Algo muy común que pasa cuando cuidas de un niño pequeño, es observar la increíble tendencia que tienen éstos en meterse en los peores lugares para hacerse daño. No se pegan golpes. Los golpes acuden a ellos. Pero solo falta ver como caen de culo, o como apenas empiezan a sollozar, que ya tienen al alcance los brazos de sus protectores padres para calmarlos. Cinco minutos después, están listos para una nueva aventura… y moratones.

Pero a poco que te quedas observando, siempre está el espabilado que sin pasarle nada, simplemente se sienta y comienza a llorar. Un llanto provocado, ruidoso y estridente, pero eficaz. Al poco, ya recibe la atención de los adultos cercanos, como la paloma que aprende qué palanca pulsar en la caja de Skinner para recibir su dosis de premio.

Este niño es un listo que ha descubierto una forma de llamar la atención. No lo podemos categorizar (aún) con el nombre del que hablaremos en este artículo. Pero en su comportamiento está implícito la esencia del victimista: <<Me quejo, luego existo. Y si no existo, insisto>>.

LA PERSONALIDAD VICTIMISTA

El victimismo es una tendencia psicológica a culpar a los demás de tus males, eximiéndote a ti mismo de toda responsabilidad, y refugiándote en la compasión ajena.

El victimista nunca habla claro. No expresa directamente sus deseos. Sino que utiliza el reclamo y la queja como conductores de éstos. Esta queja crónica tiene el objetivo oculto de exigir atención, despertar compasión en los demás, e incluso de generar sentimientos de culpa.

Muchas personas confunden los conceptos de víctima y victimista. De hecho, muchos piensan que es lo mismo, y defienden tal conducta como algo justificado en su situación. Pero hay una salvedad: La víctima quiere superar su sufrimiento. El victimista, hace de su sufrimiento bandera.

Las quejas de la persona victimista no suele corresponder con la realidad. Su visión se reduce a una versión reduccionista y pesimista del mundo, donde la premisa siempre es la misma: <<Son los otros lo que tienen el problema, y soy yo quien sufre las consecuencias>>.

La persona victimista está “vacía”, pero el victimismo en sí no está carente de sentido. De esta forma, se busca proteger al individuo de situaciones de malestar, desplazando hacia fuera de nosotros cualquier responsabilidad o consecuencia. Visto así, cualquier situación estresante siempre será ajena a nosotros, pero nos afectará de forma negativa siempre. Y al no sentirnos responsables de ello, podemos volcar sobre otros la obligación de resolver esos entuertos. El victimista dirá que sufre mucho. Pero siempre sale ileso.

El victimismo como tendencia psicológica o como personalidad, proviene de experiencias pasadas no superadas. Sucesos o conflictos en los cuales la propia persona no se ve capacitado o maduro para hacerles frente, y ha encontrado la forma de ocultarlo provocando otros conflictos que sirven como ruido que tapa el problema principal.

Sin embargo, por muy cómoda que sea esta mentalidad, no siempre lleva al éxito de los objetivos de la persona. Por lo que le conducirá a la frustración, el resentimiento, o el deseo de venganza sobre lo que le rodea; formando así un victimismo agresivo. O lo que es lo mismo, quejamos de que los demás, o del mundo porque no es como nosotros, o como nosotros pensamos que deben de ser. Y la tendencia es atacar, acusar y etiquetarlos a todos para dañar de forma moral, emocional o incluso físicamente.

Esta tendencia psicológica puede terminar derivando en otros problemas psicológicos serios, o incluso en diferentes rasgos psicopatológicos. Como puede ser la megalomanía, que se muestra en la necesidad del sujeto en ser referenciado y elogiado constantemente; siendo sumamente violento si no es así. O puede desembocar en un Trastorno Paranoide, donde cabe destacar las ideas conspiranoicas y persecutoras de que hay conspiraciones (valga la redundancia) en contra suyo, o que el mundo en general está en contra del sujeto.

EL VICTIMISMO COMO ARMA DIALÉCTICA

<<Esta persona siempre me está atacando, ahora afirma que miento. Trata de imponer su punto de vista, es injusto>>.

<<Haga el favor de disculparse, mi opinión merece ser respetada. No puede imponer la suya sobre la de los demás. Usted claramente tiene animosidad en contra mía>>.

¿Te suena? Claro que sí. Estos son ejemplos de un discurso victimista dirigido con un único objetivo: marcar al contrario como atacante, y quedar uno mismo como el atacado. Ya conoces la mente de un victimista. Ahora, también puedes conocer su lengua.

El victimismo no sólo es una configuración de la psicología. Sino que también se convierte en un arma dialéctica muy efectiva. Un arma que no se centra en el mensaje o argumentos esgrimidos en la discusión. Sino en los roles de los participantes.

