Muy diferente es la psicología de la psiquiatría, la psiquiatría forense y la psiquiatría forense de la meditación. Hablamos sobre psiquiatría y mindfulness e ideología con un hombre sereno y con la disposición de un aprendiz, el reconocido psiquiatra, el Doctor Gea.

¿Qué factores sociales o familiares influyen en una persona para que necesite adherirse a un dogma ideólogico y qué procesos internos ocurren durante esas reconversiones?

La decisión de identificarse con una doctrina ideológica, más o menos dogmática, no nace de ninguna necesidad real, más bien emerge del mismo ego en su continua y angustiosa búsqueda al encontrar en la ideología un sustento del que nutrirse, una guía o un plan de vida, en este caso mucho más estrecha. A más dogmática, o sea, más rígida y polarizada sea la ideología, más alejado está el ser humano de su verdadera esencia. La paradoja es más evidente cuanto más me aferro a mis creencias, pues menos libre soy y en menor grado me conozco a mí mismo. Un dogma puede aparentar dar respuesta a cuestiones básicas como quién soy o qué sentido tiene mi vida, puro espejismo.

De niños somos muy vulnerables y necesitados, el miedo y la culpa son dos elementos omnipresentes que pueden ser proyectados sobre nosotros en forma de creencias. Se nos puede educar en un mayor o menor grado de adoctrinamiento, somos esponjas. En la adolescencia estamos construyendo la coraza de la personalidad, las ideologías pueden servir de guía para dar forma a una identidad más diferenciada, aceptada a su vez por el grupo al que deseamos pertenecer. A un nivel inconsciente la decisión es individual, ya que nadie puede “inyectar” creencias sin permiso. Somos libres de soltarlas en cualquier momento, lo que requiere de mucho valor y consciencia, entre otras condiciones. El presente está abierto, creándose y desidentificarse es una opción.

La familia o la sociedad pueden influir y las circunstancias variar en función de la época, cultura, educación, etc. Por ej., dentro de un contexto con creencias fanáticas uno puede, mimetizarse o fundirse, reaccionar hacia el otro extremo ( sería lo mismo pero con otra forma ideológica), o elegir cualquier otra opción, como soltarlas o cuestionarlas. La última palabra es nuestra, se llama libertad y va más allá del miedo.

¿Por qué necesitamos creer determinadas ideas que nos desresponsabilizan y victimizan, culpando a un agente externo?

El miedo que esconde el ser humano tras la inconsistente respuesta que ofrece nuestra mente pensante al imposible sostén de la identidad, también se disimula tras la sensación de seguridad aparente que produce tener la verdad ideológica o pertenecer al grupo que cree poseerla. Proteger esta identidad pasa a ser una necesidad y no hacerlo, muy amenazador.

El inconsciente pretende defendernos haciéndonos creer que no somos responsables de lo que pensamos/sentimos y de nuestras interpretaciones o juicios. Alivia pensar que la causa es externa o reactiva y de este modo creernos víctimas. Duele menos a corto plazo, pero a largo supone caer en una trampa auto-engañosa que nos impide ver que en realidad siempre somos responsables, no culpables, de nuestra experiencia interna, decisiones, sentimientos, pensamientos y acciones.
En realidad somos víctimas y verdugos de nuestra forma de pensar, de nuestras creencias y de sus consecuencias emocionales y conductuales.

¿La radicalidad es un síntoma común en la juventud o vivimos un momento histórico particular en que esto ha aumentado?

La condición adolescente de tener que convertirse en poco tiempo en un adulto merecedor de una identidad valiosa y digna, sin saber ni quienes somos ni para qué existimos, es una experiencia muy angustiosa. Múltiples miedos emergiendo en conflicto con la biología. El temor a ser rechazados, a defraudar, a no ser nosotros mismos, la necesidad de encajar, etc., producen mucho sufrimiento que se intenta evitar a través de válvulas de escape de todo tipo…Una de ellas puede ser una ideología radicalizada, lo que implica invertir mucha energía y el préstamo de un poder identitario al servicio del ideal y de sus promotores.

Vender el alma al diablo de un partido, una religión, un movimiento social, un grupo ultra o un equipo de fútbol, entregarse a un símbolo y creer ser lo que éste significa. Es una salida más que proporcionar al vacío de la identidad. A mayor grado de frustración, rabia y miedo o inseguridad, más sufrimiento y necesidad de aliviarlo.

