En unos años, hemos pasado del juicio con garantías a la justicia de la turba. Perdón, la definición correcta no sería “hemos pasado”, sino hemos vuelto.

Del mismo modo que las modas son cíclicas, y los hípsters recuperan vestuario de principios del siglo XX, el sistema judicial también está expuesto (por lo visto) a estos cambios.

 

¿Para qué necesitamos jueces instruidos y formados en materias penales, si el pueblo puede tomarse directamente la justicia por su mano? Supongo que es un modo más rápido de aplicar la condena al sospechoso de un delito. Si la mayoría considera que es culpable, ¿quién necesita pruebas?

 

La presunción de inocencia no tiene sentido. Es mejor que sean ajusticiados por error cien inocentes, a que se pueda escapar un culpable sin su justo castigo. ¿De verdad alguien piensa eso?

Pues sí. Por ejemplo, el movimiento “Me Too”, el nuevo macartismo del siglo XXI. Y sería casi igual, ya que ambos se tratan de una caza de brujas, de no ser porque en la época del  senador Joseph McCarthy al menos existían juicios. Sí, ya sé que posiblemente estuviesen amañados, o cuanto menos influenciados por unos interesas anticomunistas, pero los acusados tenían el derecho a declarar su versión, o acogerse a la quinta enmienda constitucional. Fueron tiempos oscuros y tristes. Tiempos que nunca debieron volver, ya que arruinaron las vidas de muchas personas, cuyo único delito era tener una opinión diferente a la preestablecida como correcta.

 

Pero, hablemos del “Me Too». Aquí, ya directamente ahorramos tiempo. Se señala al acusado, se citan sus presuntos delitos, y dando por válida la palabra de la víctima, se procede a aplicar la condena. ¡Bravo! Es magnífico el modo en que la turba va a hacer imposible la vida de ese sujeto, privándole de su trabajo, y asegurándose de que no pueda levantar cabeza. No se trata de reinsertar, se trata de castigar, y hacerlo como Dios manda: sin piedad.

Con ello no quiero decir que algunos no sean culpables. Lo que quiero es que se le denuncie, se presenten pruebas, y se le someta a un juicio justo y con garantías. Si no estamos de acuerdo con la sentencia, se puede recurrir. Lo que no es correcto es aplicar una condena sin escuchar la versión del acusado.

 

Por otro lado, en este movimiento del “Me Too”, las acusadoras son grandes estrellas de Hollywood, y eso me hace reflexionar sobre una cosa, fuera de que el abuso me parece algo totalmente repugnante y digno del más severo de los castigos: ¿Por qué no denunciaron en su momento? Porque no les interesaba para su carrera. ¿Por qué accedieron? ¿Por qué lo dicen ahora? ¿Cuántas mujeres, que querían ser actrices, no accedieron y hoy continúan con sus vidas anónimas? ¿Por qué les damos una categoría moral superior a las actrices que consintieron, pero no se lo damos a las que no pasaron por el aro?

 

En definitiva, volvemos a los tiempos de la justicia popular, al poder de la turba que saca al prisionero de la cárcel y lo ahorca en la plaza del pueblo. Pero, ¿quién dirige a esa turba? ¿Quién decide por ellos? ¿Quién dice cuando hay que prender las antorchas y tomar la calle? Los que deciden están en la oscuridad, en un lugar que no conocemos, publicando sus veredictos en twitter, y azuzando a las masas para que hagan justicia, su justicia.

 

¿No deberíamos temerles? Yo creo que sí.

Piensa en ello cuando oigas los cánticos de la multitud aporreando la puerta de tu casa, cuando los seres de luz hayan tomado el veredicto de que…     el culpable eres tú.

 

Oscar Ryan

Nací en Barcelona a mediados de los años 60 en el seno de una famila con grandes inquietudes artísticas. Como muchos adolescentes de aquella generación, crecí fascinado por escritores de novela negra y de ciencia ficción, como James Ellroy o  Isaac Asimov. Después de cursar los estudios de criminología en la facultad de derecho de Barcelona, emprendí mi carrera laboral en otros ámbitos ajenos a la literatura de ficción, pese a no perder nunca el deseo de escribir en ese campo. Con la llegada de la madurez retomé mis inquietudes literarias.

Deja un comentario

Menú de cierre