Como el propio nombre del artículo indica, hoy voy a hablar acerca del sorprendente resultado de las elecciones andaluzas del 2 de Diciembre. Sorprendente en el sentido del ascenso del partido Vox, catalogado como de extrema derecha tanto por parte de la izquierda como de los medios de comunicación. Teniendo en cuenta la notoria insistencia de la izquierda marxista cultural por llamar “extrema derecha” a todo aquel que no comulga con sus ideas, considero que esta catalogación hay que cogerla con pinzas.

 

Quitando eso, las elecciones no han sido nada sorprendentes: el PSOE ha seguido con su mayoría de votos, si bien obteniendo menos que en las pasadas elecciones. Pero si se miran las reacciones de la gente, especialmente de aquellos que adhieren ideas de izquierda y del marxismo cultural, la impresión que da es que la victoria es de Vox.

 

El primer punto que creo oportuno dejar en claro es el siguiente:

ES EL PSOE, Y NO VOX, QUIEN HA GANADO LAS ELECCIONES ANDALUZAS

 

Reitero:

VOX NO HA GANADO LAS ELECCIONES ANDALUZAS

 

VOX HA OBTENIDO SOLO EL 10% DE LOS VOTOS

 

VOTOS QUE -en su totalidad- SOLAMENTE REPRESENTABAN AL 59% DE VOTANTES

 

ES DECIR, VOX HA OBTENIDO EL 10% DEL 59%

 

NI SIQUIERA EL 10% DEL 100%.

 

EL 90% DE LOS VOTANTES QUE HAN ACUDIDO A LAS URNAS

 

NO HAN VOTADO A VOX

 

Puede parecer que no era necesario recalcar esto de esta manera tan agresiva pero, a la vista de las reacciones de la clase política y de la izquierda histérica -compuesta por Podemos y sus militantes-, cualquiera que lo vea desde fuera, basándose solo en como se comporta la gente y como rabian, podría terminar creyendo que Vox ha ganado las elecciones por mayoría absoluta.

Ni siquiera en Vox son tan idiotas como para presentar esto como una victoria total. En vez de eso, han preferido presentarlo como “el inicio del cambio”, una evaluación más acorde con la realidad y que no compromete a nada. Pero, oyendo a la izquierda histérica, podría creerse que: primero, Vox es el partido nazi, y segundo, que ha ganado por goleada.

 

La principal razón de la histeria es que supuestamente Vox es un “partido fascista” porque “cree en la unidad de España”, pretende “acabar con la Constitución” y “exalta los símbolos y el nacionalismo español”, y “promueve el catolicismo”, entre otras acusaciones de similar tenor.

Próximamente haré un artículo sobre las autonomías, pero de entrada adelantaré que no se por qué se supone que es tan terrible la idea de someterlas a referéndum. Aparte, me parece no solo curioso sino hasta hipócrita que la misma izquierda histérica, que no para de insistir en que la Constitución “está caduca”, “fue impuesta por el franquismo” y por lo tanto “hay que deshacerse de ella” o reformarla por completo, se conviertan en férreos defensores de la misma (el principal argumento en defensa de las Autonomías es que “las autonomías están consagradas en la Constitución”) ante la mera idea de que se cuestione el Estado autonómico.

Parece que para la izquierda española, la Constitución española es una mierda salvo cuando defiende algo con lo que ellos están de acuerdo; entonces son sus primeros y más feroces defensores.

 

Igualmente, me parece bastante hipócrita que una izquierda que apoya y justifica todas las manifestaciones más agresivas del nacionalismo separatista, negándose a condenar a grupos terroristas como ETA, apoyándolos abiertamente como puede verse en Cataluña y País Vasco, pretenda defender al mismo tiempo que el nacionalismo es malo y fascista, y debe ser rechazado por toda persona de bien.

 

Lo de los símbolos patrios no merece más comentario que recordar que hablamos de la misma gente que cree que es buena idea imponerle a la población una bandera no elegida por nadie, y sinónimo de un régimen inestable y falsamente democrático que la misma izquierda que hoy lo ensalza, con ayuda de la derecha de entonces, hizo cuanto se le ocurrió por convertirlo en una herramienta para empujar el comunismo o, en su defecto, destruir la República a la que tachaban de “burguesa”. (Otra cosa es que a los militares de derecha les diese por dar un golpe de Estado primero, iniciando una guerra civil que acabó en una dictadura derechista de 40 años).