Es posible que ante la crisis de expectativas que ofrecen los valores, la religión o la política tradicional, diferentes formas de populismo puedan encontrar su espacio.

Los ideales son simples mapas de futuro, expectativas idealizadas. El viaje es una experiencia real, individual y presente. Desconozco si ha aumentado la radicalidad en la época actual, si bien hoy existen múltiples formas de vehiculizar o expresarse a través de las redes sociales. Es fácil comunicarse de un modo impersonal, anónimo y reactivo, también es más impactante y rentable para los medios de comunicación ofrecer este tipo de noticias, de reactividad humana.

 

¿Crees que estamos tendiendo a una identificación basada en el colectivo, en vez del individuo, con tal de escapar de nuestra individualidad y por tanto de nuestra responsabilidad de ser felices?

En mi opinión quizá sí, entre otras razones porque en lo colectivo, social, político, económico, etc, y desde una perspectiva externalizadora, matamos dos pájaros de un tiro. Por un lado podemos  quejarnos y justificarnos para situarnos en un lugar más honorable y diluido, sin apenas responsabilidad. Por otro, encontramos fácilmente a los culpables de nuestra frustración o insatisfacción en la política, en ámbitos de poder social, o quizá en el vecino.

Desde una perspectiva más profunda, tendemos a quejarnos para evitar responsabilizarnos del sufrimiento que produce existir sin sentido y sin conexión auténtica y consciente con nosotros mismos. Todo apunta hacia dentro, pero no lo queremos ver y lo proyectamos. Asumir la responsabilidad comienza por una decisión personal, por abrirnos a ser conscientes de nosotros mismos, como primer paso hacia la libertad, autenticidad y el poder interno. Desde ese espacio, ocuparnos de aprender y descubrir. Necesitamos del amor en forma de conciencia, para poder afrontar el miedo que produce ser y no saber.

 

¿En que consiste esto de vivir una vida humana que transcurre en el filo del presente?, ¿cuál es nuestra función de vida?

Crear una relación con nosotros mismos desde la consciencia, aceptación y la bondad interna, para no ser víctimas de nuestros rígidos patrones mentales y poder ofrecer el fruto de esta nueva relación a los demás, ¿tiene sentido? Nos calificamos como homo sapiens, aunque evolutivamente todavía no hemos integrado y sintonizado la mente con nuestro cuerpo para no sufrir innecesariamente. Nuestros tres cerebros, reptiliano, mamífermo y humano (mente) son inmaduros. El temor dirige la orquesta a través del ego/mente/inconsciente, lo que implica vivir con miedo, en la incoherencia, fuera del presente, dando órdenes emocionales y fisiológicas que se acumulan en el cuerpo sin reconocer su origen. No sabemos sentir y rechazamos aquellas emociones o contenidos mentales que no nos gustan, abocándolas al fondo del armario. Nos percibimos rivales, comparamos, vemos amenazas en las personas. No sabemos qué es la felicidad o el amor, y los confundimos con la alegría, el éxito, el placer o la dependencia. Nos creemos el centro del universo. Tenemos camino que recorrer.

Dado que pensamos que no estamos en condiciones de regalar nuestra paz y felicidad al mundo, esperamos que sea el mundo quien nos las ofrezca. Ofertamos sufrimiento, carencia, queja e insatisfacción a la espera de cambiar el mundo con ellas y que otros sean los abundantes, los que nos llenen. Y mientras tanto, nuestro granito de arena pendiente de ser disfrutado.

 

¿Crees que esto puede ser por la sobreprotección de los padres de estas generaciones? ¿Qué consecuencias tiene la sobreprotección en la personalidad?

La sobreprotección entendida como un mensaje de invalidación y desconfianza, una proyección del miedo y la culpa sobre los hijos y un vínculo basado en la dependencia sin fin, puede producir efectos devastadores en el funcionamiento del niño. Con esta proyección le sugestionamos para que crea que es mucho más vulnerable y débil, incapaz de valerse y asumir la frustración o el dolor, que no puede confiar en sí mismo frente a una idea exagerada de un mundo amenazador y difícil, pensar que es culpable del sufrimiento de sus padres o que necesita imperiosamente a alguien en quien apoyarse para sentirse bien, un sustituto de sus padres. ¿Qué tipo de persona soy que no puedo valerme o asumir mi existencia…inferior, inadecuada, indigna, débil…?. Esto duele mucho. Existir sin pilar interno produce mucha vergüenza y miedo.

