“Nada me sorprende ya, pero sí que es reseñable que toda esa horda de buenas personas que en su día me persiguió con antorchas por escribir una reflexión sobre el feminismo exacerbado, ahora pide calma, silencio y respeto. Respeto también por alguien que ha asesinado a un niño de ocho años. Quizá esto de escribir sea demasiado arriesgado…”

Lo que redacto arriba, entrecomillado, es un fragmento que escribí para la Cadena SER Radio Morón allá por el mes de marzo tras el asesinato del pequeño Gabriel. En la misma línea, recuerdo perfectamente las inoportunas palabras de Ignacio Escolar en televisión: “El que sea mujer y negra ha provocado el odio de todos los españoles hacia Ana”.

Escuchar su declaración me llenó de ira. Lo aseguraba durante una entrevista para una cadena televisiva. Aunque en su día estas palabras fueron sacadas de contexto para un ataque político e ideológico, el mero hecho de resaltar el color y la (supuesta) actitud racial de toda una colectividad, por encima del asesinato de un niño de 8 años, me pareció una falta de ética imperdonable. Si el agresor hubiese sido calvo, gordo, enano, o tartamudo, la sociedad, de igual manera, le habría atizado con insultos relacionados, en un similar episodio de dolor y de odio.

Días más tarde, el camino para tumbar la prisión permanente revisable era una realidad. La propuesta seguía su curso a pesar de los más de tres millones de firmas presentadas por los ciudadanos en el Congreso. Curiosamente, en aquella columna para la SER, escribí lo siguiente:

“…Sin embargo a nadie se le pasaría por la cabeza, y de hacerlo estaría loco, decir que tras la nueva ley de violencia de género continúan muriendo mujeres y que, por consiguiente, habría que derogar dicha ordenanza porque no sirve de nada… Un pensamiento ridículo…”

Días previos a la sentencia de Ana Julia se pedía a las masas que dejaran de juzgar en caliente, que la prisión permanente no era una solución sino un parche indigno para la reinserción del reo. Columnas, entrevistas, exaltaciones de moralidad para parapetar el respeto hacia el agresor. Un criminal nunca había tenido tantos privilegios.

¿Os imagináis que un periodista de renombre salte a la primera línea televisiva asegurando que  La Manada provoca el odio de todos los españoles porque los implicados son hombres y algunos incluso representantes de cuerpos de seguridad del Estado? ¿Os imagináis que el Congreso debata mañana si se deroga la nueva ley de violencia de género? ¿Quién redactará ahora las columnas para preservar la dignidad de los culpables? ¿Quién pedirá calma y respeto a las aglomeraciones? Nadie, porque espero que no se repita. Maldita estupidez…

Surrealista, no lo soporto. Estoy lleno de odio y, paradójicamente, odio esta sensación. Pero tengo mucho rencor, demasiado. Hace unos segundos acabo de faltarle el respeto a un tertuliado en la red social. Aseguraba que los patriotas eran los únicos culpables de la decadencia social del país. Le he dicho que está loco. Él me ha llamado facha, lo de siempre. No me importa, porque no puedo más. Lo hemos polarizado todo. Opiniones, críticas, incluso las víctimas. Nuestro plato preferido… A este país siempre le ha fascinado eso de hablar de bandos, sobre todo para diferenciar a los individuos. Es el camino más corto para aceptar que te ha tocado ser bueno o malo, según una parte de la historia y, sobre todo, de quien la narre y te mire a los ojos en ese justo momento. Aunque a mí solo me duelan los muertos, sin etiquetas. Por cierto también me repulsan las fosas y las cunetas llenas de historias por rescatar.

Porque lo que le ocurre a ese sector ideológico es que ha perdido el juicio, que le faltan cojones para reconocer que ayer, jueves, tras escuchar la injusta sentencia de La Manada, recordó que tenemos la obligación de pelear para endurecer las penas pero, al mismo tiempo, se calló porque tenía que defender su bando ideológico por encima del dolor de las víctimas. ¿Dónde estaban, cuando se tumbó la Prisión Permanente Revisable días después del asesinato de un niño, todas esas asociaciones que ayer empujaban a las puertas del juzgado? ¿Dónde habitaban todas esas personas el pasado mes de marzo cuando en Almería, Gabriel, fue asesinado vilmente?

Inexplicable. Hace unas semanas no había que juzgar en caliente y era preciso rebajar la dureza de las penas de nuestro país. Ahora también, pero para los portadores de la luz este era el momento. Antes no. Aunque en ambos casos haya agresores, y víctimas: un menor y una chica. Yo sigo manteniendo lo mismo: Hay que endurecer las penas. Es el único camino. A mí me duelen las víctimas, sin distinción de color, género, o edad.

El debate no reside en la elección de un juez. ¿Abuso o violación? La sentencia, y también la diferencia de términos legales, me parecen un insulto para la ciudadanía actual. Ahí habita el verdadero problema. Hay que modificar el código penal. Porque ambas formas de tortura me repugnan y son igual de terribles. En ambos casos desearía que esas bestias no hubiesen nacido. Simplemente, esos gusanos, no merecen volver a salir a la calle. Los débiles siguen desprotegidos. No podemos clasificar el dolor, porque es una muestra de desunión y fisura. Dejad a un lado las ideologías, es una cuestión de justicia social. Hay que endurecer las penas. Por activa y por pasiva. Ese es el único debate que debería existir.

Es sencillo, un sujeto (varón, mujer, blanco/a, negro/a, amarillo/a, de izquierdas, o derechas) que abusa de otra persona, no tendría que pasar nueve años en la cárcel, sino el resto de su vida.

@JosCarlosValver

José Carlos Valverde

Se siente incómodo en todas las dicotomías, adora las zonas grises. Huye de los espacios de ideología cerrada. Cree en la diversidad, por ello escribe para ser convencido, no para convencer. Defensor radical de la libertad de expresión. Sus temas preferidos son los colectivos sociales y la política.

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