Pablo Neruda y Perez-Reverte en el ojo del feminismo: Cuando destruir algo es mas fácil que entenderlo

Las prohibiciones solo logran despertar aún más la curiosidad del ser humano sobre el objeto prohibido, le da a tal objeto además, una importancia y un valor mayor, puesto que el obtenerlo es un logro producto del riesgo que se corre por conseguirlo. Asimismo, divide a la sociedad entre quienes buscan por todos los medios esconder o destruir ese objeto y quienes tratan de encontrarlo.
El ser humano nació para ser libre, pero, paradójicamente, el miedo que nos provoca esa libertad es proporcional a la satisfacción que sentimos cuando la alcanzamos. Así, quien prohíbe, lo hace por miedo y quien busca, no busca tanto el objeto sino la libertad que se haya impresa en él.
La famosa biblioteca de Alejandría fue saqueada numerosas veces por emperadores católicos y Califas Árabes porque temían que el “paganismo” derrumbara sus respectivas religiones. Adelantándonos un poco en la historia podemos ver a la URSS no solo censurando o sacando de circulación libros “peligrosos” sino además encarcelando a sus autores como en el caso de Andrei Siniavsky que terminó en un campo de concentración durante 6 años por circular manuscritos con ideas contrarias al régimen, por supuesto, no mucho mejores fueron los nazis o las dictaduras de derecha que organizaban grandes quemas de literatura Marxista, o la inquisición que tenía la costumbre de quemar tanto al autor como al libro en la misma hoguera… Como dije antes, había un sentimiento en común que dirigía el accionar de todos ellos y este era el miedo y más específicamente el miedo a ser refutado, contradicho: el miedo a tener que sostener intelectualmente lo que a fuerza de fusil y amenazas impusieron.
Todos y cada uno de ellos consideraba que la suya era la verdad absoluta y que la información que residía en esos escritos podía, eventualmente, cambiar el pensamiento de quien lo leyera y terminar con la desestabilización del sistema impuesto. Esta semana y la pasada muchos de nosotros desayunamos con la noticia de que un grupo de profesoras de la Facultad de Educación de la Universidad Complutense de Madrid solicitó que se prohíban en dicha universidad libros escritos por Pablo Neruda y Pérez-Reverte por considerarlos machistas. Ahora bien, esta solicitud de prohibición se debe (en gran parte) a que en un fragmento de su obra “confieso que he vivido” Neruda relata la violación de una mujer (Tamil de Ceilán) cuando era Cónsul de Colombia.
No se puede mas que repudiar un acto de esa índole en el plano personal, nada justifica una violación y podemos como seres humanos sentir un rechazo genuino por el autor si así se quiere, pero prohibir sus libros es un absurdo. Es caer en la hipócrita creencia de que las obras literarias solo tienen el valor de las acciones morales de sus autores, como si alguno de todos ellos no hubiese cometido nunca una acción moral o socialmente repudiable, es a su vez, considerar a los lectores poco más que idiotas que no saben diferenciar entre una cosa y otra. Como si el hecho de leer a un autor determinado los convirtiera inmediatamente en portadores del peor rasgo psicológico de este. Bajo ese criterio, no deberíamos leer a Edgar Allan Poe porque correríamos el riesgo de volvernos alcohólicos, propensos al juego y querer casarnos con nuestras primas de 13 años o por que no tomamos el ejemplo de una autora feminista como Simone De Beauvoir quien a través de una carta firmada también por Sartre y otros escritores y psicoanalistas de la época pedía la liberación de Bernard Dejager, Jean-Claude Gallien y Jean Burckhardt quienes habían tenido relaciones sexuales con menores de 14 años (tomándoles además fotografías) por considerar que estos habían dado su consentimiento y que la pena de cárcel les parecía excesiva.
Aun así, ninguna feminista se consideraría a sí misma como partidaria de la pedofilia por el simple hecho de leer a una de las escritoras que ha inspirado las bases de su ideología, porque en ese caso sí, saben diferenciar que las acciones (aunque puedan parecernos despreciables) de una persona, no le quita el valor a la obra en sí misma. Nadie debería prohibirles a los demás el derecho a elegir qué leer, a sacar sus propias conclusiones, a diferenciar lo moral de lo literario, a usar su entendimiento para interpretar la historia y a cuestionar esa historia.
Una vez George Orwell dijo que si tuviese que dar una imagen del futuro bajo los regímenes autoritarios sería la de una bota pisando un rostro, yo creo que debería ser la de una mano quemando un libro…
Facundo Gioveni.

Deja un comentario