 

Como me parece hipócrita que una izquierda que es constantemente agresiva y beligerante frente al catolicismo en todas sus formas, reclame hacerlo en nombre de la tolerancia y afirme ser antirreligiosa mientras protege, defiende y justifica al islam wahabbita incluso en sus manifestaciones más aberrantes e intolerables tales como violar mujeres y lapidarlas después, ahorcar a homosexuales, o creer que todos los que no practican el islam merecen morir y tomar medias activas para que eso sea lo que ocurra, escudándose en que “son sus costumbres y debemos respetarlas” porque “están oprimidos en este país de supremacía católica y blanca”, y en que, por algún motivo que ni ellos mismos tienen claro, “criticar al islam es racista”.

 

Pero hay algo que encuentro mucho más inquietante que el repunte de Vox, a saber:

A la práctica totalidad de la gente que se lleva las manos a la cabeza por el resultado de Vox LE IMPORTAN UNA MIERDA cuales sean los posibles motivos de los votantes. Prefieren limitarse a pensar que “todos fascistas” y ya, no vaya a ser que plantearse si hay algún motivo mas allá les obligue a hacer autocrítica.

Esto se puede apreciar en artículos como el del profesor Juanito Libritos, quien de algún modo ha logrado que su hilo de Twitter salga en El Confidencial.

 

Juanito Libritos -por usar el nombre que el mismo ha adoptado en Twitter- escribió un hilo contando lo deprimido que se sentía porque supuestamente “he estado criando fascistas, en 2018, en la España democrática”.

¿Los motivos que le llevan a hacer una afirmación tan lapidaria? Simple: le dio por comprobar que nueve de sus antiguos alumnos siguen a Vox en Instagram.

Pues eso ya le pareció motivo más que suficiente para ponerse a lamentarse acerca de que -según el- no fue lo bastante firme a la hora de “transmitirles la idea de democracia y los peligros del fascismo”, en un tono más similar al de un sacerdote que se entera de que varios de sus fieles han decidido hacerse de otra religión. Igualmente muestra su escepticismo hacia la existencia del centro político (recordemos, una de las tesis mas empleadas por el marxismo cultural es que centro político = palabra en clave para decir fascista), así como pretende ir de vidente, afirmando que vio “señales de alarma” a las que no prestó atención.

¿Las “pruebas” de que “estaba criando fascistas”?

“Uno de mis alumnos puso los ojos en blanco la primera vez que mencioné la palabra feminismo en clase”.

“No se inquietaban lo bastante ante las noticias de pateras en las playas”

“Mostraban una catalanofobia desconcertante”

“Usaban lemas de la selección de fútbol como <a por ellos> y simbología patriótica”

 

Sí, por lo visto al profesor le parecía terriblemente raro, y prueba de fascismo, que sus alumnos españoles expresaran su apoyo a la selección española. Como apliquemos ese criterio de que apoyar a la Selección española es sinónimo de ser fascista, entonces aproximadamente dos tercios de la población de España son fascistas.

 

Por otra parte, su artículo destila un clasismo rampante, además de creer en la dialéctica de la opresión al afirmar con extrañeza que los alumnos en cuestión son “blancos, heterosexuales, católicos, de familias trabajadoras, simpáticos, nada problemáticos, educados y buenos estudiantes”, implicando que únicamente la gente pobre e ignorante, la “problemática” (signifique lo que signifique eso en la mente de Juanito Libritos), o la gente que sea asquerosamente rica podría votar a Vox.

El mero hecho de que crea oportuno recalcar que sus alumnos son blancos -cosa que no haría con los “migrantes”- ya demuestra que de entrada este profesor cree en las tesis del marxismo cultural. Además de describirlos deseñosamente como “fascistas adolescentes con acento andaluz”, implicando igualmente que “el fascismo es cosa exclusivamente de señoritos castellanos” y que los andaluces, como “pueblo oprimido”, es imposible que caigan en eso.

 

Por razones similares, el autor recalca al menos cinco veces que “esto está ocurriendo en pleno siglo XXI”, como si por alguna razón el hecho de que el calendario marque una fecha determinada deba significar que la gente no tenga determinada idea política. Así mismo, se empeña en considerar el hecho de que ¡9! -de los probablemente cientos de alumnos que habrá tenido- voten de manera distinta a la que él deseaba como un fracaso de “la sociedad, del sistema educativo, y sobre todo mío”.

