Para la mayoría de la prensa plural y de estricto compromiso social de este país, lo ocurrido entre Gabriel Rufián (ERC) y Beatriz Escudero (PP) fue una bronca política más. Él la llamó palmera de Álvarez Cascos y ésta, a su vez, le llamó imbécil. Todo muy normal. Una riña de oficio (y que conste que probablemente lo sea). Un cruce de descalificativos -de mal gusto, eso sí- que dentro de un sistema social de reflexiones sensatas deberíamos entender que puede ocurrir en cualquier momento de tensión política o personal.

 

El diputado de ERC es una de esas rara avis que han tenido la suerte, dentro de la espiral de presión laboral más oscura que recuerda su generación, de elegir qué hacer con su vida: Si doblar camisas con un sueldo menos que digno, o hacer el payaso por un buen puñado de euros. Eligió la segunda opción (yo también lo habría hecho). Supo pulsar la tecla adecuada, y hoy vive a costa de una sociedad a la que no pretende representar, sino más bien desconectar de un sistema que en realidad no soporta. Y está en todo su derecho, no considero equivocado su discurso independentista y de ruptura, pero sí que vulnera ciertos patrones de la ética. Al menos la de un individuo que funcione afín a sus principios. No es este el caso.

No creo que Rufián, fiel a su apellido y acostumbrado a darnos momentos antológicos de circo dentro del Congreso, haya pensado bien lo que ha dicho por dos razones:

La primera es porque nunca lo hace, y esta vez no iba a resultar una excepción.

La segunda es porque tiene un sentido del ridículo muy por debajo de sus capacidades. Y a un tipo sin complejos, y que el marcador de su clase política señala cero, no puedes exigirle más que desear que no tropiece entre paso y paso y pueda atarse los cordones de forma independiente.

 

Sinceramente no creo que el comentario del diputado de Esquerra Republicana de Cataluña hacia Escudero sea un comentario machista. Al igual que tampoco las lágrimas que en su día cubrieron el rostro de Irene Montero, tras las declaraciones de Rafael Hernando en el Congreso, fueron vertidas por un ataque de la misma índole. «Si todo es machismo, nada es machismo». Y, aunque en ambos casos hubo una falta de respeto que no debemos tolerar bajo ningún concepto, ni Hernando, ni Rufián deberían ser considerados machistas. Aunque tampoco deberían ser dignos de representar a nadie. Pero eso es otra cuestión.

 

Pero es curioso. Visto lo visto, y hasta donde nos han exprimido las exigencias sociales y morales de asociaciones, colectivos feministas, políticos, medios de comunicación, campañas publicitarias…, llegué a plantearme seriamente el plano partidista de estos intereses igualitarios. La lucha por la paridad entre hombres y mujeres debe ser una cuestión de género (social) y convivencia, y no un parapeto de siglas que diferencia la agresión así le convenga. Finalmente parece que lo han entendido, que lo hemos entendido. Y si no que se lo pregunten a Inés Arrimadas, comodín de las ofensas (llegaron incluso a desear su violación en grupo) -no sé si machistas-, pero sí horribles de asimilar. En aquella ocasión, el silencio fue la única defensa social de estos soldados de la causa. Imagino que habrán asimilado sus errores. Es la mejor forma para levantarse y sobreponerse.

Sin embargo, en esta ocasión y además de un sector periodístico de nuestro país, todo ese cómputo moralista de la igualdad ha vuelto a coincidir en una misma cuestión, y eso siempre es positivo para una sociedad que intenta convivir con normalidad a toda costa. Ninguno ha acusado a Rufián de machista. Y me alegra: ¡Celebremos que el machismo en la oratoria está superado! Levantemos la copa de la evolución para entender, por fin, que un hombre y una mujer pueden discutir sin tabúes, sin corsés de ideologías pasadas. Aceptar que ambos se insultan, se tiran al barro en igualdad de condiciones. Que no es necesario ningún tipo de lenguaje inclusivo porque ya nos conocemos y entendemos lo que nos une y distancia. Ya no son necesarios los colectivos. ¡Bravo por las estrategias de igualdad del PSOE! Mi enhorabuena, este sí es el verdadero gobierno del cambio.

No volvamos la vista atrás, lo hemos conseguido. Olvidemos esa época oscura de antaño. De haber permanecido todavía en ella, si un hombre hubiera llamado palmera de otro hombre a una mujer, la ofensa habría variado si quien la lanzara -o la recibiese- hubiera pertenecido a la izquierda o la derecha. Ese era el rasero moral que estuvo a punto de lapidar el feminismo, y que bajo esa estúpida norma inmoral medía si un individuo era machista o no. Fue terrible.

 

Eso sí, recuerden de nuevo este punto: «si todo es machismo, nada es machismo». Recuérdenlo siempre, por favor. Incluso cuando el que ofende se llame Rafael Hernando y la ofendida sea Irene Montero. No os preocupéis, no son más que broncas del oficio. Ya lo ha aclarado la prensa.

José Carlos Valverde

Se siente incómodo en todas las dicotomías, adora las zonas grises. Huye de los espacios de ideología cerrada. Cree en la diversidad, por ello escribe para ser convencido, no para convencer. Defensor radical de la libertad de expresión. Sus temas preferidos son los colectivos sociales y la política.

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