En los últimos meses se ha vuelto algo común observar en redes sociales o incluso en los medios de comunicación tradicionales la difusión de enfrentamientos callejeros o el atentado terrorista ocasional, que tienen como protagonista a la extrema derecha.

Después del terrorismo salafista, el terrorismo neofascista amenaza con ser el segundo gran peligro para la población civil en Europa, y algunos teorizan ya con una segunda oleada de atentados por parte de la ultraderecha contra las minorías religiosas en respuesta a los atentados cometidos por islamistas radicales. Obviamente en casi todos estos ataques las víctimas serán en todos los casos personas inocentes que absolutamente nada tienen que ver con el terrorismo de uno y otro signo. Ya sea una neonazi en Murcia apaleada a las puertas de un bar, ya sea un ultra del Betis agrediendo a un joven en una plaza en Bilbao, una manifestación de La Falange disuelta en Barcelona tras los atentados recientes ocurridos en esa ciudad o un atropello masivo en Charlotesville que se salda con una muerta y varios heridos, lo cierto es que la presencia minoritaria de la extrema derecha en nuestra sociedad disfruta de bastante atención por parte del público general. Quizás el caso que más ha resonado en nuestro país ha sido el que tuvo lugar en la ciudad de Zaragoza, donde el falangista Víctor Laínez fue hallado muerto con varios golpes en la cabeza tras haber tenido un desencuentro con el antisistema Rodrigo Lanza. Las circunstancias de este enfrentamiento no están aún del todo claras: algunos testigos insisten en que Lanza se acercó a Lainez, aficionado a las motos y nacido en Cataluña, para increparle el hecho de que llevara unos tirantes con la bandera de España y que Víctor fue atacado por la espalda cuando salía del bar, otro (particularmente uno de los que acompañaban a Rodrigo) insiste en que Lainez insultó a Rodrigo por su origen chileno y de que una vez estuvo este fuera del bar Víctor lo siguió con la intención de agredirle con una navaja.

Supuestamente en este instante, Rodrigo tuvo que golpear a Víctor para que este no le atacase con el arma blanca, y las lesiones en la cabeza de Lainez se derivarían del impacto al caer contra el suelo. Cabe reseñar que esta supuesta arma blanca todavía no ha sido encontrada a día de hoy, un mes después de que tuviera lugar el suceso.

Muchas personas conocen el nombre de Rodrigo Lanza gracias al documental Ciutat Morta, estrenado en el año 2013, que relata los hechos que llevaron a su primera estancia en prisión. Lanza fue condenado en el año 2006 por haber arrojado una maceta desde la azotea de un Centro Social Ocupado que habría dejado tetrapléjico a un agente de policía de la Guardia Urbana de Barcelona, durante un violento desalojo en el que se produjo una carga policial seguida de una batalla campal. Fue detenido en un hospital cercano al poco tiempo de que tuvieran lugar estos hechos, a pesar de su perpetua insistencia en que el no se encontraba en la localización exacta cuando tuvieron lugar las lesiones al agente. Rodrigo Lanza, hijo de una familia de clase media, con ciudadanía italiana además de la chilena y nieto de un asesor del dictador Augusto Pinochet, aseguraba haber sido victima de un montaje policial y que su detención se produjo en base a su forma de vestir y a su origen latinoamericano. La investigación relacionada con el documental destapo un entramado de torturas y brutalidad policial que incluía a varios agentes implicados en la detención de Lanza y sus compañeros, particularmente en referencia a los abusos policiales cometidos en otro caso contra un joven que resultó más tarde ser pariente del cónsul de Trinidad y Tobago en Barcelona.

