Resulta particularmente molesto tener que aclarar lo que me parece evidente. Pero si estoy escribiendo sobre esto es porque efectivamente hace falta hacerlo. Y, aunque soy consciente de que no soy el primero en escribir sobre este tema, voy a aportar mi granito de arena.

Cada vez se vuelve más popular la idea de que la libertad de expresión debe tener límites, que la libertad de expresión no debe permitir que alguien «ofenda» con su discurso. Esta idea es el vivo reflejo de la ingenuidad de quienes tienen buenas intenciones pero carecen del entendimiento de los mecanismos que deben implementarse para llevar a cabo lo que desean. Voy a profundizar en este punto más adelante, pero primero quiero enfocarme en el argumento usado para defender la idea de limitar la libertad de expresión:

«Tu libertad termina donde empieza la del otro. Tu derecho a expresarte debe terminar donde empieza el derecho del otro a no ser ofendido.»

Este es el argumento más común que usan los defensores de la idea de la regulación de la libertad de expresión. Voy a explicar por qué ese argumento es basura. Para empezar, porque la «ofensa» no siempre radica en el mensaje en sí (aunque en ocasiones sí), si no en como este mensaje es interpretado por el receptor del mismo. Uno, a la hora de relacionarse con los demás, presupone (correcta o incorrectamente) que al expresarse de determinada forma su mensaje no va a ser ofensivo y, eventualmente, puede pasarnos que nos equivocamos y lo que previamente habíamos asumido como «no ofensivo» termina resultando ofensivo.

Si establecemos que las personas tienen un derecho a no ser ofendidas, ¿estamos vulnerando ese derecho al equivocarnos por presuponer que algo no le resulta ofensivo? ¿Cómo orientar nuestro discurso cuando previamente no sabemos si lo que vamos a decir va a resultar ofensivo o no?

 

Imaginemos que para simplificar convenimos que la regulación de la libertad de expresión debe limitarse solo al discurso cuya intencionalidad sea la de ofender. El primer problema que me viene a la mente es el de cómo saber que la intencionalidad de una persona al expresarse sea la de ofender. ¿Cómo comprobar que la intencionalidad es esa? No nos queda otra que presuponerlo. Pero no podemos «regular la libertad de expresión» (lo que en el fondo es solo un eufemismo de «censurar»), sin dejar de lado algo tan fundamental como la presunción de inocencia. Si no podemos demostrar que la intencionalidad de una persona fue la de ofender, no podemos limitar su expresión (incluso si asumimos que tal acción es válida).

Lo siguiente que me viene a la mente es cómo va a asegurarse el Estado de que nadie viole las limitaciones a la libertad de expresión. ¿Acaso el gobierno va a buscar la forma de monitorear nuestra actividad en las redes? ¿Va a pasar a ser un delito denunciable el decir algo que pueda ofender a alguien?

 

Ahora voy a centrarme en lo segundo que dije: la ingenuidad de quienes quieren imponer estas condiciones. Primero me gustaría aclarar en qué consiste la acción estatal. Para entender cómo funciona el Estado, debemos entender que es un monopolio y que obtiene su poder expropiándolo a la sociedad. ¿A qué me refiero con esto? Cada cosa nueva que se deja en manos del monopolio estatal, es una cosa que se quita de las manos de los individuos de la sociedad. El Estado no funciona con una serie de intervenciones aisladas. El Estado necesita expandirse y contraerse de acuerdo a las responsabilidades que se le adjudican; mientras más responsabilidades tiene, más control necesita y más se expande.

Y, ¿en qué consiste esta expansión? En la creación de instituciones y mecanismos de acción que le permitan intervenir para solucionar ese problema puntual que motivó su expansión. El problema es que luego de esto no se contrae: las instituciones y mecanismos de acción siguen estando presentes y siguen pudiendo ser usadas. ¿A qué me refiero con esto? Los mismos mecanismos que le permitirían al Estado evitar que se digan cosas ofensivas, podrían ser usados por el político de turno para evitar que la gente critique a su partido o para censurar a sus opositores. Y no digo que esto necesariamente vaya a suceder; lo que digo es que al pedir que el Estado regule la libertad de expresión le das un poder muy grande, y nada te garantiza que ese poder no vaya a ser usado de forma corrupta. Y podemos buscar la forma de evitar eso. Pero, mientras más grande sea el control necesario por el Estado, más difícil se vuelve controlarlo.

