La culpa es un sentimiento que surge cuando rompemos algún significado personal o social, o dañamos a alguien o algo que consideremos propio o cercano.

El sentimiento de culpa -o de culpabilidad-, al tener una naturaleza emocional, depende siempre de un acto o estímulo que la active. Es decir, la culpa nunca viene sola: siempre se da por una causa que provoca su efecto. Y cuando ello ocurre pues sentimos tristeza, vergüenza, autocompasión, mala conciencia, remordimiento, etc.

 

La culpa es un elemento socializador muy potente, ya que a través de ella creamos una serie de contingencias de conducta en los nuevos integrantes en la sociedad. Usamos este sentimiento como castigo por lo que está mal, y recompensamos con más atención social lo que está bien.

Lo que nos han reñido desde pequeños para que nos demos cuenta de las consecuencias de nuestro actos hacia los demás es un ejemplo perfecto para el uso de esta herramienta. Y sí, las horas perdidas en el “rincón de pensar” también.

Sí, sé que suena a maniobra de manipulación. Pero, a niveles básicos cualquier elemento socializador lo es. A partir de aquí, podemos distinguir entre esas manipulaciones que nos hacen personas mejor adaptadas a nuestro medio social, las que aportan herramientas de afrontamiento para la vida… y las que se utilizan para coartar la conducta de un individuo para que obedezca a los intereses de otro individuo, o colectivo concreto.

A estas últimas me voy a referir cuando hablo de usar la culpa como arma. Con el procedimiento manipulador pertinente, podemos condicionar la conducta de quien queramos usando solamente su sentimiento de culpa. Quizás, incluso condicionarle de por vida.

 

La culpa como creadora de status

En toda relación de dominación o de desigualdad, se necesitan dos estratos: uno dominante y otro sumiso. Esto no es nuevo. Es de primero de abusón de colegio. Pero la nota está en qué papel juega la culpa en este establecimiento del estatus.

La culpa no va a ser la causante de esa división de clases. Sino que va a marcar la distancia entre un status y otro. De tal forma que la parte sumisa tendrá que enfrentarse primero a sus sentimientos de culpa, antes de enfrentarse a cualquier otro peldaño de la escala del grupo.

La culpa es un sentimiento negativo que sentimos cuando dañamos a una persona o grupo cercano, o algo relacionado con esa persona o grupo. Para usar la culpa como un factor de sumisión, lo único que debemos de hacer es marcar todo aquello de la conducta del otro que nos daña. Ya sea directa, o indirectamente.

Estas “conductas indeseables” tendrán siempre la misma consecuencia. El sujeto deberá de recibir el siguiente mensaje: <<Me has hecho DAÑO cuando yo no te lo he hecho a ti. Me debes una retribución por ello.>>

 

Resumiendo de una forma más simple: creas una deuda con el sujeto. Deuda que por supuesto es ficticia, y solo ha sido acordada por una de las partes. Recuerda, jugamos con la culpa de la otra persona. Y la forma de saldar esa deuda es con el perdón que nosotros concederemos… cuando lo veamos conveniente (vamos, mientras queramos mantener ese status).

De hecho, en los casos de mayor control sobre otro sujeto, el objetivo no es establecer una contingencia coherente de conductas a castigar y premiar. De eso hablaremos en el siguiente apartado. El objetivo final es crear una situación de “indefensión aprendida”. Es decir, crear situaciones en las que haga lo que haga el individuo, siempre reciba el castigo. Provocando una situación de estrés, y de desestabilidad emocional, que prácticamente eliminará cualquier autonomía del otro, teniendo que confiar plenamente en nuestro criterio único. Puesto que cualquier otra conducta “podría causar daño”. Además de crear también una deuda infinita.