El documental Ciutat Morta incluía además la figura de la difunta poetisa Patricia Heras, detenida junto a Lanza pese a no encontrarse en el lugar de los hechos cuando tuvieron lugar las lesiones al agente, y que se suicidó durante un permiso carcelario en el año 2011. Durante varios meses tras la presentación del documental, Lanza fue una figura bastante mimada por la izquierda progresista en España y particularmente en Cataluña. Todo el mundo parecía volcarse con la figura de aquel pobre chico al que unos indeseables fascistas le habían jodido la vida. Hasta que tuvieron lugar los recientes hechos del pasado mes 8 de Diciembre, después de los cuales se dio aquello de ‘si te he visto ni me acuerdo’. Rodrigo y sus allegados aseguran que está siendo víctima de un segundo montaje policial, lo cual lo convertiría ya en el antisistema con peor suerte del mundo. Porque si ser víctima de un fallo de la Justicia es algo francamente improbable aunque entra dentro de los límites de la posibilidad, más improbable aún es ser víctima de dos montajes consecutivos en tan corto espacio de tiempo. O el universo te tiene una especial manía o hay alguna parte de toda esta historia que hace aguas.

Es perfectamente posible que Rodrigo fuera victima de un montaje policial en Barcelona y fuese condenado injustamente. Nadie esta negando esto. Pero el ser víctima de una injusticia o de un crimen no le convierte a uno en inocente automáticamente si se convierte en sospechoso de un nuevo delito. Es también posible que Rodrigo Lanza asesinase de manera premeditada a Víctor Lainez, a pesar de que fuera verdaderamente inocente del primer delito por el que había sido condenado: el de lesiones al agente de la Guardia Urbana. Quizás le ocurrió lo que a muchos jóvenes en prisión, que su estancia en la misma lo único para lo que le sirvió fue para radicalizarse aún más en su ideología. A eso se debe añadir además la brutalidad policial de la que hacían gala los agentes acusados por torturas que le detuvieron, o la muerte de su amiga Patricia. Todos estos ingredientes formaron un explosivo cóctel que estalló aquella noche a principios de Diciembre cuando Rodrigo encontró en la barra de un bar maño a un conocido falangista y se enzarzaron en una discusión.

Obviamente, este artículo no ha sido escrito con la perspectiva de santificar o demonizar ni a Rodrigo Lanza ni a Víctor Lainez. Lo mismo que he dicho para el primero se aplica también para el segundo: Lainez, a pesar de ser una víctima de homicidio, era simpatizante de Falange Española, una agrupación política que no destaca precisamente por sus actitudes democráticas o su respeto a los derechos del individuo. Pero ser falangista, como ser idiota, no es algo por lo que uno debiera pagar con su vida… a no ser, claro esta, que se convierta en un riesgo inmediato para la vida o la seguridad de otros, e incluso en este caso se puede reducir físicamente a la persona sin llegar a extremos donde se tenga que acabar con la vida del otro, la respuesta ha de ser proporcionada dentro de lo posible. Esto Rodrigo Lanza lo sabe, y por eso está intentando jugar esta baza a su favor para poder obtener una condena menos severa por parte de un tribunal.

El propio Rodrigo Lanza ha afirmado en un comunicado desde prisión que si bien lamenta la muerte de Víctor Laínez, la autodefensa contra los fascistas es la lucha mas legítima que puede haber. La justificación está ahí implícita, se mire desde donde se mire. Según algunas personas, Laínez tenía antecedentes por haber participado en riñas tumultarias y alguna reyerta de bar en los años ochenta, cuando mas activo estuvo en su militancia política. No era Legionario aunque estuvo meditando entrar varias veces y era admirador de la estética militar en general. También era padre de dos hijos y abuelo de un nieto, también había regentado varios establecimientos para mochileros en Republica Dominicana y Costa Rica, también era el retoño de dos padres ya ancianos que no saben como asimilar la noticia de la muerte de su primogénito. Regresó de su aventura al otro lado del mar enfermo (su consumo habitual de whisky no ayudaba) y en ocasiones necesitaba la ayuda de un bastón para desplazarse, aunque últimamente había mejorado en salud, según sus amigos y conocidos, que lo atribuyen al inicio de una nueva relación sentimental. También tenía muchos amigos latinoamericanos, y es quizás este hecho el que a mí me hace desconfiar de la versión de Rodrigo Lanza… porque los falangistas, a pesar de su vocación totalitaria, ultraconservadora y antiliberal, tienden a ser panhispanistas en el fondo y en las formas. Hablan mucho de España como la Madre Patria y de los países de Centro y Sudamérica como los hijos pródigos, como la sangre que está retornado al hogar tras siglos de haber estado apartada. No son como los nacionalsocialistas que ven a mestizos y mulatos como una degeneración racial y al mestizaje como una traición, más bien todo lo contrario, los panhispanistas y entre ellos los falangistas, tienden a ver a los mestizos y mulatos como hermanos de los españoles por religión, por idioma y por cultura. Prefieren antes a una persona negra de Guinea Ecuatorial que hable español y sea católico, antes que a un blanco de Bosnia que no lo hable y que además sea musulmán.

