Hoy voy a hablar acerca de democracia y de la alternativa propuesta por el marxismo cultural, la epistocracia. Leyendo el artículo entenderán por qué pongo el subtítulo de “Cuando los progres se volvieron reaccionarios”.

 

Los que hayan leído mi anterior artículo sobre el marxismo cultural sabrán que sus practicantes, aunque si se les pregunta lo negarán como niegan ser marxistas culturales -son tontos, pero no tan tontos-, odian con todas sus fuerzas la democracia representativa y todo lo que conlleva. Esto se debe a la muy sencilla razón de que es un sistema en el que nunca han conseguido hacerse con el poder absoluto. (Puedes leer el artículo citado aquí).

Incluso en los casos en los que partidos que adherían las tesis del marxismo cultural, tales como Syriza en Grecia, Podemos en España o 5 Estrellas en Italia, han logrado reunir el suficiente número de votantes para tocar poder, no han podido gobernar de manera absoluta (en el caso de Syriza, tuvieron que joderse y aceptar las condiciones que ponía Europa) o se han tenido que conformar con formar parte de Gobiernos de coalición, al no alcanzar una representación  lo bastante holgada.

El ejemplo más representativo de esto último es Podemos en España, que con una combinación de chantaje apenas velado, apoyo puntual en ciertas votaciones a cambio de que se acepten puntos de su programa, y la adhesión de Pedro Sánchez a las tesis defendidas por Podemos, ha logrado obtener y manejar un poder político que es absolutamente desproporcionado en relación con el número real de escaños y apoyo popular que posee en realidad.

 

El principal fallo de la izquierda marxista cultural -aparte de que su estrategia, desde la primera mitad de la década de 2000, se ha basado exclusivamente en criminalizar y tratar de paleto e ignorante al votante que tenía el mal gusto de no votar a la misma izquierda que no para de insultarle- era simple: no tenían una propuesta alternativa de sistema electoral… hasta ahora.

La propuesta alternativa que últimamente está sonando mucho, especialmente entre los partidarios de Podemos en España, y sus iguales ideológicos en el resto del mundo, es la llamada epistocracia.

 

La Epistocracia (literalmente “el Gobierno de los sabios”) es un concepto propuesto por el filósofo estadounidense Jason Brennan en su libro Against Democracy (parece ser que no hay nadie que piense en los demás países). Curiosamente -teniendo en cuenta en que consiste exactamente- este concepto se ha puesto de moda entre los miembros de lo que se conoce por parte de sus practicantes como “izquierda progre”, o por sus rivales como “marxismo cultural”.

El concepto base de la Epistocracia, tal como lo describe Brennan, es muy sencillo de exponer: el votante medio es imbécil y vota sin saber lo que le conviene, por lo que, para proteger la democracia de sí misma, es imperativo limitar el derecho a voto.

 

Seguramente muchos de los lectores habrán escrito, pensado o leído a alguien opinar con horror “Dios mío, ¡esta gente vota!” o frases similares en referencia a sí mismos, a gente de su espectro político, o a antagonistas ideológicos. Justo de esto es de lo que va la epistocracia: de considerar que las opiniones propias son las únicas sensatas y que sólo quienes las secunden deberían tener derecho a votar.

Concretamente, he observado que gran parte de la gente que hace ese tipo de comentarios se declaran de izquierdas y son todos ellos adeptos del marxismo cultural.

 

Intencionadamente o no, Brennan es extremadamente ambiguo acerca de cómo y de qué manera se determinaría quien es digno de votar.

Su propuesta se basa en que “alguien” -no se sabe quién ni de qué manera- sometería a “un examen de conocimientos políticos, sociales, culturales y económicos-cuyos contenidos tampoco detalla o sugiere- al grueso de la población votante, obteniendo únicamente el derecho a voto aquellos que pasen el examen con una nota de “decente” o mayor.