 

La culpa como modelo de control de conducta

Esta es una forma de moldear la conducta del individuo. Podemos establecer una serie de contingencias para que el otro aprenda cuáles son sus límites dentro del nuevo grupo social. Al igual que enseñamos a los infantes a comportase en familia. No es más que distribuir una serie de contingencias entre conductas aceptables seguidas de un premio, y conductas no aceptadas precedidas de un castigo. Por supuesto, el castigo será la culpa. Y el premio, la aceptación social.

Recordad que cada falta, no solo se reprende de forma pública o privada. Sino que también establecen una deuda que deben de saldar. Así le sigue el mensaje: <<Me has hecho DAÑO cuando yo no te lo he hecho a ti. Me debes una retribución por ello. Si me satisfaces, QUIZÁS te perdone.>>

El condicionante no está puesto al azar. El último que decide si se ha saldado o no la deuda es la parte dominante. Nunca la sumisa.

 

La culpa crónica: no eres tú, soy yo que soy tu víctima y pagarás por ello

Ya hemos mencionado una forma de “cronificar” la culpa consistente en crear una situación de indefensión aprendida en el sujeto. Pero no debemos subestimar la capacidad de respuesta del mismo, puesto que tarde o temprano puede pasar que se dé cuenta de que somos sus agresores, y ellos las víctimas.

Y sí. Es cierto. Desde el principio hemos sido nosotros los agresores. Pero no es algo que deba de saber la otra persona. De darse cuenta, todo el plan basado en el status se viene abajo.

 

Debemos añadir un nuevo mensaje: <<Eres mi AGRESOR. Me has hecho DAÑO cuando yo no te lo he hecho a ti. Me debes una retribución por ello. Si me satisfaces, QUIZÁS te perdone.>>

Como dijimos en el primer apartado, la culpa marca las distancias entre las diferentes clases. La víctima o sumiso debe de enfrentarse a la culpa antes que a la clase agresora o dominante. Para hacer infinita esa distancia, debemos crear una deuda infinita con la otra persona: y también debemos de convencerla en todo momento de que es ella nuestra agresora. Es ella la que ataca. Nosotros no hacemos nada. Somos la víctima.

¿Y cuál es la mejor manera de hacerlo? Pues culpando no por lo que hace el sujeto. Sino por lo que es. No eres culpable por lo que haces. Eres culpable por lo que eres. Así, cronificamos esa culpa porque forma parte de su identidad.

 

La culpa como identidad: soy culpable… pero menos que tú

Llegados a este punto, el mensaje final sería el siguiente: <<Eres mi AGRESOR por el hecho de SER QUIEN ERES. Me has hecho DAÑO cuando yo no te lo he hecho a ti. Me debes una retribución por ello. Si me satisfaces, QUIZÁS te perdone.>>

La culpa por ser, y no por hacer tiene un efecto muy fuerte sobre la conducta del sujeto. Si quiere mantener su relación con el grupo, o con la otra persona, deberá asumir que su relación se basará en una constante compensación a la otra parte. Es decir, su relación debe de ser de completa sumisión.

Puede que la víctima sea consciente de que es sumisa, pero lo acepta como relación formal. Pero también puede ignorar esa realidad. Ambas versiones de la realidad condicionan al sujeto.

El primero, al saberse sumiso, establece una relación más cerrada y cohesionada con su agresor. Sólo se debe a esa figura, y todo lo que haga será para compensar a su opresor, que recordemos, no es opresor sino su víctima.

 

Sin embargo, quien acepta la culpa como parte de su identidad, pero no es consciente de su papel sumiso en esa asociación, corre más riesgos. La situación de indefensión aprendida hace más mella en él o ella.

Por un lado, se sabe culpable. Lo acepta. Pero la culpabilidad siempre es un sentimiento negativo. Sobre todo si no puedes enmendar la situación. Porque la situación eres tú mismo. ¿Qué haces para enmendar lo que eres? Es absurdo. No puedes hacer nada. Por lo que para protegerse de esa constante sensación, el sujeto proyectará su culpabilidad en otras cosas.

