Los inquisidores del siglo XXI hacen de las redes su caza de brujas favorita. El nombre de Mikel Izal ha caído en la lista negra de la sociedad porque, la horda digital no acusa, ni consiente un alegato de defensa por parte del denigrado, simplemente sentencia.

Durante más de una década malgasté mi juventud y salud tras la barra de un bar para pagar mis estudios. Aquello me restó tiempo de ocio pero también me otorgó otro tipo de licenciatura que solo está al alcance de los excluidos, y a las afueras de la universidad.

Bajar a las cloacas cada madrugada te da una percepción de la sociedad diferente. Os aseguro que, cuando eres un paria, los rostros cambian con la oscuridad. No sé si el secreto reside en la visión o en la piel, pero sucede.

Vemos las cosas, no como son, sino como somos nosotros.

Como diría aquel ‘la noche me confunde’, o más bien me convierte, porque durante mucho tiempo, de viernes a domingo, ver la luz del sol era un pecado capital para mis ojos. Por eso también me convertí en un maldito vampiro.

Un vampiro joven e inexperto, sobre todo porque la primera vez que pude morder el cuello de una chica se me encogieron los colmillos. ‘Si salto la barra ahora mismo voy a follarte’, me dijo. Yo sonreí tímidamente y le di mi número de teléfono…

Siempre he admirado a las personas valientes. Y aquella chica lo fue. Porque yo jamás habría tenido semejante descaro, al menos en mis años de juventud. Aunque me desbordaran, como así fue, desde el interior las ganas de acostarme con ella en ese mismo instante.

Aquella vez no fue la única. Muchas propuestas, unas más cordiales que otras. La gran mayoría de clientes se ceñía a la carta oficial de licores que ostentaba la discoteca, pero en la barra de un bar me han llegado a pedir de todo. Desde cocaína hasta aguja e hilo para coser el botón de una cazadora. ¿Por qué entonces una chica no me podía pedir follar? ¿Qué hay de malo en ello? ¿Para qué perder más tiempo? Con un simple no bastaba para desestimar su propuesta.

Izal se sienta en el banquillo digital de los acusados

Al leer el caso de Mikel Izar, el cantante que está cosechando bastante éxito en el panorama musical del momento, he descubierto ciertos paralelismos indiscutibles. Hasta donde he podido saber, investigando en la red y prensa todo lo que se ha publicado hasta ahora, los justicieros digitales de la ética han señalado de forma contundente, y sin derecho a defensa, al cantante por unos mensajes subidos de tono que al parecer escribía a varias fans, antes de sus conciertos, proponiéndoles sexo. En este oleaje de justicia, ha aparecido algún novio celoso que acude al volcán de la destrucción, aprovechando la cobertura de la horda, a saldar su ataque de cuernos. Poco más se ha podido saber. ¿Para qué esperar una sentencia judicial? Qué más da, Twitter ha juzgado: Izal es un acosador. Fin.

Juan Soto Ivars y su columna para ‘El Confidencial’ perseguidos con antorchas

Decía Juan Soto Ivars, escritor y periodista, en su ensayo ‘Arden las redes’, “…si las leyes del Estado garantizan la libertad de expresión, la comunidad buscará formas de hacer pagar por sus palabras a los individuos disolventes. El Estado democrático podrá defender al acusado y repeler las denuncias que caigan sobre él, pero no habrá forma de que un gobierno o unos jueces eviten el escarnio social”.

Hace tiempo que sigo con interés a Juan. Más que escritor y periodista, es un intelectual sin complejos, ni corrección política que valga. Un hombre del siglo XXI. Su posicionamiento está con el más débil, y eso le honra. Generalmente, a los debates nacionales e internacionales más ácidos y difíciles de tratar, suele darles una vuelta de tuerca más. Y ahí está el matiz de toda esta cuestión. Porque podrás, o no, estar de acuerdo con sus planteamientos, pero siempre hará que te pares y reflexiones una vez más.

Esta mañana, en su espacio para ‘El Confidencial’, Juan salía apaciguar las aguas del linchamiento hacia el cantante. “…Al músico le están pegando fuego en la red social. Lo llaman acosador y presentan pruebas. Las pruebas son basura”, afirmaba.

Y es cierto. Porque más allá de cuatro capturas anónimas, y de embestidas de cornudos futuribles, de momento, no hay nada salvo un escarnio brutal hacia Izal. Un punto negro en su emergente carrera musical que tal vez haya oscurecido gran parte de su futuro musical.

A Juan, escribir esta columna también le ha salido caro y le han llevado hasta el banquillo digital de los acusados de Twitter y Facebook. El sistema de justicia paralela más justo y razonable que existe, le acusa de “cómplice”. Porque así funciona la idiosincrasia de esta era estúpida que entiende mejor que nadie, magistrados inclusive, la justicia. Si no llevas tu antorcha y te sumas a las hordas de la destrucción te verás salpicado. Aunque lo que sepamos hasta el momento se asemeje más a un calentón que al acoso.

Cabe señalar, y apostaría media vida a que acierto, que todos esos policías digitales que arañan las tablas de la existencia moral y judicial, cuando sentencian a raperos por sus canciones -algo inadmisible por cierto-, son los mismos que ajustician con su artillería callejera a cualquier persona que lanza una reflexión retirada de su ideología. Son escoria. Porque, como un dogma religioso, cuando alguien escribe un texto crítico, alejado de su sintonía ideológica, la libertad de expresión deja de ser un derecho universal. Y es que para ese sector, la verdad es todo aquello que suena bien. Ese estamento buenista se organiza a la perfección, sabe que, en este momento crítico, un individuo siente más miedo y pavor a un escarnio o un linchamiento que a cualquier orden judicial. Así funciona este organigrama pueril. Estos, los nuevos inquisidores, eran los antiguos censurados. En sus ojos reside la verdad absoluta.

Ya lo decía Kant: “Vemos las cosas, no como son, sino como somos nosotros”. Y esa es la única verdad hasta la fecha.

@JosCarlosValver

José Carlos Valverde

Se siente incómodo en todas las dicotomías, adora las zonas grises. Huye de los espacios de ideología cerrada. Cree en la diversidad, por ello escribe para ser convencido, no para convencer. Defensor radical de la libertad de expresión. Sus temas preferidos son los colectivos sociales y la política.

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