 

Como parte de los argumentos esgrimidos por Brennan en defensa de su teoría se halla uno de los más flagrantes ejemplos de Argumentum Ad Antiquitatem y Ad Autoritatem que se puedan poner: que supuestamente Platón apoyó la epistocracia, y que de hecho el origen del término debe hallarse en sus trabajos sobre la República.

Supuestamente, si esto lo apoya Platón que es uno de los filósofos más respetados, es algo que debería ser bueno, ¿verdad?

Pues no necesariamente. Conozcamos un poco mejor a Platón…

 

Platón defendía teorías abiertamente antidemocráticas, como la de que su República era esencialmente una oligarquía del mismo tipo que las que existían en Grecia, con la salvedad de que el plantea una oligarquía de sabios en vez de una aristocracia escogida por nacimiento.

Su República dividía a la toda sociedad en tres estamentos bien diferenciados por nacimiento, en una división que nos remite a las castas de la India: los agricultores, los guerreros y los reyes-filósofos. Estos últimos, a los que describía como los más sabios de toda la sociedad, serían los únicos que estarían capacitados para gobernar.

Probablemente quienes estén un poco más familiarizados con la dialéctica del marxismo cultural reconocerán estos estamentos: la división es muy similar a la que plantearon los exegetas de Marx y el propio Marx, quien era declarado admirador de Platón.

 

No contento con creer en las castas sociales, también defendía la naturaleza de la esclavitud, como se demuestra en su opinión de que existían hombres inferiores cuya naturaleza era la de ser gobernados por otros superiores. (Por cierto, Platón no creía en la igualdad de género: cuando habla de “hombres”, no es «hombres y mujeres»; quiere decir exactamente “hombres”).

Igualmente, Platón era monárquico, firmemente convencido de que la forma de Gobierno ideal era la monarquía, lo cual no parece importar demasiado a muchos de los que apoyan la epistocracia.

Teniendo en cuenta que todo esto normalmente no se menciona en las facultades de filosofía, sería hasta sorprendente que algún estudiante universitario llegase a saber que en realidad están apoyando las teorías de un monárquico aristocrático, que habría apoyado sin titubear a Fernando VII o al Rey Sol, ahora que muchos de ellos, principalmente en España, afirman ser republicanos y de izquierdas.

En realidad, lo único que se menciona de Platón es el mito de la caverna, sus aportaciones a la epistemología y poco más. La República de Platón no es enseñada en las facultades.

 

Este apoyo desmedido de la izquierda marxista a la epistocracia, si nos paramos a analizar al autor y a su obra, tiene todavía menos sentido cuando comprobamos que Brennan en realidad es libertario. Es decir, lo más opuesto a un marxista cultural que se puede encontrar. No solo es libertario, sino que de hecho pretende que la gente tiene la obligación moral de no votar.

 

Esto, por otra parte, explicaría el empeño del marxismo cultural por mencionar y apoyar la teoría pero sin mencionarla por su nombre ni darle el menor crédito a Brennan: simplemente, la izquierda progre está intentando apropiarse de una teoría que les conviene porque les permitiría limitar la base de votantes y (en teoría) aumentaría sus posibilidades de ganar las elecciones, ocultando para ello que en realidad la ha desarrollado un libertario, ideología que abominan.

Porque aquí está el quid del asunto. La principal razón por la que el marxismo cultural del siglo XXI apoya la implantación de un régimen epistocrático es exactamente la misma por la que la izquierda española, empezando por el PSOE, se opuso frontalmente a la aprobación del sufragio femenino en las Cortes republicanas de 1933: el cálculo político de que el reducir la base de votantes se traducirá necesariamente en una victoria electoral de la izquierda.

 

No hay más que mirar los artículos de la prensa mayoritaria para hacerse una idea del enfoque y finalidad última de este asunto, de acuerdo con las tesis leninistas (recordemos que Lenin era un exegeta de Marx, quien a su vez era exegeta de Platón).

