¿Quiénes representan a los que viven por debajo de la línea de la pobreza?

¿Acaso el mismo estado, en su representación e institucionalidad, que los somete a la indignidad de no generarles la posibilidad de que puedan salir de tal piélago de la marginalidad sin límites? ¿No constituirán acaso, la marea de pobres desperdigados por los diversos rincones del mundo, una nación que, en la petulancia de su naturalidad, no pueda organizarse social, política ni teóricamente?¿No debería imperar un categoría política que imponga, o en el mejor de los casos disponga, de la existencia efectiva y real de esta nación apátrida pero con la firme necesidad de que emerja en forma prístina y contundente, bajo una declaración o manifiesto, la voz de los que necesitan con premura y urgencia volver a ser considerados humanos por quiénes nos decimos sus pares?

 

La organización de los estados nunca se ha realizado mediante factores específicamente económicos, pese a que a lo largo y a lo ancho de todas y cada una de las historias que forjen de sí mismas, tendrán inequívoca y principalmente que ver con lo económico. Ni cuestiones culturales, idiomáticas, étnicas o religiosas debieras ser más determinantes para organizar a un conjunto de habitantes de un espacio dado (cuando el espacio físico compite o se dispersa en otro tipo de espacios como el virtual, el imaginario o el simbólico) que la razón económica o que la realidad de cuantos de sus respectivos integrantes tienen para comer, para subsistir, y cuántos de ellos no.

Si una organización supracional que se precie de respetar -o de hacer respetar- los derechos universales del hombre existiera, debiese inmediatamente forjar a la constitución -o el andamiaje de las mismas cartas magnas- que se validen a nivel internacional para la conformación de estas naciones, o en su defecto de la única nación que contenga a todos y cada uno de los pobres desperdigados por los diferentes rincones del mundo.

 

La nación de los pobres, en su conformación, debe solamente existir en la sinrazón de que la pobreza sea aceptada, es decir, no combatida por los otros no pobres que habiten en los diversos países del mundo. La constitución de este hermanamiento, que respondería a una reacción obligada de supervivencia, dibujaría una escenografía en la política internacional que establezca lo verdaderamente primordial en la razón de la constitución de las organizaciones por las que se nuclean los seres humanos.

Nada podría discutirse antes en términos políticos, que no sea el tomar los caminos más adecuados para que lo antes posible mayor cantidad de seres humanos transiten la senda del abandono de la pobreza.

 

La nación pobre, mediante una sistematización símil a la democrática, debiera establecer una suerte de elección, en busca de un representante de fuste que oficie de presidente o de primer ministro, y que más allá de donde geográficamente, y de acuerdo a las divisiones políticas actualmente reconocidas, estén desperdigados esos pobres, sean principalmente representados por el líder de esta nación que exista al sólo efecto de que el pobre deje de ser tal, o al menos se encamine un trazo reconocido a nivel internacional hacia ello.

Ni el pobre en cuanto a su pobreza, ni el no pobre en la riqueza de su condición de no tal, debieran no accionar en este sentido para alumbrar una humanidad que se corresponda con lo fundamental en su cometido, que no sea indigna para sí misma, que no se traduzca en la peligrosidad de escindir a otros a los márgenes de lo soportable.

 

La constitución de la nación pobre es una obligación moral para todos los no pobres, que debemos instar a los que hemos empujado o los que han caído en la pobreza (para el caso es igual) a que se organicen políticamente, para estar representados en el concierto internacional mediante quién los represente en la dimensión más auténtica, pura y natural, que es la de la pobreza de la que son víctimas,  y de la que deben salir por un mandato de nuestra propia humanidad.

Sólo de esa nación pobre, de esa estructuración del principal problema a resolver de lo humano, podrá salir algo que signifique una mejora, un giro de nuestra condición y por ende una perspectiva, un pliegue que nos conduzca a un estadio en donde podamos empezar a consensuar, con sentido y razón, mediante otro tipo de preocupaciones que nos embarguen o que nos preocupen, y a través de las cuales podamos organizarnos desde tal libertad conquistada, ganada y vivida desde la salida de la noción de la pobreza, habiendo constituido para ello la nación de los pobres con todos y cada uno de los reconocimientos políticos e institucionales que le podamos otorgar, a lo que no es más que una evidente y palmaria realidad a la que debemos brindarle el marco formal y de reconocimiento para que deje de ser tal.

 

Francisco Tomás

Publicó su primera Novela “El Macabro Fundamento” en el año 1999. Editorial Dunken. Publica su segundo libro “El hijo del Pecado” Editorial Moglia. Octubre de 2013. Publica su tercer libro, primero de filosofía política,  “El voto Compensatorio”, Editorial Ediciones Académicas Españolas, Alemania. Abril de 2015. Publica su cuarto libro, segundo de filosofía política, “La Democracia Incierta”, Editorial SB. Junio de 2015. Quinto Libro, ensayos de filosofía política, “El acabose democrático” Ápeiron Ediciones. Agosto de 2017.  

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