Desde pequeños, nos enseñan valores esenciales como ganarse las cosas honradamente y con el sudor de nuestra frente, ¿verdad? Nos enseñan también a “valernos por nosotros mismos”, esto es una frase espectacular que nos venden durante toda nuestra vida.

Todo esto está muy bien. De hecho, es totalmente compatible y armónico con el propio funcionamiento de la vida. Desde el más pequeño organismo vivo, hasta un árbol o una jirafa, defienden su espacio vital, su especie, su camada, su comida… Es un comportamiento intrínseco, es el comportamiento de la lucha por la vida.

Pero nosotros somos personas; aquellos privilegiados seres vivos que, por nuestra condición, somos capaces de sentir, amar, odiar… y a día de hoy, en ninguna escuela se nos enseña a compatibilizar todo eso con nuestra la lucha por el bienestar, por la felicidad, por la vida misma. Y menos aún, compatibilizarlo con esta vida moderna llena de trampas, de leyes, muchas leyes basadas en ideologías (que no ideas).

 

Es posible que en un futuro no muy lejano, debido a la rápida automatización de procesos, nuestro modelo global cambie en el sentido de que, sin trabajar, percibamos los elementos necesarios para subsistir, pero. a día de hoy, esto no es una realidad; la realidad sigue siendo que de tu esfuerzo y tus cualidades (y algo de suerte) obtienes los frutos de tu bienestar.

 

El capitalismo -actual fórmula por la que nos regimos- no es perfecto, pero es lo más parecido a aquello tan justo que de pequeños nos enseñaron –“ganarse las cosas honradamente y con el sudor de nuestra frente”-. Sí, con todos los chorizos mangantes, con todas esas industrias que intentan lavar nuestro cerebro, con todo ello y muchas más cosas penosas, pero es la fórmula de la “oportunidad”, aquella que te permite luchar por la vida, por una recompensa mejor, por poner a tu bebe esos pañales que no le irritan, por tener un capricho que te hace feliz.

Que haya gente que, esforzándose menos que tú, reciba tus mismos privilegios, genera un sentimiento injusto. Que tú, con tu inteligencia, tu persistencia, tu iniciativa o tu brillantez, obtengas la misma recompensa que los que carecen de ello, genera sentimiento de injusticia, y te diré por qué, porque no es natural, porque la vida misma no funciona así.

 

Y esto no está reñido con ser bueno (que no buenista), con tener compasión y con ayudar al prójimo, no. Se trata de que cada uno haga lo que pueda según el sitio donde la vida le ha colocado, según sus circunstancias. Pero nunca de mano de la lástima, no. La compasión y el sentimiento de ayuda no tienen nada que ver con la lástima. La lástima y la culpa -que van de la mano- son un agujero, una debilidad, sí, una debilidad de la que se han aprovechado durante milenios, desde los grandes poderes hasta el caradura de turno.

Las grandes religiones de la historia lo utilizaron para ser lo que fueron; eran las únicas armas de las que disponían, y fíjate a donde llegaron.

Es la herramienta del gandul, del aprovechado, de quien no tiene lástima por los demás (claro está con sus excepciones).

Los que quieren salir adelante, los que luchan por la vida, no los veras haciendo sentir lástima, pero sí pidiendo compasión, y con la dignidad de quien necesita sentirse merecedor y agradecido.

 

La pirámide del capitalismo nos explota, nos roba, nos ajusticia con nuestras carencias cualitativas.

Pero el socialismo, además nos quita lo poco que ganamos con dignidad, honradamente y con el sudor de nuestra frente, para repartirlo entre quienes se lo merecen por compasión, entre los que no se lo ganaron, entre los que ni se lo quisieron ganar. Nos quita la oportunidad de decidir, nos quita las ganas de esforzarnos y nos regala un hermoso sentimiento de injusticia.

 

Por cierto, si quieres regalar algo bonito, regala amor: es gratis y no se acaba. Y si no llegas a eso, empieza por no regalar odio en tus palabras, pruébalo una semana…

La lástima es un sentimiento negativo.

Dar por lástima, y no por justicia y humanidad, te hace pobre de espíritu.

Si todos ayudamos de cerca, nadie tendrá que ayudar de lejos.

Yo, tú, el, nosotros, vosotros y ellos. Ley de vida.

 

Michael Furro

Multidisciplinar y amante de las tecnologías de la información, identifico patrones para averiguar soluciones.

Lejos de círculos o ideologías, a través de mis aportaciones intento empujar hacia un pensamiento neutral, natural, sincero y sin complejos.

Lo primero es antes, siempre.

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