A simple vista, un árbol puede representar la hermosura, la fuerza, la vida.

De su tronco portentoso salen multitud de ramas plagadas de hojas y flores, cuya combinación de colores conforman una forma de representación de cuan maravillosa puede ser la primavera, y que, aunque independientes, es su tarea conjunta la que le otorga la perfección.

Mientras, escondidas bajo tierra, sin ese brillo o colorido, sin que nadie las aprecie, son las raíces las que le conceden su nacimiento, su firmeza, las que permiten que crezca sin tambalearse y, nuevamente, trabajando juntas, le sostienen y nutren para que no decaiga a pesar de los otoños e inviernos.

Un árbol, un simple árbol es la perfecta muestra de la situación que llevamos viviendo décadas.

 

El tronco es la totalidad de un planeta que nos ofrece una atmósfera idónea para el desarrollo de la vida.

Vida que habitualmente sólo apreciamos fijándonos en esas vistosas flores que relucen cuando el clima es benigno, pero que mueren en cuanto llega el mal tiempo. Como nuestros políticos y líderes, que se sienten brillar cuando las cosas van bien gracias al esfuerzo de todos, pero que no dudan en desaparecer si se les acusa de alguna responsabilidad, para dar lugar al nacimiento/aparición de una nueva flor/candidato que vuelva a brillar cuando llegue el buen tiempo. Y así, hacernos olvidar su deslealtad ante el invierno.

Mientras, esas hojas a las que vemos pero no miramos, y que resultan discretamente censuradas por la vistosidad de las flores a pesar de que las superan en número, colaboran también en la causa explotando la luz solar para realizar la fotosíntesis, produciendo el tan preciado oxígeno a la par que absorben el contaminante CO2. Como esa élite que nadie conoce pero todo el mundo sospecha y nombra como los principales instigadores de las decisiones que sí podemos ver -y sufrir-. Esos que son los dueños de la mayores petrolíferas a la par que nos cobran un impuesto al sol. Los que nos incitan -cuando no fuerzan- al consumo de su producción tan nociva y contaminante mientras nos culpan por ello.

 

Y, al igual que las raíces, nosotros despreciados, infravalorados, ocultos, no solo sostenemos y nutrimos su sistema, sino que además somos incapaces de entender que es el conjunto de todos lo que lo posibilita, que aunque estemos separados, es el punto de unión al principio de la raíz lo que les mantiene. Ese nexo de unión es nuestro sudor, nuestro trabajo, nuestro sacrificio… y sin embargo, no tenemos derecho a ver la luz.

 

Cuando comprendamos nuestro valor, cuando comprendamos que son ellos los que nos necesitan a nosotros en primera instancia, cuando entendamos cómo nos utilizan y de qué forma estamos sirviéndoles… entonces podremos ver que un árbol siempre se puede podar hasta el tronco, pero para que surja un nuevo árbol seguirá haciendo falta la raíz.

Y el primer paso para ver la luz es asumir que tenemos que dejar a un lado nuestras diferencias y ser capaces de ver más allá.

 

Feministas o igualitarios, independentistas o nacionalistas, de derechas o de izquierdas, creyentes o ateos… todos estamos jugando al mismo juego.

Algunos se ríen de ciertos movimiento ideológicos porque consideran que, al ser pagados por los “amos”, son los únicos que son víctimas de la trampa… esos que se ríen sin embargo, son los que juegan gratis en el momento en que se ríen o indignan contra los primeros.

Y no me refiero a tener que cambiar de opinión o de ideales, ni mucho menos a poner la otra mejilla. Es sólo cuestión de perspectiva.

 

En ocasiones, la respuesta es fácil y coherente: Desde mis ideales, si yo denuncio que cierta inmigración está aumentando de forma escalofriante la criminalidad -datos oficiales mediante-, y alguien argumenta que es inmigrante y que por ello no puede respaldar ese tipo de ideas, en lugar de enajenarme, puedo responder que a los inmigrantes de bien (que se comportan decente y dignamente) esto también les perjudica. Que no es una lucha contra la inmigración, sino contra la criminalidad impune consecuencia de una inmigración descontrolada. Y que mientras aumente ese tipo de inmigración, aumentará el rechazo hasta generalizarse contra cualquiera que venga de afuera (convertirse en una auténtica xenofobia). Aparte de que no por ser inmigrante estás exento de ser víctima de dichos criminales.

En otras, el asunto puede ser más complejo. Examinemos -por ejemplo- la causa independentista: la población, independentista o nacionalista, es la que viene pagando los platos rotos, sufriendo discriminación, violencia, rechazo… Pero ¿quién ha generado el conflicto? No ha sido el pueblo, ni tan siquiera los políticos catalanes… ha sido una consecuencia de gobiernos centrales que, de cara a los nacionalistas vienen dando concesiones y subvencionando la causa, mientras de cara a los independentistas, vienen frustrándola e impidiéndola. Si nos ponemos en el punto de vista de cada bando, ambos tienen razón en estas acusaciones. Han sido los sucesivos Gobiernos centrales los que nos han llevado a esta situación.

 

Creo que prácticamente en todo podemos encontrar un punto en común, o al menos, deberíamos mejorar nuestra forma de debate/discusión para, por encima de todo, estar unidos contra un enemigo común que es aquél que alimenta este odio irracional que nos hace enfrentarnos en causas que, con su poder, ellos mismos podían haber extinguido ya, sin necesidad de azuzar al pueblo para romperlo en pedazos… pero claro, esa es la verdadera finalidad que la “causa” oculta.

Porque el juego es simple: “Divide y vencerás”, frase que se ha convertido en el lema secreto -aunque descarado- de la élite dirigente.

“La unión hace la fuerza” debería convertirse en nuestra respuesta pública y sonora.

No les dejemos hacer leña del árbol caído.

 

Xiomara

Tengo miedo de lo políticamente correcto, antes me aburría, ahora me preocupa. Yo no veo razas, veo culturas que no pueden integrarse juntas. Si es difícil que una persona cambie, miles de ellas...

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