Podríamos pensar que al menos se molestaría en preguntarles si realmente habían votado a Vox o por qué les seguían, pero eso igual le desgraciaba el relato victimista, de modo que sigue lamentándose de que, según el, no se ha esforzado lo suficiente. Así que no solo no lo hizo, sino que resalta como motivo de orgullo profesional que “una de mis alumnas vio eso y los eliminó inmediatamente de su Instagram, pues no quería tener nada que ver con seguidores de una formación que habla así”.

 

¡Ahí, ahí! Un profesor de Historia animando a sus alumnos a que rechacen y corten toda forma de diálogo con aquellos que no piensan como el.

 

No contento con esto, pretende dar su propia “explicación” sobre los “motivos” de sus alumnos: Según el, “han usado su primera papeleta para votar contra la democracia que les ha criado, han votado contra mí, han votado que la mitad de sus compañeros de aula sean expulsados del país, han votado que su futuro matrimonio valga más que el mío”. Sí, una explicación de “motivos” sin un solo motivo, solo una muy larga lista de predicciones apocalípticas.

Leyendo este hilo podría pensarse que Vox no ha obtenido un mísero 10% del 60% de los votantes, sino que ha ganado por mayoría absoluta.

 

Para terminar, se pone a lamentarse de que “esos alumnos me colmaron de aprecio y regalos, a mí, a un profesor abiertamente gay”, cayendo en la trampa habitual de la izquierda histérica: recalcar la pertenencia a un colectivo “oprimido” para reforzar los propios argumentos y negar las objeciones. Pues nada, el profesor de repente decide que, como sus alumnos son “fascistas”, el hecho de que en su día le mostrasen aprecio y le diesen regalos no vale absolutamente nada.

Me imagino que al menos será medianamente coherente y los tirará a la basura, por no quedarse con nada que le hayan dado “fascistas”. Aunque conociendo a la izquierda, me da a mí que no, que se los quedará y los presentará como prueba de “hipocresía”.

 

Cito este hilo porque lo considero representativo de la actitud de la izquierda histérica: en realidad los motivos que puedan haber llevado a alguien a votar a Vox les dan igual, más bien parecen contentos por tener alguien contra el que pelearse. El profesor no muestra el menor interés por saber que ha pasado; antes prefieren aferrarse a que “todos son fascistas” (curiosamente, para decir esto los de la izquierda histérica no usan el lenguaje inclusivo, fíjense que cosas) antes que plantearse que a lo mejor ELLOS han hecho algo mal.

Deshumanizar al “enemigo” -irónicamente- es lo primero que hizo gente que era abiertamente fascista como Mussolini y Hitler: el “Otro” -entonces los judíos y hoy los votantes de Vox- es “el enemigo”, alguien con el que no se puede negociar otra cosa salvo que si quiere morir de manera lenta o rápida.

 

Aparte de eso, vemos interpretaciones aún peores que esta, si es que eso es posible.

La izquierda histérica, esa misma que no para de insistir en que es “antimachista” y “feminista”, CULPA A LAS MUJERES del resultado de Vox. Según teorías defendidas por gente como Irantzu Varela,  o Irene Moreno, portavoz de Podemos en el Congreso de los Diputados y por tanto política electa, como “el 72% de los votantes de Vox son hombres”  (dato que afirman haber sacado de la metroscopia de 20 Minutos), ha sido “la abstención femenina” la que ha posibilitado la “victoria” de Vox (reiteramos que de victoria nada, a no ser que de repente obtener un 10% de escaños sea sinónimo de mayoría parlamentaria).

Esto no solo es abiertamente machista, sino que implica asumir que los votantes son tontos, especialmente las mujeres. Aunque, ¿qué se puede esperar de gente cuyos ancestros políticos se opusieron frontal y vehementemente al voto femenino basándose en que voto femenino = victoria de la derecha?

 

Aparentemente, no se les ha ocurrido plantearse que a lo mejor ha habido mujeres que voten a Vox. Tampoco se les ha ocurrido plantearse que igual simplemente hay gente que ha desplazado su voto, como prueba del dato de que Podemos haya obtenido 280.000 votos menos que en las últimas elecciones.

