Presentación: Soy Chelo Rodríguez, psicóloga, logopeda y maestra de educación especial. Trabajadora vocacional. De ideología política ecléctica.
Madre. Amante de la naturaleza, la neurociencia, el lenguaje oral y escrito, la literatura, los idiomas y la diversidad dialéctica. Inquieta, natural, crítica e inconformista permanente. También soy Veratriz, vivo en manada en la montaña y mi casa es un hogar-refugio para recuperar, principalmente, perros desechados para cazar. Rescato regularmente, recupero y cuido de ellos los 365 días del año, colaboro con protectoras españolas, europeas, de EEUU y Canadá. Vegetariana aspirante a vegana.

“Sueño, en pequeño, con la abolición de la tauromaquia, la caza, los circos con animales, los zoológicos, los acuarios-delfinarios y demás jaulas, el hacinamiento y holocausto de los animales destinados al matadero para consumo humano…; sueño, en grande, con el reconocimiento de los animales no humanos como seres sintientes, una ley sin fisuras ni excepciones que les proteja del sufrimiento, una Declaración de los Derechos de los Animales no humanos”.

Como dice Manu Chao en su tema “Clandestino”: “Me llaman clandestino, yo soy el quiebra ley…”, de sujetos como yo se dice que somos animalistas. Pero yo no acabo de aceptar el etiquetado. Reducirme a una palabra es simplificarme en extremo y enterrar mi complejidad y diversidad personal. Es más, considero que la mayoría tenemos algo de “animalistas” y que el animalismo impregna ya el complejísimo, variado y disparatado pensamiento postmoderno. Porque creo que el animalismo moderado es, en esencia, compasión desarrollada; a ello obedece mi creencia en que pueda normalizarse. Pero para alcanzarlo no sólo hace falta que continuemos en la línea de dar a conocer la realidad del maltrato animal con imágenes, cifras, protestas y performances; implicando con ello a un número cada vez mayor de población, para aunar fuerzas y exigir una mejor legislación de protección animal; hace falta también que los grupos radicales cambien de estrategia y dejen de tratar de imponer sus propias decisiones individuales, especialmente en alimentación, estilo de vida y activismo, al resto de la sociedad. Es absurdo.
No se puede obligar a todo el mundo a ser vegano ni esperar el mismo grado de implicación o actividad que el que cada uno asume libremente. Aquí es donde radica mi “disidencia”.


Cierto que el veganismo es un estilo de vida, no una dieta, pero querer imponerlo considero que puede entorpecer esta hipotética y posible normalización del animalismo en la sociedad y en la política. Censurar abiertamente a quien no lo es o lanzar mensajes directos y explícitos para animar a serlo, opino que crea distancias insalvables con muchísimas personas que también tienen la compasión desarrollada y pueden contribuir al alcance de una ley de protección animal realista y factible. Crea fronteras, falta de entendimiento, división y hasta rechazo. Y esto no es una guerra. Se trata de informar, mostrar, enseñar, impactar y dejar fluir… Esperar. Aguardar una segura reacción, que la habrá. Progresivamente, actuales y nuevas generaciones adoptarán las actitudes y comportamientos que reconocerán el derecho animal, pero lo decidirán libremente, influidos por otros cauces que no serán la censura, imposición o sugerencia directa. De hecho el cambio ya se percibe respecto a décadas anteriores, cada vez se adoptan más y se compran menos animales “de compañía”, hay más protectoras y santuarios, las plazas de toros no se llenan, hay mayor rechazo social a la caza, los circos con animales ya no “gustan” tanto y el veganismo crece imparable en Europa y España.