Lenin, como buen seguidor de Marx, defendía la tesis de que los obreros necesitaban ser dirigidos hacia la revolución comunista por una élite intelectual formada en los principios marxistas (en su caso, el propio Lenin y su camarilla de seguidores). La justificación era que supuestamente los obreros estaban “alienados” por la “propaganda burguesa” y apoyaban a los “burgueses” contra sus propios intereses. De aquí vienen observaciones como la del “opio del pueblo” y similares.

 

Gramsci, otro exegeta de Marx, amplió esto con su “Teoría de la Hegemonía”, que se puede resumir en que las élites (burguesas) en el poder manipulan la cultura y a la sociedad para así justificar, legitimar y asegurar su propia permanencia en el poder.

Extrapolando esta teoría al derecho al sufragio, a las “élites burguesas” en el poder les interesaría que los votantes sean tontos, para así poder manipularlos mejor.

Esto suena muy similar al fundamento empleado para defender la epistocracia: como los votantes son tontos y no saben lo que les conviene, es preciso limitar el derecho al voto a aquellos cualificados intelectualmente para ello.

 

La propuesta mayormente expresada es que se priorice sobre todo a las personas con estudios universitarios, partiendo del axioma de que poseer un título universitario necesariamente te convierte en una persona culta.

Lo cual no es necesariamente cierto: en España, la práctica totalidad de los titulados universitarios, especialmente los que están en política y sin distinción de partidos, dan muestras constantes de su ignorancia e incultura, eso cuando no intentan ir de cultos citando (mal y/o fuera de contexto) autores que apenas comprenden. Autores a los cuales retuercen para que encajen con lo que sea que estén diciendo en ese momento, aunque el autor en cuestión fuese opuesto a esas ideas.

Ya he mencionado a los universitarios republicanos de izquierdas esgrimiendo como suyas las tesis de un filósofo absolutista, aristocrático y monárquico que, de vivir hoy, sería catalogado como “fascista” y rechazado por la misma gente que le cita sin el menor rubor.

 

En esta propuesta concreta de limitar el derecho a voto a los titulados universitarios se ve claramente la intención del marxismo cultural y de quienes adhieren sus tesis por autoerigirse como la élite del régimen epistocrático: es sobradamente sabido que las universidades actualmente han sido reducidas al papel de madrasas donde se inculca en los alumnos las tesis marxistas culturales. Esto daría para otro artículo que tal vez haga cuando posea más información sobre el tema.

Lo importante es la aritmética electoral: si limitas el voto exclusivamente a los titulados universitarios, y los titulados universitarios adhieren todas las tesis de la izquierda progresista, es obvio quien ganará las “elecciones”.

Si es que se puede considerar como elecciones genuinamente democráticas unas en las que vote una minoría selecta y autodesignada por sí misma.

 

Los propios editoriales de la prensa que apoyan la epistocracia son muy claros en este sentido: la práctica totalidad citan los ejemplos del Brexit, Donald Trump y Bolsonaro  (curiosamente todos los ejemplos citados son referendums en los que la opción que era apoyada por el marxismo cultural fue derrotada) como “prueba” de que los votantes son unos imbéciles que votan contra los intereses de la sociedad porque son demasiado estúpidos para saber lo que le conviene al país.

 

Retomamos aquí el ya viejo y manido argumento de la izquierda reaccionaria para justificar sus derrotas electorales: “no ganamos porque los votantes son idiotas y no saben lo que les conviene, no porque realmente –no tengamos un proyecto más allá de enriquecernos impúdicamente y joder vivos a los que no nos votaron en cuanto toquemos poder– no compartan nuestro proyecto ”. Con la diferencia de que en este caso se propone una idea para “evitar este peligro” y “salvar la democracia”.

Ya. Salvar la democracia limitándola. Eso es exactamente igual de estúpido que lo de “hacer la guerra por la paz” o defender la igualdad racial apoyando la segregación. Esto es simplemente “echar balones fuera”, culpando a los ciudadanos de los fallos del propio sistema, fallos mayormente provocados por los propios políticos.

 

Porque ese es el núcleo del asunto: la idea tras el régimen epistocrático defendida por el marxismo cultural no es otra que la de negar el derecho al voto a todos aquellos que no se declaren adeptos de la izquierda más extremista, totalitaria y radical.