O vemos espectáculos esperpénticos como el de la política del PSOE Susana Diaz, la Presidenta de Andalucía, afirmando alegremente que “si no contamos los votos de la extrema derecha, la izquierda demócrata ha obtenido una victoria impecable”.

Exactamente: Una política que no duda en autodefinirse a sí misma como una demócrata, abogando abiertamente por suprimir del recuento electoral los votos a los partidos que no le gustan. No me sorprendería que muchos votantes tomen buena nota de esto y se traduzca en más votos para Vox en futuras elecciones.

 

Como creo que ya he señalado, pero vuelvo a repetir, ni uno solo de los análisis hechos se plantea el por qué. En vez de eso, prefieren insistir en la especie -difundida por la izquierda histérica- de que “hay fascistas por todas partes, tenemos que combatirlos como sea, alerta antifascista, muerte al fascismo”.

Este tipo de deriva -deshumanizar y criminalizar a alguien simplemente por votar a un partido- es peligrosísima para la propia democracia porque significa alienar y polarizar aún más a los votantes, criminalizándoles simplemente por no votar como a la clase política le gustaría. La principal consecuencia de criminalizar a alguien por votar a una opción política es la que se vio en Podemos y el ascenso del gurú Pablo Iglesias: al sentirse atacados y ultrajados por sus políticos y sus opciones políticas, tienden a prestar mucha más atención a los políticos extremistas de la que les prestarían en circunstancias normales.

 

Aparte de este fenómeno, el deshumanizar al rival rompe toda posibilidad de diálogo. El aferrarse a que los votantes son todos fascistas, tratarles como criminales por votar, y rechazar todo lo que tengan que decir basándose en que “eres fascista” hace del todo imposible la comunicación. Se pasa así de intentar la política por consenso, a la convicción de que “el otro” es alguien con el que no se puede negociar, alguien que es una peligrosa amenaza para tu propia existencia, que conspira para acabar contigo y al que, por tanto, debes eliminar como sea antes de que lo haga primero.

Pero la izquierda histérica no parece haber aprendido la lección. Los mismos que decían ser los políticos del diálogo, alientan a la gente a perseguir y atacar a todo aquel que no comparta sus ideas. Los mismos que reclamaban ser víctimas de persecuciones fascistas, no dudan en exigir que se aprueben leyes para criminalizar a cualquiera que no comulgue con su credo. Los mismos que reclaman querer la paz, hacen llamamientos a tomar las calles y exterminar a todo aquel que no adhiera sus tesis, por “agredirnos”.

 

¿Qué opino yo?… Se preguntará alguien. Sencillo.

No admito la tesis simplista de la izquierda marxista cultural. La tesis que pretende que simplemente 400.000 personas se levantaron el día de las elecciones diciendo “A partir de ahora soy fascista y voy a empezar por votar a Vox”. Eso no ocurre ni en las peores películas americanas.

 

Una opinión política no se forma de manera tan repentina como cree la izquierda.

En mi artículo sobre el marxismo cultural he mencionado que una de las tesis fundamentales en que creen es la de que se puede moldear a la sociedad al antojo del ingeniero social de turno, simplemente poniendo mensajes aquí y allá para convencer a la gente de que lo negro es blanco y lo blanco es rosa. Si no admito esa tesis para la izquierda, tampoco la admito para la derecha.

 

Máxime si tenemos en cuenta que, como ya he apuntado, el discurso de la derecha, el discurso que les ha dado votos, ni siquiera es un discurso nuevo y rompedor que se hayan inventado recientemente, sino que es el que han venido apuntando siempre.

Por lo tanto, si el discurso es el mismo de siempre, el mismo que era y es rechazado por la gran mayoría social, es claramente falaz hablar de que “la ultraderecha ha seducido a los votantes” como si Vox poseyera algún tipo de máquina hipnotizadora que convierta a buenos demócratas en fanáticos fascistas dignos de ingresar en las SS.

 

Mi teoría es muy otra: lejos de hallarnos ante “un repunte del fascismo en España” -como no para de insistir la izquierda histérica temerosa de perder aún más votantes-, estamos ante un voto de castigo contra esa misma izquierda histérica.

Esto se puede apreciar en muchos hilos explicativos y artículos de este tipo, donde gente normal explica por qué, a pesar de no ser fascistas y muchos de ellos hasta identificarse con la izquierda política, han preferido darle su voto a Vox o no votar en absoluto, antes que darle su voto a la izquierda histérica que hoy les llama fascistas y tontos, y hace llamamientos a cortarlos en pedazos.