Volviendo al asunto central que nos ocupa, todos estos eventos han puesto sobre el tapete la urgencia de hablar sobre la necesidad de aquellas personas que son susceptibles de ser víctimas de agresiones físicas por parte de la ultraderecha acerca de ejercer su derecho de autodefensa, lo cual ha suscitado un debate en redes sociales sobre si es correcto o no ejercer la violencia física contra los nazis, aun si no han cometido todavía actos violentos ni están planeando hacerlo. Al ser un debate bastante cargado emocionalmente, muchas veces estas discusiones se acaban convirtiendo en un mero intercambio de descalificaciones e insultos donde se acaba buscando tener más razón sobre el interlocutor, antes que responder a la pregunta central que originó todo el asunto.

Y la pregunta sería, ¿es legítimo pegarle a un nazi? La respuesta es, como en casi todo: depende. En ciertos casos agredir a un nazi no solo es permisible, sino que es hasta obligatorio. Una persona que se encuentra a sí misma siendo agredida por un grupo de ultraderecha u observando como otra persona es víctima de un ataque tiene todo el derecho del mundo a usar los medios que sean necesarios para repeler la agresión. Entra dentro del principio libertario de autodefensa, que da derecho al individuo a devolver el golpe a sus atacantes con el fin de frenar un ataque por parte de actores externos.

Podemos discutir largo y tendido acerca de la proporcionalidad de dichos medios, pero la adrenalina que acomete al ser humano durante un enfrentamiento de estas características no suele ser buena consejera a la hora de recomendar mesura, como todo el mundo que haya sufrido un asalto sabrá. Pero nada de poner la otra mejilla, ni por asomo. También, y esto ya es simplemente una opinión en el plano personal, resultaría legítimo realizar acciones preventivas para la neutralización de potenciales atacantes si se han sufrido previamente amenazas considerables o si se tiene un conocimiento fehaciente de un plan para cometer agresiones contra miembros del público. Y que conste que lo mismo que estoy diciendo acerca de la ultraderecha es perfectamente válido para justificar la autodefensa contra individuos o grupos de otras tendencias políticas y/o religiosas. No obstante, fuera de estos dos casos anteriormente mencionados, consideraría un error enzarzarse en enfrentamientos callejeros contra la ultraderecha. Esta consideración no parte solo del hecho (considerado por algunos como inevitablemente radical) de que incluso los neonazis tienen derecho a la vida y a un mínimo de respeto por su integridad física, a pesar de lo deleznable de su ideología. Incluso si es una vida desaprovechada en el odio al Otro, al que es diferente, y de que probablemente en algunas circunstancias ellos no tendrían respeto por la integridad de sus congéneres, siguen siendo personas con un mínimo de derechos a respetar. Esta consideración parte también del hecho de que ejercer el principio de autodefensa contra amenazas reales o potenciales es distinto a cargar de manera irreflexiva contra un atacante cuya fuerza uno desconoce. Buscar activamente a individuos o grupos de ultraderecha para provocarles o agredirles puede acabar en una escaramuza donde estos pongan contra las cuerdas a los antifascistas, y el resultado puede saldarse con heridos e incluso muertos por no haber sabido medir las batallas a librar.

Luego ya, aparejado a estas últimas consideraciones, uno tendría también que tener en cuenta el factor de que legitimar la violencia callejera como forma de disidencia contra oponentes políticos podría tener consecuencias negativas para la población civil. Porque el problema no reside necesariamente en que un grupo de antifascistas le pegue una paliza a un nazi, el problema reside en que el antifascismo como movimiento político está asociado en la práctica totalitaria a una parte de la izquierda de tendencia comunista y/o anarquista, y es posible que la consideración de estos grupos de lo que constituye el fascismo vaya más allá de los individuos englobados dentro de la ultraderecha populista, violenta y xenófoba en Europa u Occidente.

