El último asalto masivo a la valla fronteriza de Ceuta -con una violencia inusitada- por parte de varios cientos de inmigrantes, ha traído mucha cola mediática en todos los sentidos. La avalancha ha encontrado, como era de esperar, partidarios y defensores que exculpan a los violentos diciendo que “sólo quieren entrar en España”, o razones de similar ingenio, y nivel intelectual algo inferior al que pueda tener un atún.

Los partidarios y defensores de un fuerte control migratorio, de expulsión de ilegales o de devoluciones en caliente y, por descontado, de un castigo adecuado a los violentos, se han visto nuevamente tratados como gentuza antisocial, nostálgicos, xenófobos, etc…

 

El mensaje que se lanza al exterior es simplemente una triste confirmación del grado de desorden político, intelectual y moral que aqueja a la sociedad española, y una evidencia de la quiebra sicológica y espiritual de gran parte del país.

Cierto es que los gobernantes manifiestan diariamente su impotencia y su ineficacia para proteger las fronteras. Pero no menos cierto es que, dentro de éstas, una parte significativa de la población exige a las autoridades, con la fuerza del número y por medio de la movilización callejera (y con un brío que no manifiesta para causas más justas, urgentes y sobre todo patrióticas), que haga todo lo necesario y posible para acelerar el proceso de descomposición de España, completar su ruina y sumir al país en el caos y la destrucción, pidiendo la abolición de las fronteras, exigiendo acoger refugiados y facilitando más y más la inmigración masiva y descontrolada. La consigna actual de toda esta gente es: quitar las vallas, abrir las puertas de par en par y permitir el libre paso de todo aquel que quiera venir a España. Acoger a todos.

 

Observando estos acontecimientos, con la sangre fría que nos exige la gravedad de la situación y la inminencia de la tragedia que estamos viendo crecer y afianzarse ante nuestros ojos, vemos que la inoperancia de nuestro Gobierno para garantizar la inviolabilidad de nuestra soberanía ante el asalto continuo de nuestras fronteras, y la complicidad explícita -y sin disimulos- con éstos, de una parte importante de la ciudadanía, que ha perdido literalmente la cabeza, guardan una relación íntima y hasta lógica. Pues ¿por qué defender las fronteras de una nación si el pueblo de esa nación pide a gritos la invasión, y el propio gobierno la propicia y desea?

Creo poder afirmar que nos encontramos ante una situación inédita en la historia de la Humanidad. Aquello de “nada hay nuevo bajo el sol” se convierte en una falsedad ante la locura colectiva del pueblo español, que corre a su perdición contento de sí mismo, orgulloso de su vocación suicida.

 

Algunos se preguntan por qué, en España, se ha llegado al absurdo y demencial extremo de reclamar aquello que cualquier inteligencia medianamente constituida sabe que es altamente pernicioso, dañino y aun mortal para un país, a saber, la acogida descontrolada de unos mal llamados refugiados, que están generando desasosiego en las sociedades que los han recibido. Podemos, sí, apuntar a la quiebra cultural, moral y espiritual, que es el corolario de décadas de una perversa manera de entender las cosas esenciales de la existencia: llevamos, en España, muchos años de auténticas perversiones en todos los órdenes de la vida nacional, como para sorprendernos del resultado obtenido, consecuencia inevitable de una larga empresa de demolición de todo cuanto hay de noble y de sagrado en la idea de patria, de bien común, de solidaridad entre los miembros de una misma historia, una memoria compartida y un destino común. España se ha vuelto un país insignificante, una sociedad mediocre, una nación intrascendente. Todo cuanto hizo una vez su nobleza y su gloria, ha sido arrasado por el egoísmo y la rivalidad fomentadas entre los hijos de una misma tierra y una misma sangre. El pueblo se ha vuelto una masa amorfa, sin personalidad, sin carácter, sin grandeza, con desapego y ojeriza hacia los propios, con un extraño e injustificado amor por los forasteros.

 

España está enferma, y en su febril desvarío, ve a sus hermanos como enemigos y a los extraños como aliados. Nadie -medianamente lúcido- puede ver en estas manifestaciones de solidaridad, con esos famosos refugiados, el signo de una salud moral digna de encomio y homenaje, como pretenden hacernos creer. Al contrario, es el sistema de las mentes trastornadas, de los corazones podridos, de las almas malas. Cuando en una sociedad o en una familia se prefiere sistemáticamente a los forasteros antes que a los paisanos, a los extranjeros antes que a los compatriotas, a los hijos ajenos antes que a los propios, esa sociedad o esa familia han dejado de ser normales, se han desviado del recto camino que dictan los sanos instintos del hombre y ordena el buen gobierno de las naciones. Y eso no puede traer sino dolor y sufrimiento.

Las causas que han llevado a ese desvarío son muchas, y son conocidas por los que saben que nada hay que no sea inducido y provocado por quienes tienen los medios y los conocimientos para hacerlo. Estamos asistiendo, sin duda alguna, a la implementación de experimentos sociales de una gran complejidad técnica y de alcance insospechado. Los amos del juego dominan a la perfección los instrumentos altamente sofisticados de la manipulación y acondicionamiento de los comportamientos. Y el rebaño está respondiendo adecuadamente a los estímulos a los que viene siendo sometido desde hace años, y desde una multiplicidad de fuentes y frentes. El lavado de cerebro, la manipulación, la propaganda, han hecho maravillas en el cerril rebaño lanar, que corre balando hacia donde lo llevan los perros del pastor.

 

Todo ocurre un poco (o un mucho) a la manera del cuento del flautista de Hamelin: la flauta portentosa suena y las ratas van en tropel hacia donde se les indica, encantadas e hipnotizadas por la magia del sonido, perdido todo sentido de prudencia, todo resto de cautela, todo vestigio de sensatez, toda señal de inteligencia, todo rastro de discernimiento. El flautista toca en nuestras calles, en nuestros medios, en nuestros pueblos y ciudades: no hay más voluntad que seguir esa música, que hechiza con los sones de la falsamente enriquecedora multicultura, de la febril empatía, de la vocinglera solidaridad, de la enfermiza adhesión a la causa del extraño, del anormal desprecio al propio. Hemos perdido, como las ratas del cuento, cualquier prudencia, cautela, sensatez, inteligencia, discernimiento, sentido común. Sólo podemos, sólo queremos, seguir al flautista que sigue tocando y cautivando a las masas, haciéndolas caminar al son que quiere, aunque sea para su propia perdición.

Como en el cuento.

Yolanda Couceiro

Bilbaina. Periodista. Libertarian. Libertad individual ante todo. Cuento cosas en medios alternativos de Internet como La Tribuna del País Vasco, La Tribuna de España o . Colaboro en AltNews de Cadena Ibérica y tengo un blog en

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