 

Pese a las múltiples diferencias entre las opiniones políticas de las personas que los escriben, todos los hilos apuntan exactamente a los mismos puntos: la izquierda no nos escucha, la izquierda se ha olvidado de los votantes, la izquierda se centra más en tonterías como el lenguaje inclusivo y la deconstrucción que en ayudar a los votantes, la izquierda trata a los votantes con desprecio, la izquierda te insulta a la cara y luego se ofende porque no le das el voto, la izquierda está haciendo exactamente las mismas cosas que criticaban a la derecha (en referencia a episodios como el chalet de Pablo Iglesias o las redes clientelares), la izquierda está más preocupada de imponer sus propias y muy particulares ideas por decreto que de ayudar a la gente, la izquierda no hace autocrítica sino que se empeñan en culpar a los demás de su fracaso, la izquierda dice el lunes una cosa, el martes lo contrario y el miércoles pretende que eres idiota…

La respuesta de la izquierda histérica en todos los casos ha sido exactamente la misma: si te indigna que la izquierda haga eso, entonces es que a lo mejor ya eras un poco fascista desde el principio. ¡Ahí, ahí, con dos cojones! Lejos de admitir la crítica, ponerte a llamar fascista a quien la hace. Una manera estupenda de conseguir votantes, sin la menor duda. (Pista: No)

 

No contentos con limitarse a Twitter, la izquierda histérica ha optado por dar la batalla de otra manera. Poco después de conocerse los resultados, en una muy dramática comparecencia de prensa -en la que sin duda debía creerse Charles de Gaulle llamando a la resistencia frente al Wehrmacht-, Pablo Iglesias, el líder de Podemos, afirmaba que tanto él como su partido se ponían en “alerta antifascista” -signifique lo que signifique eso-, y aparte de eso, llamaba a la movilización de “mujeres, pensionistas, estudiantes, racializados y trabajadores” para tomar las calles y “frenar al fascismo”. Esto se tradujo en una movilización en la que se estima que 5000 personas tomaron las calles de Sevilla gritando consignas tan “democráticas” como “los fascistas a pedazos”, “No pasarán” y “Sevilla está en lucha”, para finalmente intentar asaltar la Universidad afirmando que estaba llena de fascistas y “cristos”.

Sí, esto es correcto. Un miembro del Parlamento español animando abiertamente a sus militantes a tomar las calles en protesta simplemente porque no le gusta el resultado de unas elecciones. Unas elecciones que, recordemos, Vox NI SIQUIERA HA GANADO. Pero, para la izquierda histérica, movilizar a la gente para quemar las calles porque salga elegido alguien que no les gusta es un ejercicio de democracia, no un intento de coaccionar al Gobierno.

 

Irónicamente, son este tipo de episodios los que alimentan el crecimiento de partidos como Vox. Ver en las calles y en las instituciones a una izquierda militante, radical y extremadamente agresiva, que organiza movilizaciones en las que se gritan consignas animando a matar gente; que insulta y ataca a todo aquel que no piensa como ellos; que proclama abiertamente su respaldo al uso de la violencia con fines políticos; que, en fin, se niega a aceptar los resultados de las elecciones cuando no les gustan. Todo ello sin que nadie haga nada por detenerlos, y se le repita a la gente que eso “es democrático” y que criticarlo es “fascista”, es justo la clase de situación que provoca que el voto de la gente se desplace a la derecha.

Pero esto no le importa a la izquierda histérica porque, según ellos, todo lo que hacen está pero que muy bien; somos los demás los que actuamos mal y somos “fascistas” por negarnos a entender que la izquierda se sienta perfectamente legitimada para emplear la violencia con ánimo de imponer sus ideas.

 

Si miramos atrás, vemos claros paralelismos entre el ascenso de Vox y el de Podemos. En ambos casos, el partido en cuestión fue salvajemente atacado por los medios de masas. Como se hace ahora con Vox, en su día se hicieron predicciones apocalípticas sobre lo que pasaría si Podemos tocase el poder: que si iban a destruir el sistema, que si querían “romper España”, que si iban a convertir España en una segunda Venezuela…

El resultado no fue otro que el de que Podemos logró el 30% de los votos, obtenidos en su mayor parte de gente que estaba cansada del PP y el PSOE, a los que acusaban de haberse olvidado de la gente, llamaban tontos a los que no les votaban, les daban igual los problemas de los votantes, y estaban más preocupados de enriquecerse ellos y de imponer sus propias ideas que de legislar por el bien del país.