Hoy por hoy, en las redes sociales y en la vida real, el término ‘fascista’ se ha convertido en un epíteto carente casi de toda validez, por ser una de las palabras mas prostituidas del argot político. En mi vida lo he visto ser empleado contra conservadores de viejo cuño, moderados, democristianos, liberales clásicos, feministas, centristas, nacionalistas periféricos, anarcoindividualistas, socioliberales, libertarios, socialdemócratas o incluso determinadas corrientes dentro del comunismo como los trotsquistas. La propia palabra ‘antifascista’ me suena especialmente redundante, porque para mí la oposición al fascismo en España y en Europa es mayoritaria. Antifascista, antirracista o antinazi es cualquier persona normal de las que vemos por la calle, porque todos conocemos las malas obras de este tipo de regímenes totalitarios y obviamente nos opondríamos a la instauración de uno similar en nuestro país; otra cosa es que haya una extrema izquierda que se haya apropiado del término. Por eso autodefinirse como antifascista y hacer de la oposición al fascismo una identidad es sospechoso, porque da a entender que uno cree que el fascismo es más común y está más presente de lo que en realidad está. De la misma manera que cuando hablamos de defender los derechos de las mujeres hablamos de feminismo y no de antimachismo, existen otras palabras para definir la defensa de los valores democráticos, de las libertades individuales y de los derechos civiles de la población.

Obviamente, legitimar la violencia callejera arbitraria contra los fascistas y considerar como tales a tendencias políticas que poco o nada tengan que ver con los mismos puede ser contraproducente, o hasta peligroso, y corren el riesgo de sufrir agresiones personas que pertenezcan a los colectivos políticos anteriormente mencionados que nada tienen que ver con el fascismo. Al ser una palabra cargada de connotaciones negativas y con un contenido asociado que la hace ser moralmente repugnante, suele ser uno de los insultos más recurrentes dentro del panorama político. Obviamente la relación de cordialidad que pudo haber surgido entre el fascismo y el conservadurismo parlamentario (así como los estamentos tradicionales de la aristocracia, el clero y el sector militar) está ahí a pesar de haber sufrido sus altibajos, sobre todo en los últimos días de la Segunda Guerra Mundial o en dictaduras como la de Salazar en Portugal. Y esta relación es más considerable en España, donde buena parte de los cargos del partido conservador/democristiano actualmente en el gobierno son descendientes directos de funcionarios gubernamentales que se hallaban bien posicionados durante el periodo franquista. Pero creo que es un error considerar que el conservadurismo en Europa u Occidente a nivel general apoya invariablemente a la extrema derecha, por no decir que en determinados contextos ha luchado contra la misma (las razones para ese combate, de nuevo, son debatibles, pero ahí está). No hay que culpar a los hijos de las acciones de sus padres, nos basta con culparles de sus propias acciones. Pero a fin de cuentas yo no soy ni comunista ni católico, no creo ni en culpas colectivas ni en pecados heredados.

Manuel José Martínez Perdomo

@nadir_perdomo

Manuel Perdomo

Manuel Perdomo es sociólogo, liberal, escritor, bisexual, jamonero... y muchas cosas más. Nacido en Tenerife, ha vivido en Reino Unido y actualmente reside en la fría Salamanca. Le gusta mucho viajar, pero no puede hacerlo tanto como le gustaría. Escribe sobre sus grandes pasiones: la política, el sexo y la literatura.

Esta entrada tiene un comentario

  1. Lo de la navaja es falso. No es una teoría, es que los testigos y incluso las dos chicas que acompañaban a los agresores han contado la versión de lo que paso.
    Y por cierto, le golpearon con algo contundente por la espalda, no es que simplemente le empujaran, dicen que algo parecido a una barra de metal. Y una vez en el suelo le golpearon a base de patadas, incluidas varias en la cabeza.
    Todo eso no solo se basa en los testigos, si no en la autopsia.
    Espero que ese tío no salga nunca de la cárcel, y que lo expulsen de España a alguna cárcel donde sufra.

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