“Si la mayoría de la gente está interesada en la libertad de expresión, habrá libertad de expresión, incluso si las leyes la persiguen”

George Orwell.

 

Un medio de comunicación, independientemente de su línea editorial, tiene la obligación moral y legal de velar por la libertad de expresión y de pensamiento de sus lectores y columnistas. Si tratase de censurar la opinión, por muy ridícula que nos pueda parecer, estaría atentando contra su propia libertad. La libertad de expresión no está disponible a la elección personal, por lo que tenemos que acostumbrarnos a leer, escuchar, y ver opiniones con las que no estamos de acuerdo. Por supuesto, todo dentro de un marco legal. Todo no vale.

 

Si Orwell estuviera vivo, perfectamente podría haber escrito una novela que se llamase 2018 (por aquello de su maravilloso trabajo “1984”), porque jamás a lo largo de nuestra joven democracia ha molestado tanto la libertad de expresión. Nos fastidian los pensamientos ajenos. Cada bando impone líneas rojas que aniquilan la libertad de expresión de los demás, especialmente de quienes tienen una ideología más o menos afín y temen el estigma. Pero lo peor de todo es que ejercen una vigilancia entusiasta en las redes, más intensa que la de cualquier equipo de funcionarios grises. A falta de leyes vigentes o parámetros centrales, uno nunca sabe lo que puede decir sin que la mecha prenda por cualquier parte.

 

Personas que confunden lo que le ofende con lo inadmisible. Así es la guerra cultural, la libertad de expresión deja de ser un derecho universal para convertirse en un derecho universal siempre que el mensaje no ofenda a quien tiene el poder para lincharte. Tenemos la piel muy fina… para lo que nos conviene.

Sucede con la acidez de los chistes. La peculiaridad de estos es que contarlos o reírte no te hace peor persona. Aunque muchos, escandalizados de etiqueta, moralistas de fotografía, o buenistas, se coloquen las manos en la cabeza al oírlos. Circulan demasiados carnés de la moralidad de cara a la galería… También es cierto que si las bromas corren siempre en la misma dirección, algo falla. Hace tiempo escribía, no recuerdo para qué medio, algo así: “Si te ríes en los entierros de los padres de tus amigos, por ejemplo, tienes que ser capaz de reírte también en el de tu padre. Si no, pasas de ser un tipo extravagante y original, a un ruin hijo de puta”. Sigo manteniendo la misma opinión.

 

Hay linchamientos digitales que son buenos. Y lo dice alguien a quien las hordas de buenistas han perseguido y persiguen con antorchas casi a diario. Hace meses leí uno de los casos más interesantes al respecto: En EEUU la mayoría de los gimnasios tienen cuotas de permanencia a la hora de tramitar la inscripción. Un matrimonio, que acababa de matricularse en uno de ellos, perdía meses más tarde su puesto de trabajo. Solicitaron al gerente del centro que rescindiera el acuerdo ya que, tras varios meses, estaban al borde incluso de ser desahuciados. El tipo se negó, los recibos fueron circulando y los números rojos en aumento. La pareja no tenía más remedio que cumplir con lo firmado. Ante el desespero, decidieron exponer su caso en las redes sociales. La repercusión fue brutal. Tan solo tres días después, el dueño de la empresa no solo les rescindió el compromiso que restaba, sino que les devolvió hasta el último dólar cobrado desde el momento en el que ambos habían perdido su empleo.

Generalmente los linchamientos son parte de una sociedad que censura lo ajeno. Son una herramienta de ejecución totalitaria, porque realmente la censura no necesita al Estado ni a las leyes, sino que aparece como un instrumento de una sociedad que no soporta la libertad de expresión. No soporta la de los demás. Y aunque el caso anterior es más bien una llamada de auxilio, la gran mayoría de los ejemplos de linchamiento son terriblemente crueles. ¿Y si alguien dio una opinión inapropiada cuando estaba borracho? ¿Y si se tergiversó su comentario? ¿Y si no tuvo un buen día? ¿Por qué alguien no puede pensar de forma diferente? ¿Acaso los movimientos sociales están exentos de crítica? ¿Es verdad solo aquello que suena bien?