Al mismo tiempo, al PP y al PSOE les dio por hacer una campaña agresiva según la cual todos los votantes de Podemos eran ultras antisistema que querían acabar con la democracia, comunistas peligrosos a los que había que detener. ¿Les suena de algo?

 

A mí sí: son exactamente las mismas acusaciones que dan los votantes decepcionados con Podemos y que, o se han abstenido, o han desplazado su voto a Vox. Justo el mismo fenómeno que produjo el ascenso de Podemos es el que ha provocado que haya escaños de Vox en Andalucía, y que Vox gane cada vez más fuerza y militancia: el desapego de la clase política “tradicional” hacia los votantes.

Porque sí, Podemos se ha convertido en clase política tradicional. En cuanto han tocado algo de poder, han empezado a comportarse exactamente como la “casta” a la que tanto despreciaban en sus campañas, montando sus propias redes clientelares de estómagos agradecidos con dinero público, despilfarrando los fondos públicos en lujos y caprichos para ellos, comportándose más como ingenieros sociales en una dictadura que como políticos en una democracia y, en fin, empleando los votos de la gente para pegarse ellos la vidorra padre a cuenta del erario público.

 

No contento con convertirse en un partido corrupto más -lo cual por si solo ya es bastante grave teniendo en cuenta que se vendían como la alternativa “limpia” y no corrupta-, Podemos ha empleado todos sus esfuerzos en tratar de reprogramar a la gente de acuerdo con sus particulares ideas, importadas de Estados Unidos y del marxismo cultural, e inaplicables en España, ignorando la realidad española.

Así, hemos asistido a espectáculos absurdos como la gente de Podemos insistiendo en que “España es un país racista de supremacía blanca”, la clase de discurso que pega más en Estados Unidos, pero que en un país que tiene de “blanco” lo mismo que el Líbano (es decir, nada) no tiene el menor sentido. Otrosí, los lideres de Podemos han creído que era buena idea insistir en “la importancia de la deconstrucción de los valores machistas y patriarcales de la sociedad”, sin que les importen detalles menores como que, de hecho, la Constitución consagra la igualdad entre hombres y mujeres.

Por el mismo motivo, Podemos ha expresado reiteradamente su convicción acerca de que la gente que critica la entrada masiva de inmigrantes ilegales en España, así como la tesis podemita de que es deber del Estado mantenerlos, “lo hacen solamente porque son ignorantes, además de fascistas, machistas y racistas”, así como expresando su firme convencimiento de que “esa gente viene huyendo de la pobreza y la desesperación”, ya de paso implicando que los españoles son insolidarios. Y racistas y supremacistas blancos, que no se nos olvide.

Que esto nos lo diga un tío que se declara antirracista pero que, en cuanto tocó poder, lo primero que hizo fue mudarse a un barrio libre de inmigrantes, clama al cielo.

 

El votante medio, por lo general -a no ser que sea fascista de verdad, muy musulmán o muy religioso-, no tiene problemas con que las mujeres sean tratadas y valoradas en igualdad con los hombres, ni en que los LGBT tengan los mismos derechos, ni en que la inmigración (controlada y legal, claro) venga a España, por citar los principales caballos de batalla de Podemos.

 Es el intento de imponer leyes absurdas y de “compensación”, importadas tal cual de Estados Unidos, ignorando otros problemas mucho más acuciantes socialmente como la precariedad laboral, lo que cabrea a los votantes.

 

Es el empeño de la clase política en decirle a la gente que trabaja de lunes a sábado, 16 horas al día, por 600€ al mes, que el verdadero problema de la sociedad es que se usa un pronombre y no otro a la hora de hablar. O en decirle a ese mismo asalariado que, pese a que malvive, está “privilegiado” por “ser blanco y tener pene”, y que el hecho de que no vea que tiene privilegios es prueba de su machismo.

Es el empeño de esa misma clase política en llamarte racista, en vez de hacer algo al respecto contra la mala leche de tu ex-jefe como se te ocurra quejarte de que el patrón te ha despedido porque le sale más a cuenta contratar ilegales, lo que cabrea a la gente.

