Voy a hablaros de mi divorcio.

Que, aunque como tal, debería ser como otro cualquiera, puede ayudar a dar visibilidad y a empatizar con otros papás que están pasando por una situación similar.

 

Un día cualquiera, de repente te percatas de que algo no va bien con tu pareja. Está cambiando hábitos, está teniendo comportamientos fuera de lo normal… (en fin, tiene una intrahistoria detrás que dilataría mucho la explicación).

El caso es que las semanas van pasando mientras intentas hablar sobre el tema, encontrando siempre respuesta tipo pared – es decir, nada. Y un buen día te dice: “me quiero divorciar, quiero que te vayas de la casa”.

Hasta ahí todo normal; el amor se le puede acabar a una persona y la otra no puede hacer nada.

Mi primer error – por llamarlo de alguna manera – fue decirle: «muy bien, si te quieres divorciar, hazlo. Vete de casa, si es lo que quieres»

Su respuesta fue: «No, te vas tú, y.… o te vas por las buenas, o te vas por las malas«.

Ahí comenzó la película de terror…

 

Tan impactado quedé, que perdí 17 kg en apenas tres semanas. Acudí al médico de familia para contarle mi situación. Solución fácil: «tómate estas pastillas y a sobrellevarlo como puedas, tienes síntomas de depresión por una ruptura sentimental. No obstante, he de derivarte a psiquiatría de tu centro hospitalario», me dijo.

En psiquiatría me dijeron: «tienes lo que tiene el 85% de la población actual, depresión por ruptura matrimonial que se avecina, unida a crisis económica. Aquí tratamos a personas con enfermedades tales como bipolaridad, demencia, en fin… trastornos importantes. Tienes el alta».

 

Durante meses seguimos conviviendo en la casa familiar (tenemos dos hijas, que entonces tenían 5 y 3 años). El deterioro – más bien ruptura – de la relación ya era un hecho. No parecía que hubiera nada que pudiera hacer.

Las niñas empezaron a hablar con asiduidad de un amigo de su madre, lo que me hizo empezar a encontrar una respuesta a esta circunstancia tan inesperada.

A los 4 meses de que tuviéramos aquella conversación, en la que ella me dijo que tenía que irme de la casa por las buenas o por las malas, llegó la demanda de divorcio. ¡Todo un regalo!

En dicha demanda, solicitaba la custodia exclusiva, al considerar que yo no estaba capacitado para cuidar de nuestras hijas porque tenía un grave trastorno psiquiátrico, tenía problemas de alcoholemia y necesitaba medicación para estar bien – ¡¿Cómo?! Me quedé helado…

 

Cuando intenté – por enésima vez – entablar una conversación con ella para que intentara explicarme el porqué de tanto odio en esa demanda, esta vez no se quedó muda como una pared. Me dijo: «ahora sí vamos a hablar… y deja de temblar como una maricona», (aludiendo a mi estado nervioso).

De aquella conversación no salió nada – como era de esperar -, pero si la convivencia ya era difícil, a partir de ahí fue insoportable.

 

Cuatro meses después, se celebró la vista en la que se decidirían las medidas provisionales y, claro, cuando la jueza vio aquella demanda, no dudó – junto con la fiscal – en decir que la custodia sería para la madre, con un régimen amplio para mí, y que «al equipo psicosocial todo el mundo».

 

El equipo psicosocial me hizo entrevista a mí, le hizo entrevista a ella, les hizo entrevista a las niñas, y nos hizo entrevistas a ella y a mí, junto a las niñas.

Además, nos citó para nueva entrevista a ella y a mí, para intentar llegar a un acuerdo de custodia, ya que, según la apreciación de la trabajadora social, las niñas estaban al margen de todo y merecía la pena que llegásemos a un acuerdo.

En esa entrevista o charla, su madre mostró su conformidad a la custodia compartida, eso sí, a cambio de dinero, claro. Y, finalmente esa charla no sirvió para nada.

Tres meses después, nos llega el informe del equipo psicosocial. En él se viene a decir que «ambos progenitores gozan de las aptitudes necesarias para tener un régimen amplio de custodia con las menores».

 

Al leer dicho informe, mi abogado me advirtió: «a partir de ahora y hasta el juicio de divorcio (aún quedaban 2 meses) graba todas las llamadas con ella… tiene pinta de que te va a caer una denuncia por violencia de género».

¡¡¡DICHO Y HECHO!!! (Lo primero y lo segundo).

15 días después, estando en casa de mis padres con mis hijas (donde me enviaron a vivir hacía 6 meses, a pesar de tener dos viviendas en gananciales en el mismo municipio), sonó el teléfono a las 21h. Era la policía.

