Decía Oscar Wilde que la tiranía del débil es la única que persiste, y como todas las frases de Wilde, nacen de una afilada intuición que nos abre la puerta a una evidencia velada, en este caso el férreo control sobre la sociedad que marca el que es considerado débil sobre el que es considerado fuerte. Es el control del pobre sobre el rico, el obrero sobre el burgués, la mujer sobre el hombre.
Este control no se impone mediante el uso de la fuerza ni del mandato, ya que si así fuera, sería revocable, no perduraría. En lugar de eso se impone mediante la autoridad moral, una moral imperante en occidente que otorga al autoproclamado oprimido la potestad de culpar al privilegiado de su supuesta situación, de tal manera que este se siente en deuda con aquel que en realidad nunca le ha dado nada de forma altruista. Nietzsche llama a esto la moral de los esclavos y en Más Allá del Bien y del Mal culpa de su origen a los judíos, cuando convirtieron la palabra “mundo” y todos los dones que este ofrece – que en realidad son los únicos que existen y de los que tenemos certeza- en algo bajo y ruin, al tiempo que se ensalza el espíritu, lo inmaterial, lo invisible, en otras palabras, la nada.

El máximo exponente de esto lo tenemos en el más importante judío de la historia, Jesús de Nazaret, que en su más famoso sermón les entrega los cielos a los pobres de espíritu (mikrós pneûma) bajo la promesa de que los últimos serán los primeros.
Así es como el bueno deja de ser el valeroso, el capaz, para pasar a serlo el humilde, el pobre, el desgraciado, el cual desde el púlpito de su miseria será el único con potestad para juzgar la vida ajena, para señalar como defecto lo que antes hubiera sido considerado una virtud, por supuesto sin escatimar demagogias, generalizaciones y burlas que nunca son reprochadas y de las que incluso se espera que acepte de buen grado el supuesto opresor, convirtiendo su mayor “privilegio” en la prohibición de quejarse.

Al mismo tiempo cualquier comentario o acto que afecte a un colectivo oprimido será mirado con lupa, sobre todo cuando sea el supuesto opresor quien lo haga, presuponiéndole siempre mala fe, de tal forma que hasta abrir las piernas en el transporte público rozando las del al lado dejará de ser considerado un acto de mala educación realizado en pos de una mayor comodidad y pasará a considerarse un acto machista que busca acaparar el espacio público robándoselo así a las mujeres, las cuales por cierto jamás serán criticadas con igual dureza por poner los pies encima de otro asiento, sin importar que con ello provoquen que otros acaben con los pantalones manchados.

El efecto de esto en una sociedad gobernada por las apariencias, en la que el decir y el parecer se imponen al ser y al hacer, es que el victimismo campe a sus anchas. Todos quieren autoproclamarse oprimidos a toda costa, por ello gente que simplemente es algo introvertida o extrovertida se autodiagnostica autista o bipolar, aunque nunca hayan pisado la consulta de un psicólogo; por ello hay tipos que afirman que su género no es masculino sino indeterminado, aunque siga prefiriendo que se le hable en masculino y no haya ni rastro de su ambigüedad en su apariencia o actos; y por ello los políticos hablan de que es necesario coger el transporte público, mezclarse con la gente y huir de las urbanizaciones privadas, aunque luego vivan en un chalet de 600.000 euros ubicado en la sierra.

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Experto en Igualdad

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