Para el sujeto victimista, es de suma importancia posicionar a su contrario como un atacante, que está imponiendo su visión, y atacando con sus argumentos; y quedar él como una víctima del primero, quien aguanta su asedio, no puede participar, y cuyas ideas le hieren.

Como curiosidad… ¿Cómo sería ver a dos victimistas discutir entonces? Pues seríamos testigos de una discusión donde ambas partes exhiben lo dañadas que están. El objetivo no cambiaría. Estarían constantemente cambiando de rol de agresor a víctima. Pero buscando siempre una especie de nivel jerárquico en las diferentes formas en las que se sienten atacadas o afligidas. La discusión la ganará aquel participante que más puntos jerárquicos de opresión, ataque, o daño de terceros obtenga.

Adoptar una posición victimista no es lo más deseable. Pero si quieres probar, siempre puedes seguir estas técnicas.

  1. Llamar la atención a través del lamento. El principal objetivo de un victimista es llamar la atención. Y la queja es su principal herramienta. De hecho, el sujeto se convence de que realmente es víctima. Por lo que no sólo encuentra justificable el lamento, sino incluso algo placentero de expresar de cara al público. Es su papel, su destino, su tarjeta de visita para que todos sepan quién es.
  2. La crítica siempre es un ataque. La capacidad de autocrítica es nula en estos sujetos, y el poder sonsacar una crítica constructiva de un argumento en contra es prácticamente imposible. El victimista impone su visión pesimista del mundo. Su filtro se basa en la premisa de que todo está mal menos él/la mism@. Y todo lo externo le afecta negativamente. Cualquier intento de crítica, será reducido a un discurso demagogo y falaz, donde todo queda reducido siempre a un intento de ataque del contrario.
  3. La falacia ad homined, o matar al mensajero. Es un argumento falaz muy conocido. Consiste en atacar directamente a la persona para desacreditarla de todo rasgo argumentario que pueda ir en contra, haciendo que cualquier cosa que diga se anule por sí misma. Pero por supuesto, esta táctica no se aplicará hasta que el contrario argumente algo en contra. Antes no tiene sentido hacerla. Además, el victimista da por asegurado que toda pronunciación en su contra es un ataque directo. Pero sus propios errores son defectos nimios que no merecen ser siquiera nombrados.
  4. El juego de la culpabilidad como anulación. Como dijimos antes, uno de los objetivos de todo victimista es desplazar cualquier responsabilidad de sus actos o del mundo hacia los demás, y dejar que sean éstos los que actúen por ellos. Una buena herramienta de llamada a la acción es utilizar la culpa. Si haces que tu interlocutor se sienta culpable, estableces una deuda moral con él o con ella. De tal manera que para ganarse tu perdón, tenga que actuar en tu beneficio.

El victimista recurre a esta corriente de pensamiento y a esta configuración psicológica porque le es fácil y económico. A corto plazo, puede obtener muchos beneficios. Pero para ello, sacrifica su integridad, independencia y voluntad.

La víctima perpetua se mueve como si el mundo fuese una “dama negra”. Un instrumento de tortura cuyo fin es hacerle sufrir siempre y en todo lugar. Pero la realidad es que el sujeto no para de yacer en posición fetal, llorando sin motivo, y dejando que otros le lleven sin más motivación que la lástima.

El victimista tiene una deuda con su pasado. Adopta esa postura porque no se siente capaz de enfrentarse al mundo de otra manera (si a esto se le puede llamar “enfrentarse” al mundo). Un victimista solo tiene una cura, y ésta pasa por aprender a vivir.

   Álvaro Trujillo, Psicovlog.

 

Vídeo de Álvaro sobre el tema

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Álvaro Trujillo

Psicólogo, coach motivacional y de cambio, y curioso por vocación, compagina en internet dos de sus grandes gustos: La escritura y la divulgación. Ha colaborado con páginas como recursosdeautoayuda.com, o psicocode.com. Actualmente, escribe artículos para muhimu.es, y por supuesto, gestiona su canal en youtube PsicoVlog, el canal más grande sobre psicología con contenido original hasta la fecha.

Esta entrada tiene un comentario

  1. La principal solución que veo cuando trato con alguien que va de víctima es, sencillamente, anularlo por el desprecio. Si alguien no sabe dar argumentos veraces o convincentes, lo mejor y más económico es ignorarlo.
    A fin de cuentas, ellos buscan atención. Si no se la das, por un lado, tú no pierdes valioso esfuerzo, y por el otro, te quitas de encima un indeseable.

    El principal problema, es que esa actitud se va extendiendo como un virus, y es fácil encontrar cada vez más gente que lo toma como mecanismo de respuesta para todo. Y dado que es muy fácil adoptar ese rol, y muy complicado rebatirlo, es un método que se toma como una actitud ventajosa a la hora de conseguir privilegios.

    Un maldito asco, sin duda.

    PD: Muchas gracias por la página. Es tremendamente refrescante leéros.

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