Es el empeño de la misma clase política en repetirte, pese a que hay un paro estructural del 30%, que el verdadero problema de la sociedad española es que no hay bastantes trabajadores y que para solucionar eso es necesario que vengan millones de inmigrantes “a pagar nuestras pensiones”. Que le digan a alguien que ha sido despedido que el problema es que no hay trabajadores, es como decirle a un judío alemán que el verdadero problema de Alemania es que Hitler no sigue en el poder.

Es el empeño de la clase política en insistir en que el principal problema de la sociedad es la “violencia machista”, al tiempo que recortan brutalmente el presupuesto de los juzgados para que se lo lleven ONG solo de nombre, cuya principal función parece ser promocionar a sus líderesas y editar “libros” de “Por qué eres machista y no lo sabes”. Esto simplemente porque las ONG, en realidad, son redes clientelares de estómagos agradecidos siguiendo una formula muy simple: yo te doy dinero y luego tú me votas.

 

Es el empeño de la clase política en rechazar las propuestas y quejas de la gente, en la creencia de que ellos saben mejor que la propia gente cuales son los problemas de la propia gente, lo que provoca el desencanto con la política o el voto a opciones “raras” a modo de toque de atención para la misma clase política que les ignora.

 

El voto tradicionalmente del PPSOE se desplazó a Podemos en el momento en que parecía que Podemos era el partido que arreglaría los problemas sociales. Fue cuando se comprobó que Podemos, el partido que se vendía a sí mismo como la solución, se había convertido en parte del problema, que el voto de la gente se desplazó a Vox.

Ni siquiera porque crea realmente en el fascismo, o porque Vox sea fascista, o porque hayan dado con un nuevo discurso rompedor, sino porque la propia izquierda ha traicionado y ahuyentado a sus propios votantes no solo no haciendo nada por ellos, sino haciendo de ellos el objetivo principal de sus ataques.

En reiteradas ocasiones, Podemos se ha alineado incondicionalmente de parte de los patronos ricos y contra los obreros pobres, en la errónea creencia de que como ellos eran “diferentes” la gente les seguiría votando igual.

 

En conclusión, creo que la clase política ha diagnosticado mal el problema, sea por ignorancia o como parte de un plan más elaborado, y se ha dejado llevar por la histeria y el alarmismo, malinterpretando deliberadamente un voto de castigo -porque esto es lo que es- como prueba de la existencia de una hipotética “amenaza fascista” que no existe en ninguna parte más que en sus mentes.

Para hacerlo aún peor, preveo que caerán en el mismo error que con Podemos, con Trump y con Bolsonaro: hacerle ellos la campaña a Vox dándoles bombo, de modo que cada vez más gente se convenza de que debe votarles porque “Si la clase política ataca tanto a esta formación, entonces me interesa que lleguen al Gobierno”.

 

Y luego a llevarse otra vez las manos a la cabeza y a chillar a los cuatro vientos que “España es un país fascista”, ignorando que han sido ellos los que han aupado a Vox al prestar más atención a sus propios proyectos delirantes de ingeniería social, que a hacer caso a lo que quería y necesitaba la gente.

 

Kuro Tenshi Butai

"Opinador y analista disidente desde España, lo cual para algunos me convierte en un facha.
Sobreviví a la inmersión educativa en Estudios de Género y eso me ayudó a tomar partido... contra esa religión sectaria camuflada como ciencia.
Comprobé que el mundo que me vendían en clase, no tenía nada que ver con la realidad, y que lo que pasaba por "educación en igualdad", no era sino puro adoctrinamiento político-ideológico a cargo de hipócritas que ni se creen sus propios dogmas de fe.
Contra el adoctrinamiento en ideas totalitarias y la copia irreflexiva de ideas de ciertos países.
Hablo acerca de la religión de género y otros temas relacionados con la cultura. Me gusta Gundam, y algunas personas dicen que escribo bien."

Esta entrada tiene 2 comentarios

  1. Hola.

    Lo de “Negándose a condenar a ETA” es una mentira como un templo, lo sabes bien y eso, y no ser español, es lo que te convierte en adoctrinador.

  2. Lo unico claro que hay en este articulo es que al autor no le gusta Podemos, fuera de eso, imprecisiones y verdades a medias por doquier.

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