Un adulto dependiente en el sentido del apego es especialmente temeroso, inseguro, influenciable y necesitado. Intentará evitar vérselas consigo mismo. La soledad, pérdida y la autonomía pueden ser sus principales amenazas. Es más acentuada si cabe su tendencia a la identificación con aquellos en quien equilibrar sus sentimientos de inferioridad y que le puedan ofrecer expectativas idealizadas de seguridad y bienestar.

Aunque es menos consciente de su valor, poder y responsabilidad, no creo que la sobreprotección sea el principal factor en cuanto a los radicalismos, pues la dependencia de lo externo, en mayor o menor medida, está en nuestros esquemas y en nuestra biología.

La carencia de afecto, protección o de atención, el abandono por parte de una figura de apego en quien desarrollar la confianza en los demás/mí, puede ser la semilla que mantenga activos una fuerte necesidad y su búsqueda de alivio dentro de un profundo sufrimiento. El abandono es tremendamente doloroso, genera culpa e ira, y un impulso por evitar el miedo que producen el vacío y la soledad. La vida puede convertirse en eso, en un escape que alivie dicho sufrimiento. Las dependencias pueden tomar formas distintas, de sustancias, de tribus urbanas, personas, ideologías, luchas o de todo un poco. La peor, si la culpa/rabia son muy intensas, puede ser la auto/destructividad.

 

¿Ha habido algún incremento de trastornos de personalidad o enfermedades
mentales en los últimos años?

La frecuencia de los trastornos de personalidad en la población general es elevada, estimándose una prevalencia del 10% al 13%. Esta tasa aumenta de forma espectacular entre pacientes ambulatorios, llegando a cifras que oscilan entre el 30% y el 50%, aunque otros estudios hablan del 25%. En las poblaciones clínicas con trastornos de personalidad, los TLP se sitúan entre el 30% y el 60%.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) que cifra en un 25% el porcentaje de población que “sufre, en algún momento de la vida, al menos un trastorno mental”, ha advertido del notable incremento de estos trastornos en todo el mundo, principalmente la depresión y la ansiedad, cuya prevalencia, entre 1990 y 2013, ha aumentado aproximadamente un 50%.

El Centro de Investigación Biomédica en Red de Salud Mental (Cibersam), avisa que los trastornos mentales suponen “la causa más frecuente de enfermedad en la Unión Europea, por delante incluso de las enfermedades cardiovasculares y del cáncer”.

 

¿Se puede hacer algo para evitarlos?

Existen tres grupos de trastornos de la personalidad con diferentes patrones y estructuras específicas. Los solitarios, extraños y desconfiados del grupo A (paranoides, esquizoides, esquizotípicos), los impulsivos, inestables y egocéntricos del grupo B (narcisistas, límite, histriónicos, antisociales) y los ansiosos del grupo C (compulsivos, evitativos, dependientes ). Pueden existir combinaciones de varios en diferentes proporciones. La prevención dependerá de cada subtipo y de sus causas específicas, una interacción entre la vulnerabilidad y predisposición del temperamento biológico, la influencia del ambiente familiar en la infancia/adolescencia y del entorno social.

Según cada persona concreta, uno de los tres factores puede importar más que otro. Comenzada la vida adulta, la estructura de la personalidad con patología se hace mucho más rígida y disfuncional.

 

¿Estamos cayendo en el vicio de la autocompasión? es decir, ¿se incentiva más el ser víctima que esforzarse por aportar valor real a la sociedad?

En gran medida he respondido a la cuestión del victimismo en anteriores preguntas, en cuanto a la autocompasión, es un término que tiene diferentes acepciones. Si la pregunta se refiere a la auto-indulgencia, formaría parte de un mecanismo de alivio/defensa de la culpa, búsqueda de consuelo externo y auto-refuerzo para evitar asumir la responsabilidad plena. Desconozco si se incentiva, si  bien, personas muy empáticas o poco asertivas pueden reforzarlas. Si esto ocurre estaría teniendo éxito una de las intenciones de esta conducta: conseguir el beneficio de la atención, pena o consuelo por parte de otros. Pan para hoy, hambre para mañana.

