“Tenemos que empoderar a la mujer”.

Acabo de colgar el teléfono y esa expresión sigue resonando en el interior de mis oídos. Es molesto, créanme: empoderar a la mujer. Yo soy más de líneas de respeto y equidad. Que empoderar a alguien se asemeja demasiado a empalar. Y ni yo soy Vlad tepes, ni su estilo me gusta.

Como individuo empiezo a sentirme acorralado social y moralmente. Por un lado siento vergüenza y rabia por la triste realidad de tener que continuar enterrando a mujeres inocentes día tras día. Me repulsa ver los rostros de esos monstruos que, en el último y sucio alegato que le queda de dignidad, caminan cabizbajos y esposados hacia comisaria. Como si iniciaran así su particular y miserable penitencia. No lo soporto…

Pero también me siento coaccionado como hombre, sintiendo una deuda moral y sutil que me obliga a claudicar en la sumisión por el mero hecho de ser varón. Desde luego nadie es verdugo, ni santo, por herencia biológica. Y eso también está ocurriendo en nuestra sociedad. Porque no sabemos trabajar en base a la igualdad, a la igualdad de verdad. Las leyes descuelgan y señalan al hombre como enemigo de la mujer; la sociedad sigue castigando a mujeres. Dos frentes y una fractura en la convivencia. Ninguna respuesta al problema. La solución queda en el limbo. La guerra cultural no solo ha mantenido las trabas, sino que ha ensanchado las distancias sociales y las relaciones entre individuos. La sociedad se ha fracturado. O conmigo o contra mí. Si quieres ser mi amigo, primero tienes que odiar a mis enemigos…

Porque hay cosas que no se están haciendo bien, a las pruebas me remito. Valga como ejemplo el documental “Silenciados. Cuando los maltratados son ellos”, de Nacho González, que ha destapado un aluvión de críticas tan innecesarias como injustas. Ha sido boicoteado y ninguneado por asociaciones que, en su radicalismo, han hecho más daño a sus propios intereses que a los ajenos. Se han paralizado proyecciones, insultado, amenazado… Paradojas de un contexto urbano que se apoya en la poscensura y en su mutismo; en los escarnios y los linchamientos sociales y digitales (no hay que olvidar que la sociedad de hoy teme más a todo este movimiento hiriente que a una orden judicial). La incongruencia de un colectivo apegado a la izquierda moderna y que otrora ha sufrido, en sus carnes, los latigazos de la censura que curiosamente hoy utiliza como arma más fiel.

En las revueltas interiores de mis pensamientos siento la obligación de callar todo esto, y aceptar, una vez más, que yo también soy culpable de algo que atormenta a los demás, sin saber exactamente por qué. Pero me insinúan de forma pragmática que lo establecido en el código ético del hombre ha de partir de la anulación individual y de género. Porque así, tal vez, se pueda ser mejor persona. Y eso me molesta, porque situados en la misma base moral, ningún individuo es mejor que otro. Sobre todo porque yo, como tantos, no hemos hecho nada. Porque no está en la base del género el ser superior o inferior, pero tampoco residen acciones morales o inmorales de forma adscrita. Porque solo un monstruo es capaz de hacer atrocidades. Pero tocar estos temas, siendo hombre, es tan arriesgado como unir dos cables de corriente sin protección.

Deduzco que en la cumbre del liberalismo, y ya en pleno siglo XXI, la sociedad que se aleja de la diferencia y se acerca al individualismo social, ese donde los sujetos interactúan en base a un bien común, sin distinciones, entenderá que mis palabras nacen desde una reflexión plural e igualitaria. Porque creo que es preciso trabajar en una misma dirección. Aceptando que hombres y mujeres son individuos, y que cualquier tropiezo en la balanza de la equidad puede dañar a unos pero también a otros. Desgraciadamente esta caza de brujas se ha transformado en un tema social plagado de minas, haciendo que el debate sea sumamente delicado. Por eso la imparcialidad es el único factor de ley que debe imperar en una sociedad paralela. Y sobre todo, trabajar en base a una justicia que eleve el castigo a la violencia a su cota máxima, y por encima de cualquier género. Todos somos iguales.

Ya lo decía Mary Wollsftonecraft, una de las grandes feministas del siglo XVIII. “No deseo que las mujeres tengan poder sobre los hombres, sino sobre ellas mismas”. Creo que poco más se puede añadir, pero sí queda mucho por hacer…

@JosCarlosValver

José Carlos Valverde

Se siente incómodo en todas las dicotomías, adora las zonas grises. Huye de los espacios de ideología cerrada. Cree en la diversidad, por ello escribe para ser convencido, no para convencer. Defensor radical de la libertad de expresión. Sus temas preferidos son los colectivos sociales y la política.

Esta entrada tiene 2 comentarios

  1. voy a decir que solo estoy de acuerdo contigo en una cosa: a mi tampoco me gusta la expresión de «empoderar a la mujer» que es eso? yo no necesito empoderarme porque jamás perdí poder y el único poder que necesito es el que pueda ejercer sobre mi misma y sobre mis derechos, no pretendo ni nadie debería pretender ejercer ningún poder sobre otros.Eso por un lado, ahora toda la teoría conspirativa de la izquierda y el feminismo ya me tiene bastante harta. Declárense como militantes de ultraderecha y ya está , ahorrémosnos el discurso.Soy feminista, no soy feminista radical, de hecho no creo que eso exista y me considero libre de elegir políticamente a quien crea o sienta que me representa, llámese izquierda o como se llame o sino que tome la derecha la posta de toda la problemática de la violencia hacia la mujer que seguramente los vamos a escuchar, pero como no creo que eso suceda, no les queda otra que inventar teorías conspirativas absurdas que no conducen más que a pretender invisibilizar tal como mencionas en un principio todas las muertes de mujeres en manos de monstruos del género masculino…porque a la familia de esas mujeres muertas, a sus hijos huérfanos poco les importa de teorías ridículas, solo quieren, queremos que se haga justicia, que no suceda nunca más. Comiencen a promover sus carreras políticas y sus libros de otras maneras mas honestas, que las hay, apelen a su talento si es que lo tienen y dejen de ser cómplices de los asesinos, de todos cuantos ejercen contra la mujer todo tipo de violencia desde la institucional hasta la violencia física….porque el mundo está cambiando a pesar de ustedes y no nos vamos a olvidar de sus nombres.

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