Si no es por los demás nunca tendré claro quién soy, ni cómo pienso. Ni aunque mantenga la mirada fija e intimidatoria hacia el espejo y me confiese: “Eh, tú… ¿Qué quieres de mí? ¿Eres de izquierdas o de derechas? Venga, va… ¡contesta! La calle te juzgará si no lo haces ahora”. Acabarás antes si preguntas mejor a tus haters, ellos sí que son rápidos, y precisos, para catalogarte…

Ni si quiera, en los tiempos que corren, podrás defender tu dignidad, para eso ya están las asociaciones y colectivos. “¡Déjanos pensar por ti!”. Así funciona toda esta factoría a la que llamamos sociedad.

Una inesperada, y visceral, transformación de la colectividad ha abierto las diferencias en este país que, hasta hace poco tiempo, parecían enterradas. Justo cuando las posturas ideológicas y sociales estaban más cercanas, de pronto, todo estalló por los aires. Las malas gestiones de los gobernantes y un ciclo cargado de recortes, hizo que los españoles nos replanteáramos prácticamente todo lo que antes se creía perfecto.

La calle enseñó los dientes y plantó cara. Pero de aquel movimiento romántico del 15M, también llamado movimiento de los indignados, poco queda. Por no decir nada. Salvo la Puerta del Sol y las Redes Sociales, que tan importantes fueron para aquel hito histórico. Respaldar que Podemos fue el corazón el 15M es tan falso como el máster de Cifuentes. Porque no es lo mismo afirmar que la formación morada nació de aquella multitud, a decir que aquella multitud significó Podemos.

Nadie supo entonces cómo hacer su trabajo. La recién nacida oposición no tenía una estructura política viable, ni siquiera tenía un programa planificado. Todo eran berrinches de patio de colegio. Este país había caído en las manos de la corrupción y navegaba, esperanzado, sobre una oposición que se aferraba a la banalidad de la sinrazón y el ruido inservible de un patio de vecinos.

Esto se trasladó al exterior, a la vida real. Cuando la ventana de las dudas se abre, la demagogia también se cuela entre las soluciones posibles. Y así ha sucedido y sucede hasta ahora. El apoderamiento de la verdad es una moda estúpida que engalana a gente estúpida. La anécdota de aquel conocido borracho de pueblo que de forma lastimosa lanzaba paridas al entorno en busca de unas soluciones que no tenían sentido, ha pasado de ser graciosa a ser peligrosa. Porque ahora en esta era digital, donde existen puntos de encuentro (virtuales y reales), también se movilizan ejércitos de imbéciles. Y sus fechorías no acaban nunca en la barra de un bar, sino que son seguidas por hordas de pajilleros y hasta llegan al Congreso.

De pronto empezó a fastidiarnos todo. Cualquier idea era cuestionada con una rabia más cercana al odio que al debate. La libertad de expresión empezaba a molestarnos. Los puntos inamovibles del pensamiento se hicieron latentes. “O conmigo, o contra mí”. El votante se había convertido en un fan, y el político en una especie de Dios pagano al que estaba prohibido contradecir.

‘De aquellos barros estos lodos’, como se suele decir. Nadie sabe tanto sobre uno mismo como la opinión externa. Los radicalismos pululan en una sociedad que trata de avanzar con normalidad.

Hace unos días, mientras desayunaba, me ocurrió una anécdota muy divertida, o preocupante, según se mire. Y que perfectamente podíamos bautizar como fábula final.

Provengo de una familia creyente. Es cierto. Pero, al parecer, “fui obligado a matricularme en un colegio religioso para mantener la senda familiar”. Lo decía un tipo al que conozco relativamente poco (aprovecho para darle las gracias y, al mismo tiempo, lamentarme por vivir 35 años engañado).

Su teoría podría tener sentido de no ser porque, tras doce años en dicho centro, no creo en Dios. La única cruz que podría salvarme la vida está en las quinielas.

Lo interesante del caso es que este chico pertenece a una familia de ideología extrema. No lo escribo por rencor o despecho, me lo contaba él, orgulloso, mientras sostenía que su abuelo, padre, madre, y hermanos, mantenían exactamente el mismo pensamiento. Muy normal todo hasta que, como sentencia final y tras un nuevo trago, aseguró que el adoctrinado era yo…

@JosCarlosValver

José Carlos Valverde

Se siente incómodo en todas las dicotomías, adora las zonas grises. Huye de los espacios de ideología cerrada. Cree en la diversidad, por ello escribe para ser convencido, no para convencer. Defensor radical de la libertad de expresión. Sus temas preferidos son los colectivos sociales y la política.

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