Un señor, que se identificó como policía de violencia de género, me dijo que al día siguiente tenía que presentarme en el juzgado de violencia contra la mujer, porque había sido denunciado. Que no era nada grave y que por eso no iban a ir a detenerme, pero que me presentase.

«Tarjeta de Víctima. Líbrese de toda responsabilidad… GRATIS»

 

Y, allí que me presenté.

Ella me había denunciado por agresión (¿cómo? ¿cuándo? ¡si llevo 6 meses viviendo en casa de mis padres), y por coacciones (enviarle mensajes de Whatsapp pidiéndole que se pensase lo del divorcio (mientras aun vivíamos juntos; mensajes de hacía más de 6 meses).

El juez no tuvo en cuenta aquello de la agresión (porque no había por donde cogerlo), pero si le marcaron aquellos mensajes tan «coaccionadores», y me propuso un pacto: 8 meses de incomunicación y 40 días de trabajos a la comunidad.

“¿Lo aceptas?”

“¡NO!”, le dije.

Y él: «¿Por qué?”

Y yo: “Pues porque estoy en un proceso de divorcio y, si acepto ese trato, se acabó para mí el conseguir custodia compartida.”

Y él: «Pues, en el juicio te la juegas, amigo»

 

Y a juicio me fui… a «jugármela»

 

Pues eso, me fui a jugármela a un juicio penal por violencia de género – sin comerlo ni beberlo -, y en el que me pedían 1 año de cárcel. Previamente, tuve algo de suerte pues el juicio de divorcio, que había de celebrarse, se suspendió porque la trabajadora social, a quien mi abogado llamó de testigo para que ratificara en sala que ella se había mostrado favorable a la custodia compartida en aquella charla-entrevista que tuvimos, no pudo asistir.

Así que me libré de que se celebrase el juicio ya que, al estar incurso en un procedimiento penal, no me iban a dar la custodia compartida en la vida. Su abogada mataba por celebrar el juicio, pero no.… se suspendió finalmente.

 

Así que, llegó el juicio penal por la denuncia de violencia de género.

Al margen de lo desagradable, triste y desalmada que es una situación así, la juez no encontró indicio de delito, de manera que fui absuelto.

 

¡Suerte que la sentencia salió dos días antes de la nueva fecha fijada para el juicio de divorcio! Y, al juicio de divorcio nos fuimos. Pero ¡oh!, ¡sorpresa!, su abogada recurrió a la Audiencia Provincial mi absolución.

Así que seguía incurso en un procedimiento penal y no iba a obtener la custodia compartida.

Pero, esta vez, el juez lo dijo claro: «Mientras estés incurso en este sospechoso procedimiento penal, no celebraremos juicio de divorcio, esperaremos a que la Audiencia decida».

 

7 meses después, la Audiencia decidió. Y sí, ratificó mi absolución. Ahora – por fin – podíamos celebrar el maldito juicio de divorcio. Pero aún quedaban más sorpresas: su abogada pidió una nueva evaluación de equipo psicosocial…

Pero quería que la hiciera la empresa TAXO. Sí, esa que tiene fama de orientar sus informes hacia la custodia exclusiva para la madre.

El juez aceptó la petición, pero ¡mire usted que sorpresa! que TAXO se negó a hacerlo, esgrimiendo que ya existía un informe claro y conciso.

 

Y ellas insistían, y el juez decía que no, y ellas insistían de nuevo, y ya al juez se le hincharon los mismísimos y dijo: «si tienen dudas, hagan las partes las preguntas que consideren oportunas al equipo psicosocial que evaluó la primera vez».

Y, el equipo psicosocial, cuando le llegó la retahíla de cuestiones, dijo: «todo el mundo aquí de nuevo».

Y allí que fuimos de nuevo, madre, padre y las dos nenas. Y otra vez varias entrevistas y cuestionarios. Y, finalmente, un nuevo informe de conclusiones.

Y, en ese informe de conclusiones, viene a decir lo mismo que en el primero, pero de otra manera. Vamos, «que se dan las circunstancias adecuadas para establecer un régimen de custodia compartida»

 

Y ese informe llegó hace dos meses, y el juicio de divorcio está fijado para finales de verano, y desde el inicio de todo hasta la fecha de juicio, habrán pasado más de 3 años luchando.

Y, aunque tuve la esperanza perdida durante mucho tiempo, ahora la tengo recuperada, porque, aunque existan artimañas «legales» para convertir esto en un circo, tengo fe en que la verdad siempre, siempre le gana a la mentira.

 

Y esta es la historia de un divorcio como otro cualquiera, en este país, que esperemos que acabe con final feliz para las más importantes: nuestras hijas. Porque podremos divorciarnos de nuestra pareja, pero nadie jamás debería permitir que nos divorcien de nuestros hijos.

 

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