en un conflicto que, encajado con otros anteriores como la guerra de los 80 años, alcanzaría cotas globales. Grupos de refugiados se sumaban a las comunidades, creando muchas veces rechazo, y generando una situación aún más complicada en las poblaciones del continente, que se veían cada vez bajo mayor estrés y peligro.

Luego, como complemento a los destrozos de la guerra, habría que añadir que las circunstancias climáticas de la época vinieron a sumarse a este caldo tan ya de por sí complicado. El siglo XVII ha sido bautizado como el siglo de hierro, por parte de algunos historiadores, por lo duro que fue en parte por el clima extremo, con sequías, olas de calor y una pequeña edad de hielo (el Támesis congelado o la venta de vino en trozos helados en París, son buenos ejemplos de esta situación, que se pueden encontrar en la documentación). Todo ello favoreció hambrunas y epidemias que se vinieron a sumar a la guerra y a la construcción de identidades y estados que ya ha sido comentado.

Por último añadir el factor final a nuestro cultivo: la superstición y el miedo. El demonio, que ya había tenido peso en la edad media, se ve reforzado durante este siglo. Su sombra se usa para atacar las prácticas contrarias a las versiones que impone la confesionalización. Un arma política y cultural que además se cristalizó en una salida para los temores de una gente que no paraba de sufrir.

Todo este contexto es en el que se enmarcan las cacerías de brujas. Como podemos ver con este breve repaso, lo que encontramos no es un complejo entramado patriarcal que busca someter a las mujeres, sino una época extremadamente dura, supersticiosa y muy complicada. La persecución a estas disidencias fue disminuyendo con el paso del tiempo y, para avanzado el siglo XVIII, centuria donde la revolución científica cuajó en la ilustración, antesala de nuestro mundo contemporáneo, este tipo de supersticiones y actuaciones ya serían cada vez más raros, hasta  finalmente ser considerados como actos salvajes fruto del miedo y la necedad, según se fuera imponiendo la lógica y la razón, que irónicamente hoy en día vamos dejando cada vez más de lado.

 

Como cierre, y para no extenderme más de lo necesario sobre este tema, para poner a la vista un dedal de lo mal que se está tratando este tema y la mucha confusión e instrumentalización que sufre este fenómeno histórico, voy a poner en ejemplo de un caso que rara vez se cuenta bien. Voy a elegir el caso más mediático de todos, el caso de Salem, en las colonias británicas de Norte América. Todos pensamos que el caso de Salem es un caso excepcional, donde un puñado de inocentes mujeres murieron abrasadas por brujas, bajo acusaciones falsa. Bueno, pues vamos a ver cuánto de esta frase es cierto.

Lo primero es que el caso de Salem no fue una ejecución de mujeres, sino una ejecución de mujeres y hombres; no se quemó a nadie, y no es más que uno de los múltiples casos que se desarrollaron en Massachusetts durante el mismo periodo (periodo de tensión, y donde la guerra y la amenaza, tanto de los nativos como de los cada vez más próximos franceses, se juntaban con el discurso supersticioso y fundamentalista de los puritanos), donde hubo unos veinte casos en total, siendo Salem uno más y tan siquiera el más grande. En 1692, en el marco de este hecho, cientos de personas fueron acusadas, y murieron diecinueve personas ejecutadas y cinco en prisión, de los que varios eran varones (John Willard, Samuel Wardwell, sr., John Proctor, George Burroughs, George Jacobs, sr. Además de Giles Gorey, que fue aplastado hasta la muerte con piedras en el proceso de que confesara). Por otra parte, no se quemó a nadie, como ya he dicho, sino que el método de ejecución fue la horca, y las principales acusadoras fueron propiamente chicas jóvenes.

La realidad de estos hechos es horrible, pero no es particularmente extraño en la historia de la humanidad (lo siento, pero el horror y la tragedia son parte inseparable de nuestro desarrollo histórico), y no tienen un objetivo tan elaborado como la construcción/mantenimiento de un patriarcado milenario. Sin dudas, estas acciones terribles se alimentaron de prejuicios, entre ellos los prejuicios machista, pero claramente no exclusivamente de ellos; también hubo otros muchos factores, y una instrumentalización, al menos parcial, de parte de estos procesos barbáricos por parte de agentes poderoso. Todo esto espero que valga para que no nos dejemos arrastrar por visiones simplistas e interesadas de la historia, puesto que la mejor manera de que se repitan estas atrocidades es no recordando y entendiendo por qué ocurrieron, sino instrumentalizando y manipulando lo que ocurrió en busca de beneficios propios.

Croqueta de Opinión

Soy un graduado en historia, con un máster en Antropología e Historia de América, y actualmente estoy haciendo el doctorado de Arqueología e Historia. Fuera de la carrera académica, también he prestado largas horas de lecturas a temas culturales, artísticos, filosóficos y psicológicos. Cuando escribo ensayo, uso de avatar una croqueta porque me gusta pensar que los escribo usando una mezcla de todo lo aprendido.

Deja un comentario

Menú de cierre