“La nobleza se define por la exigencia, por las obligaciones, no por los derechos. Noblesse oblige…los privilegios de la nobleza no son originariamente concesiones o favores, sino por el contrario, son conquistas…noble significa el conocido, se entiende el conocido de todo el mundo, el famoso, que se ha dado a conocer sobresaliendo sobre la masa anónima. Implica un esfuerzo insólito que motivó la fama. Equivale, pues, noble, a esforzado o excelente”. (Ortega y Gasset, J. “En tiempos de sociedad de masas”. Editorial Taurus. Buenos Aires. 2013. Pág. 125).

 

En una clara – pero no por ello burda – referencia al consagrado texto que consagrara, a modo de síntesis, cierto pensamiento del gran filósofo español José Ortega y Gasset, mediante lo que se dio en llamar “La rebelión de las masas”, bien podríamos escudriñar los sucesos actuales, que bien se determinarían en el significante de los tiempos de la “posverdad”, como el que nos conducirá a una rebelión de los nobles, o que finalmente derivará en la misma, definiendo con ello un nuevo sistema de categorías para el manejo y la administración de la cosa pública, lo que es decir una resolución -desde otra perspectiva – de las tensiones que ofrece el poder humano en su manifestación como latencia.

Nos sigue aleccionando Ortega que la nobleza que supo diseccionar, desde nuestra concepción occidental (a diferencia de la oriental), se transmitía o se transfería de una generación a otra, es decir, conllevaba un carácter hereditario. Noble era quien tenía padres o abuelos que se hubieron de destacar en sentido contrario a como se concebía; esa misma nobleza en China, donde el extraordinario, de acuerdo al grado de su destaque, brindaba post-mortem la heráldica simbólica de la nobleza conseguida a sus antecesores.

La agudeza de la visión en su análisis llevó, como el mismo suscribiría, a que sus definiciones fueran tratadas como proyecciones o futurismos, que en verdad no eran más que conjeturas, como todas, apreciadas y ajustadas, de lo que aún sigue siendo nuestra época social y política.

 

Al haber heredado la luz de sus antecesores, los nobles, o tratados como tal por el esfuerzo de sus predecesores, terminaron de masificarse, es decir, devinieron en tales adquiriendo, de acuerdo a Ortega, la característica superlativa de indóciles, desde una faceta que tal indocilidad política proviene de una indocilidad moral e intelectual.

Estamos, en presencia – en líneas generales – de la clase dirigente de nuestras últimas décadas. Los que, a la luz del esfuerzo de esos otros, en el mejor de los casos familiares o vinculados (en Iberoamérica se percibe mucho mediante la figura de los supervivientes o resistentes de los principales afectados por los golpes militares o dictaduras cruentas), dejaron de esforzarse (en verdad nunca se lo plantearon), dado que no necesitaron tal brillo (que les fue dado por herencia) para ser ante la sociedad que los fue ubicando en un pedestal, al que solamente se dedicaron a mantenerle el lustre, tras la masificación acomodaticia que les proponía y propone el actual sistema política y de mercado, que bien podría definirse de multiplicación infinita, pero de acumulación para unos pocos, dentro de los que consabida y obligadamente están ellos mismos como mantenedores o conservadores de tal estado de cosas.

 

Lo siguiente parecerá un ejemplo grosero y pertinaz, pero no deja de ser significativo. Muchos de los hombres que más acumulan en el sistema económico y social, los que están en la cima de la lista de los millonarios, declaran que no dejarán tal herencia (es decir la mayoría de esos millones) a sus propios hijos, como la mejor de las herencias que le pudieran otorgar. Lo que buscan, lo que pretenden, es precisamente, que sus vástagos sean nobles, que se puedan esforzar y no terminar masificados contando papelitos pintados que, de acuerdo a ciertas convenciones, en determinado momento y bajo ciertas circunstancias, puede tener un valor de cambio o de transacción.

Independientemente de esta digresión, que no deja de ser importante, pues creemos que uno de los síntomas de nuestro actual período es el prestigio (es decir, la confusión de lo que significa un esfuerzo, la nobleza) que le dan atribuladamente a las personas que tienen bienes materiales (incluso a prestamistas y usureros, es decir, que ganan inmoralmente sólo por tener) por ese simple hecho de tener, de mantener o de acrecentar, escatimándoles a los que se esfuerzan, sobre todo en lo atinente a lo valioso que puede tener un ser humano, como los que trabajan en las manifestaciones artísticas o promueven el pensar (además de los pobres y marginales, es decir, los que no tienen. El actual sistema, segrega con la misma iracundia a los que se dedican a tener, pretender o invitar a buscar libertad de pensamiento o de expresión).

 

Algunos piensan, creen, sienten, diagnostican, conjeturan, que las revoluciones por venir (en el sentido Orteguiano de que las revoluciones son implantaciones de un nuevo orden que tergiversa el tradicional) provendrán desde un género determinado (replica y fuerte, como otrora la imaginación al poder, la pared pintada con el axioma “la revolución será feminista o no será”), habiendo asumido, que no llegará desde una clase determinada por parámetros económicos o sociales (proletarios, los de abajo; los de afuera, indignados).

 

Nosotros creemos que será la revolución de los nobles (de rebelión ante sí, a revolución para sí, para lo otro), entendiendo tal categorización como la describimos desde su concepción Orteguiana, facultada y favorecida por tener que ir en búsqueda de algo que no posee, y, sobre todo, porque a diferencia de los masificados que por gula, atragantamiento, como por pobreza, marginalidad e imposibilidad (esta es la razón por la que el actual sistema político sostiene su mayor legitimidad entre los representantes y sus empobrecidos representados) no tienen siquiera la voluntad, ni de leer, ni de comprender, y mucho menos de actuar en consecuencia para evitarlo. Por el momento ríen disfrutando de lo heredado, tampoco se hará demasiado problema cuando lo dejen de tener (el manejo, la administración, el poder) dado que nunca les ha costado.

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Francisco Tomás

Publicó su primera Novela “El Macabro Fundamento” en el año 1999. Editorial Dunken. Publica su segundo libro “El hijo del Pecado” Editorial Moglia. Octubre de 2013. Publica su tercer libro, primero de filosofía política,  “El voto Compensatorio”, Editorial Ediciones Académicas Españolas, Alemania. Abril de 2015. Publica su cuarto libro, segundo de filosofía política, “La Democracia Incierta”, Editorial SB. Junio de 2015. Quinto Libro, ensayos de filosofía política, “El acabose democrático” Ápeiron Ediciones. Agosto de 2017.  

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