Esto es evidente teniendo en cuenta los objetivos señalados: todos los partidarios de la implantación de un régimen epistocrático señalan como gente indigna de votar… a todos aquellos que votaron contra una propuesta de izquierda posmoderna.

 

Analicemos lo que supondría aplicar un régimen epistocrático a tenor de los ejemplos expuestos por los articulistas: Donald Trump y el Brexit, además del ejemplo español.

Basándonos en las propias estadísticas de voto del CIS en las elecciones generales de 2017, en España esta propuesta supondría retirarle el derecho al voto al 79% de la población; es decir, toda aquella que no votó a Podemos.

 

En Estados Unidos, según las estadísticas de las elecciones de 2016, que registran que solo votó un 55,4% de los votantes registrados como tales, supondría retirarle el derecho al voto a los más de 63 millones de ciudadanos que tuvieron la osadía de votar a Donald Trump, un 20% de la población estadounidense,

De aplicarse un criterio aún más estricto, retirarle este derecho a los 166 millones de votantes registrados que no votaron a Hillary Clinton, es decir, a un 55% de la población estadounidense.

 

En el Reino Unido, usando los datos del Brexit, supondría retirarle el derecho al voto a casi el 30% de la población, es decir, los 17 millones de británicos que votaron por salir de la Unión Europea. O, penalizando a todos aquellos que no votaron “Quedarse en la Unión Europea”, negárselo al 70% de la población.

 

En Brasil, ahora que recientemente ha ganado Bolsonaro, y viendo la campaña que ha emprendido la izquierda marxista contra él pretendiendo que ha ganado gracias a las fake news que han engañado a los “votantes tontos”, la epistocracia supondría el quitarle el derecho al voto a los 57 millones de personas que han votado por Bolsonaro, más del 30% de los votantes registrados como tales en Brasil.

 

Como se puede ver, en todos los casos al menos un 20-30% de la población perdería su derecho al voto simplemente porque según el criterio de los marxistas culturales no han votado “correctamente”. Es decir, no han votado como ellos querían.

Podría pensarse que esto es una exageración, o que en todo caso retirarle el voto al 30% de la población “no es algo tan grave”. Ya, bueno; también hubo una época en la que en Estados Unidos se consideraba que los negros eran inferiores. En esa época, el 30% de la población estadounidense eran negros.

 

También podría pensarse que nadie cometería semejante suicidio político; retirarle el voto a la gente no parece a priori una buena idea para ganar votantes. A eso puedo decir una sola palabra: gerrymandering.

Prácticamente desde el siglo XIX, tanto el Partido Demócrata como el Partido Republicano de los Estados Unidos se dedican a modificar los límites de los distritos electorales de manera arbitraria, de modo que puedan obtener mayorías holgadas en las circunscripciones que controlan, negando todo valor a los distritos controlados por el partido rival. Aparte de esta práctica conocida como gerrymandering, se emplean otras formas de supresión o anulación de votos de gente considerada “molesta”, cada cual más imaginativa que la anterior.

 

Volviendo al ejemplo de la epistocracia, está muy lejos de ser una “distorsión” de los valores de la izquierda. En todo caso, lo será de la izquierda de verdad, si es que aún queda tal cosa; la implantación de un régimen epistocrático elitista es connatural a los planteamientos del marxismo cultural. Que a Gramsci no se le ocurriera semejante idea no impide que a sus seguidores se les ocurra adoptarla como propia.

Los marxistas culturales llevan décadas insistiendo en que si no ganan una elección es exclusivamente por la “ignorancia” de los votantes; por lo tanto, el paso lógico a dar en consecuencia es suprimir de la ecuación a los “votantes ignorantes”.

Aquellos que no votan por el marxismo, ni han podido ser convencidos para hacerlo, deberán verse privados de su derecho al voto porque así lo dijo Lenin.

