Salir a la palestra pública como ácido columnista y decir, sin pudor y a pecho  descubierto, que no apoyo los movimientos propuestos para hoy, 8 de marzo, me dejaría terriblemente vacío el contador de la ética. Porque tal vez esté contaminado por los sectores exacerbados y revanchistas que tienden a adueñarse de las corrientes sociales y a los que nadie quiere (intereses económicos varios) poner freno, no así de los diferentes prismas de visión que construyen la verdad. Aunque el riesgo mayor resida bajo la tutela del género, y ser varón me condicione a un linchamiento digital y social con un insufrible e ilimitado número de corsés por el simple y mero hecho de ser un hombre. Tediosa y absurda dicotomía (hombre vs mujer) creada por la guerra cultural de la sociedad posmoderna.

Vivo en un pueblo venido a menos de poco más de veinte mil habitantes. Con un ritmo cultural grande para una villa pero pequeño para una gran ciudad. No es una cuestión de calidad, sino de cantidad y receptores. Si los corsés y etiquetas personales caen de la nada y de forma malintencionada tras un post de Facebook que ha sido tergiversado, imaginaos, en estos tiempos de guerra cultural y poscensura lo que significa exponer tu opinión a la masa. Sobre todo si esa aglomeración de personas se cruza diariamente contigo por las zonas comunes de tu localidad. Confieso que a veces, he tenido que cambiar de acera. Lo que en el argot digital significaría eliminar un contacto.

Mi pueblo es particular para todo. Y cuando digo para todo, quiero decir para todo lo que no concuerde con ideología, política, sociedad entre dos personas… De las dos opiniones contrariadas acabarían naciendo seis; de las seis siguientes, saldrían quince, y así eternamente. Es quisquilloso para el debate, y rebelde para las injusticias, o al menos lo era.

Hace unos meses escribía una reseña cultural para un espacio literario. Minutos después de salir a la luz pública, alguien llamó ofendido al director editorial del medio para comunicarle su desacuerdo con mi opinión. Hasta ahí todo normal en lo que a exponer un pensamiento se refiere. Lo que ocurre es que el debate no era un cruce de opiniones, sino más bien de intereses. El motivo era que en mi columna, hacía referencia a varios autores que residían fuera de mi localidad, no hablaba de un autor en concreto. O mejor dicho de su autor. Un literato que nada tenía que ver con el contenido de mi artículo, ni tan siquiera con la temática. Un temática, por cierto, que se alejaba de la opinión y se acercaba más a la crónica. Tremendo. Era la primera vez que alguien se indignaba por algo que ni tan siquiera había escrito. Una forma sutil y  versátil de estrategia censuradora. “Tú puedes decir lo que desees, pero ¿por qué no hablas de lo que yo quiero? Lo mismo sucede con las asociaciones feministas. Mañana, tres de ellas saldrán a la
calle para, según tengo entendido, protestar por la brecha salarial y la igualdad. Y digo tengo entendido porque a medida que trascurren los días, menos claro tengo que sea (solo) eso lo que se pretenda.

Tres manifestaciones a distintas horas, pero planificadas sobre el mismo lugar. Una especie de apuesta por saber quién es más feminista. Un autoboicot que derrama sobre los intereses económicos y personales su caldo de cultivo. Ya me imagino el discurso:
-Soy más feminista que tú.
-No, yo soy más.
-¡No! ¡Yo más!
-Entonces ¿Vamos juntas?
-¡No!

Esta será la última vez que escriba sobre los movimientos exacerbados, sobre el colectivo irracional que ha podrido el sentido de nuestra lucha por la igualdad. He decidido dejar de hacerlo porque no quiero contaminarme de esa cicuta social para hombres, de esa guerra cultural que empieza a condicionarme. Yo no quiero convertirme en una bestia irracional. Yo soy feminista.

Es interesante, mientras escribo no he dejado de pensar en mis haters. Sé lo que me espera. Sería injusto decir que tengo miedo, sobre todo si me comparo con esas mujeres que caminan solas por la calle siendo observadas. Pero lo pienso. Me inquieta comprobar que si un hombre se aleja de las raíces extremas de un movimiento, al que me niego a llamar feminismo, para realizar una crítica personal que nos concierne a todos, sea tachado de machista. Aunque sea consecuente y defienda la misma causa, no así las formas. Lo repito, soy feminista. Me siento como un policía digital de la moralidad mostrando un carnet de buena persona por volver a repetir eso. No entiendo por qué, pero necesitaba decirlo otra vez. En cambio si una mujer ajusticia a un hombre por ser varón, sigue teniendo la etiqueta salvadora de feminista, y el silencio de las asociaciones  y colectivos que me puedan llevar a la horca.

No corren buenos tiempos para las reflexiones. En una época donde la libertad de expresión es molesta, donde para ser mi amigo, primero, tienes que odiar a todos mis enemigos. Así no, compañeros (hombres y mujeres). Aunque tengamos la misma meta, Las formas nos alejan demasiado y nos están destruyendo. Lentamente, pero lo hacen. Estas irracionalidades sólo consiguen levantar nuevos brotes de machismo y eso me preocupa.
Por favor, recuerden una última vez. Los grandes avances sociales han sido siempre transversales. Solo cuando entendamos que hombres y mujeres somos compañeros de viaje, y no enemigos; cuando seamos capaces de caminar juntos y de la mano; cuando aceptemos que el objetivo de toda esta lucha es la igualdad, y para ello tenemos la necesidad imperiosa de convivir… Entonces, juntos, seremos capaces de vencer a las desigualdades y, si se nos antoja, hasta de detener el mundo.

@JosCarlosValver

José Carlos Valverde

Se siente incómodo en todas las dicotomías, adora las zonas grises. Huye de los espacios de ideología cerrada. Cree en la diversidad, por ello escribe para ser convencido, no para convencer. Defensor radical de la libertad de expresión. Sus temas preferidos son los colectivos sociales y la política.

Esta entrada tiene un comentario

  1. Gracias, José Carlos. Yo ayer me sentí sola e indignada. Siempre he luchado por la igualdad social, de género, de ideología y cada vez veo más distancia, más segregación y más… Así no vamos a ninguna parte.

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