 

En todo caso, yo me preguntaría si en verdad vale la pena exponernos al riesgo de perder nuestra libertad de expresión solo por evitar que algunas personas sean ofendidas, así que voy a analizar el último punto: la utilidad de la libertad de expresión y la importancia de lo que voy a denominar como «derecho a ofender». Primero entendamos una cosa: lo que uno dice es un reflejo de lo que piensa. Al expresarnos, comunicamos nuestros pensamientos. Y este pensamiento no es algo que deba entenderse de forma aislada a la sociedad en la que uno se desenvuelve. La sociedad condiciona el pensamiento, y el pensamiento permite transformar la sociedad. Uno analiza las cosas de su entorno, elabora conclusiones y las expresa.

La democracia se basa en la idea de que todos los ciudadanos deben tener derecho a participar en el gobierno de la comunidad (ya sea de forma directa o mediante representantes), para esto es fundamental que cada individuo pueda expresar abiertamente sus ideas. Acá alguno podría preguntarse qué problema habría en que se censuren las ideas que son potencialmente dañinas y que perpetúan discriminaciones. Y es en esa pregunta donde radica la principal ingenuidad. La única forma eficiente de poder censurar opiniones en dándole al gobierno el control de las opiniones, dándole el control de lo que cada ciudadano expresa. Es un poder demasiado grande como para otorgárselo a alguien, y no hay ninguna garantía de que vaya a ser usado con la responsabilidad con la que debería, y resulta muy difícil elaborar mecanismos e instituciones lo suficientemente eficientes como para asegurarnos de poder regular el accionar estatal.

 

 

Sé que muchos pueden ser escépticos con mis preocupaciones, y creer que con un mejoramiento de las instituciones estatales puede conseguirse la suficiente eficiencia como para no fracasar a la hora de regular el Estado. Yo les preguntaría: ¿por qué los individuos de una sociedad deberían confiarle a un grupo pequeño de personas el poder de decidir qué puede decirse y qué no? ¿Consideran racional ceder semejante poder teniendo solo como garantía la posibilidad de mejorar el control del accionar que estas personas le van a dar a ese poder?

Además, hay un punto que suelen pasar por alto: los mecanismos que se utilizan para limitar el accionar del Estado, restringen el accionar de éste, y por lo tanto el control que puede implementar para cumplir sus funciones. Esto representa una limitación para la función que el mismo Estado debe cumplir. Y eventualmente esto va a derivar en un fracaso a la hora de cumplir esa tarea, lo que motivará al Estado a pedir más control.

No. No podemos fiarnos de la posibilidad de limitar al Estado cuando le asignamos una tarea que requiere un nivel tan elevado de control.

 

Por último: ¿por qué digo que existe un derecho a ofender? Repaso brevemente los puntos que vengo planteando hasta ahora: relatividad de la ofensa, importancia de la libertad de expresión e imposibilidad de poder realizar una regulación de la libertad de expresión para evitar que algunos individuos ofendan a otros. Una vez entendidos estos puntos, voy a explicar una cosa que todavía no mencioné pero que es muy importante tener en cuenta: a la hora de expresarnos, muchas veces es necesario ir en contra de las ideas establecidas, ir en contra del status quo. Y, generalmente las posturas que son tan opuestas a las ideas arraigadas en las mentes colectivas, suelen resultar chocantes. Pero uno debe poder ser brutalmente honesto a la hora de hablar sobre los problemas que afligen a la sociedad, en lugar de tener que estar preocupado en si su opinión puede ofender a alguien o no. Y la libertad de expresión tiene una gran importancia en la sociedad, especialmente en las sociedades democráticas.

Por eso debemos oponernos firmemente a todo intento de limitarla. Porque sin libertad de expresión estamos un paso más cerca del totalitarismo y esa es justamente la dirección de la que debemos alejarnos.

Varok

Soy alguien que disfruta dar su opinión, aunque no siempre al resto le interese saberla. Metalero y liberal libertario.

Deja un comentario

Menú de cierre