Desde la perspectiva de mindfulness y compasión, la autocompasión tiene un sentido completamente opuesto, que consiste en desarrollar la conciencia responsable y activar al mismo tiempo la intención de consuelo del dolor propio desde una actitud interna. Al asumir que en la vida humana es inevitable el sufrimiento, la compasión es entendida como un sentimiento de bondad que emerge de compartir la conciencia de la experiencia del dolor con el resto de seres humanos, para facilitar la aceptación o transformación del sufrimiento.

 

¿Qué factores químicos influyen cuando nos sentimos validados por un grupo ideológico?

A día de hoy existe una limitada comprensión de sistemas tan complejos, podemos decir que entre otras muchas funciones y según la localización cerebral, la dopamina se asocia con la motivación y el placer, la serotonina con el estado de ánimo y la calma, las endorfinas con el bienestar y la oxitocina con el afecto positivo. Todas en su conjunto se relacionan con el placer y bienestar.

 

¿Puede ser adictivo e impedirnos ser críticos con nuestras convicciones?

Todo tipo de actividad asociada a un alivio de cualquier tipo de sufrimiento, aunque sea a corto plazo, puede servir de mecanismo de evitación/escape de la experiencia interna del malestar. Se impide así acceder de forma consciente y auto-responsable al dolor emocional y a la conciencia, y por tanto tiene potencial adictivo.

Las convicciones, dado que son contenidos mentales en forma de creencias, pueden ser contempladas desde la conciencia y vistas como lo que son, simples pensamientos, objetos de mi mente. Esto permite un cambio de perspectiva a la hora de relacionarme con ellas, puedo aceptar mis pensamientos sin creérmelos como si fueran la verdad.

 

¿Qué soluciones ves para fomentar el pensamiento crítico y el criterio individual?

En mi opinión, empezando por ser conscientes de nuestra ignorancia, la conciencia es la puerta de la libertad interna. Tenemos tantos filtros para acceder a la realidad que parece arrogante creer que alguien la traduce con nitidez. Los sentidos y la percepción intentan captar la realidad, nuestros pensamientos y emociones son obstáculos que la distorsionan. Desde ese espacio uno puede darse cuenta de que cualquier contenido nace de mi mente, forma parte de mí, es lo que se llama la metacognición, ser consciente como espectador de mi propia mente.

La práctica de la meditación, entre otras potencialidades, pretende acceder a nuestra mente sabia desde la paz mental, aquella que integra el corazón con la razón. Desde los ámbitos de la educación y la filosofía también existe una responsabilidad de primera línea a la hora de ayudar a los jóvenes a desarrollar habilidades del intelecto que permitan un razonamiento sabio.

 

Los que son padres y están viendo cómo sus hijos son abducidos por nuevas tribus urbanas de carácter ideológico, ¿pueden hacer algo para revertirlo?, ¿hay alguna manera de prevenirlo?

La razones del adolescente son individuales, algunas están en su búsqueda inconsciente que trata de lidiar con el impulso y sufrimiento que produce la necesidad de pertenecer, ser aceptado y construir una identidad. Desconocemos cuánto temor y deseo o necesidad esconde cada uno, si pertenece a una familia estructurada o no, etc. Dependerá de cada caso específico, en términos generales, podríamos partir del punto donde tenemos poder: nosotros mismos. Frente a esta energía adolescente existe el riesgo de que los padres puedan hiper-reaccionar con temor/enfado pretendiendo controlarlo como si fuera un objeto, es imposible. La gestión del miedo y la culpa de los propios padres puede ser clave para suavizar la reacción de rebeldía adolescente y no empeorar las cosas. Es importante proteger el vínculo afectivo de tal modo que permita un espacio respetuoso y que a su vez facilite la transitoriedad de este período. Ayudar para que el/la joven sea más consciente por sí mismo de esta experiencia y de sus aspectos negativos que él no ve, tratando de evitar concentrar la atención en la dinámica de rebeldía que supone estar en constante conflicto con él y crear un nuevo frente de sufrimiento en la familia.

Este encono añadiría una intensa culpa en los miembros familiares que puede alimentar todavía más su necesidad de escapar, en este caso con la fuerza añadida de la ira y sus dos caras, auto y destructiva. Ofrecer una mano tendida y una respuesta (no una reacción) basada en el respeto a su experiencia, podría ser un buen puente en el que situarse.

Psicología e ideología. Entrevista a Álvaro Trujillo, Psicovlog

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