El hecho de señalar lo malo de los demás, la conducta indeseable en el otro, hace que por un momento, su rol pase de ser el sumiso culpable a ser un justiciero. Un juez. Aquel que señala lo malo para que los sujetos puros y carentes de culpabilidad puedan igualmente increparlos.

Desde el punto de vista del análisis transaccional, pasan de ser niños sumisos, a padres autoritarios. O al menos, así se sienten momentáneamente ellos. Porque su rol real pasa de ser de un niño sumiso pasivo, a un pasivo agresivo. Se convierte en el chivato de la clase. Incluso de sus iguales. Si esta sumisión se da en un grupo, existe una competición entre los sumisos: <<Yo soy culpable, pero tú serás más culpable que yo>>.

 

Sin embargo, esto no es suficiente. Son conscientes de que nunca saldarán su deuda porque son culpables por lo que son. Pero al menos, durante esos momentos, son menos culpables que otros.

En otras sociedades o grupos, se establecen claves para que ciertos grados elitistas sean más o menos exclusivos. Entre los aristócratas, los hay más aristócratas que otros, porque no es lo mismo un conde que un duque. En una relación de culpabilidad, las jerarquías no van nunca hacia arriba, sino hacia abajo: todos sois culpables. Pero unos menos culpables que otros. Pero seguiréis siendo culpables siempre.

 

La culpa como condicionante de la realidad

Quizás, todo lo expuesto anteriormente parezca exagerado. Aunque no deja de ser un pequeño manual de cómo inculcar unas ideas muy básicas, pero con un poder condicionante muy fuerte. Poder que como nombrábamos al principio del artículo, puede trazar el comportamiento de una persona de por vida.

Llegados a cierto punto, ya no hablamos de manipular sentimientos. Hablamos de manipular toda una realidad, que igual puede afectar a cualquier persona en cualquier tipo de relación.

 

Seguramente, como lector, habrás identificado que este tipo de manipulación se puede dar en parejas cuyo nexo se basa en la violencia y el maltrato. En grupos sociales varios, muy cohesionados y cerrados. O incluso concluir que este es el procedimiento habitual en corrientes de influencia de pensamiento. Siendo éstas ideologías políticas o sociales, o religiosas incluso. Nada se salva, puesto que el proceso de manipulación es básico.

También parece que me he referido a los sujetos afectados como si fueran ejemplares experimentales prescindibles. Meros sujetos de experimento. O en otros casos, como personas miserables e incapaces de comportarse con una pizca de amor propio.

La primera impresión es intencionada. Quería enfocar esto como un manual donde vosotros, lectores, sois los practicantes. Además, cuando enfocas algo desde la perspectiva del agresor, puedes comprenderte mucho mejor como persona manipulada. Puesto que ya conoces la técnica y la motivación final de éstos primeros.

Y la segunda impresión tampoco es improvisada. Es la realidad de una persona que se somete a esos niveles a la culpa. Estos sentimientos afectan psíquica y emocionalmente al punto de que la identidad de estas personas se ven completamente condicionadas por la culpa.

Desde fuera, parecen patéticos. Sobre todo desde la visión de quien manipula (que espero haber transmitido bien). Pero la realidad es bien diferente. A estas “víctimas” (porque siempre fueron las víctimas), se les inculca en el sufrimiento. Lo normalizan. Interiorizan un nuevo mensaje: <<Te mereces sufrir por lo que eres>>. Mensaje que coarta la forma de verse a si mismo, incluso su forma de ver la realidad.

Álvaro Trujillo

Psicólogo, coach motivacional y de cambio, y curioso por vocación, compagina en internet dos de sus grandes gustos: La escritura y la divulgación. Ha colaborado con páginas como recursosdeautoayuda.com, o psicocode.com. Actualmente, escribe artículos para muhimu.es, y por supuesto, gestiona su canal en youtube PsicoVlog, el canal más grande sobre psicología con contenido original hasta la fecha.

Deja un comentario

Menú de cierre