Corría el año 2015, hacía frío y llegaba tarde como siempre, entraba por la esplendorosa puerta que albergaba una escuela bastante uniforme pero a su vez variopinta. Cuando me ponía en fila con mis compañeros pensaba que perdía cinco minutos de clase por los buenos días, por aquel pequeño sermón de esperanza que nos echaban por las mañanas para que en su defecto fuésemos mejores personas. Al terminar, nos dirigíamos a clase y al sentarme veía un crucifijo en la pared. Dos horas a la semana me instruían en la fe en el cristianismo y en el amor al prójimo. Hay días con suerte que reflexionaba sobre las circunstancias que me rodeaban y otros que sirvieron para fortalecer mi agnosticismo y reforzar mí defensa en la laicidad. Hasta aquí podéis pensar que voy a hacer una crítica dura contra los centros concertados, contra la religión en las aulas y la religión católica. Lejos de la realidad voy a defender algo muy diferente, la laicidad. Cierto es que no se pueden confundir conceptos, la pseudoizquierda que se ampara en el odio a la iglesia católica y todo lo que difunda valores tradicionales de occidente se autodenomina laica, parten del concepto de laicismo, no de laicidad, esto significa la ausencia de religión y en especial la cristiana en las escuelas públicas y por ende, en las aulas. Tiene lógica no querer ninguna injerencia religiosa en el ámbito público, pero la situación actual en este momento está clamando otra situación.

Por un lado podemos observar cómo se está gestando una confusión de la religión islámica, acusándola de ser una religión terrorista y que todos aquellos que conciban esta religión como forma de vida es un radical; pero por otra parte nos encontramos una inquisición ideológica y estigmatización contra la religión cristiana, acuñándola de retrograda cuando es el cristianismo quién ha aceptado de mejor forma la democracia occidental. La situación se torna pues en un choque de extremos que forman guetos mentales que dificultan el verdadero valor de respeto y pluralidad.

Pues bien, nos debemos enfocar en el problema, y como es un problema no carece de solución, ¿la mejor solución? Nuestros amigos de la corrección política lo repiten con orgullo, como si ellos lo cumpliesen, esa palabra que muchos carecen pero que muchos otros cumplen; la educación. Aquí pues dejo ese concepto del principio que decidí dejar en el aire, le concepto de laicidad. La laicidad es decir sí a la religión en el ámbito público, pero no aquella religión que está con el concordato del vaticano, ni tampoco aquella religión que se les prohíbe comer cerdo, hablo de enseñar todas las religiones. El respeto es fundamental en esta sociedad, y para conseguir este grado de respeto entre las personas debemos profundizar en todas las religiones existentes y exprimirles esa parte positiva, ese sentimiento de solidaridad que todas en parte, la trasmiten.

¿Es perjudicial que exista religión en las aulas? Veo más peligroso la ignorancia que existe hacia estas, de cómo el querer apartar la concepción espiritual se difumina del mundo, un error fatal que pecan aquellos que se ponen la medalla de ser laicos. Aquí vemos en juego la dictadura de lo correcto cuando esta dice que hay que incluir a minorías, yo no hablo de mayorías ni de minorías, hablo de personas en su conjunto que pueden aportar su sabiduría espiritual a los alumnos. Puesto que el respeto se llega con conocimiento y ya Toledo nos demostró que la convivencia entre las religiones es posible, es posible a través de la transparencia de estas. Ya sabemos que no todo es tener un crucifijo en la pared o no, escuela pública o concertada, se reduce todo a una cuestión de solidaridad y respeto, valores inquebrantables venga de donde venga la educación.

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