 

Por desgracia para los epistocratas de 2018, la epistocracia ya se intentó históricamente, y el resultado no fue muy halagüeño que digamos…

Conviene echar la vista atrás en el tiempo para entender esto en todo su esplendor. No nos hace falta retroceder demasiado: nos detendremos en el año 1833, al menos en el caso de España.

 

Fernando VII acababa de ser enterrado, la Regente María Cristina llegaba a pactos con los nobles y burgueses liberales para repartirse el poder en nombre de Isabel II, y los carlistas se alzaban en armas en lo que entonces eran Vascongadas para entregarle la corona a Carlos Borbón.

Como parte de los compromisos para reformar el país, llevado de vuelta al absolutismo más rancio por parte del infame “Rey Deseado”, la Reina y las élites se pusieron de acuerdo para implantar en España una forma extremadamente restringida de sufragio masculino, limitada exclusivamente a aquellos que acreditasen cierto grado de riqueza. Esta sería denominada como “sufragio censitario”, una idea que ya se empleaba en Europa desde prácticamente la época de Napoleón Bonaparte.

 

El planteamiento era el siguiente: la gran mayoría de los votantes son campesinos que no tienen formación intelectual suficiente para poder votar, en consecuencia, votarán de manera estúpida y conducirán al país al desastre; para evitar esto es necesario limitar el derecho al voto a los ricos, los únicos bastante ilustrados para saber lo que conviene.

¿Les suena de algo este planteamiento? Porque a mi sí: quitando cambios menores en la jerga, es exactamente lo mismo que dicen los epistocratas de 2018.

El motivo era obvio: Temerosos de que si se otorgaba el sufragio universal (masculino) -previsto en la Constitución de 1812- las masas aprovecharían los propios mecanismos constitucionales para desalojarlos del poder, los liberales de la élite abjuraron de sus ideales para apoyar el sufragio censitario.

 

Recordemos igualmente que, pese a que en la actualidad los marxistas culturales y la gente que se dice de izquierda emplean la palabra “liberal” como insulto contra sus adversarios políticos, en el siglo XIX los “liberales” eran la gente que hoy sería descrita como “de izquierdas”. Lo cual ya de paso denota un grado impresionante de ignorancia de la propia ideología política proclamada.

Creo que el paralelismo es bastante evidente: en ambos casos, 1833 y 2018, una élite que se autodenominaba como “progresista” y se describía a sí misma como plenamente capacitada para gobernar un país, planteó que para asegurar el bienestar de la nación, era del todo imprescindible limitar el derecho al voto a los miembros de una élite.

 

El balance resultado del sufragio censitario fue de todo menos ejemplar.

Lejos de evitar los problemas, en el periodo entre 1833 y 1890 (cuando por fin se implantó el sufragio universal masculino -el femenino esperó hasta 1933-) España sufrió aproximadamente tres revoluciones contra el Gobierno establecido, (una de ellas de signo separatista-cantonalista), tres guerras civiles contra los carlistas, una guerra independentista en Cuba, e incontables pronunciamientos. Obviamente, la implantación del sufragio universal se tradujo en el invento de una forma corrupta de bipartidismo conocida como “turnismo”, y basada en que los dos partidos en el poder en realidad no eran sino dos agrupaciones de la misma élite que en su día apoyó el sufragio censitario y luchó con dureza para mantenerlo incluso cuando fuera ya no se usaba.

 

¡Ah! ¿He mencionado ya que a esta misma élite le pareció que era una buena idea meter a España en la Guerra de Marruecos? Pues eso mismo.

Naturalmente, al pueblo no se le dio la posibilidad de elegir porque “son idiotas” y “no saben lo que conviene al país”, pese a lo cual se les exigía que fuesen a morir a Marruecos “por el bien de la nación” en una guerra que les importaba un carajo y en la que, de haber podido votar, no se habrían metido ni locos.

Enhorabuena por vuestro “gran trabajo” “protegiendo” a la nación de “los peligros de los votantes estúpidos”, “liberales” (sarcasmo). Con semejantes precedentes, en serio me sorprende que quede todavía alguien que crea que el sufragio censitario es una buena idea.