 

Cualquier tropiezo morboso significa mucho más que una simple caída o error. La bandada de cuervos fisgoneará buscando carne: como un buen policía digital de la moralidad, cerca los perfiles de redes buscando alguna anomalía que se aleje de su pensamiento único. Una ponencia mal redactada, un comentario desafortunado, una crítica dura… O, simplemente, una opinión contradictoria. Todos estos casos pueden llevar a un individuo a la “horca” digital y al escarnio. Dicho tropiezo significa mucho más que una simple caída, porque no solo engloba al quien la realiza, sino a su familia, amigos, y a todo su entorno social. ¿Pedir perdón?

Ni se te ocurra pedir disculpas, la horda de buenistas nunca quiere que lo hagas. Os lo aseguro. ¡Jamás! Porque para pedir perdón se necesita un trasvase de poder en el diálogo. Emisor y receptor no tienen la misma jerarquía lingüística en la conversación. Cuando un emisor habla, tiene el poder de la palabra. Por lo tanto, si pedimos perdón, necesitaríamos que nuestro receptor acepte su rol, nos escuche, y se posicione como receptor dándonos ese poder… Para lo único que serviría pedir disculpas a un sector exacerbado sería para continuar con el escarnio y el linchamiento. Pedir disculpas después de un linchamiento es como lanzar carne de nuevo a una jauría de lobos que aúlla a las puertas de tu casa.

 

Malos tiempos para la reflexión, la diversidad, y la crítica. Soy un defensor radical de la libertad de expresión, y el sentimentalismo no va unido a la verdad. Lo tengo claro. Nada está fuera de crítica. Os confieso que me hacen gracia los chistes de negros y mujeres. Sin embargo no soy ni racista, ni machista. Así que insto al lector oprimido a que guarde su carné de la moralidad. Conmigo no vale.

Tal vez una de las causas de esta ola encolerizada de oprimidos es creer que de todos los movimientos podemos hacer una profesión. Entonces, quizá, cuando lo que peligra es la cartera y no la justicia social, empiece a entender muchas cosas.

José Carlos Valverde

Se siente incómodo en todas las dicotomías, adora las zonas grises. Huye de los espacios de ideología cerrada. Cree en la diversidad, por ello escribe para ser convencido, no para convencer. Defensor radical de la libertad de expresión. Sus temas preferidos son los colectivos sociales y la política.

Esta entrada tiene un comentario

  1. Sobre el tema libertad de expresión suena tentador el pretender decir lo que se nos ocurra, sin autocensura. Suena también pueril . Los niños y los locos dicen lo que piensan reza un dicho popular. Cuál sería el sentido? De nada sirve pensar sin rumbo, hablar sin pudores si a eso no le sigue un accionar coherente.caso contrario es sólo rumiar o imaginar puestas en escena, teatralizaciones de la realidad. Por qué entrar en el terreno de la ofensa que conduce inevitablemente al enojo y a veces al odio cuando se puede usar la lógica discursiva, el choque de fundamentos y argumentos para expresar posiciones diferentes. Quien crea que ofender es llamar la atencion, incitar a la critica en el pensamiento esta equivocado. Ofender es ya un acto de guerra que sólo puede generar encono y respuestas irracionales muy lejos de plantear un ámbito propició al debate ideológico. Ofender es dejar al oponente debilitado por la herida a sus sentimientos y de ese modo perpetrar un acto a traición para quien podría haber sido un contrincante digno. Sociologicamente es un acto populachero digno de gente de baja estofa , de cuchilleros o delincuentes.
    Mantenerse encima de la línea de flotación del respeto, de la critica fundamentada en hechos comprobables, en un lenguaje con el mínimo de adjetivaciones o insultos posibles, es la unica manera de tener exito en intentar cambiar una opinion y lo que es mas importante, una conducta. .

Deja un comentario

Menú de cierre