Me llamo Miguel y soy homosexual.
Pero ojo, mi vida no gira en torno de mi homosexualidad. Ni la condiciona.
Al menos, no la condiciona más que tener los ojos oscuros, o que medir 1.70 o tener una nariz y unas orejas normales.
Escucho la música que quiero, salgo donde quiero, visto como quiero, pienso como quiero y no tengo ningún reparo en hacerlo. ¿O acaso ser homosexual implica pensar de una forma, vestir de una forma, salir a unos sitios y escuchar unos estilos de música? Afortunadamente, no. Afortunadamente, esos clichés han desaparecido y yo me siento orgulloso de su desaparición. Pues mis genitales no condicionan mi vida.
Hoy estoy orgulloso. 
Estoy orgulloso de haber nacido en un país donde puedo casarme, donde puedo adoptar, donde la normalización es evidente en casi todos los rincones, donde ya no tenemos que recluirnos en guetos y, si lo hacemos, es porque queremos y no porque no nos quede otra.
Estoy orgulloso de haber nacido en un país que ha asumido la tolerancia y donde puedo pasear cogido de la mano con mi pareja sin tener miedo de ir a la cárcel. Para ello se luchó en Stonewall en 1969. Ese fue el espíritu originario del orgullo LGTBI y, en España, se ha logrado.
Los únicos que no asumen la tolerancia en mi país son algunas familias ultrareligiosas (sean de la religión que sean) y algunas familias de otras etnias (sean de la etnia que sea). Pero para ello, la ley me defiende y defiende a los míos. La justicia nos da la razón. Y me siento orgulloso de haber nacido en este país donde la discriminación ya es residual.
Porque sí. En muchísimos otros países, y no muy lejanos, se ejecuta, en 2018, a las personas por ser homosexual. Se va a la cárcel, se les condena a muerte, se les lapida, se les tortura, se les cuelga de grúas, se les somete a tratamientos aberrantes y esto lo hacen los propios gobiernos y los jueces de esos países. El poder, y no cuatro idiotas. Y esas son las protestas que deberíamos sacar hoy a la calle. 
Pero existen más cosas en otros sitios: hay países donde no te dejan donar sangre, donde no tienes derecho a estudiar en la Universidad, donde no puedes alistarte en el ejército por ser homosexual. Nada de eso ocurre en España y, si alguien trata de hacerlo, toda la justicia cae contra ellos.
Porque aquí, la justicia está de nuestra parte, y no en contra nuestra. Porque aquí, el estado, sea del partido que sea, nos ampara y nos protege. Porque aquí las voces religiosas están por debajo de la ley.
Por ello me siento orgulloso.
Y me siento obligado a pedir que, como mínimo, los mismos derechos que tenemos en España, los tengan en países donde todo esto ocurre. Donde los gobiernos nos matan y los jueces nos condenan.
Esa debe ser nuestra lucha en el siglo XXI. 
En 1969, un grupo de valientes salieron a la calle pidiendo vivir en un mundo como el que vivimos ahora, en España. 
50 años después, deberíamos reivindicar lo mismo para esos otros países donde aún se nos persigue. 
Miguel.
Twitter: @maricondeespana

Maricón De España

“Gay, culto, provocador, políticamente incorrecto y openminded. Contra lobbies y pensamiento único. Soy el gay que comunistas y fascistas no pudieron matar.”

Esta entrada tiene un comentario

  1. Como parece que sólo comento yo en esta web, me siento como si todos escribieran sólo para mí! Espero que a ustedes no les ocurra igual…
    Estoy de acuerdo Maricón en la mayoría de cosas que dices, pero no en una concreta. Los homosexuales no consiguieron sus derechos «en una lucha»; ni violenta, ni cansina. Estos derechos son consecuencia de la integración de la homosexualidad en sociedades abiertas y científicas. Son consecuencia del poder del individuo (por ejemplo votar o consumir) y de homosexuales que han contribuido positivamente a la sociedad: Oscar Wilde, Virginia Wolfe, o Bibiana Andersen. Bibiana en partícular ha hecho una labor más valiosa para inspirar la confianza en los gays y transexuales de lo que se le reconoce. Además del Real Madrid.
    Son estas cosas las que han normalizado la homosexualidad, y no «la lucha». Sólo con la lucha, la homosexualidad seguiría prohibida, incluso más que antes. El activismo ha fomentado el enfrentamiento, el acallamiento de la necesaria crítica a los homosexuales, la estereotipación interna de todas estas personas y, SOBRE TODO, la apropiación parasitaria de ciertas ideologías de la energía liberada por el inevitable desajuste temporal entre las expectativas de la democracia liberal y la participación de las personas con orientaciones sexuales minoritarias en ella. Sin el activismo, los derechos se abrían conseguido igual, pero mejor: aparejados a obligaciones, porque ya dijo Cicerón que ser ciudadano implica ambos, y así lo creían también los revolucionarios franceses. El activismo es sólo derechos, sólo intereses espúreos, pero nada de diálogo, compromiso y comprensión hacia la sociedad que les da cabida.

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