Muerte y resurrección del feminismo, un desvío teológico permanente

Guillermo Ruiz

Lanzando preguntas de forma encadenada, como si la carrera no tuviese que ver con la meta, sino con la propia acción de correr.
Soy un ferviente defensor del pensamiento crítico, del análisis en profundidad y de la filosofía, tablones a la deriva a los que agarrarnos en este océano de posverdad.

Michel Foucault abrió el camino a un nuevo desarrollo del concepto Poder, alejándose de la “administración” poseedora y contenedora que definió Montesquieu. Para Foucault, el poder no es estanco (no se posee), sino que se ejerce. Hay poder en cada relación social, y con él hay conflicto. Pero, ¿cómo se ejerce el poder, qué herramientas se utilizan para difundirlo y ampliar su ámbito de actuación?. Foucault responde a esta pregunta usando para ello la figura de las tecnologías de producción de subjetividades (“dispositivos” para Agamben) que utilizan la normalización de saberes y establecen las normas que “producen” la normalidad. Podemos deducir entonces que si algo se considera “normal”, es que existe una norma, y para ello alguien ha debido definirla previamente.

Nace con Foucault la “Biopolítica”, un análisis del poder “de vida”, en contraposición al poder “de muerte”. Si antes el Poder prohibía abiertamente, ahora desarrolla su normalización en el sentido contrario: propiciando la difusión de normas concretas que identifican y excluyen. Pasamos, por ejemplo, de no hablar de sexo a hablar en todo momento de UN tipo de sexo concreto, considerado normativo y, por tanto, aceptable, excluyendo a su vez lo “no-normal” como parte del desarrollo dual en el que se centra nuestro pensamiento. La producción de saberes se vuelve exponencial y clave como moduladora del pensamiento y de sus sujetos.

Bajo estas premisas afrontamos un debate en el seno del feminismo, ejemplificado en 2017 en posiciones enfrentadas como las surgidas a raíz de la campaña #HolaPutero. Si bien el término “producción de subjetividades” ha sido clave en la filosofía feminista para (re)pensar aspectos como la dimensión política del Género y la posición de la mujer en la esfera pública y privada, ahora, la crítica de los feminismos disidentes reclama un análisis profundo sobre cómo el feminismo institucional está aplicándolo y, a su modo de ver, dejándose influenciar por las corrientes hegemónicas o radicales.

Sobre qué versa el debate feminista más allá de la crítica a acciones concretas de una u otra posición como #HolaPutero, ¿podemos entender el feminismo como un conjunto de ideologías con un marco común: la igualdad, o estamos debatiendo por otras definiciones que incluyen la identificación y exclusión? y, en tal caso, quién es el sujeto del feminismo, quién ha sido y sigue siendo sujeto del patriarcado, qué papel juega la lucha de clases en el tablero de la tensión feminismo-patriarcado, quién debe producir las nuevas subjetividades “no-patriarcales”. No parece adecuado llegar a conclusiones simplistas al respecto en una filosofía revulsiva y transformadora que pretende, no sólo criticar el corpus teórico de la sociedad patriarcal, sino construir un nuevo status quo.

Para @TowandaRebels, las promotoras de #HolaPutero, el abolicionismo es una necesidad moral, un proceso lógico en la consecución de una nueva realidad del cuerpo de la mujer, apartado durante siglos de su auténtica Dignidad por parte de los intereses machistas. La Prostitución, independientemente de las formas y motivos de la profesión (acción para quienes no la consideran tal), va en contra de la Dignidad, pues somete el cuerpo de la mujer a procesos violentos para con su condición de mujer, ergo se considera contraria al propio feminismo. Una feminista, sentencian, no puede considerarse prosex.

