Desde hace varios años existe en Holanda la NNVVE, la Sociedad Holandesa por el Derecho a la Muerte. No es una sociedad que contemple únicamente la eutanasia como forma de acabar con el sufrimiento. Abarca algo más: el suicidio asistido. La eutanasia se aplica cuando el dolor y la agonía del paciente son inaguantables. Pero ¿por qué esperar hasta ese punto? Las asociaciones como la NNVVE van un poco más allá. Porque… ¿es lo mismo la eutanasia que el suicidio asistido? No. La eutanasia se practica cuando la agonía ya ha empezado; el suicidio asistido, en cambio, se practica para prevenir esa inevitable agonía. Pues, con esa perspectiva, la NNVVE creó la Levenseindkliniek (la Clínica del fin de la vida), la clínica —que no hospital— donde aquel que decide morir por propia voluntad, y además es capaz de manifestarlo coherentemente, puede acudir para no prolongar más su angustia.

En Francia también existe una asociación con ese propósito. Sin embargo, allí el suicidio asistido no es legal; de hecho, recientemente, la France Insoumise, plataforma política respaldada, entre otras, por asociaciones como la ADMD (Association Pour Mourir Avec Dignité), que cuenta con comisiones médicas y jurídicas que se reúnen periódicamente, planteó ante el Parlamento Francés una proposición de ley para regular el suicidio asistido, aunque finalmente fue rechazada; hasta ahora, solo han conseguido que se legalice la sedación terminal.

Quizás peco de generalizar demasiado, pero estas asociaciones parten de una premisa: todos tenemos derecho a la vida, pero también deberíamos tener derecho a escoger nuestro fin cuando ya no queremos seguir adelante, cuando nuestro cuerpo empieza a rebelarse contra nuestra conciencia y sabemos que no hay marcha atrás, o cuando es precisamente nuestra conciencia la que comienza a desaparecer para dejar paso a algo que nos convierte en un ser que nos devuelve nuestra imagen en el espejo, pero que no tiene nada que ver con nosotros. ¿Por qué no podemos pedirle a la parca que corte el hilo, vía médica, a nuestra voluntad? ¿No es prolongar esa espera, acaso, un ejemplo de sadismo?

El caso de Holanda no es el único. Bélgica, Luxemburgo, Suiza o Canadá también lo practican ilegalmente. En cambio, en países donde llevamos tanto tiempo debatiendo sobre si se debe aplicar la eutanasia o no, hablar sobre suicidio asistido puede ser un escándalo, porque todavía pesa el dilema moral, y ya solo el hecho de que lo planteemos puede llevar a que cualquier tuitero «iluminado» tergiverse el planteamiento y nos acuse de hacer apología del suicidio. En España aún debatimos sobre lo ético de practicar la eutanasia y ni nos planteamos el suicidio asistido, porque sería un escándalo.

Por supuesto, acabar con la vida de alguien, por mucho que el interesado lo exija, no es una decisión que los facultativos puedan tomar a la ligera. Al menos en el caso de la Levenseindkliniek, los doctores se reúnen con el paciente, estudian concienzudamente su caso y, finalmente, previa consulta con un comité preparado ad hoc, toman la decisión. Pero si un médico no ha seguido el protocolo específico sobre asistencia asistida, incurrirá, lógicamente, en un delito. Porque, naturalmente, entra en juego la ley. Morir a manos de otra persona no es solo una cuestión moral y clínica; también es un asunto legislativo. Al fin y al cabo, una muerte que no ocurre por accidente, una muerte en la que interviene la voluntad del ser humano, es una cuestión jurídica.
¿Tanto cuesta naturalizar la muerte consentida? ¿Tanto nos aterra y tanto tabú supone, que somos incapaces de idear una cultura del suicidio asistido y generar los mecanismos médicos, legales, etc. que la pongan en marcha? ¿No es aberrante que, cuando uno decide morir y ha reflexionado profundamente sobre ello, haya de hacerlo en las peores condiciones posibles? Salto al vacío, disparo, ahorcamiento, sobredosis de cualquier guarrería, reventarse las venas a lo largo de los brazos… Son las condiciones en las que se da la transición de la vida la muerte lo más repulsivo, más que la propia muerte. Son esas sórdidas condiciones lo último que el suicida experimenta antes de morir… si muere, porque siempre existe el riesgo de que el intento salga mal y tenga que continuar viviendo incluso en peores condiciones, con secuelas.

¿No es mejor hacerlo en condiciones más dignas y facilitar ese trago tan amargo? Además, el suicidio asistido también es una forma de preparar a los allegados del paciente. El vacío de quedarnos sin un ser querido, que ha decidido abandonar este mundo, va a ser el mismo, pero al menos sabremos que ha evitado padecer, que lo ha hecho con ciertas condiciones y que no ha sido de forma violenta, como un delincuente, como un paria…No contribuyamos a hacer más trágico lo que ya es trágico de por sí,
mirando hacia otro lado.

@NLutefisk

Nestor Lutefisk

Néstor Lutefisk es un filólogo alicantino que compagina, desde hace algunos años, su tarea en Luhu Editorial con su actividad como profesor de idiomas. Admirador de Orwell, Sábato y los Monty Python, no se casa con ninguna ideología política —o, al menos, no de manera consciente—. Quizás es este escepticismo lo que le lleva a interesarse por cualquier asunto social que atente contra la libertad moral del individuo y a reflexionar, con la mayéutica por delante, sobre cómo la sociedad evoluciona como si se tratara de un único y gigantesco ser vivo. ¿Qué ha aportado Néstor Lutefisk a la Humanidad? Lo más destacable: un canal de YouTube con un toque de humor absurdo, llamado Reseñas asesinas, y un poemario muy… muy… En fin, se titula Clavelito y Chutamonos: poesía punkarra; que cada uno extraiga sus propias conclusiones.

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