 

Me sorprende todavía más que la práctica totalidad de gente que dice apoyar la epistocracia se declare así mismo como de izquierdas y republicana (lo que ya no me sorprende es que sean marxistas culturales). Me sorprende sobre todo porque, si nos atuviéramos de verdad a los criterios intelectuales (y no a la definición marxista cultural de “intelectualidad”, es decir, ser capaz de repetir como un loro la línea del Partido) el 99% de la gente que afirma apoyar la epistocracia en realidad perdería su derecho al voto en caso de que se implantase esta propuesta.

 

Históricamente, en la medida en que se puede hablar de leyes históricas, el sufragio limitado se ha traducido en que una elite ha monopolizado el poder político y la toma de decisiones. A esto se podrá objetar que, como la democracia actual más bien ha degenerado en una oclocracia o gobierno de la muchedumbre, es necesario que se “limite un poco” a las turbas para impedir que se “legisle en caliente”, por emplear una expresión habitual en España cuando un grupo político quiere acusar a otro rival de aprovechar un suceso noticioso para empujar su propia agenda política con la “excusa” de que “la mayoría social quiere que se apruebe X propuesta”.

 

La democracia ciertamente tiene sus defectos.

 

Podría ser mejor, y en algunos países es muy cierto que las decisiones que deberían ser democráticas se toman atendiendo a caprichos de grupos de presión ricos y poderosos.

También es cierto que demasiados partidos políticos ven en la Administración del Estado una hucha sin fondo con la que crear, vía subvenciones, una red clientelar de estómagos agradecidos, que luego recompensan con votos el apoyo económico que reciben de sus patrones. Esto es lo que se llama “voto cautivo”, y es otra de las amenazas que enfrenta la democracia. Igualmente es cierto que muchos Gobiernos emplean su posición de poder para impulsar sus propias agendas, legislando en base a criterios puramente ideológicos, sin importarles en lo más mínimo lo que pida o necesite la gente:

Todos los paquetes de medidas adoptados por el PSOE en la última legislatura, priorizando desenterrar a Franco, imponer el Dogma Heteropatriarcal como base de ley, y glorificar a la II República como la utopía democrática que nunca fue, en lugar de solucionar el paro o la crisis migratoria; o el absurdo entreguismo a los ricos y la banca que practicó el PP en las legislaturas anteriores, son claros ejemplos de esta actitud de legislar en base puramente a la ideología.

 

Pero la solución a la falta de calidad democrática nunca es reducir el nivel de la democracia. Mucho menos cuando el objetivo, lejos de “salvar la democracia”, no es otro que el de impulsar tu propia agenda política. Nuestros antepasados no lucharon contra el absolutismo de unos pocos para que ahora, los autodenominados como sus herederos, decidan escupir en sus tumbas y reimplantar el absolutismo con ellos como la élite dirigente. No desconocí la autoridad de los curas para decirme lo que debo hacer, solo para que ahora vengan estos a exigirme que se la entregue.

 

Limitar el derecho al voto solo porque la gente no vota como a ti te gusta, es como pretender luchar contra los incendios forestales quemando tú el bosque antes de que lo incendie cualquier otra persona.

 

 

Kuro Tenshi Butai

"Opinador y analista disidente desde España, lo cual para algunos me convierte en un facha.
Sobreviví a la inmersión educativa en Estudios de Género y eso me ayudó a tomar partido... contra esa religión sectaria camuflada como ciencia.
Comprobé que el mundo que me vendían en clase, no tenía nada que ver con la realidad, y que lo que pasaba por "educación en igualdad", no era sino puro adoctrinamiento político-ideológico a cargo de hipócritas que ni se creen sus propios dogmas de fe.
Contra el adoctrinamiento en ideas totalitarias y la copia irreflexiva de ideas de ciertos países.
Hablo acerca de la religión de género y otros temas relacionados con la cultura. Me gusta Gundam, y algunas personas dicen que escribo bien."

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