Músicos y disidencia: Johnny Cash

Johnny Cash ofrece a la cámara el (dedo) corazón mientras en sus labios se adivina un sonoro y húmedo “Fuck you!”, justo antes de un concierto en la cárcel de San Quintín, en 1969. Segundos antes rezaba pidiéndole a dios fuerza e inspiración para dar lo mejor de sí a un público compuesto de ladrones, violadores y asesinos, tan necesitados de una canción como la gente libre, pobres y ricos, ilustrados e iletrados, granjeros y directivos, rostros pálidos y jefes indios, porque en el interior de todos ellos sigue habiendo un niño. Seguro que conoces la foto; es como una estampita para malos de pro y de palo, rebeldes con y sin causa y algún que otro hipster. Decora paredes, carrocerías y epidermis en Texas, Tokio, Berlín y Madrid. Pero, por encima de todo, es una imagen que dice tanto del hombre y el artista como mil de sus canciones y leyendas; resume la filosofía vital y artística de Johnny Cash. El gesto es su respuesta a quienes le habían censurado, humillado e intentado reducir a una etiqueta desde el día en que pisó por primera vez el pequeño estudio de Sun Records en Memphis, Tennessee, el lugar que vio nacer los talentos de Elvis Presley, Jerry Lee Lewis y Roy Orbison, entre otros muchos.

Durante su vida, en lo personal y lo artístico, Johnny Cash (1932-2003) sacó el (dedo)corazón ante todo y todos cuando fue preciso, y sobre todo ante sí mismo, ante los demonios en forma de adicción al alcohol y las anfetaminas que destrozaron su cuerpo y torturaron su alma, pero no pudieron ni rozar su música; grabó varios de sus maravillosos álbumes conceptuales y religiosos y éxitos inmortales como “Ring of Fire” con el torrente sanguíneo cargado de químicos. El duelo con lo oscuro engrandeció su arte hasta lo sublime mientras el Hombre De Negro cabalgaba hacia el ocaso; la saga “American Recordings”, que grabó con Rick Rubin entre 1994 y 2003, dejó una ardiente cicatriz en la cultura popular. Johnny Cash reinó durante cinco decadas en el country, el folk y el góspel, y también fue pionero del Rock and Roll, cumpliendo mejor que nadie con los requisitos y valores sociales que se le atribuyen a las mayores luminarias del género: una infancia marcada por la tragedia, un ascenso meteórico a la fama y acceso a todos los excesos que implica, un descenso a los infiernos, unos regresos imprevistos y clamorosos a la cima…y disidencia. Mucha disidencia. Su voz de carbon y pólvora demuestra que un canto de disidencia no necesita gritos ni se apaga con la fama y la fortuna; en su repertorio apenas hay lugar para el hedonismo característico y alienante del primer Rock and Roll, que animaba a los adolescentes a usar el consumismo y los placeres como expresión de rebeldía, lo que irónicamente les llevaba a formar parte del mismo sistema que les oprimía.

La música de Johnny Cash proporciona un mensaje más valioso que el de vivir rápido, morir joven y dejar un hermoso cadáver: Cash canta sobre el hombre y el trabajo en el que quema su vida, los desiertos por los que cabalga junto a la muerte y la esperanza, sus lágrimas de hiel al quedarse sin tierra, el aullido de un tren sin destino, el olor del cañón de su revólver siempre listo, el susurro apagado de su rezo, el amor que cuanto mas arrugado, más bello, el miedo de hormigón del preso, la mirada alzada siempre a los cielos, el pulso impaciente del mismísimo universo… Por eso siguió siendo relevante cuando sus coetáneos estaban en el cielo de los mitos, el infierno del olvido o el purgatorio de la intrascendencia. Como artista, se negó a ser esclavo de las normas del sueño americano, lo que le costó ser cuestionado por su público, censurado por los medios y en los discos: declaró abiertamente su cristianismo en televisión y le llamaron al orden porque podía ofender al resto de credos. Sus álbumes grabados a finales de la década de 1960 en las cárceles de Folsom y San Quintín incluían pitidos para tapar lenguaje malsonante o subversivo. Y cuando la cadena en la que hacía un programa le prohibió interpretar una canción en la que se citaba a dios y las drogas en una misma frase, (“Sunday Morning Coming Down”) él volvió a desenfundar el (dedo) corazón y la cantó.

Como ciudadano, hizo gala de un patriotismo ejemplar-del que muchos salvapatrias actuales podrían aprender-ensalzando las tradiciones de su pais, pero también denunciando con fervor lo que consideraba injusto, desde el trato degradante sufrido por los indios nativos de Norteamérica-cuando la lucha por los derechos civiles parecía concernir sólo a los afroamericanos-a la atrocidad de Vietnam, pasando por la pena de muerte, la estigmatización del sida y por supuesto, la vejación de los presos en las cárceles. Su empatía con la cara b del mundo no era una pose, sino la expresión de su más pura esencia, el incombustible deseo de encontrar un hogar para su arte y su alma. 15 años después de su desaparición física, en nuestro presente descorazonador, es mas necesaria que nunca la inspiración de Johnny Cash y su (dedo) corazón, con el que escribía las cartas en que llamaba cobardes a los censores, con el que estaba dispuesto a apretar el gatillo si alguien se atrevía a quemar su bandera, con el que escandalizaba a los bienpensantes con titulares sobre drogas o altercados, con el que componía las canciones espirituales llenas de luz y esperanza para los que preferían verle en la cárcel en lugar de la iglesia, el (dedo) corazón que blandió ante la mismísima parca en el último disco de la hexalogía “American Recordings” , cantando “Ninguna tumba puede retenerme” Cash afirma en su canto que los seres humanos somos más complejos, profundos y poderosos de lo que nos hacen creer los que fabrican y venden identidades. Brindemos en su honor con su música a todo volumen, enseñando a la cámara nuestro (dedo)corazón mientras en los labios se nos dibuja un sonoro y húmedo “Fuck you! ”

Mahnuel Muñoz

Deja un comentario