La crítica de los feminismos llamados disidentes, en el que incluímos una amalgama de corrientes, desde la liberal hasta la prosex, pasando por la queer, apunta directamente a las bases teóricas que el feminismo hegemónico de @TowandaRebels defiende. Asumir una moral determinada valida aquella establecida previamente por el patriarcado, concretamente por la teología en su posición respecto al cuerpo. En este sentido, Paul B. Preciado, en su charla “El burdel del Estado” analiza la construcción del concepto moderno de prostitución en el siglo XVIII como “contenedor de males” (sífilis) y la gestión de sus trabajadoras (funcionarias públicas) mediante la deuda. Qué duda cabe que el proxenetismo actual basa su explotación en este término: deuda, y asume la trata desde la posesión y disposición del cuerpo de mujer, un delito que atenta contra los derechos humanos, luego, ¿no es menos cierto que la producción de saberes al respecto ha normalizado una concepción estigmatizada de la profesión, al asociarla únicamente a la explotación, evitando el debate en torno a la voluntad de los sujetos? Desde esta perspectiva, el conjunto de praxis y en y de la prostitución, relacionado con el entorno, la salud, la seguridad, la medicina y un sinfín de áreas no solo pasan a un segundo plano, sino que se consideran también estigmatizadas, careciendo de espacio en los foros públicos normativos. Se aparta a la prostitución de “el Saber”, mientras que la prostitución continúa produciendo saberes en entornos disidentes. Tomemos como ejemplos de éstos los producidos en espacios de debate prosex, asociaciones y manifestaciones de profesionales del sexo en redes sociales, por tanto no podemos afirmar que las prostitutas asuman la identificación impuesta desde el abolicionismo (y, si me permiten, desde lo institucional), sino que se revela tanto en la teoría como en la práctica, mediante personas que voluntariamente la ejercen, apoyan y producen conocimiento, rechazando la trata y los abusos de poder, propios de la alegalidad/ilegalidad a la que es recluida la actividad. El feminismo prosex y el feminismo abolicionista comparten un mismo objetivo: la dignidad del cuerpo de la mujer, con la (gran) diferencia metafísica de la pregunta clave: ¿Dónde radica esa dignidad? Mientras para el abolicionismo está en la posición moral de quienes juzgan la profesión, sin formar parte del colectivo, para el feminismo prosex está en la praxis de quienes sí lo hacen.

Pero, por qué estamos asistiendo a un debate de tanta intensidad en el propio feminismo en torno al cuerpo de la mujer. ¿Qué significa que el feminismo radical vuelque su producción en este ámbito?

Apoyándose en la pregunta sobre la gestión de los usos del cuerpo de la mujer, el feminismo disidente plantea cuestionar las reivindicaciones feministas radicales y hegemónicas como un ejercicio representativo poco fiel para con la realidad de las mujeres actuales. Los dos argumentos en los que se sustenta esta cuestión son, por un lado la predominancia de la escenificación sobre el análisis (una de las características del pensamiento posmoderno) y, por otro, la mejora sustancial de las características igualitarias en las esferas públicas y privadas de la vida de las mujeres en las últimas décadas. Es así como el feminismo disidente identifica al feminismo radical como aquel más interesado en mantener una posición alarmista que en analizar las nuevas realidades que retrasan el avance en materia de igualdad. Es en este punto donde el feminismo disidente cuestiona al feminismo radical: ¿Tiene entonces validez desde un punto de vista de la práctica feminista, seguir defendiendo la producción de saberes orientados a mantener posiciones propias de otras épocas, creadas para cuestionar otras problemáticas? ¿o se trata de una suerte de escenificación que trata de maximizar la difusión de corrientes concretas, en este caso las radicales y hegemónicas, lejos de un legítimo interés de cambio? y en caso de ser así, ¿no está el feminismo radical asumiendo una suerte de línea discursiva más propia del pensamiento patriarcal?

No parece que nos encontremos ante una cuestión tan simple como quién es o puede ser feminista y quién no por apoyar o rechazar posiciones concretas como las de #HolaPutero, sino a una tensión interna en la que la disidencia cuestiona la asunción de fórmulas propias de la teología. Identifican así al feminismo radical y hegemónico como ideologías que ralentizan la utopía igualitaria pensada tiempo atrás por el propio feminismo, pues tensionan el cuerpo de la mujer y sus usos, independientemente de la voluntad, mediante la aplicación de una posición moral única. Supone un desvío teológico permanente, un desvío hacia la producción de subjetividades bajo el paraguas de la lógica teológica, identificada como exógena al movimiento y contraria a las reivindicaciones feministas.

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