No voy a hacer una disertación del Animalismo como movimiento que defiende los derechos de los animales (no humanos), no voy a profundizar en el Antiespecismo, Veganismo o Ecologismo. Voy a mostrar mi visión partiendo de una emoción llamada Compasión y que todos sentimos alguna vez. La RAE la define como un “sentimiento de pena, de ternura y de identificación ante los males de alguien” (cómo se les ve “el plumero”, asumiendo abiertamente que los animales no humanos son cosas). Seguimos.
La etimología nos dice que proviene del vocablo latín compassio, que significa “acompañar o sufrir juntos”, que implica preocuparse o conmoverse por el sufrimiento de otro ser vivo. Desde el enfoque de la religión, las monoteístas hablan de ella en el sentido que Dios siente compasión por los seres que creó; y en el budismo, el maestro de la meditación y budismo Geshe Kelsang Gyatso dice que “La compasión es la esencia de la vida espiritual y la práctica principal de aquellos que dedican su vida al logro de la iluminación… los Budas nacen de la compasión…es la mente que siente aprecio por los demás y desea liberarlos de su sufrimiento… y abarca a todos los seres sintientes sin excepción”.

Según la Psicología, la compasión es “una emoción que surge ante la percepción del sufrimiento ajeno y nos provoca un impulso dirigido a paliar el sufrimiento que percibimos. La conducta compasiva genera fuertes reacciones emocionales asociadas al sistema neurológico del bienestar”. Así pues, es algo más que la empatía -reacción cognitiva que trata de entender intelectualmente el sufrimiento del otro-, pues nos despierta un impulso de realizar una acción dirigida a neutralizar o hacerlo desaparecer. En la terapia cognitivo conductual se considera fundamental para lograr la calma y el bienestar, así como potenciar nuestras relaciones sociales.

El psicólogo Paul Gilbert (2009) afirma que para desarrollar la compasión es necesario practicar la atención hacia el sufrimiento de los demás, y que ésta se potencia llevando a cabo conductas para paliar el sufrimiento percibido. Son conductas que pueden ir dirigidas a fomentar la oxitocina, por ejemplo, el contacto físico o trasmitiendo el mensaje de que nos importan, sufrimos con ellos y queremos eliminar su sufrimiento. Como en todas las emociones, el componente emocional de la compasión se incrementa al realizar la conducta a la que impulsa. Sin embargo, tanto este autor como Atkins y Parker (2012), reconocen que los humanos tenemos miedo a la compasión porque supone entrar en contacto con el sufrimiento y eso nos hace sufrir. Aunque el sufrimiento está presente en todo momento en la vida del hombre, nuestra sociedad nos aísla de él, porque es desagradable y no queremos verlo ni sentirlo. Aun así, desde la Inteligencia emocional, se fomenta la compasión como “empatía en acción”.

Añado también pinceladas de la periodista, activista y poeta Ruth Toledano, extraídas de una entrevista. En su discurso claro, directo y conocedor del movimiento animalista, enmarca la compasión como impulsora del respeto y deseo de justicia hacia los intrínsecos derechos de los animales, y le otorga el estatus de rasgo de Civilización, en cuanto implica aceptación de las “diferencias” en los otros por diferentes motivos (uno de los cuales es la pertenencia a otras especies diferentes a la humana); y por lo tanto, conduce a la mejora en la ética y el progreso de la sociedad. Recordemos que en España el maltrato está politizado y legislado, muestra de ello es el blindaje de la Tauromaquia por parte del gobierno actual y el obsoleto Código Civil que cosifica a los animales no humanos. Pues bien, creo que somos muchas las personas conformes con esta línea de pensamiento. Pero mientras se nos diferencie y catalogue; mientras no se acepte y asuma que es natural sentir compasión, que forma parte de la especie y no sólo de puñado de individuos; mientras los medios de comunicación lancen etiquetas como dardos para referirse a grupos activistas en contra de diferentes formas de maltrato y tortura animal; mientras que determinados sectores, por puro interés económico, tratan de reducir a este cada vez mayor número de personas a grupúsculos semihippies…; mientras esto ocurra, no habrá normalización de esta línea de pensamiento.

Yo me rebelo ante la etiqueta “animalista”, yo soy una persona que como muchas otras, tengo la compasión desarrollada. Es por ello que tengo esperanza en la normalización y en nuevas políticas impregnadas de respecto animal, más compasivas, pues tal y como afirma Corine Pelluchon en su Manifiesto Animalista: “La violencia contra los animales es un ataque directo a
nuestra humanidad”.

Chelo Rodríguez

Esta entrada tiene un comentario

  1. Nuestros derechos estaran comprometidos, hasta que no tengamos una sociedad que respecte los derechos de los animales.

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